martes, 14 de abril de 2026
CARTA A MARIANA, CON UN RECUERDO
Querida Mariana: acá estoy trepado en una barca. En un lateral se alcanza a leer el nombre del lugar donde estoy: Santa Rosalía, Baja California. Me cuelga al hombro el estuche de la cámara. Con esa cámara mi papá tomó la foto.
Al mero estilo de mi papá estoy con la camisa arremangada. ¡Cómo no! Hacía un calor del infierno de Dante y, además, como estoy remando debo tener toda la libertad de movimiento de brazos.
Estamos en Santa Rosalía porque fuimos de visita a la casa de mi tío Mario, hermano de mi mamá, casado con mi tía Eloy y papá de mis primos hermanos: Nora, Yoli, Gaby, Mario Enrique y Carlos. Mi tío, ingeniero, trabajaba para el gobierno federal y lo enviaban a muchos lugares del país para supervisar la construcción de carreteras. Gracias a eso, conocimos Santa Rosalía, Baja California; Matamoros, Tamaulipas; y Tuxtepec, Oaxaca.
Esta fotografía la tenía mi papá en su cartera. En una ocasión, Quique llegó a la casa, se despidió porque viajaría a la CDMX, donde estudiábamos y como era costumbre, preguntó si mandaría algo para mí. Mi mamá preparó una cajita de cartón con chorizos, butifarras y tostadas, mientras mi papá sacó la foto y la enseñó a mi amigo, Quique me dijo que le ganó la emoción a mi papá y sus ojos se llenaron de lágrimas, se acordó de su pichito, que estudiaba en la gran ciudad.
En 1968 estuve en Matamoros, viajé solo con mi mamá, lo recuerdo porque allá estaba mi primo Pedro, hijo de otro hermano de mi mamá. Yo no estaba acostumbrado, pero ahí debí bañarme, al lado de mi primo, a cubetazos. Un día fuimos a un parque y vimos en un expendio de periódicos la noticia que celebraba todo el país: el Tibio Muñoz, nadador mexicano, había obtenido una medalla de oro. Ah, qué gran celebración. Ya luego vimos la noticia en la televisión, en blanco y negro, y revivimos la emoción de los últimos minutos donde el nadador mexicano le echó el turbo y tocó el extremo de la alberca, en primer lugar.
Esta fotografía es de principios de los años setenta, el capitán Molinari trepó a la barca y comenzó a remar en el aire, esperando que la barca se moviera, no hacia el mar, porque el marinero (es uno de los casos raros en el mundo) no sabe nadar, así que tenía la pretensión que la fuerza de sus brazos hiciera tal remolino que lograra hacer que el aire formara una burbuja y lo impulsara hacia arriba y navegara por el cielo, por encima de las palmeras.
Ya estudiaba en la UNAM cuando viajé a la casa de Tuxtepec, la casa, de madera, estaba muy cerca del río, así que en temporada de lluvias había que estar preparado porque el río se salía de madre e inundaba una amplia región del pueblo, un pueblo caluroso. Recuerdo con emoción los días que iba de vacaciones, mi tía Eloy (gran cocinera) me atendía con generosidad y mis primos eran muy afectuosos conmigo. En Tuxtepec murió mi tío Mario, de un infarto, casi fulminante. Murió en su casa, como debe morir todo mundo. Es lamentable que alguien muera lejos de casa; son lamentables los casos de quienes se accidentan o mueren en una guerra, muy lejos de su familia. Mi tío murió cerca de los suyos, así como murió mi papá (en su casa en Comitán, también de un infarto) y así como murió mi mamá, en casa. Ahora, mi tía Eloy vive en Xalapa, Veracruz, desde hace mucho tiempo, allá viven mis primos y sobrinos. A final del siglo XX fui a visitarlos, estuve una temporada con ellos (ya te conté que ahí conocí al gran escritor Sergio Pitol, quien me recibió en su casa y luego me invitó a acompañarlo en una visita que hizo al pabellón de la feria del libro, realizada en una casa magnificente, con patio magnánimo y corredores llenos de libros).
Posdata: no sé nadar, pero he trepado a algunas barcas, en momentos donde mi razón se ha quedado obnubilada. Una vez trepé a una barca para pasar de una orilla a otra en el río Grijalva, antes de que fuera presa; asimismo, una vez trepé a un barco en el embarcadero de Chiapa de Corzo para hacer el recorrido hasta la cortina de la presa, a través del Cañón del Sumidero; y una vez me trepé a una lancha para recorrer parte del Lago de Atitlán, en Guatemala, en compañía de mi compa Quique, Alicia, mi prima Sonia y mi Paty. ¡Cómo! ¿Cómo fue posible que el marinero que no sabe nadar se atrevió a desafiar el misterio del agua? Nunca, como en esta fotografía, pensé que podía remar, que podía hacer que la barca levitara y que bogara en el mar del aire.
¡Tzatz Comitán!
