miércoles, 21 de octubre de 2009

RÉQUIEM POR UN DUEÑO DE NADA



El Mingo se murió y ¡qué se le va hacer! Esto de morirse, así como lo de nacer, es cosa de todos los días. Con excepción de ingeniero, los demás oficios que terminan en “ero” no garantizan paga. El Mingo era yesero. Pero a pesar de sus escasas posesiones, la tía Marina y los demás sobrinos andan de la greña por la herencia. ¿Cuál?, diría El Mingo, si poseía sólo chunches corrientes. ¡Qué ganas de haber tenido un brazalete de oro, un cenicero de cristal cortado o un vino de esos que aparecen en las portadas de las revistas que lee la Micaela! ¡Qué ganas! Pero no, El Mingo apenas posesiones chafas. Y ahora están llenas de polvo y de humedades y de polilla y de sarro. Pero doña Marina y los demás buitres se disputan la herencia como si fueran perros peleando una ensarta de chorizos.
Qué ganas de ser como yate, pero El Mingo apenas balsa de madera y lazos podridos. Ser yesero no le dio más que para sobrevivir, para pagar una operación de la próstata, y para comprar un terreno de 8 x 10 donde levantó una casa con techo de láminas de asbesto. ¡Qué ganas de tener mujer e hijos! Una mujer de esas que aparecen en Vogue y niños como esos que salen en la portada de People; pero ¡con qué tuertos divinos ojos! Por eso, sólo de vez en vez, se atrevió a solicitar los servicios de una puta barata, para darle alpiste a su pajarito.
Le hubiera gustado vivir más. Tenía pendiente un trabajo de yeso para el retablo del templo de Santo Domingo. Nunca fue de ir a misa, pero sólo por ver su obra hubiera ido el domingo. Dejó pendiente un juego de dominó con la palomilla. Su palomilla. Ah, si El Mingo supiera, ninguno de sus compas fue al velorio, menos al entierro. Estaban entretenidos en el juego del dominó. Su entierro fue una tarde lluviosa. Menos mal que fue precavido y, cuando cumplió veintiocho años, se regaló una perpetuidad de cuatro cajones.
Tal vez por eso la tía Marina se cree con derecho de vaciar la casa de El Mingo. Dice que ella pagó la misa y el servicio de café en la funeraria. Los sobrinos dicen que el café ya estaba incluido en el pago que hizo el difunto. Porque eso sí, servicios modestos, pero a El Mingo le gustaban completos. Lo mismo cuando iba con el barbero, que cuando iba a cenar al restaurante de don Julián; lo mismo cuando se metía al cine o cuando pedía dos tortas para llevar. Siempre pedía “Con todo”, aunque costara más.
¡Ah, si hubiera tenido la suerte de otros! Seguro que se hubiera comprado un carro como esos que salen en las contraportadas del Playboy; un par de tenis como los de Ronaldinho; unos caballos como los de Vicente Fernández. Porque eso sí, jodido y todo, pero de buenos gustos. Tal vez el único lujo que se dio en vida fue el sombrero que compró en 1982, cuando viajó a la ciudad de México por aquello de la operación. Caminaba por una avenida enorme, cuando se paró frente a un aparador y vio el sombrero, tejano, de ala volada, con una cinta y ribetes de filo plateado y una tarjeta de color fluorescente con el precio. Era el último día, ya le habían dado de alta en el hospital; estaba haciendo tiempo para que llegaran las siete, hora de su salida. Revisó su cartera y vio que apenas le ajustaba. Entró, se probó el sombrero frente a un espejo y salió de la tienda con una sonrisa que jamás tuvo.
El día que lo encontraron tirado en su taller ¡no sonreía!
El Mingo se murió y ¡qué se le va a hacer! Dejó pendientes. Sobre todo dejó sueños inconclusos. Una tarde fue al banco HSBC a abrir una cuenta de ahorros. Se había hecho el propósito de ahorrar lo más que pudiera para que, si Dios le daba vida, le alcanzara para un viaje de ida y vuelta a los juegos olímpicos del 2016. Pensó que tenía tiempo para lograr un buen ahorro. Porque otro sueño que canceló en vida fue el de ser campeón olímpico. En su taller tenía un par de argollas. Cada mañana se ponía una camiseta con los colores de la bandera mexicana y, mientras hacía el Cristo, soñaba con la gloria.
Pobres los buitres. Pobre la tía Marina y los sobrinos. Cargando chunches viejos. El día que se mueran quién sabe quiénes pelearán esos mismos despojos materiales que ahora se empecinan en poseer.
¡Qué ganas de ir a Brasil y enredarse con una garota de Ipanema! ¡Pero ya no!
El Mingo se murió y con él se murieron sus sueños. ¡Qué se le va a hacer!

martes, 20 de octubre de 2009

¡QUE VIVA EL NIÑO FUNDADOR!


"Te hacés viejo, Alejandro".
"A diferencia de El Niño Fundador, tu rostro está como estropajo. El Niño cada vez está más niño, cada vez su carita es como salida de Sol. Mientras tanto vos, cada vez sos más colchón viejo, batea apolillada".
Ayer en la tarde, Paty y yo fuimos a misa de seis y media en el Santuario de El Niño Fundador (uno de estos días es su día). Fuimos llenos de esperanza. Antes no era así, pero ahora todo el parque está inundado de puestos de fritangas y de juegos. Por un lado el "chingolingo"; por otro dos pequeñas pistas con carros eléctricos desvencijados (para atraer a incautos suena una de esas alarmas que alertan robo. Impresionante el ruido). "Ya son las seis y media", me dijo Paty. Dejamos de bobear y entramos al Santuario. Dos tipos, uno frente al teclado y otro frente a una batería, estaban en la parte de atrás. Interpretaban "canciones románticas" (así lo dijo el tecladista cuando terminó una canción y empezó la otra, no sin antes echar vivas al Niñito Fundador).
"Te hacés viejo, Alejandro".
El problema de estos tiempos es que hemos confundido la vocación original de los espacios. El santuario de El Niñito Fundador fue el patio de una casa comiteca, era un poco como es el lugar donde veneran a la Virgen de Lourdes. Pero un buen día, un político comiteco quiso dar gracias "por favor concedido" y remodeló la casa. Lo que era un patio hermoso, lleno de luz y de viento, lo convirtió en la nave de un templo. La imagen del Niño apareció en un nicho impoluto, un poco como si ascendiera en la escala social y se convirtiera en un niño "nice" a quien los fieles ya no pueden tocar (antes era costumbre llegar y tocar sus pies o su vestidito). Ahora permanece detrás de un cristal, como si fuese muñequito de aparador.
"Te hacés viejo, Alejandro".
El tecladista y su compañero interpretaban "canciones románticas" adentro del santuario. Eso parecía, más que templo, una cantina. En un instante me dio ganas de aventarme un "¡Ay ay ay!", gritado con tono de borracho enamorado.
La escritora Emma Godoy dijo una vez que la inversión más tonta que había hecho la iglesia católica era permitir que sus templos dejaran de ser un espacio para la oración y la reflexión. Un día (en los años setentas) los curas alentaron los grupos de rock, con la intención de atraer a los jóvenes. A partir de ese día en nuestras mentes y en nuestros corazones injertaron confusión. El espacio que funcionaba como templo también servía para "discoteque". Y entonces los pies de los fieles comenzaron a brincar sobre el suelo, igual que brincaban en el patio de la casa cuando había fiesta o cuando estábamos en la cantina o en la "disco".
Lejos quedaron los tiempos de los Cantos Gregorianos; los tiempos en que la música era como una varita de incienso o un camino seductor para ascender a Dios.
Ya los templos no tienen ese ambiente dorado de las velas en penumbra o del Sol filtrándose por los vitrales. Ahora la luz es enceguecedora, el ruido también lo es.
Sí, me hago viejo. Me dan cierta pena estos tiempos. Todo es una confusión.
"Que viva el Niño Fundador", gritaba el tecladista y los fieles aplaudían y con cierta reserva todavía gritaban a coro: "¡Que viva!". Y el niño, detrás del cristal, con su vestidito nuevo, parecía como esos niños a los que les festejan su cumpleaños en medio de mariachi y de una tremenda borrachera. ¿Así se celebra el cumpleaños de un niño?
"Te hacés viejo, Alejandro. Viejo al que todo le cae mal, el que todo lo critica. Sos un viejo anticuado. No sabés que vivimos en el 2009. Estos tiempos son otros tiempos. No sabés nada de Mercadotecnia. Ay, pobre Alejandro, qué pena me das. Te estás haciendo viejo cascarrabias. Cómo no aprendés al Niño Fundador, cada vez está más "in", más "nice", más en onda con estos tiempos".

lunes, 19 de octubre de 2009

PARA LOS QUE SE ABURREN



Nos hemos vuelto rutinarios. En el principio todo era emocionante. Después de miles de millones de años, un bicho marino salió a la playa y ahí “evolucionó” en animal terrestre; luego este animal se creó alas para trepar a los árboles y convertirse en pájaro. ¿O fue al revés? Lo que haya sido, ¡la vida era fascinante! Había un afán de ser otra cosa, de evolucionar. Fue tan intenso este movimiento que la Asociación de Animales Evolucionados decidió ir más allá y -según Darwin- eligió al mono para que se convirtiera en hombre.
Una vez que el hombre fue hombre vio que todos los animales se divertían como changos en la cuerda y decidió evolucionar también. Se inventó aletas y nadó en los mares como si fuera un pez; más tarde se inventó unas alas y, como si fuera pájaro, voló sobre un aparatejo que llamó avión.
Un día, quién sabe por qué, el hombre se conformó con ser lo que había sido durante miles de años.
Desde entonces todo se volvió soso. Como que al hombre se le agotó el deseo de cambio o descubrió que el mundo es limitado. El hombre no puede ir más allá del fondo del mar. Y, en el espacio, no le queda más que volar, volar, para alcanzar alguna estrella a cientos de años luz.
El hombre del siglo XXI difiere muy poco de su antepasado del siglo XVI. Por esto, ahora trata de evitar la rutina inventando ideas estúpidas, como la de bombardear la Luna para hallar agua.
Antes era emocionante creer que la tierra era redonda, por lo que un día algún intrépido trepaba a una carabela en intento de demostrar su idea. La gente, en la playa, lo despedía con esperanza, a sabiendas de que kilómetros más adelante su carabela caería en el abismo del infinito. Pero el intrépido regresaba a su lugar de origen y contaba que la tierra era redonda y que más allá de los confines existía una tierra maravillosa. Cientos de hombres, entonces, trepaban sobre sus carabelas y se enfrentaban a lo desconocido conocido. Ahora ya no es así. Las mayorías han quedado afuera de toda emoción. Seis u ocho astronautas trepan a una nave y “caminan” en el espacio. Regresan y platican su experiencia, pero ya no sucede más. Medio mundo les cree pero las multitudes ya no suben a las naves interplanetarias en afán de imitar a los neo conquistadores. La gente se mete a su casa, prende la televisión, calienta una taza de café, se pone las pantuflas, se tumba en la poltrona y mira una película (a veces mira una película que cuenta cómo el mundo de antes era muy emocionante).
Mi cuadra es reflejo de lo que sucede en el mundo. El otro día abrí la puerta y me senté en la banqueta. Después de diez o quince minutos comencé a sentir una presión en mi garganta y en mi pecho. La calle estaba vacía, de vez en vez pasaba un auto o se oía el paso de una línea de cotorros en el cielo. Pasaron veinte minutos y ni un niño apareció. Pensé entonces que el mundo se había quedado sin niños, porque en mis tiempos de niño, no había tarde de Dios en que la calle no estuviera llena de chavales jugando pelota, saltando la cuerda, lanzando el trompo o echando canicas. A los treinta minutos no pude más, me paré y fui a tocar en las puertas de las casas. Las señoras abrieron y, con desconfianza, me dijeron que sus hijos estaban bien, que estaban viendo la tele o jugando videojuegos o chateando. Pensé entonces que los niños de estos tiempos están contagiados del mismo mal que aqueja al mundo entero: la rutina.
A nadie le interesa explorar el mundo. Hemos dejado que unos pocos lo hagan por todos nosotros. Los pocos suben al Everest o llegan al fondo del mar o caminan por el espacio, mientras la mayoría espera tumbado en su casa el mensaje por twitter que dé cuenta del suceso.
Nos cerramos todas las puertas del descubrimiento. Es cierto, ya no podemos inventar que el mundo es plano o jugar a la “involución” para convertirnos en changos trepadores de lianas; pero bien pudiéramos salir a la calle a inventar nuevos juegos que no tengan nada que ver con la pantalla de la computadora o del televisor. Hemos llegado a un punto donde no hay retorno y, parece, tampoco hay mucho por delante.
¿Qué nos pasó?

domingo, 18 de octubre de 2009

CON EL PIE DERECHO


Cuando dieron la noticia me alarmé: "Cierran Luz y Fuerza del Centro". ¡Cierran Chiapas!, pensé. Porque Chiapas es el estado que da Luz y Fuerza al Centro.
Hoy en la mañana, a las cinco, desperté y algo raro se movió en el ambiente. Me vestí, salí a la sala y volví a tener una sensación rara. De pronto entendí: la veladora eléctrica del oratorio no estaba prendida. ¡No había luz!
El otro día Nacho me preguntó qué hago a las cinco de la mañana. "Escribo", respondí (entre otros rollos escribo las Arenillas). Así que hoy no podía hacerlo (no se trata de escribir al amparo de luz de vela, digo, ¡qué siglo XVIII en pleno siglo XXI!). Oriné y regresé a la cama. Desperté a las ocho. Tenía siglos que no dormía tanto.
Los chunches fallan, casi con la misma frecuencia con que fallamos los seres humanos. A las ocho ya había luz y el calentador también estaba prendido. El calentador de casa tiene un temperamento voluble, a veces se apaga cinco minutos después que comenzó a calentar el agua (tal vez el termostato falla).
Y digo que los chunches fallan igual que nosotros porque, no sé ustedes, yo fallo a cada rato. Hace rato, por ejemplo, Paty me dijo que pasaría al patio delantero los pantalones que no se secaron ayer. Dejé de escribir y salí al patio, caminé con dirección a la puerta y al dar el paso número doce sentí como si pisara una nube: ¡mierda de la Tasha!
Los chunches fallan, siempre fallan. Ayer, en la Universidad Mariano N. Ruiz, me quedé sin Internet, justo a la hora en que comentaba con los alumnos las características de los géneros periodísticos. El servicio regresó cinco minutos después sin que yo o alguien hiciera algo.
Estoy acostumbrado a sentarme cuando algún servicio falla. La mayoría de veces todo se arregla de la misma manera en que se desarregló. Tenía una televisión que se apagaba (siempre en el momento más emocionante de la serie) y volvía a funcionar dos o tres minutos después como si nada, como si sólo hubiera ido al baño y regresara tranquila.
Los chunches fallan. Fallan los carros a mitad de carretera; se zafa un tornillo de la bicicleta; se apaga el calentador a la hora menos pensada; se va la luz; el resorte de la pluma brinca y ahí estamos media hora, hincados, buscando debajo del escritorio. Tenemos un último cigarro y un último cerillo. ¡Doble contra sencillo que el cerillo fallará! Tenemos que salir a la calle a comprar una caja de cerillos o un encendedor porque no podemos irnos a la cama sin fumar. Nos ponemos la bata y salimos a la tienda de don Ramón, quien -por fortuna- siempre cierra a las once de la noche. ¡Menos esa noche, porque algo sucedió y está cerrado! Regresamos, buscamos la llave y no la encontramos porque tenemos puesto el pantalón del pijama. Comienza a llover. Los chunches y las personas fallamos. Así es esto.

sábado, 17 de octubre de 2009

CONSTRUYENDO ALGO COMO UN PUENTE


Llegué a casa y mi mamá me dijo: "Jorge te trajo una invitación". Jorge y yo fuimos compañeros en la escuela primaria "Fray Matías de Córdoba". Hace mil años (bueno, un poco menos). La participación estaba sobre la mesa, al lado de este chunche.
Bastó esa tarjeta para recordar otras nubes. Fue un poco como si Jorge y yo volviéramos a vernos niños, corriendo por el patio detrás de una pelota. Salones oscuros, porque la escuela estaba instalada en una vieja casona.
En ese tiempo las escuelas tenían más "horma" de casa que de escuela. Tal vez por esto nos sentíamos tan a gusto. Tal vez por esto los maestros nos querían tanto, tanto que se enojaban como si fueran nuestros papás y nos pegaban cuando no les hacíamos caso.
Hace dos o tres días, con otro compa, recordamos cómo un maestro cuando no sabíamos las capitales de los países del mundo nos golpeaba las manos con una regleta de madera. Ambos concluimos que era una exageración, pero ninguno de los dos guardamos ni una pizca de rencor hacia ese maestro (al contrario, yo lo amo y respeto. ¿Será el síndrome del golpeado? No lo creo. Nunca puse ningún lodo en mi corazón. Y por esto, tal vez, es que ahora transito por el mundo con mucha tranquilidad).
Jorge inaugurará hoy una negociación que se llama "Grabados profesionales y artísticos Domínguez"(al lado de Abarrotes Súper Cordero). No podré ir porque a las diez de la mañana -hora de la inauguración- debo estar en la Universidad Mariano N. Ruiz, impartiendo la cátedra de Comprensión Oral y Escrita.
No acudiré, pero le deseo mucho éxito, hoy y siempre.
Acá no es el país de las oportunidades, como sí lo es Estados Unidos, pero -todavía- los mexicanos creemos en nosotros y emprendemos aventuras laborales.
Jorge debe tener más o menos mi edad (cincuenta y dos años), y a esta edad comienza un sueño. Ya lo dice el dicho: para el amor no hay edad. Y lo que hace Jorge no es más que un recordatorio de amor a la vida, al trabajo, a la esperanza.
Vi la invitación sobre la mesa y fue como si viera el viejo patio de la escuela. Tal vez algún maestro nos dijo que la vida era reto; tal vez, en medio de algún "reglazo" aprendimos que la vida no es simple y que los hombres, a pesar de los golpes, debemos sobreponernos.
Por esto, yo creo que esos golpes no fueron producto del resentimiento o de la maldad. A pesar de que la pedagogía moderna censura el castigo corporal, nosotros -de una o de otra manera- "aprendimos" a base de uno que otro "reglazo".
¿Nos trataban como borricos? No sé. Ahora veo muchos niños que no andan por el camino correcto. No hay manera de "encaminarlos". A veces (no sé) pareciera que es necesario un jalón para poner al hombre en el camino de luz. No sé.
Lo cierto es que los de esa generación "ahí vamos". Con trompicones y jaloneos nos hicieron caminar por un camino menos incierto.
Y ahora yo, primero Dios, entraré al rato a un salón universitario; y Jorge atenderá a sus invitados donde les propondrá hacerles grabados profesionales y artísticos. ¡Nadita!

viernes, 16 de octubre de 2009

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO “ALAS A LAS ARAÑAS” ES PALÍNDROMO JUGUETÓN



Querida Mariana, me gusta el espacio que se llama sala. Los arquitectos han creado el concepto especial de “Sala de juegos”, sin entender que toda sala sirve para el juego; por esto, en Comitán, al conjunto de muebles le llamamos “juego de sala”. Los gringos bautizaron como “love seat” un mueble especial para dos (los franceses, que son más perversos y juguetones, meten hasta tres en un asiento del amor cuando juegan al ménage à trois).
Me gustan las salas minimalistas donde todo es como muy ordenado y escaso; pero me gustan más las salas comitecas llenas de chunches.
A veces juego que soy una sala. Lo primero que hago es abrir mis ventanas para que entre el aire, luego, cambio de sitio los muebles. Me gusta poner cada sillón en un esquinero. Me divierto mucho cuando un afecto llega y lo invito a sentarse. Él en una esquina y yo en la otra. Advierto su confusión, pero luego le digo que es como un juego. Entonces como que se relaja, estira las piernas y grita para comentarme algo y ríe porque eso se le hace novedoso.
El otro día una muchacha bonita llegó con un ramo de flores. Busqué un vaso y abrí el grifo de la cocina. El vaso con las flores quedó a mitad de la sala, sobre el suelo, porque la mesa de centro había perdido su vocación a la hora que la coloqué pegada a la pared. Estos juegos me divierten. Es bonito cambiar la vocación de los objetos. A veces me siento en el suelo y uso el sofá como mesa, pongo el plato sobre el asiento y saboreo el pan integral; a veces descuelgo la cortina de tela y la pongo sobre el piso e imagino que es el mantel (esto es como hacer un picnic a mitad de la sala. Tiene muchas ventajas: mirás llover y no te mojás; no hay abejas molestosas y el Sol no te quema).
Me gusta creerme una sala comiteca. Cuelgo todas las fotos familiares sobre mis paredes. Las fotos de mis papás las cuelgo en la pared cercana a mi corazón; la foto, en sepia, del tío Carlos la coloco cerca de la puerta de salida.
Me gusta imaginarme sala. Dependiendo de quien llega a verme coloco en la puerta de entrada uno u otro cartel: si es afecto cuelgo el que dice: “Mi casa es tu casa. Bienvenido”. Si es un compa pesado o un extraño, cuelgo el otro: “Cuidado con el perro bravo. No está vacunado contra la rabia”.
Sólo una vez jugué a que era oratorio. Llegaron muchas beatas y me ofrendaron flores y veladoras; pero luego se olvidaron de cambiar el agua de los floreros y un hedor de agua estancada y flores podridas me acompañó varios días. El olor era tan desagradable que cuando jugué a ser fachada la gente se cambiaba de acera.
La vez que fui oratorio sólo una muchacha bonita se acercó, la mayoría de visitas -ya te lo dije- fue de mujeres mayores en busca de sosiego espiritual. Cuando la muchacha bonita entró yo estaba iniciando el Padre Nuestro: “Padre Nuestro que estás en los cielos”. La niña se cubrió la cabeza con una mantilla española, se hincó frente a mí y jugó a repetir mi oración, modificándola tantito: “Alex mío, que estás a mi lado”, dijo. Yo seguí: “Santificado sea tu nombre” y ella dijo: “Bienaventurado seas tú, que eres mi hombre”. Yo dudé, pero seguí en intento de que comprendiera que se había equivocado de lugar: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”, y ella: “Hágase tu voluntad en mi cuerpo sobre el suelo”. ¡No pude más! Me paré y quise decirle que estaba ofendiendo ese recinto, pero luego me di cuenta que quien estaba confundiendo el juego era yo, así que, de inmediato, cambié el espacio y jugué a ser recámara y todo funcionó a la perfección.
P.d. ¿Nunca has jugado a ser cocina comiteca, de esas de los años cincuentas donde había un fogón enorme para calentar el café y los frijoles; y donde había un horno de leña para hacer pan? ¿Por qué no jugás a ser patio y me invitás a jugar el juego: “¡A que no atrapás al viento!”?

jueves, 15 de octubre de 2009

VOLADORES


La UNESCO determinó que Los Voladores de Papantla sean considerados como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. De la primera frase privilegio el vuelo y de la segunda el término Inmaterial.
El vuelo es inmaterial. Es bueno que la UNESCO reconozca a los voladores, pero, en sentido estricto, es irrelevante.
Es irrelevante para términos del propio vuelo. Sólo un estúpido no advierte la grandeza en el vuelo.
Prodigio hubo el instante en que los primeros voladores escalaron el palo que tanta semejanza tiene con el "palo ensebado" que colocan en las plazas cuando hay feria. Desde ese día el vuelo fue como un estado de gracia para el ojo del hombre, para su corazón. Porque estos hombres, en realidad, no vuelan, "se descuelgan" como si fueran arañas temerosas. Más que su destreza con el ala se valora su intrepidez al vencer el miedo. ¿Por qué se descuelgan? Los historiadores y cronistas deben tener la respuesta. Pero ¿qué pensó el primer hombre que hincó un tronco enorme en el centro de la plaza? ¿Qué representa esta "caída"? Porque, insisto, el vuelo tiene la característica del ascenso, y los voladores de Papantla no ascienden.
No es la caída libre, es la caída en suspenso. ¿Qué nos dicen estos hombres que se desenredan como si despertaran de un sueño? ¿Hay mujeres en este ritual? ¿No? ¿Será que las mujeres sí, en verdad, son las que vuelan y nunca descienden?
Es simpático el término Inmaterial. Alude al aire, a la nube, al sueño, al hueco. ¿Será que los Papantlecos descienden sobre los muros del viento?

miércoles, 14 de octubre de 2009

SERENATA EN MARIMBA Y CON BANDONEÓN



“La Negra” lo vaticinó. “La Negra” es Mercedes Sosa, quien falleció la semana pasada.
Hace más de diez años salí de Comitán para rodar por el mundo, pero el mundo no me alcanzó más que para llegar a la esquina. Cuando era niño mi mamá no me dejaba salir de casa. Pocas veces llegué a la esquina para comprar una nieve o para mirar el horizonte desde ahí. Siempre tuve que imaginar cómo era Comitán más allá de la Pila, más allá de Yalchivol. Con esta prohibición, mi mamá me enseñó a amar a Comitán, fue como si dijera: “No hay algo fuera de casa”. Y “La Negra”, en los años ochentas, me lo recordó. Sucede que en ese tiempo ocupaba mis tardes en la lectura y en escuchar música. Después de cerrar el negocio de venta de madera, me sentaba en la sala de mi casa y me ponía los audífonos de un “walkman”. Estaban de moda Emmanuel (el de las primeras canciones) y Vicky Carr (ya madurita). Y aunque Mercedes no estaba de moda, porque los grandes son atemporales, yo escuchaba a la Sosa (siempre, al ver su foto, se me hizo un sapo de cuento de fantasía, una mujer de piedra prodigiosa. Sé que no hay “sapas”, pero Mercedes es una sapa hermosa, pues croa notas luminosas).
Escuchaba una canción de Mercedes a cada rato. La canción se llama: “Serenata para la tierra de uno” y tiene letra de la poeta María Elena Walsh. Empieza así: “Porque me duele si me quedo / pero me muero si me voy, / por todo y a pesar de todo, mi amor / yo quiero vivir en vos”. Yo tenía un gran dolor por permanecer en mi pueblo y a pesar de que amaba vivir en él, quería saber cómo la gente vivía en otros territorios, cómo cantaba, cómo amaba, cómo descolgaba las nubes para tejer sus hamacas. Pero a cada rato, mi mamá me decía que fuera de casa hay nada, y Mercedes insistía en decirme que era doloroso quedarme en el pueblo, pero “moriría” si me iba.
Veinte años después “me dio mi mal” y deseché las recomendaciones de mi mamá y de “La Negra”. Tomé la mochila y traté de volar por otros territorios. Las alas no me alcanzaron. Un inmenso lastre no me dejó ni siquiera abrir las alas. No había llegado a la primera nube y ya la nostalgia me empapaba. ¿Quién vuela con las alas mojadas? El peso me impidió “agarrar” altura. A poco de haber salido caí como “sapo” todo mojado, todo destripado. Necesité ocho o diez años para recuperarme. Cuando estuve listo para reemprender el vuelo lo hice con emoción, pero en lugar de emigrar hacia el Norte, volví la mirada y emprendí el vuelo hacia el Sur, hacia mi amada tierra. Durante todo el trayecto sólo canté una canción: “Porque me duele si me quedo / pero me muero si me voy, / por todo y a pesar de todo, mi amor / yo quiero vivir en vos”. Y ahora vivo en Comitán por obra y gracia de Dios. Sigo teniendo un gran dolor por quedarme, pero sus calles empinadas Van Gogh, sus patios Mozart, sus casas con techos de tejas, sus aromas de tenocté y de pan compuesto compensan mis tardes llenas de neblina. Me duele la ignorancia de otros cielos, me producen escozor las espinas conocidas, pero ya no siento la opresión de la ausencia. Ahora cada vez que camino por sus calles me detengo y lleno mis pulmones con su aire, y así lleno mi vida con su vida.
Comitán es como un cuarto lleno de polvo y moho, pero tiene una hendija por donde se cuela la luz. Y esta minúscula grieta genera la luz más intensa del universo, la más amada.
“La Negra” lo vaticinó. Duele mucho vivir sin volar a otras regiones, pero el vuelo con ojos cerrados provoca la muerte. Vale más crecer en el sufrimiento.
Ya sé lo que es vivir fuera de Comitán. No vuelvo a hacerlo. Ahora pienso dos veces cuando debo salir a la tienda de la esquina o cuando por algún encargo debo ir a Tuxtla o a San Cristóbal o a París o a Islamabad. Prefiero estar en casa. Total, ya aprendí que afuera hay nada. Todo está concentrado en esta ventana húmeda, llena de polvo y moho. ¡Acá está la vida!
Y ahora que Mercedes Sosa murió, su tierra se ensanchó. Cuando canta canta al universo: “…mi amor / yo quiero vivir en vos”.

martes, 13 de octubre de 2009

COLABORACIÓN ESPECIAL PARA PALABRA ESCRITA



DE LAJA HA DE SER LA CAMA, DE LAJA LA CABECERA

Hoy el tiempo es vertiginoso. Los Dioses del principio, como tenían todo el tiempo del mundo, se entretenían inventando ciudades. Ahora, medio mundo anda a las carreras por llegar a tiempo a la escuela, a misa, al trabajo, al mercado o a la cita con la novia o con el empresario. La gente medio desayuna, medio come, medio cena porque debe conseguir dinero para comer. Los Dioses, igual que los hombres, ya no tienen tiempo. Por esto ya no inventan ciudades prodigiosas.
En los tiempos cuando el tiempo era una burbuja lenta, los Dioses decidieron crear un pueblo maravilloso. “Se llamará Comitán”, vaticinaron y pusieron manos a la obra. Echaron mano de los materiales a la ídem: zacate, barro, tejamanil, madera de pino y cedro, nubes, piedra bola y lajas. Las nubes las emplearon para adornar los arcos de los corredores, y las piedras y lajas las emplearon para las calles y banquetas.
Cuando el pueblo asomó en el valle y sobre el cerro, la gente y los animales poblaron esa sucursal de El Paraíso. Los constructores hicieron altas las puertas de los zaguanes para el paso de los caballos. Los patrones regresaban de las fincas y entraban con todo y caballo al fondo de la casa, donde estaban las caballerizas. A la casa entraban hombres y animales (esto es lo que sucede, según La Biblia, en todos los espacios que son como El Paraíso).
Pero un día luminoso, lleno de Sol, buganvillas, y frijoles molidos adornados con queso crema y chile de Simojovel, llegó el primer carro. El propietario (quién sabe por qué motivo) le dio un valor desmedido a ese vehículo. Mandó ampliar la puerta de entrada y rompió la banqueta para construir una rampa. Por la tarde de ese día, cientos de personas se reunieron frente a la casa del hacendado rico y vieron cómo el dueño guardaba el carro. Cohetes, marimba y baile sobre la calle llena de juncia acompañaron el histórico acto. Nadie se dio cuenta de que (en mala hora) la banqueta había roto su continuidad. A partir de ese instante, como si fuera la marabunta, cientos de carros llegaron al pueblo. Cada auto demandó la fractura de una banqueta para construir la rampa. Ningún comiteco advirtió que no sólo se fracturaba una simple banqueta, también se fracturaba para siempre un modo de ser. Desde entonces, el espíritu del comiteco está fracturado, y, para seguir en la tónica, ahora hay cientos de comitecos fracturados cada vez que resbalan por las empinadas rampas. Cualquier persona con un mínimo de sentido común reconocería que la lisura de las lajas no es el ideal para hacer una rampa (a menos que se quiera hacer una resbaladilla para disfrute de los niños). He visto (todo mundo lo ha visto) cómo los adultos hacen malabares para sostenerse en pie ante esas resbaladillas. He visto (todo mundo lo ha visto) cómo algunas personas resbalan y se tuercen los pies o sufren alguna rotura de hueso.
Se me hace una injusticia para los habitantes de este maravilloso pueblo. Quienes un día decidieron remodelar el Centro Histórico para rescatar la esencia olvidaron un detalle importante: Cuando los Dioses construyeron Comitán los carros no existían. Esta plaga absurda y necesaria ha desplazado al hombre. Ahora el auto tiene preeminencia. En las esquinas hay letreros que indican que en Comitán el peatón es primero, pero esto es letra muerta, porque en el pleito de pasar uno por uno, cada automovilista se olvida del transeúnte.
No sé qué puede hacerse para evitar esas resbaladillas peligrosas que han fracturado a decenas de comitecos. Pero ¡hay que hacer algo!
El otro día, un compa comiteco que ahora radica en la Costa, me dijo que el Patronato encargado de la remodelación del Centro Histórico olvidó una cosa esencial: Esta ciudad es para que la vivan los comitecos. Uno de los goces de este pueblo es la caminata por sus calles. Ahora este goce se ha convertido en un pesar porque los adultos, sobre todo, deben bajar de la banqueta a cada tramo por lo peligroso de las entradas de los autos. Al bajar se exponen a que un carro los atropelle.
Antes no ocurría esto, porque los dueños de las entradas tenían el cuidado de hacer “morroñosa” la superficie encementada, de tal suerte que no fuera tan resbaladiza. Hoy, esto no es posible porque el reglamento exige que las entradas tengan laja. La laja es como jabón. Ante esto una pregunta es necesaria: ¿Tenemos que caminar por banquetas peligrosas en aras de conservar una tradición? La tradición es importante en la medida que no daña nuestra integridad física y espiritual. Ninguna tradición está por encima del hombre.
Los Dioses crearon este pueblo maravilloso con un solo cometido: Que sus habitantes fueran felices, hasta donde esto es posible.
El INAH, una entidad gubernamental dedicada a la preservación del patrimonio, debe dar una respuesta consciente a esta problemática. Ya que son expertos en ciudades históricas deben presentar una alternativa para la entrada de los autos. Es absurda la exigencia de que las entradas de los autos sean de laja. ¿No es posible que estas resbaladillas se hagan como las rampas para discapacitados que están en la contraesquina del templo de Santo Domingo? ¿No es posible que la exigencia de piedra laja en las rampas se revierta y se coloque un material antiderrapante para seguridad de todos los caminantes comitecos?
Ahora este pueblo parece un homenaje al absurdo. Es como si fuera un museo que debe visitarse desde los autos. Es como si viviéramos en una sucursal de Jurasic Park. No podemos bajar de los autos porque corremos el riesgo de ser atrapados por los dinosaurios rex de estos tiempos: las rampas de laja. ¡Qué absurdo! ¿Por qué no hacen algo las autoridades municipales?



LOS HOMBRES QUE HACEN LOS NOMBRES

Cuando alguien, en el mundo, menciona Aracataca de inmediato pensamos en Gabriel García Márquez. Algo similar ocurre cuando alguien menciona Comitán, ¡pensamos en Rosario Castellanos! Los escritores dan identidad a los pueblos. Su obra los renombra. Rosario Castellanos es la comiteca más conocida en el mundo y es la mujer que más hizo para que el nombre de este pueblo esté en boca de medio mundo. Ella no lo buscó. Los hombres célebres no buscan la celebridad, ésta es la que los persigue como sombra fiel.
Muchos pueblos del mundo valen por uno o dos de sus hombres. ¿Quién hubiese sabido de un lugar de la Mancha si Don Quijote no hubiese salido de ahí? Calcuta es más famosa desde el instante en que una tal Teresa le dio luz.
Los pueblos son sus hombres y mujeres. Tal vez por esto la poeta Mirtha Luz Pérez Robledo parió ese verso tan celebrado que dice: “No soy de Comitán, Comitán es mío”. El pueblo no es nada sin sus moradores. Cada pueblo está hecho con la savia de sus habitantes, con sus modos de ser, con sus sueños, sus anhelos y sus frustraciones.
Comitán está, más que en este pueblo, en el corazón de cada comiteco desperdigado en el mundo. Ahí donde está un hijo de esta tierra está el cielo comiteco lleno de chinchibules y de cenzontles y de tzizimes y de vasos de jocoatol.
¿Comitán de Domínguez? Para efectos oficiales ¡así es! Para efectos de vida y de identidad, Comitán tiene el apellido del hombre y de la mujer que lo lleva entre sus manos.
Por esto, a la usanza antigua, cada uno de los comitecos tiene un nombre propio que se complementa con la región que lo ilumina. Decenas de miles de nombres propios terminan con Comitán. ¿Yo? Alejandro de Comitán. ¿Vos? ¿Rosario, Guadalupe, María, Patricia, Enrique, Caralampio, Carlos, Eugenio, Jorge de Comitán? Sí, así es como nos identificamos ante el mundo, porque Comitán es la tierra que nos nombró desde el principio y ahora nosotros, en acto de reciprocidad, nombramos a nuestro pueblo cada vez que decimos nuestro nombre. ¿Yo? Alejandro de Comitán. ¿Y vos?

PRESENTACIÓN DE LIBRO "SABINES TRIDIMENSIONAL", DE ALEXANDER DOMÍNGUEZ

lunes, 12 de octubre de 2009

A MÍ TAMBIÉN ME GUSTA DIOS



Según Sabines, a Dios “le gusta jugar”. Y según varios lectores, a Sabines también le gustaba jugar. Sabines, a veces, jugaba a la botella, a veces a encontrar el poema debajo de la piedra.
A todo mundo le gusta jugar, pero no todo mundo juega bien. Quienes juegan al perfecto ¡no saben jugar! Lo bonito del juego es la imperfección, la piedra con grietas.
Hay muchachas que tienen la gracia del juego, así como hay gatos que son más gato que otros. Los gatos más simples únicamente juegan el bollo de estambre con una de sus manos o trepan al tejado en noches de luna llena; los más lúdicos juegan a que son perros y a la hora que ladran sacan las uñas y se divierten mucho porque ya se sabe que gato que ladra no muerde pero sí entierra las uñas.
Hay poetas que son como gatos simples; hay otros que juegan a aullar en noche de luna llena. Dios es un poeta aullador. Bien pudo haber hecho el universo en un solo guiño, pero prefirió hacerlo en varios días, todo porque el juego es más emocionante si se le da su tiempo. Esto lo sabe muy bien el amante sabio. Hacer el amor es como inventar el universo. Debe hacerse en varios tiempos y descansar el séptimo día.
Claro, como todo juego, la creación del universo aceptó el azar de la improvisación. El fútbol tiene sus reglas bien precisas, así como el soneto en la poesía tiene una estructura de corsé; pero ambas disciplinas pueden -si los poetas del balón y del verso libre así lo deciden- optar por la ruptura de lo estricto. Así, el mundo, de pronto, se topa con una maravillosa jugada de Ronaldinho o un verso luminoso de Efraín Bartolomé. Pero como todo juego tiene luz y sombras, también por ahí se cuela un “oso” de Giovanni o un verso malogrado de uno que se creyó poeta. Y esto le pasó al Dios juguetón cuando creó el universo. Entusiasmado con esa pizca de azar dejó que algunas imperfecciones se colaran. Después de todo el juego tiene a la imperfección como característica esencial. Si el fútbol o la poesía fueran perfectos todo sería robótico, como escrito o jugado sobre una placa de metal.
Por esto, lo que para el ateo es un defecto, para los demás hombres resulta una bendición. El Dios juguetón permitió, con esas imperfecciones, que los hombres también participaran del juego.
La vida no es más que el juego de Dios en el que los humanos jugamos a jugar. ¡Un mundo completamente luminoso sería muy aburrido! Esta es la grandeza de Dios. Por esto, Sabines no dudó en decir que Dios “es un viejo magnífico que no se toma en serio”. El propio Sabines también fue un viejo -no tan magnífico- que no se tomó muy en serio. Su creación tiene imperfecciones gramaticales. Un lector de su obra encuentra al lado de una vía láctea enormes hoyos negros que no se sabe porqué tragan la energía.
Tal vez ese sea el mérito literario de Sabines. Escribió para hombres y mujeres juguetones. Dejó la poesía de Octavio Paz para los que se toman todo en serio.
A mí, más que Sabines, me gusta leer a Efraín Bartolomé. Es mi grano de maíz con el que señalo la luna o el valiente en el juego de lotería que Dios creó. A mí, igual que a Sabines, “me encanta Dios”, por el juego maravilloso que nos legó; me encanta porque, si de Sabines hablamos ya en pasado, Dios siempre es presente.

domingo, 11 de octubre de 2009

¿NOS VAMOS AL MUNDIAL?


Bueno, cuando menos el periódico Reforma no fue amarillista. "Se va el Tri a Sudáfrica" colocó en su titular.
Claro, ello no servirá de nada, porque medio mundo en México grita: "¡Nos vamos al Mundial!"
Los medios de comunicación ya nos hicieron creer que, en efecto, ¡Nos vamos al Mundial!
Nos han hecho creer que nosotros Somos el número 12. Así, en el Estadio Azteca, más de cien mil gargantas entonan "El Cielito Lindo". ¿Por qué esta canción para un encuentro de fútbol? Los conocedores dicen que dicha canción es como el sucedáneo del himno en el exilio. Los mexicanos que están fuera de México la cantan a punto de llanto.
"Ay, ay, ay, canta y no llores", dice un verso, y los aficionados del Azteca la cantan como si intuyeran que son exiliados en su propia tierra. El gobierno, a cada rato, nos dice a los mexicanos que "Saldremos de la pobreza" y es como si nos dijera: Nos Vamos al Mundial.
Ahora resulta que el número 12 es el que debe pagar el 2 por ciento para que "salgamos de la pobreza".
Tal vez la canción es apropiada. Medio México debía llorar porque "Nos vamos al Mundial", pero es más recomendable cantar para hacer menos dramática "la ida".
¿A qué vamos al Mundial? A nada. ¿De veras iremos al Mundial? ¿Por qué casi casi se nos va la vida en el juego de once?
Mis lectores saben que ayer prendí veladoras para que México perdiera. Por desgracia la selección ganó. No me quedó más que apagar el televisor, luego apagar las veladoras y, con la voz más entonada que pude, comencé a vomitar lo de: "Ay, ay, ay, canta y no llores"