miércoles, 18 de febrero de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE SE EXPLICA, PASO POR PASO, EL SENTIDO DE LA TOLERANCIA




El primer plano es obvio. Dos alambres (uno blanco, otro negro) se dan la mano a mitad del campo. Los dos, un poco tensos, con las púas que la historia les ha hincado, se amarran en intento de no permitir, jamás, el paso de otros. ¡Contradicción enorme! Ellos, enemigos permanentes, se unen para evitar el paso a un tercero. ¿Quién es el tercero? ¿Qué color de piel tiene? ¿Qué púas rodean su corazón?
La historia nos demuestra que la historia del hombre es un permanente éxodo. Los hombres y mujeres, a veces sin más que su vestimenta puesta, migran de uno a otro territorio, en busca de praderas más libres. Pero, ¡oh, destino cruel!, siempre se topan con alambradas, con cercos de alambre de púas, con muros, con fortalezas, que impiden su paso. Otros hombres se adueñan de territorios. ¿Quién no recuerda la invasión rusa a territorio checo? Un día, las tanquetas diluyen los sueños, los pulverizan, y amanecen a mitad de las plazas. Los hombres que controlan esas tanquetas se instalan en las esquinas, con metralletas en las manos, y obligan a los hombres, que apenas un día antes, volaban libres como gacelas con alas, a someterse a sus órdenes. Todo es a punta de pistola, todo es violento. Las mujeres caminan como gatos temerosos y los hombres bajan la cabeza en señal de sometimiento.
Acá, el viento, en apariencia, corre libre. No es así. Hay algo que detiene su cabalgata. Esa línea de metal que es como una línea de horizonte infértil, impide que el aire juegue rondas infantiles. Acá no sólo hay un pacto entre alambres blancos y alambres negros (corroídos por el óxido de la envidia); también hay un paco entre la luz y la sombra (los eternos blancos y negros del universo). Si el lector ve con atención observará que así como hay un cerco que impide el paso de uno a otro territorio, de igual manera, la sombra pinta una línea entre ella y la luz. Es un alambrado que, igual que el alambrado de púas, impide el paso de algún migrante, impide el paso del día. La sombra (se sabe que siempre es una dictadora implacable) va, de manera lenta, adueñándose del territorio, como si fuese una tanqueta rusa avanza sobre el territorio checo libre. Los niños ven ese cinto de metal y corren a sus casas, abandonan sus carritos de madera, sus muñecas de trapo. ¡Maldita noche que traiciona el pacto con la luz!
Lo que tendría que ser ejemplo de cómo los blancos pueden convivir con los negros de manera sencilla, se convierte en la lección más traidora de la historia: todo pacto entre dos extremos elude y fragmenta al medio.

lunes, 16 de febrero de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE SE VE CÓMO EL ARENILLERO SIEMPRE HA VIVIDO EN LA CONFUSIÓN




La fotografía corresponde a la década del setenta, del siglo pasado. Si el lector ve con atención observará que la lancha tiene pintado el nombre de Santa Rosalía, Baja California. La foto tiene pocos elementos (fue tomada por mi tío Mario): el mar, al fondo; en primer plano la lancha con algunas cuerdas, maderas, remos (del mismo material), una sombra (sólo una) sobre la arena.
Ah, perdón, también aparece el arenillero, quien es el que toma el remo con ambas manos. Viste una camisa a cuadros y un pantalón blanco (tal vez contagiado con la cercanía del mar).
¿Qué hace el joven sobre la lancha? Sí, el lector atinó. El joven (llamémosle B) mueve el remo como si estuviese a mitad del mar y el aire fuese el agua. ¿Dónde se ha visto que alguien reme en el agua del aire? B pareciera torcer todas las leyes físicas y superar a aquel valiente que “rema contra corriente”. Todo mundo recomienda dejar fluir y remar a favor de la corriente, pero acá se ve que B hace un esfuerzo supremo porque, tal vez, el viento está en contra y él rema porque, no se sabe bien a bien, desea ponerse a salvo. Porque, se sabe, B no sabe nadar y tal vez alguien ya lo alertó acerca de que el mar está picado y el oleaje alcanza alturas de varios metros sobre el nivel del suelo. Pocas ocasiones tiene B de estar a nivel de mar y ahora rema y rema por alcanzar otro nivel del suelo.
Pero lo sorprendente de la fotografía es la sombra que el remo de B proyecta sobre la arena. La lancha está a resguardo de las fauces del mar (B no puede saberlo, él es un tipo que ha crecido en tierra firme). El remo de B se mueve a través del oleaje del aire, pero por el prodigio de la vida, proyecta una sombra en el fondo. B no lo sabe, pero lo intuye. Si la barca fuese echada al mar, él no podría proyectar sombra alguna sobre el mar siempre en movimiento. La arena permanece estática, para darle protección a B que no sabe nadar y para que su movimiento proyecte una sombra sobre su piel cálida. La arena sabe que B rema, rema intensamente; sabe que ese movimiento provoca una sombra que se mueve sobre su rostro. Esa sombra se mueve al ritmo del movimiento del remo y éste se mueve al ritmo vertiginoso que le imprime el movimiento de los brazos de B. Esta sombra se dibuja sobre la arena. El dibujo lo provoca B. ¿Sabe que algún día, en tierra firme, dibujará sombras de letras y de palabras sobre la arenilla del corazón de sus lectores? Porque, lo que el arenillero hace todos los días no es más que dibujar una sombra en el espíritu de los lectores. Sigue (¡ah, qué tonto!) remando en el mar del aire. Por esto, a veces, se le ve en el parque central de Comitán con los brazos abiertos como si nadara (no sabe nadar), como si remara (no sabe remar), como si navegara (tampoco sabe hacerlo). Mueve los brazos en intento de vuelo (no tiene alas ni vocación de gaviota).
Aquella mañana, en Santa Rosalía, se subió a la barca y soñó que estaba a mitad del mar y debía remar, remar mucho para alcanzar la orilla. Tal vez la vida no ha sido más que eso: remar, remar, para alcanzar la orilla. Algunos reman en aguas dulces, otros lo hacen a través de feroces tormentas y hay otros (tontitos) que imaginan que reman y siguen en el mismo lugar. La orilla siempre es su orilla. Llegaron desde hace mucho y, tal vez, no se han dado cuenta. Remar en el aire (¿es esto posible?)

domingo, 15 de febrero de 2015

HACE DIEZ (parte IX)



Hace diez años escribí un libro que se llama “Crónica de un viaje a Comitán”. En ese tiempo vivía en Puebla. La edición fue de apenas 200 ejemplares. La edición está agotada. ¿Cómo fue mi mirada en ese tiempo? Hablé del viaje, de la ciudad y de los amigos. Todo mundo sabe que quien entra a la dinámica del viaje entra a otra dimensión del tiempo. La realidad del viajero posibilita ver el entorno de manera diferente, porque no hay la premura de la vida rutinaria. Paso copia de un capítulo de dicho librincillo. Es sólo para compartir, después de diez años.

EN CASA
Todos los que ahora van por la carretera comenzaron su viaje hace cientos de años. El viajero de este siglo tiene la memoria de un caravanero. Quien hoy viaja en un avión ya lo hizo antes sobre un camello o sobre una carreta tirada por bueyes. El viajero tiene paisajes de desiertos, de palmeras y de caminos llenos de polvo.
La mañana que llegué a Comitán pensé en mi abuelo paterno. Una tarde lluviosa del siglo XIX subió a un barco en algún puerto europeo y viajó rumbo a México. ¿Cuántos meses tardó su viaje? Pero mi viaje a Comitán no sólo tuvo a Italia en la memoria, también albergó la Costa de Chiapas –Huixtla –, lugar en donde mi abuelo materno trabajó en una finca.
Mi viaje fue tan simple como pasar de la cocina al comedor de la casa. Salí de Puebla (lugar donde vivo) y llegué a Comitán (lugar donde nací y viví); es decir, dejé por un rato mi casa, para estar en mi casa otro rato. ¿Querés mirar cómo quedó tu casa?, me dijo mi compadre Roberto. Y subimos por una escalera de su consultorio, llegamos a un descanso, luego a otro nivel, uno más, y luego un cachito con escalones más reducidos, lugar en donde tiene un jacuzzi. Roberto abrió la ventana y salimos a la azotea. Lo primero que miré fue un tinaco, pero volví la mirada y me topé con el edificio maravilloso de la Posada de la abuela. La posada está edificada en el terreno que fue mi casa. Mi viaje cobijó también la tarde en que mi papá llegó por primera vez a Comitán. Contaba mi papá que cuando llegó al pueblo la luz eléctrica no iluminaba más que la luz de una vela o de un quinqué. Primero llegó a vivir a una casa pequeña en el Pasaje Morales; luego rentó una casa grande a cuadra y media del parque central; y, por último, construyó la casa –que yo siempre consideré enorme, tanto en su afecto como en su extensión. Esta última casa es la que vendí al salir de Comitán y es el terreno en donde ahora está la Posada de la Abuela y que está junto al consultorio de Roberto. Es más, el consultorio fue alguna vez el oratorio de mi casa. Por eso siempre que entro a saludar a mi compadre oigo un reconfortante eco de padrenuestros y de avemarías.
Mi papá siempre dio posada con gran cariño a todos los amigos de la familia. Sentí, entonces, desde la azotea, que la casa sigue conservando su vocación. Roberto hizo que yo me acercara más al pretil y dijo: ¿Mirás ese alero que sobresale en aquella esquina? Es el techo de lo que fue tu departamento. Y yo dije que sí, porque en ese instante volví a ver mi casa tal como la dejé.
Vi algunas vigas de la bodega a punto de caer, y, en la esquina que señalaba Roberto, vi el árbol de ciprés que nunca creció porque todas las mañanas lo orinaba “El terry” (un doberman que en alguna reencarnación perdió su fiereza y se volvió más bueno que dos chihuahueños juntos).
Lety y Roge –un poco dueños de la posada (o un mucho, no lo sé) – me invitaron a comer a su casa. Lety me sirvió un plato con verduras cocidas al vapor y dijo: ¿No querés entrar para conocer la posada? Quedamos que al día siguiente pasaría mi compadre Javier para llevarme a conocer la posada. Roge llevaría la llave. ¡A las diez!, dijimos. Pero sucedió que al día siguiente, diez minutos antes de las diez, llamó el maestro Óscar. Unos poetas de la ciudad de Las Margaritas querían que mis hijos les editaran un libro. Debí salir entonces. Javier llegó puntual, tan puntual que no me encontró en la casa y así me perdí la oportunidad de conocer el interior que, en esas fechas, aún no estaba abierto al público. El destino quiso que yo viera ese espacio desde arriba, como si yo no fuera más que la hoja de altísimo árbol.
Todos los que ahora viajan por la carretera llegarán a un lugar. Algunos tocarán una campanita, registrarán sus datos en una papeleta y un botones cargará las maletas hasta su habitación; y otros meterán la llave, abrirán la puerta y esperarán a que hijos y esposa los abracen. El hombre que descansa en la posada es como un río que busca el mar; el otro, el hombre que vuelve a su casa es la flama de una vela que se vuelve a encender. Todo viajero es un constructor: tiende instantáneos puentes que le permiten pasar del patio a la sala de estar. Yo estuve en el oratorio de mi casa y volví para podar la nochebuena plantada en mi jardín. ¡Nunca salí de casa! ¡Siempre estuve en el mismo lugar!

(Nota del 2015: “La posada de la abuela” cambió de nombre. Ahora se llama “Hotel Los Lagos de Montebello – Colonial”. Como para expresar que pertenece a la misma cadena hotelera del reputado “Lagos de Montebello”. Permanece cerrado. De vez en vez abre sus puertas. Lo único que sí funciona de manera regular es el restaurante. Cuando pregunté por qué no está abierto de forma permanente, un amigo me dijo que aún no existe la demanda suficiente. Cuando El Hotel Los Lagos de Montebello se llena, entonces, el resto de huéspedes va al “Colonial”. “Sólo prender la caldera implica un gran costo”, me dijo un amigo cercano a la familia propietaria del hotel. Paso por ahí y digo “acá está la casa de mi papá” y sigo caminando, con rumbo a mi casa.)

sábado, 14 de febrero de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE MENCIONA A ÓSCAR BONIFAZ (parte IV)



Querida Mariana, un día regresé a Comitán, después de estar varios años “estudiando” en la ciudad de México. Volví y mi papá me invitó a trabajar con él, en un negocio de venta de triplay que tenía. Me casé con Paty y, con un grupo de amigos iniciamos un semanario que se llamó “Ensayos”. ¿Cómo darle más prestigio a una publicación? Pues ¡sencillo! Invitando a plumas prestigiadas a colaborar. Así que un día, Roberto y yo fuimos a saludar al Maestro Óscar. Nos recibió en su casa, nos invitó a tomar café con pan (maravillosa costumbre comiteca) y dijo que sí cuando le pedimos un texto para publicar en el semanario. Ya para ese entonces él había publicado el libro “Semblanzas”, edición patrocinada por el Grupo Integrador del Patronato de la Cultura en Comitán. El libro tiene un prólogo escrito por doña Hermila Grajales de De la Vega, donde hace un lúcida reflexión acerca de que la modernidad no está reñida con la tradición y exhorta a los comitecos a que valoremos el legado arquitectónico que poseemos. Pone ejemplos de cómo Florencia en pleno siglo XX preserva las joyas arquitectónicas de siglos pasados. Hoy vemos el ejemplo maravilloso de la pirámide de cristal que el arquitecto Pei hizo en el patio del Palacio del Louvre, donde se ve cómo se respeta el entorno y se da una lección de aprecio por la cultura de siglos. La reflexión de doña Hermila aún es válida en nuestro Comitán.
Los libros de Óscar Bonifaz sembraron en mí la certeza del maravilloso legado que poseemos. La labor creativa y creadora de Bonifaz es importante para nuestro pueblo. ¿Qué me enseñó Óscar? Me enseñó que la lengua comiteca (nuestro dialecto) es el que define nuestra personalidad. Todo lo que se nombra es lo que existe. Lo que no es nombrado es inexistente. Todo lo que hay en el mundo tiene un nombre, y esto es así para que tenga peso y sustento. El libro de arcaísmos, regionalismos y modismos es un documento que preserva las voces que han dado luz a nuestra voz. Todo mundo alaba nuestro “modito” de hablar que incluye un cantadito que ya quisieran los argentinos para fin de fiesta. Esas palabras dicen mucho de nuestro carácter. A veces veo en el Facebook cómo las personas comienzan a jugar con esas palabras, los jóvenes las usan con placer. Como que entienden que esas palabras hacen la diferencia en estos tiempos de globalización. Será un mundo triste y soso el mundo que sólo hable de cosas chidas. Cada objeto y cada acción tienen un nombre y en Comitán tenemos la atingencia de nombrar al mundo de manera única y especial, por esto, los comitecos somos únicos y especiales. Años después que Bonifaz publicó su libro de modismos, un alumno suyo muy querido, José Luis González Córdova, publicó su libro “Glosario” que era la continuación de la labor iniciada por el Maestro. Falta que nuevos talentos comitecos continúen con dicho trabajo. Si se dice que los pueblos tienen los gobernantes que se merecen, también podemos decir que las sociedades tienen los intelectuales que se merecen y Comitán ha merecido gente de mucho valor que ha pensado en el bien común y ha invertido horas y horas de estudio y de investigación para dar al pueblo lo que el pueblo merece. ¿Qué fuéramos sin ese libro sencillo pero lleno de vitalidad que se llama “Así te recuerdo Comitán”, que nos regaló doña Lolita Albores, nuestra cronista eterna? ¿Qué seríamos sin la dedicación de Amín Guillén Flores que hurga en las raíces de nuestro árbol mayor? ¿Qué seríamos sin la serie de caricaturas de personajes populares que Raúl Espinosa ha realizado? ¿Qué seríamos sin los discos con música tojolabal de la Maestra Roselia Jiménez? ¿Qué, ¡Dios mío!, sería Comitán sin los libros de Armando Alfonzo Alfonzo? Gracias a éstos y a muchos más es que Comitán sigue teniendo la magia que lo hace, con mucho, un pueblo mágico.
Una tarde, Katina de la Vega con un grupo de comitecos comprometidos conformaron un patronato para restaurar el rostro original de Comitán. Así, en medio de pinturas con base de baba de nopal, el rostro de nuestra ciudad fue retocado con paciencia y cariño (si no hubiesen cometido el absurdo de “forrar” las banquetas con laja, ahora Katina tendría mayor reconocimiento). La labor de Katina estaba emparentada con el prólogo que su mamá había escrito años antes en el libro de Óscar Bonifaz, quien reunió una serie de fotografías antiguas del pueblo y las comparó con fotografías tomadas en el año de edición. Con ello, el maestro nos dijo que Comitán sufría transformaciones que quitaban el rostro auténtico de un pueblo auténtico. Alguna tarde, Katina deberá aceptar que las lajas fueron un equívoco y emprenderá (con la misma fe y cariño que la motivaron a la restauración) una acción que enmiende el error. Comitán no es un pueblo para diez o veinte años, Comitán es un pueblo que perdurará por los siglos de los siglos, así que toda acción que comience hoy para salvaguardar la integridad de sus habitantes se le reconocerá a quien la emprenda.
Los libros de Bonifaz, pues, señalaron caminos ciertos: preservar nuestra lengua y la arquitectura vernácula. Hoy, que está de moda nuestra ciudad por el nombramiento de Pueblo Mágico nos damos cuenta que dichos temas son prioritarios. Bonifaz me dijo que debía conocer esas ramas del árbol llamado Comitán, porque (todo mundo lo sabe) lo que no se conoce no puede ser amado. Bonifaz, a su manera, ama a Comitán desde sus raíces. Tal vez el librincillo que más me gusta de Óscar es “Una piedra en mi zapato”, porque ahí está sintetizada la búsqueda permanente del Maestro con respecto a las palabras. En este libro las palabras son como nubes que descuelga, como piedritas que pepena. Ahí aparecen personajes entrañables y anécdotas que nos hablan de ese amor que oscila entre la pasión y el odio. Todo amor real y honesto está plagado de los extremos de la vida. Los grandes amores de la humanidad son historias que fluctúan entre la altura de la luz y la oscuridad del pozo. El amor de Bonifaz por Comitán está inmerso en esos extremos, de manera semejante Comitán le paga igual. Una tarde, Bonifaz llegó a la casa, le ofrecí una silla y mientras veíamos el jardín que brillaba con las rosas sembradas por mi mamá, el maestro me dijo que me invitaba a ser presentador de su libro, en la sala de actos de la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez. Recuerdo que Manolo Pulido fue otro de los presentadores. ¿Alguien más? Él, por supuesto. Esa noche estuvieron presentes mis hijos, que tenían diez u once años. Cuando leí mi texto, reproduje una de las anécdotas que ahí vienen. Mis hijos recuerdan bien la anécdota, porque, a partir de ahí, cuando nos topábamos con Bonifaz en las calles, ellos me decían en voz baja: es el maestro del eco. Mis niños no sabían lo que decían, ellos celebraban la picardía de la anécdota que cuenta cómo alguien se asoma a un pozo y espera que el eco asome, pero, en realidad, asoma la voz de alguien que está abajo y responde con una majadería simpática. Pero ahora que lo pienso, mis hijos tenían razón: el maestro es el maestro del eco. Todo escritor recrea la realidad, nunca la presenta tal como es. Bonifaz ha mostrado un reflejo y un eco de la sociedad comiteca. Ha pepenado las anécdotas, las ha decantado y las ofrece igual que Juan Diego (ahora santo) ofreció las rosas a la virgen de Guadalupe. Porque Óscar insiste en que todas las anécdotas que cuenta y que escribe son reales. Jura que nada inventa. Dice que una vez se encontró con un ex alumno que sí tiene propensión a inventar cosas, lo llamó y le dijo, en tono de confesionario: “Maestro, le quiero revelar un secreto: soy Juan Diego”, Óscar no se inmutó y, también en voz bajísima, le dijo: “No te preocupés, yo soy La Virgen de Guadalupe y vos sos el más pequeño de mis hijos”. Cuando el maestro cuenta esta anécdota, todo mundo que está a su alrededor se bota de la risa. El maestro es implacable, como si fuese uno de esos muchachos maldosos que ya tiene en el suelo a su oponente y no deja que se pare, sigue golpeando con el “buril de su palabra”. Cuando mira que ya la gente disfruta sus cuentos y dichos, como si metiese un uppercut (gancho, decimos en Comitán), suelta la otra anécdota que hace que sus oyentes se doblen más de la risa. Una de las principales herramientas del maestro es la anécdota graciosa. Él posee el secreto y lo usa en todos los espacios. Cuenta anécdotas frente a la gente común y frente a los gobernantes. Así desarma a éstos. A cada rato cuenta un poema-anécdota: el del zancudo. Dice que una vez, doña Patricia, esposa del gobernador Patrocinio González, se botó de la risa cuando la escuchó y dijo que iba a colocar una placa en Casa de Gobierno para que la leyera todo mundo. Saber si es cierto. Porque, la verdad, es que el maestro también tiene propensión a inventar, es su oficio. (continuará).

viernes, 13 de febrero de 2015

HACE DIEZ (parte VIII)



Hace diez años escribí un libro que se llama “Crónica de un viaje a Comitán”. En ese tiempo vivía en Puebla. La edición fue de apenas 200 ejemplares. La edición está agotada. ¿Cómo fue mi mirada en ese tiempo? Hablé del viaje, de la ciudad y de los amigos. Todo mundo sabe que quien entra a la dinámica del viaje entra a otra dimensión del tiempo. La realidad del viajero posibilita ver el entorno de manera diferente, porque no hay la premura de la vida rutinaria. Paso copia de un capítulo de dicho librincillo. Es sólo para compartir, después de diez años.
ESCENARIOS
La magia del teatro brinca cuando algo sucede en el escenario. El teatro parece cobrar vida cuando los actores actúan y las butacas están repletas de espectadores. Pero, ¿han estado alguna vez en un teatro vacío? ¿Se han sentado justo en una esquina y han dejado que ese vacío los llene? Los teatros vacíos nunca lo están del todo. Al contrario, los teatros vacíos están llenos de energía. Debe ser que las paredes, lámparas, palcos y cortineros embeben las tragedias y comedias que sobre el escenario ocurren. Cuando las luces se apagan y el último actor abandona los camerinos aparece el eco divino. Toda la energía resbala por las paredes e inunda el espacio. Los teatros, a cualquier hora, están llenos de vida.
Ahora que estuve en Comitán fui al Teatro de la Ciudad. Debía visitar ese espacio, por el espacio en sí, y por saludar a mi amigo y maestro Óscar Bonifaz.
Pregunté con un joven que estaba en la entrada y él me dijo: “Ahorita salió el maestro, fue a la presidencia. Yo creo que en media hora ya lo puedesté encontrar aquí.” Aproveché entonces a entrar a la sala, hice a un lado la cortina y sentí el escenario. Apenas una luz –como de veladora– en el fondo. En lo demás penumbra y silencio. Me senté en la primera butaca que encontré y que estaba en la esquina de la última fila. Tuve una rara sensación: me sentaba en la primera pero era la última de la última fila. Cerré los ojos y respiré lentamente, casi casi como me enseñó el maestro Óscar debía hacerlo antes de salir al escenario (en algún tiempo actué en obras dirigidas por él, y luego, más tarde, dirigí a un grupo de muchachos estudiantes de la Escuela Preparatoria en una puesta en escena). Mientras permanecía con los ojos cerrados comencé a oír un rumor, ese inconfundible roce de telas que provocan los espectadores al caminar entre las butacas; ese inconfundible rastro de sonidos que deja el espectador al doblar la pierna, acomodarse en la butaca y comenzar a hablar en voz baja al oído de su acompañante. Era como un panal que se iba llenando de abejas, no sólo lo oía, lo sentía. Llegó el momento en que el panal creó un zumbido gigantesco, las abejas volaban de una a otra butaca, chocaban, pataleaban, gritaban. A pesar de que acostumbro estar con los ojos cerrados, comencé a tener miedo. El ruido ahora superaba todos mis silencios. No pude más y abrí los ojos. Las luces se prendieron y cientos de alumnos de la Escuela Secundaria Catorce de Septiembre –con su inconfundible uniforme verde– aplaudieron a Óscar Bonifaz que aparecía a mitad del escenario. ¡No, no estaba soñando! Mientras estuve con los ojos cerrados decenas de alumnos entraron a la sala.
Los alumnos más aplicados fueron seleccionados para tener ese día el gusto de escuchar una plática con el famoso escritor. Quien conoce a Óscar Bonifaz sabe de la gran capacidad que tiene para cautivar auditorios. Su plática tiene la genialidad del río: llega a remansos de paz, se abre e inunda todas las riberas y luego se desenreda en fantásticas cataratas; torrente verbal que los muchachos apreciaban a cada momento. Los aplausos, las risas y las miradas asombradas aparecieron sin previo aviso. Los muchachos pataleaban, tomaban con las manos los respaldos de los asientos y se doblaban de la risa ante el destello genial del maestro. Y yo pensé que la vida me concedía el privilegio de compartir con la muchachada ese salto de agua que brotaba de los labios de Bonifaz.
En un viaje a Oaxaca me bastó caminar dos o tres cuadras para ver, a lo lejos, una figura conocida, apresuré el paso y vi que, en efecto, era el gran Francisco Toledo quien, con paso lento, se encaminaba hacia el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca. Se me hizo un prodigio. Sus paisanos pasaban a su lado sin mostrar el asombro que yo tenía. Para ellos era tan natural. Así debió serlo también con los que vivieron al lado de la casa de Leonardo o de Miguel Ángel. Así debe ser para los comitecos toparse con Óscar Bonifaz. Ahora que volví, después de estar algunos años fuera de Comitán, al encontrarme con el maestro mi cuerpo vibró con la misma intensidad que lo hizo el día que vi a Toledo caminar las calles de su ciudad.
Los alumnos, como si fuera Luis Miguel, le pedían a Bonifaz otra anécdota, pero éste les dijo que debía atender otros compromisos. Un último aplauso apareció. Los alumnos se pararon y cuando algunos de ellos pasaron junto a mí observé que llevaban en su rostro una sonrisa de satisfacción, casi casi como si hubieran comido ese dulce comiteco que se llama africano. Eso les debió significar Óscar Bonifaz: una oblea para el alma, un chimbo para el espíritu.
Pasé a su oficina. Su secretaría –una muchacha linda– le mostró una invitación y preguntó si la anotaba en la agenda. Cuando me despedí, bajé y entré de nuevo a la sala. La penumbra y el silencio estaban sentados en las butacas. Afuera, en el parque central, en los corredores de la Casa de la Cultura, en el Pasaje Morales, en la Central de Abastos, en el Parque de La Pila y en mil lugares más, sucedía la diaria representación de esa obra de teatro que se llama vida. Adentro, en el teatro, la energía, como si fuera un ratón, corría a esconderse detrás de una butaca.

(Nota del 2015: una mañana, la Universidad Mariano N. Ruiz invitó a Bonifaz para dar una charla. Igual que aquella mañana de diciembre de 2004, los alumnos gozaron la presencia del escritor. Pensé: “Es el mismo, no cambia”. Cuando me di cuenta que decía un lugar común, porque todos los comitecos se sorprenden ante el prodigio de su entereza, olvidé mi pensamiento. El río fluye, fluye con fuerza infinita.)

lunes, 9 de febrero de 2015

HACE DIEZ (parte VII)




Hace diez años escribí un libro que se llama “Crónica de un viaje a Comitán”. En ese tiempo vivía en Puebla. La edición fue de apenas 200 ejemplares. La edición está agotada. ¿Cómo fue mi mirada en ese tiempo? Hablé del viaje, de la ciudad y de los amigos. Todo mundo sabe que quien entra a la dinámica del viaje entra a otra dimensión del tiempo. La realidad del viajero posibilita ver el entorno de manera diferente, porque no hay la premura de la vida rutinaria. Paso copia de un capítulo de dicho librincillo. Es sólo para compartir, después de diez años.
CORTÁZAR
Dicen que Cortázar –Julio, ¿quién más?– anduvo por Chiapas en el viaje que hizo a México en el año de mil novecientos y tantos. Debe existir en alguna gaveta o en algún registro de hotel un dato que hable de la estancia en Palenque del famoso escritor. ¿Conoció Agua Azul? ¿Tomó una horchata de coco? Lo que sí es seguro es que por Comitán no anduvo; es decir, no conoció Montebello, no tuvo la suerte de ir al mercado primero de mayo a tomar un vaso de jocoatol; es decir, no conoció a la señora que a la entrada vende tamales de bola, ni vio las ensartas de butifarras que cuelgan en los puestos donde venden cremas, quesos y embutidos.
Ahora que estuve en mi tierra me topé con Julio. Juro, ¡de veras lo juro!, que hace tiempo no aparecía Cortázar por mi vida. Hace varios ayeres dejé sobre un librero las antologías de sus cuentos. Julio me perdonará, lo sé, si digo que lo cambié por leer La Biblia. Por el momento estoy fascinado con Los Salmos y, a ratos, con El Cantar de los Cantares. Sé que uno de estos días “volveré como el cordero fiel de la leyenda”, ahora ando en los “verdes pastos” donde me conduce “mi pastor”. Pero, decía, ahora que fui a Comitán me topé con Julio. Diez o más libros de él estaban dispuestos sobre un estante de la Biblioteca Pública Rosario Castellanos; era como un pedestal adonde uno puede mirar hacia arriba y toparse con el rostro en bronce del héroe. Bueno, ese es privilegio de los escritores. Estoy seguro que también Rosario Castellanos debe andar trepada en algún estante de una biblioteca que se llama Julio Cortázar. Los escritores están en los estantes de todo el mundo, claro, el chiste está en que no sean como flores secas en medio de los libros. Yo conozco escritores que se ufanan de estar en muchas bibliotecas, pero cuando me topo con ellos, pobrecitos, los encuentro llenos de telarañas. Por eso, ahora que Cortázar me recibió en la biblioteca de mi pueblo, pensé en cuántos lectores, en realidad, le hicieron caso al letrero que decía: Sugerencia del mes. El Director de la Biblioteca, Raúl Espinosa, colocó los libros de Cortázar en un estante, lo adornó con una caricatura del escritor que él mismo hizo y con ello tendió la mano de Julio para todo aquel que quisiera hacerla suya. Es tan fácil, basta estirar el brazo, tomar cualquier libro y volar junto a la imaginación. Julio no es sólo un mes, Julio bien puede ser todo un año, toda una vida.
Toparme con sus libros fue toparme con su figura, fue casi como si lo viera ahí sentado con sus enormes manos y sus enormes ojos de gato inquieto. Fue como si, con el carácter reservado que era propio de él, hubiera buscado un refugio. Afuera, en la calle, estaba el bullicio, el puesto de tacos de tripa, los bocinazos de los automovilistas que tratan de espantar el rojo del semáforo. Adentro de la biblioteca sólo Julio, encaramado en un estante metálico de color naranja. A pesar de todo y de todos ¡se veía bien!, como si su esposa Aurora Bernárdez hubiera ido al mercado y él mirara el cielo de París, que, en días claros, se parece tanto al de Buenos Aires y que tiene el mismo tono de algunos días nublados de Comitán. Ningún muchacho le extendía una libreta para que estampara su autógrafo. Era un mes olvidado en una esquina de la biblioteca de Comitán. Yo, a manera de saludo, tomé uno de sus libros, fue mi manera de rozar su camisa. ¡Ah, mi fiel amigo, escritor que permaneces arrumbado en un estante de mi casa en Puebla! Hoy La Biblia acompaña mis tardes, mis estancias. Pero algo de Julio me llevé: su cielo. Sólo mi afecto Felipe fue testigo del hecho. Los policías que cuidaban la entrada no se enteraron. Los policías de todo el mundo nunca advierten los objetos importantes, ellos siempre cuidan que la gente no robe un cuadro, un libro, un ánfora griega o una olla de las ruinas del Junchavín. Los policías no advierten cuando alguien se lleva algo verdaderamente valioso; bueno, a veces ni los propietarios de las casas advierten el hoyo en la pared. ¿Nunca se han dado cuenta que a la casa le falta algo cuando un amigo que llegó de vacaciones la abandona? ¿Verdad que sí? Ese amigo, ¡segurísimo!, tal vez sin mala intención, lleva adentro de la maleta el cielo de la casa. Así me pasó. Estoy seguro que quien entró a la biblioteca después de mí, ya no encontró ningún fulgor en el estante de Cortázar. Algún día volveré a Comitán y regresaré lo que me llevé. Algún día, tal vez.
(Nota del 2015: ahora escribo desde mi casa ¡en Comitán! He vuelto a releer a Cortázar, he vuelto a sentir su mano sobre mi hombro, como cuando un amigo abraza al otro y caminan, juntos, por una calle llena de luz. El cielo que robé aquella mañana no lo he devuelto, nunca lo haré.)

domingo, 8 de febrero de 2015

HACE DIEZ (parte VI)




Hace diez años escribí un libro que se llama “Crónica de un viaje a Comitán”. En ese tiempo vivía en Puebla. La edición fue de apenas 200 ejemplares. La edición está agotada. ¿Cómo fue mi mirada en ese tiempo? Hablé del viaje, de la ciudad y de los amigos. Todo mundo sabe que quien entra a la dinámica del viaje entra a otra dimensión del tiempo. La realidad del viajero posibilita ver el entorno de manera diferente, porque no hay la premura de la vida rutinaria. Paso copia de un capítulo de dicho librincillo. Es sólo para compartir, después de diez años.
EL CIELO
De niño jugaba con mi papá. Él ponía sobre la mesa un cartón. Cartón de unos treinta centímetros por lado. Yo me sentaba frente a él. Mi papá colocaba cualquier objeto adelante del cartón (una corcholata, un palillo, un tornillo, un carrito o cualquiera de mil chunches más). ¡Y el juego comenzaba! “¿Qué ves, qué ves?”, decía mi papá. Yo contestaba: “¡Veo, veo, un soldadito de plomo!” Y luego, de nuevo, mi papá: “¿Qué no ves, qué no ves?” Entonces, yo debía adivinar el chunche que estaba detrás del cartón.
El seis de diciembre, por la mañana, hubo un homenaje frente al busto de Mariano N. Ruiz. El busto está colocado en una esquina del parque central, casi casi enfrente de la Casa de la Cultura. Al lado del busto se eleva un árbol que da unas flores blancas y moradas. Esa mañana el árbol estaba lleno de esos colores. En el evento estaba el sobrino del sabio chiapaneco y el profesor Jorge Gordillo Mandujano; por supuesto también estaban el Presidente Municipal, miembros de la Asociación Civil del Colegio Mariano y, como se estila decir, otras distinguidas personalidades. Cerraron la calle y colocaron unas sillas plegables. Veinte o treinta personas muy formalitas escucharon los discursos y la tradicional pieza de marimba. El evento fue para recordar un aniversario del natalicio de don Mariano. Cuando el evento terminó, el maestro Jorge me llamó para la foto del recuerdo. Alguien se acercó y comentó acerca del clima (¡qué original!) y el maestro Jorge alzó la vista, señaló al cielo y dijo: “Ni una sola nube. Todo azul.” Yo elevé la vista y mis ojos se llenaron de ese azul apenas interrumpido por el vuelo de un pájaro.
Después del evento, mi afecto Felipe me acompañó al Teatro de la Ciudad y ahí me dejó. Una vez que saludé a Óscar Bonifaz, salí y caminé sin rumbo fijo. Subí por unas calles y bajé por otras y cuando vine a darme cuenta estaba frente al Panteón Municipal. “Ya me lo cambiaron”, pensé. La fachada tenía cambios. Me di cuenta, entonces, que desde mi llegada tenía ese sentimiento. Muchas fachadas de casas, de edificios y de espacios retorcidos estaban modificados. Era un Comitán diferente al que había dejado.
“¿Qué no ves, qué no ves?”, repetía mi papá. El chunche que estaba detrás del cartón siempre tenía relación con el objeto que sí podía ver. Si lo que estaba al frente era un soldadito de plomo lo de atrás podía ser ¡una pistola de agua! ¡Y sí, esa vez mi papá con un movimiento rápido quitó el cartón y yo pude ver la pistola de plástico de color rojo! “¿Cómo le hiciste para adivinar?”, dijo y me abrazó. Así jugábamos. Yo tenía tres chances para adivinar. Si no lograba hacerlo, mi papá tomaba el lápiz y se anotaba un punto bueno. Esa ocasión el punto bueno fue para mí.
Ahí frente al panteón me pareció oír la voz de mi papá: “¿Qué ves, qué ves?” Y me bastó traspasar la puerta para encontrar detrás de la fachada el Comitán que yo dejé. Supe entonces que el juego se había modificado. Al frente de todas las fachadas estaba ahora el objeto escondido. Detrás de todas las fachadas estaba el Comitán que yo dejé. Detrás de las fachadas de todos mis amigos –fachadas modificadas por el tiempo– estaban intactos los mismos afectos. En la calzada del panteón estaba la misma fila de árboles, la sombra era la misma, la misma tranquilidad. Elevé la mirada y, por entre las ramas de los árboles, descubrí el intacto cielo azul de maestro Jorge, ¡de todos los comitecos de siempre! Ahí estaba ese intocado espejo, el mismo que dejé cuando partí de Comitán y viajé a Oaxaca y a Xalapa para terminar viviendo en Puebla. Supe entonces que el juego que jugaba con mi papá estaba de regreso. El cielo era el cartón y detrás de él estaba el chunche escondido. Oí la voz de mi papá: “¿Qué no ves, qué no ves?” Y como siempre, el chunche de atrás debía tener relación con el objeto mostrado. Entonces cerré los ojos, respiré y dije: “¡Dios! ¡Es Dios!” Y la mano de mi papá quitó el cartón, se levantó, me abrazó y dijo: “¿Cómo le hiciste para adivinar?”

(Nota del 2015: el cielo de Comitán es el mismo; mi sentimiento es el mismo. A veces, ahora, que mi papá ya no está físicamente, me paro frente al espejo y me pregunto: “¿Qué no ves, que no ves?”. Cierro los ojos y digo: “¡Dios, es Dios!” y, de nuevo, oigo la voz de mi papá que me dice: “¿Cómo le hiciste para adivinar?”)

sábado, 7 de febrero de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE MENCIONA A ÓSCAR BONIFAZ (parte III)




Querida Mariana: Tuve mi primer acercamiento con la obra de Óscar Bonifaz ya en la universidad. Dije que mientras estuve como su alumno en la prepa nunca supe que él escribía. Sólo lo conocí como maestro de Literatura y como director de obras de teatro. En 1974 concluí el bachillerato y viajé a la Ciudad de México para estudiar. Primero me inscribí en la UAM, Unidad Iztapalapa; luego presenté examen de admisión y entré a la Facultad de Ingeniería, de la UNAM, donde permanecí cinco años, sin concluir la carrera. Una tarde recibí una caja que me entregó mi tía Alicia, quien viajó a la Ciudad de México. Mi tía pasó a ver a mi mamá y preguntó si se le ofrecía algo para su Alejandrito. Abrí la caja de cartón y encontré tostadas, butifarras, chorizos, un queso de doble crema y un ejemplar de un libro de cuentos de Óscar Bonifaz: “La noche de los girasoles”. Con los compas compramos unas cervezas, pusimos un mantel en la mesa de centro y botaneamos el queso, las tostadas y las butifarras. Jorge, quien era el que más le sabía a esa cosa de la cocina, preparó una salsa con cebolla, jitomate y chile. ¡Ah, esas delicias nos hacían menos distante a nuestro amado pueblo! En la noche, ya en el cuarto que compartía con Quique, comencé a leer el libro de Bonifaz. ¿Así que mi maestro de literatura también escribía? Entendí que su literatura, igual que la butifarra y el tzizim, nos acercaba a Comitán. Cada palabra era como un colconabe, como un chimbo o como un chile siete caldos. Recuerdo que ese libro está conformado por una serie de cuentos y una especie de crónica histórica. Entre los cuentos (parece que es el que le da título al libro, no lo recuerdo bien) aparece la historia de Nacho Loco, el hombre que alguna vez, mientras yo iba en auto a San Cristóbal, vi caminando a la orilla de la carretera. Esa vez, alguien que iba en el auto mencionó que era Nacho Loco, el loco que caminaba sin descanso de una ciudad a otra, el hombre que terminó loco porque su mujer “petateó” con otro. Como aparece en el dibujo de Armando Alfonzo Alfonzo, Nacho cargaba un petate enrollado en la espalda. ¿Lo usaba para dormir? ¿En dónde descansaba? Una vez, ya mucho tiempo después, cuando vi la película Forrest Gump y el personaje dice: “Cuando corro soy como el viento”, pensé en Nacho, pensé en el aire de los Altos de Chiapas, aire enredado en los pinos y en las columnas de humo que salen de las chozas de los indígenas. ¿Por qué Nacho caminaba sin parar de uno a otro lado? Y pensé que la vida, tal vez, también es algo como ese caminar infinito que Nacho hacía. A final de cuentas, Nacho, en su comportamiento ilógico e irracional, nos dejó una lección; una lección que retomó Bonifaz para que no se perdiera en el aire. Y comencé a entender lo que Bonifaz hacía con lo nuestro, lo pepenaba (igual que Cervantes pepenaba los pedazos de papel tirados en las calles), lo pulía y lo daba para que quedara, eterno, en las páginas de sus libros. Entonces descubrí, en el México de los años setenta, que la clase que más me había gustado en la prepa de Comitán había sido la clase de literatura, con Óscar Bonifaz, y entonces, ya en contacto con los grandes maestros de México, en la Universidad, supe que había sido un privilegio haber recibido clases de ese hombre que caminaba como si fuese más liviano que el propio aire. Y entonces lamenté no haber estado más cerca de él, pensé que pude haber aprendido a caminar con paso más firme en los caminos difíciles y maravillosos de la literatura, porque en ese entonces, ya sobre la mesa de trabajo, al lado del libro de Matemáticas II, y una novela de Ibargüengoitia, aparecía un cuaderno donde hacía mis primeros pinitos literarios, mis primeros intentos de cuentos. En la confusión de mi decisión vocacional ¡ya había encontrado mi camino!
El apellido Bonifaz, en Comitán, es un apellido enredado en las ramas más altas. Cuando estudié en la prepa, cuatro Bonifaz aparecieron: Marirrós, mi compañera en el área de Físico Matemático, quien siempre sacó diez en todas las materias, era la aplicadita del grupo; Don Luis, hermano de Óscar, quien una tarde, molesto, realmente molesto, porque alumnos del grupo huelguista habían colocado la bandera rojinegra en el asta de la escuela, llegó, sacó la pistola y exigió que quitaran esa bandera de ahí; el maestro Roberto, el otro hermano del maestro Óscar, quien se distinguió por ser un exigentísimo maestro de Educación Física y sembró el orgullo de pertenecer a la Escuela Preparatoria en el corazón de cada uno de los alumnos; y el cuarto Bonifaz fue el propio Óscar. Hay algo de genio e ingenio en el gene Bonifaz, que se ha manifestado en diversos oficios y profesiones. Marirrós, quien ahora es Directora del IMPLAN, de Comitán, es Premio Nacional de Poesía. Ella también es una mujer con alas de papel, que vuela por cielos muy altos.
Recuerdo al maestro Roberto, quien dirigió a un grupo de niñas y muchachas y las convirtió en un referente histórico para la historia del básquetbol: “La prepita”. Éste es un nombre que sólo pudo darse en Comitán. Tiene relación directa con nuestro modo de ser y con el trato afectuoso que siempre damos. Las muchachas de “La prepita” hicieron historia, porque el juego, bajo la orden del maestro, no era un simple juego, era la vida y el orgullo.
Escribo algunas anécdotas que he presenciado para ver las ramas del árbol de donde proviene el genio e ingenio del maestro Óscar. En una ocasión (tarde de un treinta y uno de diciembre del siglo pasado) estaba con unos amigos tomando unas cervezas en el restaurante “El portón”, en la Colonia Miguel Alemán (no sé si aún sigue funcionando). Como a las seis de la tarde me despedí de los amigos, me levanté de la mesa; en ese mismo instante, Cuauhtémoc Bonifaz (el famoso Cuati), que estaba sentado en otra mesa, se levantó y me llamó. “Alejandro -me dijo- quiero pedirte un favor muy grande.” Me lo dijo con una cara de cierto apremio y angustia, tanto que pensé en algo urgente. Yo contesté que sí, en qué podía servirle. Él me abrazó y con un tono teatral imponente dijo: “Que seas feliz este próximo año”. El otro día me topé con Gaby (hija del maestro Óscar) en la cafetería de la Universidad y me contó que su tío Luis tenía una vinatería (“El Cairo”) y que un día llegó un agente viajero y, en forma de presentación, le extendió la mano y dijo: “Moreno Delgado”, y don Luis, detrás del mostrador, correspondió al saludo y dijo: “Flaco y de bigotitos”. Guayo, un hijo de don Luis, de igual manera, tiene una forma singular de contar anécdotas graciosas.
Dije que no recuerdo algo más del maestro Óscar en clases de preparatoria, pero sé que, sin duda, su clase estuvo matizada con anécdotas, porque, todo mundo que lo conoce sabe que así es, el maestro siempre tiene mil anécdotas graciosas en sus manos y las comparte como el jardinero comparte las flores recién cortadas del jardín. La anécdota en la voz de Bonifaz no pierde su brillo, siempre está fresca, como rosa recién regada. Algún día, lo sé, aparecerá un libro que contendrá testimonios de cientos de ex alumnos. La vida de un personaje tan emblemático de Comitán no estará completa hasta que cada uno cuente su propio testimonio. Habrá de todo, porque Óscar Bonifaz es un personaje polémico. Hay cientos de personas que reconocen su genialidad, pero también hay personas que lo ignoran. Es un poco como el fenómeno que sucede con Rosario Castellanos, de quien Bonifaz fue amigo. Hay comitecos que ya “alucinan” a Rosario y no la pueden ver ni en pintura. Dicho nombre se ha desgastado. Doña Lolita Albores (otro personaje al que hace falta completar su verdadero rostro) levantó la voz en contra de la decisión de ponerle el nombre de Rosario Castellanos a un gimnasio dedicado a la práctica del básquetbol. Alguna autoridad valoró la petición de doña Lolita y cambió el nombre por uno más acorde (Gimnasio Municipal Roberto Bonifaz Caballero). Nadie repela el nombre de Rosario para la Biblioteca Municipal, pero el hecho de que una Central de Taxis o una Unidad Habitacional lleven el nombre de Rosario Castellanos se nota como un acto irreflexivo, por no decir bobo.
Una tarde, dos o tres años después de haber recibido el libro de cuentos, mi mamá me envió otra cajita con butifarras, chile en vinagre, un pomito con mistela de nanche y otro libro de Bonifaz: “Arcaísmos, regionalismos y modismos de Comitán”, editado por la UNACH. Recuerdo que reímos cuando vimos que en portada decía Universidad Nacional Autónoma de Chiapas. Tremendo gazapo. En ese tiempo, mis compas y yo, estudiábamos en la UAM y en la UNAM, universidades de prestigio. Nos burlamos de que la UNACH “soñara” con ser ¡nacional! Sólo eso nos faltaba. (continuará).

viernes, 6 de febrero de 2015

HACE DIEZ (parte V)



Hace diez años escribí un libro que se llama “Crónica de un viaje a Comitán”. En ese tiempo vivía en Puebla. La edición fue de apenas 200 ejemplares. La edición está agotada. ¿Cómo fue mi mirada en ese tiempo? Hablé del viaje, de la ciudad y de los amigos. Todo mundo sabe que quien entra a la dinámica del viaje entra a otra dimensión del tiempo. La realidad del viajero posibilita ver el entorno de manera diferente, porque no hay la premura de la vida rutinaria. Paso copia de un capítulo de dicho librincillo. Es sólo para compartir, después de diez años.
MARIMBA ORQUESTA
En Comitán viví en el barrio de Guadalupe. La casa de mi suegro está a dos o tres cuadras del templo. Me bastaba caminar unos cuantos pasos para llegar a su parque y, desde ahí, ver el caserío que brota como ramo de orquídeas en la parte baja.
Como llegué a Comitán el día dos de diciembre me tocó parte del novenario a La Virgen. El primer día desperté por la cohetería y por un lejano sonido de marimba. Me senté en la cama y oí con atención. Fue como si dos amigos me saludaran desde una ventana. Cuando mi mamá regresó de misa platicó que la marimba era una galantería de la encargada. Pensé: “Ojalá que la encargada de mañana también la disponga”. Iría a escuchar marimba.
Al día siguiente desperté cuando cantó el gallo. Pero, por amor de Dios, ¡qué gallo más arrecho! ¡Eran las cuatro de la madrugada! (Conforme pasaron los días aprendí a no hacerle caso al de las cuatro y sí hacerle caso al gallo que, aunque cantaba en algún sitio más lejano, tenía la decencia de hacerlo a las seis. En la colonia de mi casa en Puebla no hay gallos. Nunca los he oído cantar). Cuando dieron las seis y media me bañé, me vestí y anudándome la bufanda azul salí de la casa.
Hay ciudades a las que les va bien cualquier hora. Dicen que París tiene un encanto especial a cualquier hora del día. Comitán no es así. ¿Qué encanto puede tener recorrer una solitaria calle del barrio de La Pilita Seca a las tres de la madrugada? Comitán, como si fuera un barco, levanta sus velas entre las seis y las siete de la mañana. Por algo Rosario Castellanos dijo que el viento es uno de los nueve guardianes de Balún Canán; por algo Jaime Sabines escribió ese poema tan bonito que se llama ¿Cómo puede decirse un amanecer en Comitán? A esa hora el viento juega chepe-loco, se encarama sobre los tejados y sobre los árboles. ¡Esa es la hora del espíritu de Comitán! Sentí el viento en mi cara, sentí cómo jugaba en mi nariz y entraba en mí ¡llenándome de vida!
Terminó la misa. La gente salió. No hubo cohetes (se los ahorró la encargada), pero sí marimba. Era una marimba orquesta. ¡Chin! ¿Qué no dicen los melómanos que la marimba sola es mejor? Fui al parque. Dejé en el atrio a las personas abrazándose, contando algún chisme de la noche anterior o, algunas de ellas, preguntándose si yo era el hijo de don Agustito o algún clon mal hecho. En el parque estaban cerrados los puestos de tiro al blanco, de canicas, de garnachas, de chocomillk y de hot-cakes con mermelada de fresa o con cajeta. También estaban cerradas las zacatecas, que son puestos en donde los comerciantes venden mil y un fascinantes chunches. Adentro de esas zacatecas salía un rumor de televisión, de radio, de aceite hirviendo en sartén, de cuerpo acomodándose sobre el catre. El encanto de las zacatecas es que nunca cesan de tener vida. Son como pequeños teatros que cuando abren sus cortinas dejan ver la maravilla que siempre está sucediendo en su interior.
Volví al atrio. Los fieles ya lo habían abandonado. Tuve la marimba orquesta sólo para mí. Debajo de una enrama adornada con juncia estaba la marimba y los ejecutantes. Me senté junto a la barda y vi y oí. Vi dos marimbas, una batería, un teclado, un bajo eléctrico, dos saxofones y una trompeta. Oí un popurrí como de éxitos de la Sonora Santanera. Todos los ejecutantes, sin excepción, movían los pies; los dos saxofonistas movían el saxo a la izquierda, daban dos pasitos, y luego lo inclinaban a la derecha. El de la trompeta –con camisa blanca bien ceñida al abdomen pronunciado, y ojos vivaces como de tiuca– infló los cachetes y se aventó un solo. Cerré los ojos. Con ojos cerrados vi una baranda de madera, una enredadera y un trompetista negro. Él también tenía cerrados los ojos, lleno de sudor el rostro y sus cachetes eran los de un pez globo. Pero no tocaba jazz o blues, ¡no!, tocaba esa que dice. “…vende caro tu amor…”. Cuando abrí los ojos el viento movió la juncia de la enrama y fue como si silbara por debajo de las notas del trompetista. Pensé que bien podía estar en un café de Nueva Orleáns, pero el chaparrito trompetista era comiteco y comitecos sus cachetotes de pozol. ¡Ustedes deben conocer ese trompetista!, es chaparrito, medio gordinflón y es más bien moreno. Deseché la idea tan sobada de que la marimba sola es mejor. Yo disfrutaba, ¡y de qué manera!, el sonido de esa marimba orquesta. ¡Un tarolazo por allá, un aplastada de teclado por acá y los dos pasitos hacia uno y otro lados mientras los saxos se inclinaban a la derecha o a la izquierda. ¡Benditos marimbaorquestadores! ¡Que Dios los bendiga! ¡Les dé más saxofones y trompetas mal hojalateados! ¡Los llene de maderas y metales! Y, sobre todo, ¡llene sus pulmones de aire, de viento!
¡Que los llene del espíritu de Comitán!

miércoles, 4 de febrero de 2015

HACE DIEZ (parte IV)




Hace diez años escribí un libro que se llama “Crónica de un viaje a Comitán”. En ese tiempo vivía en Puebla. La edición fue de apenas 200 ejemplares. La edición está agotada. ¿Cómo fue mi mirada en ese tiempo? Hablé del viaje, de la ciudad y de los amigos. Todo mundo sabe que quien entra a la dinámica del viaje entra a otra dimensión del tiempo. La realidad del viajero posibilita ver el entorno de manera diferente, porque no hay la premura de la vida rutinaria. Paso copia de un capítulo de dicho librincillo. Es sólo para compartir, después de diez años.
LOS LIBROS
El libro es un pájaro. Vuela desde su altura y llega a mis manos. ¿De qué árbol partió? ¿Qué dejó en su nido?
Una vez, en una fonda del barrio de La Cruz Grande, yo cenaba unas chalupas comitecas. En la mesa de junto -mantel de plástico rojo- hacían lo mismo una niña y su mamá. Yo, mientras le entraba a las tostadas, también “le entraba” a una novela de Camilo José Cela: “La colmena”. Después de darle un trago al seven up, limpiarme la boca y darle vuelta a la hoja del libro, oí que la niña le decía a su mamá la cosa más bella que jamás he escuchado: “Oí, mamacita, ¿cada vez que respiro, reciclo a Dios?” Cuando pagué y pasé a su lado les deseé buen provecho y miré a los ojos de la niña, eran dos gotitas de miel. “Que le vaya bien”, oí que me deseó la niña y jamás, ¡lo juro!, he vuelto a oír una despedida que sonara como una bendición.
Este viaje tuvo la fuerza del libro. Hablaba por teléfono con Charito y me dijo: “Hacé la fuerza por venir a Comitán”. Yo estaba en Puebla.
Ya estoy “andando” en los cuarenta y ocho, y treinta y tantos de esos años he vivido junto a libros. Siempre, al estirar la mano, me he topado con un libro.
Meses antes de la conversación con Charito, el maestro Jorge Gordillo Mandujano me invitó a ir a Comitán a la presentación del libro “Nueva Teoría Cósmica”. Estábamos en un restaurante que está en el barrio de San Francisco, en Puebla. El restaurante está debajo de la sombra de unos árboles; es como una isla en medio de la bulla que hacen los carros que transitan por el bulevar de enfrente. Yo pensé: “¿Por qué no?”, mientras el maestro Jorge se hacía tantito para atrás y dejaba que le sirviera una orden de chalupas poblanas un mesero medio timboncito vestido con chaleco rojo (¿por qué seraque las más de las veces me topo con restaurantes o fondas que tienen ese color en los manteles o en los chalecos de los meseros?).
“Hice la fuerza” y el uno de diciembre, mis hijos y yo, subimos a la cajuela del carro la primera remesa del libro y así, en medio de cajas de camotes, “borrachitos”, mi Biblia, y de maletas llenas de ropa, los libros de don Mariano N. Ruiz viajaron a Comitán.
El libro es un pájaro. El que llega a mis manos tiene el plumaje gris, a veces lo tiene azul o rojo. A veces, ¡qué prodigio!, tiene el plumaje blanco.
En Comitán me topé con más libros. Fernando García, en uno de los corredores de la Casa de la Cultura, me extendió la mano derecha como saludo y luego me extendió la izquierda con el objeto de unos libros escritos por comitecos talentosos que, también, “hicieron la fuerza”. Entre los libros asomaba uno muy bonito que habla de la feria de Comitán, escrito por Florecita Esponda; uno más que habla de todo un personaje de la ciudad: el doctor Elías Macal, biografía escrita por un nieto del doctor; otro que da fe del tiempo en que, también en Comitán, el PRI dejó de ser el partido político que siempre ganaba la presidencia municipal; y, por último, un libro con alas de color de barro: un poemario de Mirtha Luz Pérez. ¡Qué bonitos los poemas que escribe!
Antes pensaba que todos los libros eran buenos. Ahora no lo creo así. De igual modo que hay alimentos que hacen daño al cuerpo, hay alimento espiritual que hace daño al alma. El libro debe servir para que el hombre eleve su espíritu; ¡jamás debe servir para hundirlo en los infiernos! Claro, el libro de libros es La Biblia –al menos en nuestra cultura occidental. ¿Han leído esa maravilla que se llama “El Cantar de los Cantares”? Hace días le comentaba por teléfono a Adolfo Gómez Vives que, cuando vivía en Comitán, a veces pasaban por mí los amigos; pero estaba tan a gusto en mi casa que les agradecía la invitación. Así me sucede ahora. Cuando veo una novedad literaria agradezco la invitación porque ¡me siento tan bien leyendo la Biblia!
Los libros con que me topé en Comitán son pájaros. ¡Vuelan! Unos más que otros, pero todos muestran su cielo.
El sobrino del sabio chiapaneco: don Mariano N. Ruiz Lazos y el maestro Jorge Gordillo Mandujano hicieron “la fuerza” y procuraron una nueva edición de la “Nueva teoría cósmica”. Lo hicieron porque saben que es un libro con alas blancas.
El libro es un pájaro. A veces es cuervo, a veces es zanate, a veces es colibrí. A veces, algunas veces, llega a mis manos y descubro que tiene alas blancas, ¡es como una paloma! ¿De qué sueño se escapó?

lunes, 2 de febrero de 2015

HACE DIEZ (parte III)




Hace diez años escribí un libro que se llama “Crónica de un viaje a Comitán”. En ese tiempo vivía en Puebla. La edición fue de apenas 200 ejemplares. La edición está agotada. ¿Cómo fue mi mirada en ese tiempo? Hablé del viaje, de la ciudad y de los amigos. Todo mundo sabe que quien entra a la dinámica del viaje entra a otra dimensión del tiempo. La realidad del viajero posibilita ver el entorno de manera diferente, porque no hay la premura de la vida rutinaria. Paso copia de un capítulo de dicho librincillo. Es sólo para compartir, después de diez años.
REIKI
“Buenas noches”, dijo Ella. Saludó desde la puerta. ¡Años de no verla! ¡Estaba transformada! Pero más que un cambio físico mostraba un cambio que venía de más adentro. Siempre me gustó una estampa que muestra el Milagro de Fátima. Una niña ve hacia arriba y su mirada refleja la paz que tiene la virgen. Esa noche advertí la misma paz en los ojos de Ella.
Lo primero que hice en Comitán fue ir al panteón a visitar la tumba de mi papá; luego hablé por teléfono con el maestro Jorge. “¿Por qué no nos vemos a las siete en el local? Tengo reunión con el grupo”, me dijo y quedamos en que yo iría a las siete “al local”. Cuando llegué sólo estaba el maestro Jorge sentado en una larga mesa de madera. Me abrazó y, antes que dijera otra cosa, entró el maestro Hugo con un hermano marista. El marista era parte del grupo que, poco a poco, se completó. Los demás integrantes eran mujeres. Entraban solas o en parejas y saludaban con esa confianza y camaradería que sólo a los comitecos les es dado. Algunas eran mis conocidas, otras no. Quince minutos después la mesa estaba completa. Yo estaba cansado por el viaje. Veía a todos como en medio de una nube muy suave. “Buenas noches”, volvió a decir Ella y entró.
El maestro Jorge se paró y trató de poner música para relajación. Nunca lo logró. Probablemente el tocadiscos estaba relajado más de la cuenta. Ella se puso de pie, prendió una vela que colocó en el centro de la mesa y dijo que cerráramos los ojos. Ahí estaba la causa de esa paz interior que emanaba. Con una voz tranquila comenzó a inducirnos a un estado de relajación. Veinte minutos después me sentí completamente descansado. “¡Qué sabroso!”, dijo una de las mujeres que estaba sentada a mi lado. Cuando el ejercicio terminó todos nos sentimos bien.
Soy un convencido de que nada es casual en la vida. Todo tiene una relación que, a veces, muestra caminos insospechados. Esa noche yo debía estar en ese lugar. Contaré por qué
Una vez yo estaba a punto de morir y una fuerza superior lo impidió. En la casa donde viví de niños años después, pusieron una cantina “El Camechín”. Una noche fuimos con Javier, Enrique y Armando a tomar unas cervezas (debe haber sido en el año setenta y cinco o setenta y seis). La cantina tenía una gran barra (algo no usual en las cantinas comitecas de ese tiempo), unas mesas metálicas, una rocola y, al fondo, un mingitorio que no era más que un canal de cemento empotrado en la pared. Siempre tenía pedazos de limón exprimido, con eso se evitaba el olor a orines. Estaríamos por la tercera cerveza cuando el mesero dejó un plato de costillitas como botana. Javier me dijo que yo le echara un peso a la rocola. Me paré, metí el peso en la ranura y elegí “Déjenme si estoy llorando”, con los Ángeles Negros y la voz de Germain de la Fuente. Tenía un pedazo de costilla en la boca y a la hora de que oprimí el botón de la rocola, el pedazo de carne se me fue y me tapó la garganta. Puse una mano en la rocola y metí un dedo en mi boca en intento de quitarme el tapón. Como siempre fui muy payaso, mis amigos pensaron que estaba haciendo otra payasada y se reían, mientras yo perdía la respiración. Las mesas y mis amigos comenzaron a desaparecer tras una nube suave, muy suave y a la vez dramática. En el ahogo completo me retiré de la rocola y di unos pasos a la izquierda. En la esquina, justo en el lugar del mingitorio, apareció la imagen de un niño con las manos adentro de las bolsas del pantalón. Me veía fijamente. Sacó una mano, la levantó y, como si hubiese hecho un conjuro, en ese instante expulsé el pedazo de carne. Me detuve sobre una mesa. Apoyé ambas manos hasta que comencé a sentirme mejor. Alcé la vista y busqué al niño. Ya no estaba. Yo estaba lleno de sudor. Miré a la mesa de mis amigos: Enrique y Javier estaban atacados de la risa, se columpiaban sobre las sillas de metal y se agarraban los estómagos a más no poder. Sólo Armando advirtió que no era un juego y se levantó. “¿Qué te pasó?”, dijo y me abrazó.
Yo tendría siete años cuando la dueña puso en venta la casa. Nosotros nos cambiamos a la casa que había mandado construir mi papá y la casa de mi infancia la compró don Juanito Torres, papá de Ella. Por lo que, en la casa en donde yo viví de niño, Ella también vivió. De hecho, la casa sigue siendo de su familia.
La noche que estuve en el local, cuando todo terminó, Ella se acercó a mí y al despedirse dijo: “¡Que Dios lo bendiga, profesor!” En el Colegio Mariano N. Ruiz yo fui maestro de sus hijas en la secundaria y en el bachillerato. Esa noche, la primera de mi viaje a Comitán, Ella me entregó un mucho de aquel niño rescatado, de aquel niño con las manos adentro de las bolsas del pantalón. Nada es casual en la vida. Yo debía estar esa noche ahí. Era apenas un breve espacio comiteco. El local, casi casi, tenía los mismos chunches de la cantina: una barra, mesas y sillas. Con la ligera diferencia que acá no se reunió un grupo para tomar la cerveza, sino para buscar un camino un poco más lleno de luz. Sobre la mesa, una vela, algunos libros y una botella de agua. Una mujer del grupo contó una experiencia que había tenido con ángeles, Gaby dijo que esa noche sintió necesidad de estar ahí y por eso asistió. Todos oíamos atentamente. Afuera pasaba, de vez en vez, algún carro. La vida comiteca parecía estar dividida en dos: lo que sucedía adentro y lo que pasaba afuera. Siempre es así en todo lugar. Ahora yo le digo a Ella: “¡Que Dios te bendiga!” Que Dios bendiga a todos los que esa noche estuvieron ahí. Que los bendiga por compartir conmigo su experiencia, fue como una bienvenida a Comitán. Estoy seguro que Ella sigue en ese camino de transformación, camino que hará mucho bien a su familia y a Comitán.

(Nota del 2015. Ese espacio de “mi casa” de infancia ahora ya no es cantina, ahora es un local comercial. Sé que ese niño ahora está en mí. Ella ya no vive en Comitán, ahora radica en Xalapa. Yo, a veces, sigo escuchando a Los Ángeles Negros, en la voz de Germain de la Fuente.)

domingo, 1 de febrero de 2015

HACE DIEZ (parte II)




Hace diez años escribí un libro que se llama “Crónica de un viaje a Comitán”. En ese tiempo vivía en Puebla. La edición fue de apenas 200 ejemplares. La edición está agotada. ¿Cómo fue mi mirada en ese tiempo? Hablé del viaje, de la ciudad y de los amigos. Todo mundo sabe que quien entra a la dinámica del viaje entra a otra dimensión del tiempo. La realidad del viajero posibilita ver el entorno de manera diferente, porque no hay la premura de la vida rutinaria. Paso copia de un capítulo de dicho librincillo. Es sólo para compartir, después de diez años.
NIEBLA
Detrás de toda cortina hay un misterio. Basta colgar una simple cortina de baño para encerrar un misterio. La primera maravilla del teatro es la cortina del escenario. Al inicio todo se reduce a ver una cortina. ¿Qué hay detrás? Cuando asoma el anuncio de: “¡Tercera llamada, tercera llamada, comenzamos!”, la cortina se abre y el misterio que guardaba aparece. ¡Ese instante es mágico! La naturaleza también tiene sus cortinas, una de éstas es la niebla. La niebla asomó en mi viaje. Sin previo aviso, como es su costumbre, apareció en la carretera. Yo viajaba en compañía de mi mamá y de mi hijo mayor. Antes de llegar a Las Choapas nos detuvimos a tomar un jugo de piña. El vendedor tenía mesas y letreros de “Jugo de piña natural” en ambos lados de la autopista. Mientras estuvimos ahí el vendedor corrió dos veces para atender a los automovilistas que se detenían en el otro lado de la autopista. La mañana era clara, llena de sol y la vida se mostraba desnuda: montañas, árboles, cielo azul, plantíos de piña y ríos, muchos ríos; pero, bastó que entráramos a la autopista con rumbo al Puente Chiapas para que la niebla apareciera. Todo se cubrió de misterio. Prendí las luces del auto y oí una voz que dijo: “¡Tercera llamada, comenzamos!” No veía más allá de diez o quince metros. Mi mamá me habló, la vi por el retrovisor, desvié la mirada de nuevo y vi dos gigantescas luciérnagas a punto de impactarse contra el parabrisas del carro. Pisé el freno, mi mamá se precipitó contra el asiento delantero. Las luciérnagas estaban a dos metros de nosotros: eran las luces traseras de un camión que llevaba muebles de madera. La niebla tiene el poder de transformar los objetos y las personas. Adentro de la niebla todo caballo se convierte en fantástico unicornio. Claro, cuando un hombre logra ver al animal ya la niebla dejó de envolverlo y por eso sólo ve un simple caballo. Yo vi, en ambos lados de la carretera, ogros que luego se convirtieron en simples árboles. Yo sé que El paraíso no existe en un lugar determinado, está en todo lugar que es envuelto por la niebla, es como una esencia que flota, una cortina viajera. Por eso los chiapanecos no aceptan el aeropuerto que mandó a construir el doctor Velasco Suárez. ¡Claro, el problema no es que aterricen o no los aviones, el problema es que se profanó ese espacio sagrado! Llano San Juan es un espacio en donde la niebla tiene su santuario. Ahí los ángeles se convierten en aves. En el mundo sobran lugares donde se puede construir un aeropuerto, por ejemplo algún llano de Chiapa de Corzo. Lo que en el mundo no sobra son espacios sagrados donde juega la niebla.
Como apareció se fue. La niebla quedó atrás y la carretera tomó su rutinaria máscara. Los faros traseros de los camiones fueron eso y nada más; los árboles fueron eso y nada más. Todo volvió a ser ¡tan real!, ¡tan sin novedad! Vi a un campesino apurar a su mula con un fuete, era una escena tan normal; mas el campesino se dirigía a un espacio de niebla. Él no lo sabía pero estaba a punto de transformarse; su mula, también, estaba a punto de convertirse en un mitológico animal.
Dejé de ver por el espejo retrovisor y miré al frente. A la distancia un espejo de agua entre las montañas. Supe que era el Puente Chiapas. En cuanto lo crucé advertí que también la realidad puede ser novedosa. Yo cruzaba de una orilla a otra por encima del lomo de un animal fantástico que tiene más de mil metros de longitud. ¡Ah, bruto, qué prodigio! En cuanto crucé sentí que estaba ya mucho más cerca de mi Comitán y hacia allá me dirigí. “¡Tercera llamada, comenzamos, comenzamos!”.

(Nota del 2015: No sé para qué sirve ahora el Aeropuerto Llano San Juan. Su sala de espera debe ser un cascarón vacío. Tal vez su pista sirve para que echen competencias los ángeles que revolotean siempre en medio de la niebla. Ahora el aeropuerto está en un valle cercano a Chiapa de Corzo.)