domingo, 26 de abril de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN ACTO DE CREACIÓN

Querida Mariana: ¿cómo se empieza a escribir una novela? ¿Se hace un plan perfectamente trazado como si se fuese a hacer la réplica de Toniná o Tenam en una maqueta? ¿O se toma la primera imagen que pasa frente a nosotros y se le da cuerda o, más bien, se busca la punta del hilo? Acá entra la frase: “cada uno tiene su forma de matar pulgas”; es decir, hay muchísimas maneras de entrarle a la escritura de un libro, pero, en síntesis, puede decirse que están los que tienen un plan preconcebido y los que toman al toro de la creación por los cuernos. No puede asegurarse cuál es el método más efectivo, porque cada proceso tiene sus ventanas expuestas al aire y a la luz. Por ahí existen cuadernos de grandes escritores donde observamos cómo fueron pensando una novela, con croquis, tipologías de los personajes y características de los entornos. Ahora pienso en el cuaderno de Julito Cortázar donde fue anotando las ideas principales para su novela “Rayuela”, pero no siempre fue así su proceso de creación. Tengo la teoría de que, por ejemplo, en sus cuentos, cuando “le llegaba la cosquilla del cuento”, él se sentaba a escribir sin tener bien aprehendida la idea del final. Su proceso era tan exquisito que dejaba que el numen creativo apareciera, como se hace el día y la noche. Este aparente azar confirmaba lo que muchos escritores sostienen: comienzan con una idea y de pronto el camino se desvía, toma otra senda y el resultado es otro. Muchos teóricos del cuento y de la novela han expresado que un texto no comienza en el momento de sentarse ante una computadora (o cuaderno) para escribir las primeras líneas. ¡No, no! El proceso creativo inicia desde antes, en lo leído, en lo visto, en lo escuchado. Puede, eso sí, bastar una imagen para detonar todo un monumento literario. Tengo un amigo (Miguel Ángel Godínez) que daba un taller de creación donde analizaba los principios de las grandes novelas. Pienso que ahí estaba sintetizada la idea del proceso creativo, porque los principios cuentan cómo fue el primer paso (aunque, como decía Rafael Ramírez Heredia, mi maestro de cuento, al inicio hay un titubeo, como si uno entrara a una habitación oscura y los ojos se fueran acostumbrando poco a poco). ¿Cuál es el inicio de “Los Miserables”, de Víctor Hugo? “En 1815, era obispo de D. el Ilustrísimo Carlos Francisco…” Nos coloca en una fecha y nos presenta a un personaje. “Rayuela”, la novela de Cortázar, comienza así: “¿Encontraría a la Maga?...” Lanza una pregunta y presenta a un personaje. “En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho que vivía un hidalgo…” Todo mundo sabe de qué libro es este principio, que nos presenta a un personaje en un determinado espacio. Los personajes viven en lugares en un momento determinado. Esto que escribí, que parece una bobera, sintetiza el contenido de cuentos y novelas: leemos historias donde participan personajes en un determinado sitio en una época de la historia (que este tiempo puede ser el pasado, el presente o incluso ¡el futuro!) Si alguien me preguntara por mi proceso creativo diría que soy de los escritores que no planifican. ¿En dónde se ha visto que un autor tenga como principio de su creación el título de un cuento o de una novela, incluso de las cartas que te escribo? En ningún lugar del mundo. ¡Mentira! En Comitán, el tal Molinari acostumbra escribir en primerísimo lugar el título y luego, como si ya fuera un mero juego, va colocando piezas que respondan a ese título. Nunca sé por dónde irá una historia, hasta que aparece el título, que es como un letrero de esos que aparecen en las carreteras y te indican que si seguís tal carretera llegarás a tal ciudad, pueblo o sitio arqueológico. ¿Cómo inicia la novela “Mi deuda con Franco”, de Javier Trujillo López? “A decir verdad, son escasos los recuerdos que tengo de Franco, mi padre…” El autor nos presenta a un personaje en medio de la niebla de su memoria. Posdata: tal vez mi proceso creativo se acerca al inicio de la novela de Javier. Mis personajes están como mancos, a medida que escribo les voy poniendo partes de su cuerpo y de su espíritu. Soy un escritor que no tiene personajes y ambientes bien armados, como sí lo tienen los grandes escritores del mundo. Tal vez los grandes realizan un mapa donde nada queda sujeto al azar. A mí me encanta ser azaroso, ser un niño que va al sitio y coloca carritos y soldaditos sobre las montañitas de arena y juega sin saber qué pasara con esos carritos y con esos soldaditos. Tal vez mi juego literario es invitar al lector a completar las escenas y los perfiles de los personajes. No lo sé. Todo es un juego. ¡Tzatz Comitán!