viernes, 24 de abril de 2026
CARTA A MARIANA, CON UNA ANÉCDOTA DE VILLORO
Querida Mariana: me encantan las crónicas de Juan Villoro. Lo conocí físicamente hace unos meses, estuvo en San Cristóbal de Las Casas. Vino a presentar su libro: “No soy un robot”. Caminé a su lado, del hotel donde se hospedó al parque central. Se dirigía al auditorio de la Facultad de Derecho, de la Benemérita UNACH, institución que invitó al gran escritor. Ya viste que en el número más reciente de la edición impresa de Arenilla publicamos la plática que mantuve con él. Dije que es enorme, en talento y en tamaño físico, debe medir un poquito más de dos metros.
Cuando me baño pongo en el celular podcast de algunas intervenciones que ha tenido en el país y en el extranjero, porque, ¡qué bárbaro!, cómo viaja.
Vos sabés que él es uno de los intelectuales que más le ha dedicado obra a desentrañar el misterio del fútbol soccer. Por lo regular, las mentes exquisitas no analizan el fenómeno del fútbol, porque se les hace un deporte menor, algo que no merece la pena. Villoro, de la misma estirpe que Monsiváis, piensa que la cultura popular merece estudiarse. Así, Juan Villoro se ha convertido en un intelectual que desmenuza con inteligencia los diversos caminos por donde el fútbol se mete driblando.
Te he contado que yo no soy aficionado al fútbol, no tengo una pasión por dicho deporte. De vez en vez veo un partido en la televisión. Lo que sí me gusta es ir a los campos de rancherías, sentarme y recargarme sobre un tronco y desde ahí presenciar lo que acá le llaman “jugada”. Ah, qué simpático es el desenvolvimiento de esos jugadores, cuya importancia está muy lejos de la que alcanzó Maradona o de la que goza Messi.
Ahora está próxima la fecha del Mundial 2026, que, cosa inédita, se realizará en tres países: México, USA y Canadá. Claro, a pesar de que la mayor afición se concentra en nuestro país, en este festival del balón mundial llevan mano los que menos saben del juego del pie: Canadá y USA.
En muchas entrevistas, Juan habla del fútbol, lo hace con un gran conocimiento, con una destreza impar y habla, incluso, de la teatralidad que se da en el fútbol, dice que un futbolista puede llegar a hacer una gran escena en el momento que un contrario le da una patadita, el afectado se revuelca en el césped como si un leñador le hubiese dado un hachazo.
Dentro de las anécdotas que cuenta hay una que sorprende. Un grupo de aficionados al Club Barcelona veía un partido en televisión donde su equipo iba perdiendo, de pronto, una mantilla que estaba sobre el aparato (televisiones de antaño) se deslizó hacia la pantalla y en ese momento, como si hubiese sido una señal divina, el Barcelona anotó. Los aficionados le concedieron a la mantilla la categoría de amuleto y a partir de ahí cada vez que el Barsa jugaba bajaban la mantilla a mitad de la pantalla y el equipo de sus amores comenzó a ganar todos los partidos. Una vez, el Barcelona llegó al pueblo donde ellos vivían, tuvieron la gran oportunidad de ver a sus ídolos, así que compraron boletos, fueron al estadio y disfrutaron el partido, lo disfrutaron colocando la mantilla frente a ellos, para que el amuleto hiciera su encanto. El Barcelona ¡perdió!
Así como esta anécdota, Villoro cuenta mil más. Las cuenta de diversos elementos que conforman el juego: jugadores, balones, estadios, comentaristas (dentro de este grupo tiene como principal protagonista al gran Ángel Fernández, quien tuvo una forma especial de narrar partidos, pues poseía un caudal de cultura libresca y era un tipo de gran agudeza mental, no por algo le llamaron “el arquitecto de la palabra”. Fueron famosas algunas frases que inventó: “A todos los que quieren y aman el fútbol”, “Me pongo de pie”. Cuando había momentos de peligro decía, con ese timbre de voz tan especial que tenía: “¡Sálvese quien pueda… niños y mujeres primero! Ángel Fernández fue quien bautizó al Cruz Azul como “La máquina celeste”).
Posdata: todas las mañanas disfruto la presencia de Juan. Hay muchos videos con sus intervenciones. Ahí me enteré que el primer libro que leyó, decisivo para su vocación de escritor, fue uno de José Agustín, dijo que cuando lo leyó él estaba en la transición de secundaria y bachillerato, igual que el protagonista de la novela, y también, como el protagonista, sus papás se estaban separando. Él entendió, lo que entendió todo el mundo lector: José Agustín hablaba de cosas de jóvenes, en un lenguaje cercano, abierto, lleno de sonidos de rock y de algún cigarrillo que no tenía necesariamente tabaco.
¡Tzatz Comitán!
