martes, 22 de noviembre de 2016

A MITAD DEL BOSQUE





Digamos que nada sabemos de física. Estamos en el corredor de la casa, tomamos café, sentados en butacas. El cielo es un lienzo oscuro, como un telón de teatro. De pronto, en la lejanía, aparece un rayo en el cielo, una raya de luz que se abre por instantes y se difumina; luego escuchamos el trueno, un estruendo fastuoso que nos abraza como si fuese una sábana ruidosa. Luego, igual que el rayo, el trueno se diluye en el agua del aire. Son instantes en que la armonía del cielo se interrumpe. Un chisguetazo de luz y una palmada escandalosa. Y luego, de nuevo, la oscuridad. Seguimos tomando café, sentados. Del jardín suben aromas frescos, de jazmines. De la calle asoman ladridos y, de vez en vez, aullidos de alguna ambulancia.
Digamos que nada sabemos de física. Estamos en el bosque. Sentados al lado de un pino que prodiga una sombra agradable. De pronto, el cielo se oscurece, un hato de nubes se desparrama como ovejas en busca de resguardo. Gotas de lluvia se desgajan como frutos maduros, golpean las frondas, humedecen el pasto, convierten la tierra en lodo. Quienes estábamos sentados frente a un mantel que hacía las veces de mesa corremos a resguardarnos, buscamos un parapeto que nos cubra de la bofetada del agua. Nos protegemos debajo de las frondas de los árboles, pero, dos segundos después, alguien alerta: “Cuidado, con los rayos”. Sabemos que un rayo puede, como espada de Damocles, caer sobre nuestros cuerpos.
Digamos que nada sabemos de la vida. Estamos en casa, sentados frente al televisor. Los hijos juegan. Los dos niños están sobre el sofá. Juegan a que están en un cohete que se dirige a Marte. Los vemos, mientras tenemos un libro en las manos, mientras la radio toca una canción de Juan Gabriel. La abuela se acerca y se tapa los oídos con las manos, dice que hay mucho ruido. ¿Cómo es posible que soportemos el sonido de la televisión, el parloteo de los loros, el ladrido desaforado de Kurdo (que ladra como si un delincuente quisiera entrar a la casa) y la música que expulsa la radio? Los niños dicen que ya están a punto de “aterrizar”. La mamá les dice que no se dice así, se aterriza en la tierra, pero luego ya no sabe decirles cuál es el término correcto para decir que “bajarán” en Marte.
Digamos que nada sabemos de la vida y que no sabemos por qué la abuela no incluyó en su extensa relación de ruidos, el ruido de la nave interplanetaria donde viajan los nietos, porque si algún ruido supera al parloteo del loro, a la campana que avisa la cercanía del camión de la basura, el chancleteo irregular de los pies de la abuela y la voz delgada de Juan Gabriel es, precisamente, el estruendo de los motores de la nave en que viajan los niños que, con sus voces de hojas tiernas, se emocionan ante la visión del paisaje marciano.
Digamos que nada sabemos de la vida y no sabemos por qué nosotros tenemos la certeza de que no hay vida en Marte, cuando los niños que ahora bajan del sofá y ponen los pies sobre el planeta rojo comienzan a gritar que allá, detrás de aquel montículo, hay hombres y mujeres que, temerosos, se esconden. Es como si estos marcianos fueran aztecas y los nietos de la abuela fueran Hernán Cortés y la Malinche.
Digamos que nada sabemos de la vida en la tierra, nada sabemos de rayos, truenos, lluvias. Digamos que sólo sabemos que hay nubes que saben a algodones de París, que existen árboles para hacer nidos y que hay niños para subir a los columpios que colgamos en nuestros brazos abiertos, dispuestos al abrazo.