miércoles, 15 de abril de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN CUADRO DESLUMBRANTE

Querida Mariana: ¡ah, los mercados! Todo mundo repite lo que Octavio Paz manifestó: en los mercados está la síntesis cultural de los pueblos. En Comitán tenemos varios mercados que son manifestación de lo que es nuestra sociedad. Es una pena, pero nuestros mercados no son pulcros, al contrario, son sucios. Esta fotografía fue tomada en el mercado Primero de Mayo, el que está a media cuadra del parque central (mi parque, me caigo mal por repetirlo a cada rato, pero, disculpá, ¡la piazza e mía!). El mercado habita un edificio construido en 1900, sí, ya es un edificio vetusto, pero ese no es motivo para el deterioro que ostenta. Le hace falta un poco de orden. Pucha, si hablo de orden me quedé corto porque en la Central de Abasto lo que impera es el desconcierto. Mi compa Quique dice que es una bomba de tiempo. Sí, caminar por los pasillos son muestra de un gran desorden. No somos un pueblo ordenado, es una pena reconocerlo pero así es. Somos un pueblo sucio. Dicen que hubo una época que los propios y extraños presumían una ciudad limpia, sin basura. ¿Ahora? Ay, Dios padre. La autoridad se queja de que los ciudadanos no hacemos caso al anuncio de: “no saque su basura hasta que escuche la campana”, pero (insisto) esto es ganas de echar la culpa a la sociedad de la incapacidad de la autoridad para poner orden. A cada rato te he dicho que pensés en una persona de la tercera edad que tenga que esperar el paso de la campana el día domingo cuando, se supone, la ruta establece que ese día pasará el camión. ¿Debe esperar todo el día a ver a qué hora pasa el famoso camión? ¿Y si pasa a la hora que fue a misa? ¿Y si ese día desea ir de paseo al campo? No, no puede salir porque debe esperar la campana. No hay orden en el protocolo. Si la ruta establece que a las siete pasará el camión, pues al diez para las siete puedo sacar mi basura y ¡listo! Pero como la ruta anuncia que pasará a las siete, pero no pasa a esa hora, el ciudadano debe, por obligación, esperar horas y horas, como si no tuviera otra cosa para hacer. Me gusta ir al mercado de El Cedro, porque está más ordenado, además, hay un espacio especial destinado para Las Canasteras. Ya te conté que ahora ninguna vendedora llega con canastos, como antes, pero es lindo saber que la tradición de las canasteras sigue y la autoridad lo propicia al colocar un letrero que dice “Canasteras”. ¡Genial! Genial, porque ahí encontrás frutos, verduras, tostadas, pepita molida, tamalitos de momón, pitaules, chinculguajes, huevos de rancho y flores de huertos familiares, de Yalumá y de Los Riegos. Digo que esta fotografía la tomé en el mercado Primero de Mayo, el del centro, y alcanzás a ver la belleza de la imagen, colorida, generosa y divertida. Digo divertida, porque este puesto propone un juego genial. ¿Ya viste que al fondo hay chile morrón y chile poblano, además de manzanas? Como está muy lejos para que una mano lo alcance, el vendedor tiene un palo con una jaladera para que el cliente elija la pieza que quiera y la atraiga hacia el siguiente nivel, que ya está muy cerca de la persona. Es un juego maravilloso. Esto lo permite el mercado y jamás el centro comercial de postín, donde (hay que reconocerlo) hay orden e higiene, pero le falta la picardía de la persona de a pie, de la que disfruta la vida en su forma más simple. Si los mercados comitecos tuviesen un poquito más de orden y fueran más higiénicos medio mundo llegaría, porque, ya lo hemos dicho hasta la saciedad, ahí está sintetizada lo mejor de nuestra cultura. ¿Ya viste esos canastitos de palma? Son artesanías de una gran belleza, están colocados al lado de canastitas tejidas con plástico (ya te conté que en sexto de primaria, el maestro Luis Vila nos enseñó a tejer esas canastas con cintas de plástico, recuerdo que después de un amarre usábamos un cerillo prendido para pasar la cinta en la flama y pegar un extremo). ¿Imaginás un mercado donde la tarea de elegir frutos y verduras se convierte en un juego de feria? Si se vino hacia abajo una pieza no elegida, la gente la toma y, con movimiento preciso, la vuelve a colocar en el montón de arriba. Ah, qué lecho de razones alegres, qué espacio de luz tan danzante. Me encanta ir al mercado. Los domingos, a las ocho de la mañana, hay una gran fila, enorme fila, de personas que esperan pacientes llegar ante la vendedora del atol de granillo o jocoatol. Mientras avanza la fila, la plática se desprende y se ve a gente que ríe, que muestra cara de sorpresa ante la noticia infausta. Posdata: todo se concentra en el mercado, la vastedad se muestra desnuda o con sus mejores galas, porque los extremos se tocan, como si, en forma amistosa, se dieran la mano. La naturaleza hace un nido provisional y los vendedores de frutas pintan un prodigioso cuadro móvil, siempre en movimiento. Ya lo dijo el licenciado Héctor, este pueblo tiene todo, sólo le falta orden, ¡orden! ¡Tzatz Comitán!