lunes, 7 de julio de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE UN TAMAYO PLATICA CON UNA PERALTA




¡Lo vi! Ella, la del sobretodo rojo vino, habló con el hombre pintado por Tamayo. Le hizo una pregunta. Cualquiera dirá que un diálogo es lo que sucede cuando alguien ve un cuadro en un museo. Pero esto no es cierto del todo. Por lo regular, los hombres de los cuadros no responden preguntas. Acá, ella, la muchacha bonita que es una Peralta, llegó y le preguntó algo (yo estaba lejos, no escuché bien la pregunta, pero vi la sonrisa del hombre del cuadro). Él, el hombre del gorro amarillo, le respondió. Ella entonces abrió su celular y mandó un mensaje. Me acerqué. Dejé la esquina donde estaba y me acerqué. No podía creerlo. ¡El hombre del cuadro había hablado! Todavía alcancé a verlo con la boca abierta, un segundo antes de pronunciar la última palabra. Esperé, esperé que ella se volviera e hiciera otra pregunta, deseaba meterme en su diálogo y escuchar la voz del hombre pintado por Tamayo, pero ella, joven al fin, no volvió a ver al hombre del cuadro. Ella se concentró en su celular. ¿Qué le preguntó ella al hombre del cuadro? ¿Siempre se comporta así? ¿Hay gente que hace lo mismo? Las personas se paran, en el Louvre, frente a la Gioconda y ¿le preguntan algo en voz alta? ¿La Gioconda responde? Tal vez la mayoría de personas frente a la Gioconda le pregunta el típico lugar común de por qué sonríe. Esta muchacha bonita (del sobretodo rojo vino) ¿qué le preguntó al hombre de Tamayo?
Ella, la Peralta, es periodista. Tal vez por esto su reacción fue instantánea, a botepronto. Llegó frente al hombre del cuadro y preguntó, preguntó como si el hombre del gorro amarillo fuese Romario o un aficionado al fútbol que camina en el túnel B una mañana de domingo en el Estadio de CU. Por ello, cuando obtuvo la respuesta, de inmediato escribió el texto en su celular y lo envió a la redacción. Sí, esto debe ser. Mañana o pasado mañana aparecerá en el periódico la declaración del hombre del gorro amarillo.
Y el hombre quedó en silencio. Ajeno a su grandeza. Tal vez quedó apabullado, balón desinflado, a la hora que la muchacha se acercó y sin decir agua va le lanzó la pregunta. Yo, detrás de una escultura de madera en el centro del Museo, esperaba que ella se volviera y lanzara otra pregunta; esperaba oír la voz del hombre pintado por Tamayo. Esperaba oír su voz de aficionado, en medio del bullicio de la multitud del estadio. Porque, a medida que el hombre avanza por el túnel del estadio, el chachalaqueo se intensifica: hay trompetas, tambores, gritos de “hay cerveza”, gritos de “dame dos”, cantos de “¡cómo no te voy a querer!”. El hombre, solitario, con un color hepático en su piel y en su espíritu, camina decidido. Ella lo detuvo, apenas un instante, le hizo la pregunta, escuchó la respuesta y luego lo dejó solo de nuevo. Él, ajeno a su grandeza, se quedó mudo, de nuevo. Todo volvió a ser lo que siempre ha sido: el monólogo intenso de un espectador ante un cuadro de Museo. ¿Qué preguntó ella? ¿Desperdició la pregunta única o fue como un deslumbramiento? A veces imagino que estoy frente a Cristo y pienso en qué le pregunto. Sólo tengo una oportunidad, antes de que él entre al foro donde los romanos mandan a los cristianos a la muerte segura de los leones. Ella, la Peralta, ¿qué le preguntaría a la Gioconda si la tuviese enfrente? ¿La clásica de por qué sonríe?
Cuando ella, la del sobretodo rojo vino, se alejó de la sala, me acerqué al hombre pintado por Tamayo y vi que sonreía. Era una sonrisa de tzizim a punto de ser abandonado en el comal, pero era una sonrisa. Ya no supe si Tamayo lo había pintado así, desde el principio, o esa sonrisa era por la pregunta hecha por la Peralta. A veces hay periodistas que dejan una sonrisa al terminar de responder la pregunta; a veces la sonrisa se convierte en un hilo de albañal, por la acidez de la pregunta. Si yo estuviese frente a la Gioconda ¿qué le preguntaría? Si estuviese frente a la muchacha del sobretodo rojo vino ¿qué le preguntaría? ¿El lugar común o trataría de hacer común su lugar?
Lo vi. Esa noche estuve en el Museo. Ella, la Peralta, se acercó al hombre del gorro amarillo y lanzó la pregunta. Él respondió, como si fuese un aficionado caminando por el túnel B, del estadio de CU.