lunes, 12 de septiembre de 2022
CARTA A MARIANA, CON UNA FOTOGRAFÍA QUE COMPARTIÓ JOSÉ EDUARDO RUBIO ROMÁN
Querida Mariana: José Eduardo compartió esta fotografía en redes sociales. Es una pieza que ayuda a completar la historia de la imprenta y de los impresores comitecos. ¡Es una fotografía maravillosa! Ojalá pronto tengamos los nombres de quienes acá están. Por lo pronto están identificados dos de los grandes impresores de nuestro pueblo.
Los investigadores, historiadores y cronistas nos han aportado muchos datos de la historia comiteca, pero falta mucho por descubrir. Estos hilos desperdigados ayudarán a conformar el libro de nuestra identidad. La historia de los impresores comitecos aún está por escribirse.
Mi querido amigo Luis Armando Suárez Argüello, escritor talentoso, nos debe el testimonio de la historia de don Armando Suárez, su papá, quien fue uno de los viejos impresores del pueblo. Por ahí me contaron, no me hagás caso, que en algún momento de su vida, don Armando tuvo su imprenta en la casa donde ahora está la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez.
En esta fotografía histórica, que compartió José Eduardo, están dos de los nombres más relevantes de la imprenta comiteca: don Chinto Naciff (el primero de izquierda a derecha) y don Ramiro Ruiz Alfonzo (el cuarto, de izquierda a derecha). ¿Quiénes son los demás personajes? Casi estoy a punto de nombrar al segundo hombre que viste el traje y revisa un impreso tamaño tabloide. ¿Será el destacado periodista cuyo periódico imprimía don Chinto? Estoy a punto de nombrarlo, pero ¿y si me equivoco? Mejor que sean los expertos quienes nos den luces. ¿Quién es el personaje que está en medio, quién el señor del saco que está en la otra orilla, quiénes los dos muchachos que están en segunda fila y que parecen ser integrantes de la imprenta?
Digo que los expertos señalarán la marca de la prensa que es el armatoste genial que está en primer plano y que fue el instrumento que sirvió para hacer el prodigio impreso que leen el segundo y tercer personaje. Porque son ellos quienes revisan el impreso, mientras don Chinto y don Rami ven el rostro del hombre trajeado, ¿el famoso periodista?
Sólo un personaje está pendiente del flashazo, mira atentamente a la cámara para que su rostro se inmortalice en esta foto histórica. ¿Quién es? Casi se puede asegurar que los cinco personajes de la primera línea ya no están físicamente en esta dimensión. De los dos personajes, don Chinto fue quien se dedicó más tiempo al oficio de tipógrafo, don Rami es más conocido por ser el fundador de la Proveedora Cultural, pero su hija Carmelita platicó un día que su papá se dedicaba al oficio de cobrador, pero lo dejó en cuanto compró una imprenta manual y se instaló en los altos del edificio donde ahora está el Teatro de la Ciudad; ahí imprimía programas y boletos de cine, pero un día el cine se quemó y don Rami pasó su imprenta al lado de donde ahora está la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez; ya luego compró el local donde estuvo mucho tiempo hasta que derruyeron la manzana de la discordia, ahí ya complementó la labor tipográfica con la venta de papelería y librería. ¿Sabés cómo se llamaba la imprenta de don Rami Ruiz? Se llamó “Tipografía Dr. Belisario Domínguez”. Por ahí anda un documento donde el personal de la Tipografía felicita a su estimado maestro don Ramiro Ruiz Alfonzo con motivo de su cumpleaños, la fecha del documento es 14 de diciembre de 1942. Y los nombres son: Armando Suárez, Luis Román, Óscar Aranda, Gilberto Alfonzo y Jacinto Naciff. ¿Mirás?, don Chinto inició su oficio de tipógrafo con don Rami. Su sobrino Juan Carlos Gómez Aranda cuenta que su papá, don Roberto Gómez, también aprendió el oficio con don Rami.
En esta fotografía que compartió José Eduardo, como siempre, aparecen muchas interrogantes. No sabemos en dónde fue tomada, no sabemos si corresponde a la imprenta de don Rami o ya a la imprenta de don Chinto. Sigo con la duda: ¿quién es el personaje de traje que revisa el impreso tamaño tabloide y quiénes los demás personajes? ¿Quién el que ve a la cámara? Algún familiar, sin duda, lo reconocerá de inmediato, porque sus rasgos faciales están bien definidos, está en pose de actor de cine mexicano.
Posdata: ya hemos dicho hasta la saciedad que, en la medida que los paisanos saquen fotos de los álbumes familiares y compartan en redes sociales podremos ir complementando nuestro rompecabezas de identidad, sobre todo si se comparten en la página de Francisco Domínguez, quien la creó con el fin de integrar el archivo histórico más completo. La página se llama “Imágenes históricas, leyendas y personajes de Comitán”.
Qué bueno que José Eduardo compartió esta fotografía sensacional. Ojalá haya personas que al verla completen los datos biográficos y den testimonios de esos tiempos.
¡Tzatz Comitán!
domingo, 11 de septiembre de 2022
CARTA A MARIANA, CON EL RECUERDO DE UNA TARDE INOLVIDABLE
Querida Mariana: cuando don Abundio llegaba a la cafetería todos los presentes lo saludaban desde las mesas, alzaban los brazos y manifestaban su alegría. En la mesa del dominó donde estaban sus amigos íntimos le acercaban una mesa, le daban palmadas y más tardaba en sentarse que en recibir una taza de café bien caliente, servido por Ausencia, la mesera que había llegado jovencita al local y que ahí había hecho huesos viejos y carnes más que saludables.
Una vez fui testigo de esto que te cuento, yo tenía, no sé, veintitantos años y estudiaba en la UNAM, en la Ciudad de México.
Yo permanecía en una segunda línea, al lado de dos amigos de la facultad. Fumábamos y nos sentíamos privilegiados al ser partícipes de esa mesa redonda donde se reunían esos viejazos maravillosos que habían iniciado su amistad más o menos cuando tenían nuestra edad en las aulas de la misma facultad donde nosotros estudiábamos y contaban que habían hecho lo mismo: volarse las dos últimas clases de la tarde, para reunirse en esa cafetería.
Sólo una vez estuve, porque estaba ya cercana la fecha donde abandonaría la UNAM, por motivos reprobatorios, solicitaría mi baja y me inscribiría en la UVM, en la carrera de arquitectura, profesión que, igual que la ingeniería, no terminé.
Pero recuerdo con emoción esa tarde donde el punto más sublime del mundo se concentró en esa mesa. Hoy, muchos años después, sigo pensando que esa tarde no hubo algo más sublime que esa reunión y yo fui testigo presencial. Recuerdo el aroma del café, del puro de uno de los jugadores, del pan que comía otro metiéndolo en el vaso de café con leche; aún recuerdo el vaho que rodeaba a ese vaso con la leche caliente y la forma en que don Abundio vio a la mesera cuando recibió la taza de café, la forma en que abrió los labios, como si fueran apenas una bisagra, y le dijo: “Gracias, mi reina. Cuando tu palacio no te alcance te espero en mi modesto chalet”. Recuerdo, como si la estuviera viendo, cómo Ausencia cerró los ojos y sus pestañas, largas, perfectas, fueron como un abanico que envió señales, no de humo, sino de aire. Recuerdo que don Abundio recibió la taza con las dos manos. Entendí que sus manos estaban preparadas para ese calor intenso, porque él había sido uno de los ingenieros encargados de la construcción de uno de los túneles del metro. Sus manos eran callosas, pero tersas a la vez. Corría la versión entre sus amigos que era un amante experto, que esas manos, duras como rocas, eran como esas piedras de temazcal que son brasas que convierten el agua en vapor sanador.
La cafetería siempre estaba llena, a veces, algunos clientes ocasionales pedían una mesa y se molestaban tantito cuando los meseros decían que no tenían una disponible, a pesar de que la de la esquina, al lado del ventanal que daba a la calle, estaba desocupada. Un mesero tolerante explicaba que esa mesa era de uso exclusivo del grupo de Los Caballeros de la Mesa Redonda (cinco integrantes).
Esa tarde, cuando llegó don Abundio, Emilio, su sobrino, después de tomar un sorbo de cerveza, me explicó que su tío siempre llegaba después de las seis, le encantaba ese protocolo donde todos los que lo conocían lo saludaban y sus amigos acercaban una silla y le daban palmadas y le preguntaban cómo había estado su día. A él le encantaba llegar cuando todos ya estaban reunidos, no por soberbia, sino con la humildad del agua que sabe que llega al último a la presa y tiene la sensación de que su volumen ayudó a llenar el vaso.
Disfruté esa tarde. Afuera de la cafetería todo seguía con su fluir natural, las carreras para tomar los autobuses, las manos pidiendo taxis, las parejas besándose, los gritos de los merolicos, los claxonazos, las campanas del templo, las sirenas de las ambulancias; pero adentro, el centro del universo estaba concentrado en esa mesa donde los de la Mesa Redonda (que era cuadrada) hacían la sopa, y ese sonido era el más armonioso y bullanguero de todo el mundo. Las manos hacían un maravilloso círculo instantáneo, de izquierda a derecha y al contrario. Los brazos se abrían como en un conjuro y las fichas negras y blancas se volvían insectos que tatarateaban y bailaban la danza de la vida.
Posdata: ahora sé que esto que cuento se repite en muchos pueblos de todo el mundo, pero como nunca había sido testigo de ello, sentí que el destino había abierto una ventanita para que presenciara uno de los actos más bellos del universo: la convivencia de cinco amigos infinitos, reunidos en torno a una mesa que los había recibido por más de cincuenta años, muchos más. Don Abundio, después de beber un sorbo de café, cerrar los ojos (como lo había hecho la mesera) y exhalar un ¡ah! de satisfacción, dijo: “¿Ya les conté de la noche que anduve con las Carmelitas descalzas?” Todos suspendieron la partida y pusieron atención. Nosotros abrimos los ojos como si esas fueran las puertas donde entraría el sonido de sus palabras. Uno de los amigos preguntó: “¿Con monjas?”. Él rio y dijo: “No, no, eran dos hermanas que se llamaban Carmen, les decían las Carmelitas descalzas porque no tenían billetucos para comprar calzado”. Y todos reímos.
Cuando salimos, su sobrino me dijo que esa anécdota de las Carmelitas se repetía todas las tardes. A él le encantaba abrir la tertulia contando ese chistorete y sus amigos lo disfrutaban como si nunca lo hubiesen escuchado. De los cinco Caballeros de la Mesa Redonda, don Abundio era el más simpático, el más ocurrente. Una tarde lluviosa, bendita, tuve el privilegio de conocerlo, de escuchar su voz alegre de tren en bajada.
sábado, 10 de septiembre de 2022
CARTA A MARIANA, CON UN POETA CASI DESCONOCIDO
Querida Mariana: ¿ya viste la portada del libro que te comparto? Cuando hablamos de poetas comitecos, de inmediato aparecen los nombres de Rosario Castellanos, Raúl Garduño y de Óscar Bonifaz, y de por ahí comienzan a desgranarse otros nombres: Mirtha Luz Pérez Robledo; Marvey Altuzar; por supuesto el nombre del maestro Ernesto Carboney y de su amiga la Güera Pulido. Hay más, muchos más: María del Rosario Bonifaz Alfonzo; Clarita del Carmen Guillén; Omar Ruiz; Arbey Rivera, quien es ahora el director del Centro Cultural Rosario Castellanos. Hay más, muchos más: Jorge Melgar Durán; Mario Escobar; María Elena Jiménez; Alfredo Álvarez (quien ahora radica en Teotihuacán); Francisco Zúñiga; Maygualida Albores Gordillo; Sergio Peña (quien recientemente presentó un libro); Alexis David López Guillén, quien obtuvo el premio de los segundos Juegos Florales de Literatura “Raúl Garduño”, promovido por el Centro Cultural Rosario Castellanos; Fabián García, quien también es un poeta galardonado. Y a esta relación tunca se agregan muchos nombres de jóvenes poetas que ahora vienen despuntado.
¿Mirás? La lista es extensa, generosa. Pero en esta relación pocos incluyen el nombre del Padre Raúl, querido sacerdote de nuestro pueblo, oriundo del barrio de San Sebastián. Pero acá está la prueba de que él escribió “versos que nacieron a la luz de la fe”. ¡Ah, genial! Y estos versos, que forman poemas, están contenidos en el libro: “Ecos de ensueño. Versos que nacieron a la luz de la fe”. Este libro (lo debe recordar muy bien mi querido y respetado amigo Abraham Gutman, quien ahora radica a lado de la carretera que va a Venustiano Carranza, sé que su casa está cerca del territorio azucarero de Pujiltic), fue publicado para celebrar el cincuentenario de la unción sacerdotal de monseñor Raúl Mandujano García, el 22 de octubre de 2000.
Y digo que Abraham debe recordarlo con precisión, porque él fue el encargado de escribir el prólogo. Este prólogo ilumina la obra y, al mismo tiempo, la vida del padre Raúl. Abraham conoció al monseñor y ahí deja expresado un testimonio importantísimo de este personaje maravilloso de Chiapas.
Vos sabés que trabajo en el Colegio Mariano N. Ruiz, que fue fundado en 1950 por el padre Carlos J. Mandujano García, hermano del padre Raúl. La vida del padre Raúl está opacada por la vida de su hermano, que es mucho más conocida en el pueblo; pero fijate que en San Cristóbal de Las Casas sucede lo contrario. Allá, muchas personas recuerdan más al padre Raúl que al padre Carlos, y esto es así, porque el padre Raúl llegó a ser Rector del Seminario, pucha, ¡nadita!
Los alumnos del Colegio Mariano N. Ruiz sí reconocen de inmediato a ambos personajes; los alumnos de mi generación recibieron cátedra del padre Carlos; y los de generaciones posteriores recibieron cátedra también del padre Raúl. ¡Qué privilegio!
¿Qué poemas contiene este libro? Mirá qué dice Abraham en el prólogo: “Los bellísimos poemas “¿En dónde estás Dios eterno?”, “Al pie de tu sagrario”, “Si te agradan mis brazos”, son un coloquio celestial; con su sencillez característica le canta a Chiapas y a su marimba, a Estambul, a la naturaleza, dialoga con sus padres, elogia la virtud, se preocupa del obrero y canta las Glorias de María Inmaculada”.
Ve qué abanico tan generoso. Abraham habla de la sencillez característica del padre Raúl. Tuve el privilegio de estar algún tiempo cerca del Padre Raúl y comprobé que era un hombre muy sencillo, a pesar de la grandeza de su conocimiento y del alto cargo que ostentó. Pucha, si llegó a ser Rector del Seminario fue por todas las dotes que reunía. Pero ¿qué voy a estar hablando cuando tenemos la oportunidad de tener en la mano el testimonio de Abraham, a quien, de igual manera, por algo lo eligieron para escribir el prólogo de este libro. Mirá, Abraham hizo una genial descripción del padre Raúl. Me da pena piratearme gran parte de este testimonio, pero como ahí está casi todo, pues me guardo la pena y lo pirateo para que vos tengás un acercamiento de este personaje maravilloso. Va, Abraham dice: “Durante su gestión como Vice-rector y luego como Rector del Seminario, con su recia personalidad, reflejo de su vida interior, a muchos nos sirvió de modelo. Allí admiramos al administrador, al maestro, al guía. Lo recordamos vistiendo negra sotana española con el Breviario o con el Rosario entre sus manos. Caminando solemnemente por los corredores de gruesas columnas o por los pasillos de los dormitorios o en el refectorio durante las horas de comida. Lo recordamos sentado en su escritorio bien sea armado de distinguida pluma fuente o al teclado de esa singular máquina de escribir con tipo de letra manuscrita”.
¿Mirás qué prodigio de testimonio? Ah, lo leí y dije que piratearía un fragmento para enviártelo, para que tengás una idea de cómo era el padre Raúl, autor de este libro que comento. Sí, sin haber estado presente en el Seminario puedo verlo, ahí está el padre Raúl. Abraham no se contenta con darnos una síntesis sensacional del personaje, del poeta, ¡no!, nos regala datos como el de tenía una máquina de escribir mecánica con tipos que “escribían” letra manuscrita. Pucha, esta máquina fue más allá del lugar donde llegó Gutenberg, porque el maravilloso hombre que descubrió los tipos para la prensa e inició el magnífico movimiento revolucionario de la impresión no alcanzó tal prodigio, ¿o sí? No sé, pero digo que la maquinita que mi papá me compró en los años sesenta para recibir la clase de mecanografía con mi querido y admirado maestro Jorge Gordillo Mandujano escribía con lo que llamamos letra de molde y no manuscrita, escribía así como ahora te escribo esta carta.
El libro que publicaron por las bodas de oro de sacerdocio del padre Raúl es un prodigio, no sólo contiene los poemas que escribió y que nacieron “a la luz de la fe”, ah, qué bonito; también contiene una biografía del padre Raúl y una historia del Seminario de San Cristóbal de Las Casas. Documentos maravillosos y todo ello se complementa con el espléndido prólogo de Abraham.
Esta carta está escrita al alimón, la mitad corresponde a Abraham y la otra para el Arenillero. Abraham no sabe que me pirateo su texto; yo lo único que sé es que al leer el prólogo pensé que debía mandártelo para que te acercaras un poquito a la historia de un comiteco ejemplar, de alguien que llegó a ser Rector del Seminario.
Digo que muchos alumnos de la secundaria del Colegio Mariano N. Ruiz lo recuerdan, porque impartió cátedra en nuestra escuela, impartió la cátedra de Español, materia en la cual era un experto. Claro, en el Seminario impartió más asignaturas. Abraham nos da una relación de las materias que impartía el padre y con esa lista entendemos la grandeza del conocimiento que poseía. Oí y mirá lo que Abraham señala: “Lo recordamos en plena acción impartiendo sus cátedras de Griego, Preceptiva Literaria, Prosodia, Métrica y Estilística Latinas”. Como decía el cronista deportivo, Ángel Fernández: “Me pongo de pie”.
“Lo recordamos en esas gélidas mañanas con sus manos santas sobre el manubrio, dispuesto ya a emprender el viaje a su capellanía (…) lo recordamos en los días de campo o en las vacaciones ataviado de chamarra beige de gabardina tipo cazadora, pero siempre lo recordamos ante el sagrario o en plena comunicación con el Altísimo”.
Y, como dije al principio de esta carta, hay más. Abraham dice que el padre Raúl practicaba el básquetbol en la cancha del Seminario y, como ya leíste, se trepaba a la bicicleta y le daba a todo. Nunca participó en la Tour de Francia, pero sí fue un hombre sano, de cuerpo y de espíritu. Fue un comiteco ejemplar, hombre sublime.
Digo que a partir de ahora cuando se escriba la relación de poetas comitecos no debe olvidarse incluir al padre Raúl Mandujano García.
Posdata: la publicación de su libro fue para celebrar el Jubileo de Oro. Qué hermoso gesto. A final de cuentas este libro fue una celebración para Comitán. El libro es generoso nos entrega la vida y obra de un comiteco ejemplar, la historia de una institución importante en la historia de Chiapas y nos da (mojol de lujo) un texto brillante salido de la mano de mi querido amigo Abraham Gutman.
Abraham debería, en ratitos, escribir su testimonio del tiempo que vivió en Comitán, en los ya lejanos años ¿cincuenta? Su pluma es brillante y su memoria prodigiosa. A veces hablamos por teléfono y me da mucho gusto porque encuentro que sigue con una lucidez privilegiada. ¡Cuánta bendición en una pequeña nube, en una parcela brevísima de este anchísimo universo! ¡Tzatz Comitán!
viernes, 9 de septiembre de 2022
CARTA A MARIANA, CON NOTICIA AGRADABLE
Querida Mariana: regresamos. La vida tomó un rostro más amable. Ya lo comentamos en una carta anterior. El 29 de agosto de 2022, treinta millones de estudiantes regresaron a las escuelas. Regresamos. Las aulas se llenaron de vida, la alegría de los muchachos sembró ánimo en los patios y ahora esos arbolitos crecen estimulantes.
Regresamos. ¿Recordás que en el tiempo A. P. la Fundación Alexandra Del Castillo Castellanos se hacía presente en diversas escuelas de la región para leer el cuentito “El osito que volaba”? Ah, visitamos muchas escuelas, apreciamos las caritas emocionadas de los niños y la alegría de quienes recibían el cuadernillo con el cuento, publicación que entregábamos en nombre de la Fundación Alexandra Del Castillo Castellanos.
¡Regresamos! El 29 de agosto hicimos entrega de esos cuadernillos a alumnos del primer grado de secundaria de nuestro Colegio Mariano N. Ruiz. El maestro Hugo, mi jefe, se encargó de repartir el cuentito y de leerlo.
Vos que sos experta en cine sabés que el cine se ve mejor en el cine; es decir, en una sala cinematográfica. Lo mismo sucede con muchos actos de la vida, la educación no es excepción. Se puede decir que el proceso educativo se da en plenitud en forma presencial.
Sí, regresamos y los niños de primer ingreso conocieron a sus compañeros y ya están interactuando, muchos ya se hicieron amigos. ¿Qué sucedió el año pasado? No hubo tal interacción, como el inicio de cursos fue virtual, los niños se conocieron a través de una pantalla. En este ciclo escolar 2022 – 2023 el inicio ya se dio en forma presencial en toda la república y lo que viví en nuestro colegio estoy seguro que se vivió con intensidad en todas las demás escuelas del país, desde preescolar hasta universidad.
Después de estar en casa durante más de dos años me atreví a salir para ir al colegio, para estar al lado de compañeros maestros y de alumnos; y me dio mucho gusto poder entregar, en nombre de la Fundación Alexandra Del Castillo Castellanos el cuentito impreso. Los niños lo llevaron a casa, con la recomendación que lo compartieran con sus papás y hermanitos.
¿Mirás todo lo que provoca la Fundación? La memoria de la querida Alexandra revolotea en medio de la luz, ella, a pesar de no estar ya físicamente con nosotros, sigue presente, honrando la vida, brindándose a través de los cuentitos que publicamos en cada número de nuestra revista Arenilla. El lema de su fundación dice: “Tu palabra permanece para siempre”. Y cada vez que un niño o un adulto lee y disfruta el cuentito que distribuimos honramos su memoria.
Regresamos y procuraremos acudir a escuelas para continuar con esta labor de promoción de la lectura. Lo hacemos en nombre de Alexandra y lo hacemos por la niñez de nuestro pueblo.
¿Para qué regresaron treinta millones de alumnos a las escuelas? Para prepararse. Los papás estimulan el retorno de sus hijos, a pesar de cierta incertidumbre, porque la pandemia no ha cesado; pero, con el cuidado de las medidas sanitarias, hemos reconocido que la vida debe continuar, y la vida vale la pena cuando se estimula a través del aprendizaje, cuando el conocimiento ayuda a estimular la imaginación. En las aulas se aprende en el trato con maestros, con compañeros y, por supuesto, a través de la lectura de libros.
Cuando la lectura se hace por placer, cuando se disfruta un cuentito breve, inteligente, bonito, la vida toma un rostro más amable.
Posdata: Regresamos. Leí en un librito que en Japón el título de sensei se aplica indistintamente al maestro y al médico. ¿Mirás qué maravilla? El médico atiende el cuerpo y la mente; el maestro atiende al espíritu. Cuando llevamos un cuentito y lo compartimos con los niños lo que hacemos es una labor de prevención. Dicen que la medicina del futuro se concentrará en la prevención. Esta palabra será esencial para el crecimiento del ser humano. Debemos comenzar a prevenir enfermedades del cuerpo, de la mente, del alma y del espíritu.
Los cuentitos ayudan a prevenir la atrofia de la mente, de la imaginación. Cuando los adultos ayudamos a dar cauce a las potencialidades de los niños cumplimos con un destino más sano.
Por esto regresaron treinta millones de estudiantes y muchos millones de maestros, para prevenir la desaparición del conocimiento, de la inteligencia, de la imaginación, para abonar la vida.
¡Tzatz Comitán!
jueves, 8 de septiembre de 2022
CARTA A MARIANA, CON UN DIARIO
Querida Mariana: muy poca gente escribe cartas. A mí me gusta ser, como dice Roberto Carlos: “de esos amantes a la antigua”. Aún escribo cartas. Ya no las escribo en forma manuscrita, como antes, pero sigo conservando el modelo clásico.
Siempre comienzo con un “Querida Mariana”. Todas las cartas que recibí en la Ciudad de México cuando estudiaba allá y que me llegaban, en su mayoría, procedentes de nuestro pueblo, comenzaban así, con un querido: querido hijo, cuando eran cartas de mis papás; querido nieto, cuando eran cartas de mi abuelita Esperanza; querido Alejandro, cuando eran de mis amigos.
Sigo enviando cartas, es tanta mi afición que te mando cartas todos los días, y soy tan exhibicionista y vos tan generosa que permitimos que otros amigos se enteren de lo que te digo. Vos y yo sabemos que las cartas son abrazos íntimos. Cuando era adolescente, mis amigos no permitían que yo leyera las cartas que recibían de sus novias. Las palabras que ahí se decían eran como los abrazos que sólo se daban entre ellos. Cuando alguien hurgaba en una carta ajena se convertía en un roba espíritus. En la literatura hay muchos ejemplos de cartas que sirven como elemento de chantaje, casi como ahora se utilizan los mensajes por celular, y esto es así, porque las conversaciones privadas tienen esa etiqueta, no es para todo mundo, se escriben palabras confidenciales.
Ahora, la gente ya no escribe cartas. Las personas de esta generación se acostumbraron a enviar mensajes por WhatsApp o por hacer llamadas telefónicas. Esto ha provocado que cada vez se escriba menos y se redacte en forma ilegible.
Todo mundo dice que la letra manuscrita de Rosario Castellanos era muy difícil de leer. Quienes lo dicen no conocieron la letra de mi abuelita Esperanza. Ah, eso sí era un código casi indescifrable. A mí me encantaba recibir sus cartas porque, además de recibir su cariño envuelto en un sobre, me permitían jugar a ser uno de esos científicos que descifraron las estelas mayas. Llegué a pensar que mi abuelita había sido china en una vida anterior, por lo que escribía en su lengua materna: el chino. Sus cartas siempre eran breves. Descifrar el principio no me costaba, siempre era: querido nieto. A partir de ese momento mi labor paleográfica debía intensificarse. Ah, qué hermosos eran sus garabatos que me escribía con tanto cariño.
¿Las abuelas de hoy escriben cartas a sus nietos? Mi hermana Esther es linda, me manda cartas manuscritas. Claro, ella empata la tradición con la modernidad. En forma cariñosa escribe sobre un papel, le toma foto con su celular y me envía su carta en un mensaje de WhatsApp. ¡Ah, disfruto esas cartas! Recibo su cariño, sus mensajes de aliento. Ella las redacta en su casa en el estado de México y un segundo después las recibo en mi casa de Comitán, Chiapas.
Mi hermana es una amante del cariño a la antigua, escribe cartas en forma manuscrita, las sigue escribiendo sobre papel. ¿Yo? No, yo las escribo en un teclado de computadora y así te las mando. Me siento bien con esta mezcla, sigo escribiendo cartas a la usanza antigua, pero las escribo viendo una pantalla.
Extraño los garabatos y palabras indescifrables de mi abuelita Esperanza, pero bendigo estos tiempos que nos permiten enviar mensajes que no necesitan traductores especiales. Por fortuna no heredé la escritura de mi abuelita, heredé la escritura de mi papá, que era hermosa, impecable. No escribo tan enredado, pero, por supuesto, prefiero el teclado de estos tiempos.
El encabezado de esta carta menciona la palabra Diario. Te pregunto: “¿los chicos escriben Diarios en estos tiempos?” Cuando fui joven muchos escribíamos Diarios, que, como su palabra lo indica, consignaba lo que a diario vivíamos. Era un ejercicio de síntesis de hechos y una manera maravillosa de conservar los momentos vividos. Por supuesto, estos Diarios eran súper confidenciales, no tenían mayor destinatario que el mismo escritor, era una manera de hablarse frente a un espejo, de expresar aquello que no podía decirse a alguien más, ahí se consignaba lo más secreto, lo más íntimo.
Posdata: siempre hemos dicho que cuando se da un cambio algo se pierde mientras otra cosa se gana. Estos tiempos son prodigiosos. Las cartas que te envío las recibís casi en forma instantánea. Antes, las cartas que me enviaban mis papás tardaban varios días en llegar de Comitán a la grandiosa Ciudad de México, pero poseían el misterio de llevar sus palabras escritas a mano. Conservo algunas de esas cartas, cuando las veo recupero sus letras, los trazos, la forma en que la pluma se deslizaba sobre el papel, ahí está el tiempo de ellos convertido en mi tiempo.
Los fans corren en busca del autógrafo del cantante predilecto, desean conservar en un papel la letra manuscrita. Las cartas de antes eran generosísimas, nos entregaban un rosario inmenso de palabras, conformaban una oración sublime.
¡Tzatz Comitán!
miércoles, 7 de septiembre de 2022
CARTA A MARIANA, CON FILOSOFÍA POPULAR
Querida Mariana: Comitán es un pueblo grandioso. Que venga Aristóteles, Sófocles, Platón y a Cuchara de Plata; estos filósofos geniales no les llegan a los talones de nuestros proverbiales filósofos comitecos.
Por ahí dicen los que saben que la sabiduría popular contiene piedritas de oro. Basta hurgar tantito en los dichos de la región para comprobar que no falta razón.
Mirá, todas las abuelitas comitecas siempre han recomendado lo siguiente a la nieta: “Cuidate, por vidita tuya”. ¿Qué es la novedad? Todas las abuelas buenas del mundo recomiendan a sus nietas que se cuiden. Sí, pero sólo acá en el pueblo aparece el agregado. Parece que parte de la riqueza de nuestro carácter está en los agregados. Todo mundo pide café, pero en esta parte del mundo le agregamos: café, pero con pan, y así disfrutamos más la riquísima bebida. Sí, la verdad es que el complemento ideal del café es ¡el pan!
Mirá entonces la riqueza del dicho de las abuelas: “Cuidate, por vidita tuya”, el agregado es sensacional y ahí está contenida la riqueza conceptual. Nadie se anda cuestionando por qué debe cuidarse. Todos asumimos que debemos cuidarnos para esta bien, física y mentalmente, pero en nuestro Comitán, por si faltara aclarar, decimos que debemos cuidarnos por la “vidita nuestra”. Pucha. Qué vuelta de lenguaje tan retorcido. “Por vidita tuya”. Ah, ya estoy viendo a los expertos lingüistas darle vuelta a la frase para hallar el sentido que nosotros, los comitecos, pepenamos a la primera.
Lo que no saben los lingüistas es que los comitecos siempre usamos el posesivo, el diminutivo y que somos traviesos por naturaleza.
La frase la han repetido las abuelas desde hace muchísimos años. Como mirás, la frase tiene la capacidad de predecir. He visto muchos nietos que no hacen caso a la frase de las abuelas. En estos tiempos pandémicos, todo mundo debería repetir y atender la frase: “Cuidate, por vidita tuya”. ¿Para qué cuidarse? Por la vida nuestra, por nuestra vidita.
Y si hablamos de frases capaces de predecir el futuro, los comitecos reconocemos otra ¡sensacional! Hace muchos años, el filósofo Rich predijo lo que nos llegaría, lo que estamos viviendo. Él siempre dijo: “’ta jo’ la vida, tío, ‘ta jo’”, que en buen castellano significa: Está jodida la vida, tío, está jodida”.
Ahora todos advertimos la certeza de la reflexión del Rich, el gran Ricardo. Sí, la vida, ya nos lo había dicho, está jodida.
Él, habitante de la gruta, salía de la oscuridad y nos decía que la vida estaba jodida, no sólo el fondo de su habitación estaba jodido, ¡no!, la vida toda.
Al lado de la sentencia griega que recomienda “Conócete a ti mismo” hay que inscribir la frase de las abuelas comitecas: “Cuidate, por vidita tuya”. Tu vida será plena si te cuidás y si te conocés a vos mismo.
Los que saben dicen que Platón dijo: “Debemos buscar para nuestros males otra causa que no sea Dios”; es decir, si la frase del Rich sentencia que la vida está jodida, su compadre Platón señala que la culpa de esta jodidez no es Dios. Y aparejadas ambas ideas podemos concluir que sí, como decía el filósofo comiteco, la vida está jodida pero es culpa de quienes vivimos esta vida, de quienes la mal diseñan y de los que la mal aceptamos.
Otra sentencia afirma que “Nadie es profeta en su tierra” y Comitán no es tierra de excepción, ahí andamos reverenciando a Sócrates y a Platón e ignoramos a nuestras abuelitas y al gran Rich. Posdata: querida mía, cuídate, por vidita tuya, porque si no lo hacés vos ¡nadie lo hará! Sí, niña bonita, la vida está jodida, ya nos lo dijo Rich, por eso hay que procurar cuidarse para estar bien, para que la vida pierda un poco su cara de pocos amigos que tiene.
¡Tzatz Comitán!
martes, 6 de septiembre de 2022
CARTA A MARIANA, DONDE SE DA CUENTA DE UN PROLÍFICO ESCRITOR COMITECO
Querida Mariana: la misión del escritor se cumple cuando un lector recibe el texto. En nuestro pueblo hay muchos escritores, pero, sin duda, uno de los más prolíficos es el maestro Gustavo Alfredo Álvarez Figueroa, comiteco que, desde hace años, radica en Teotihuacán, lugar desde el que envía sus destellos, los más recientes son “Destellos de silencio”, título del libro publicado el 14 de octubre de 2021.
En una ficha bibliográfica actualizada nos enteramos que el maestro Alfredo ha publicado 16 libros. Su pluma es un colibrí incansable, su vocación es aire que no se detiene.
La mayoría de sus libros son poemarios, pero tiene un libro donde escribió una biografía de Emma Godoy, relevante escritora mexicana; y un libro con datos importantísimos de nuestro pueblo: “Comitán, mi libreta de apuntes”.
Hay dos datos relevantes acerca del cariño por el pueblo natal: el primero es que siempre envía ejemplares a lectores amigos de este pueblo, así continúa extendiendo su mano, enviando su saludo afectuoso, su corazón; y el segundo dato es que muchos destellos tienen su origen en el fogón de Comitán.
En su libro más reciente hay muchos elementos para comentar, son tantos que es imposible abarcarlos.
El penúltimo poema se titula: “Azul, azul”, y está dedicado al maestro Abraham Álvarez (1900 – 1940), padre del autor. Para que mirés la belleza del aire que atrapó y que envía al mundo copio tres versos: “Al nacer el siglo, padre hermoso, tú también nacías, / a la luz primera. Lastimosamente, muy temprano / emprendiste tu estelar periplo, solitario”.
Me conmueve cómo define a su papá, le dice padre hermoso, lamenta que haya muerto muy joven. Uf. El maestro Abraham (de grata memoria en el pueblo) vivió sólo cuarenta años, por eso dice el autor: “en el seno silencioso de mi madre / encontré el más bello refugio”.
Mirá cómo el cristal de Alfredo se opacó ante la ausencia: “Te grité, cuando te ibas, pero mi grito / fue tan sólo un ramillete de lirios / de inconsolable llanto”.
El maestro Alfredo muchísimos años después de la muerte de su papá, abre la ventana del recuerdo y nos comparte esa grieta oscura que, en eterna paradoja, ilumina las estancias del espíritu.
Acá está presente la metamorfosis infinita. ¿En qué se convierte el aire cuando se aleja? ¿En qué transmuta el alma cuando alguien fallece? ¿Adónde el agua del río al entrar al mar infinito? Acá, en la palabra del maestro Alfredo, su grito de niño se convirtió ramillete de lirios, de inconsolable llanto. Él, cuando menos, sabe el secreto de la transformación, porque en su grito de viejo aparece el secreto de convertir ese ramillete de lirios en palabra, en grito que sigue resonando en nuestra conciencia, en nuestro espíritu. Lo que él sintió en su infancia vuelve a hacerse viento y remueve las esencias de nuestras almas.
Digo pues, querida mía, que el libro del maestro Alfredo tiene muchos elementos para reflexionar, para degustar. Su palabra incansable rebota en las piedras de Teotihuacán y llega hasta donde las del Junchavín bendicen estas tierras.
El manantial del maestro Alfredo es inagotable, su agua mana fresca, cristalina, abundante; el pozo de su creatividad no cesa.
Posdata: ayer, querida mía, tocaron la puerta de casa, de mi casa comiteca. Desde adentro pregunté: “¿Quién?” “Correo”, fue la respuesta. ¿Mirás? Un empleado postal tenía algo para mí. Me puse el cubreboca y abrí la ventanita del portón. Era un sobre amarillo, pequeño, firmé de recibido. El aire de Teotihuacán llegó a Comitán. Recibí con entusiasmo la mano extendida, miré el cielo un poco nublado, húmedo, y agradecí la bendición de ese saludo, de ese grito que hace muchos años fue un ramillete de lirios, de inconsolable llanto, y que hoy es una grieta que pare luz, sólo luz.
Dieciséis libros ha publicado el maestro. Que el bosque siga dando aire, siga abonando esta tierra.
¡Tzatz Comitán!
lunes, 5 de septiembre de 2022
CARTA A MARIANA, CON AGUA DE DOS RÍOS
Querida Mariana: Vicky me envió un mensaje por WhatsApp, a las 4:41 de la tarde, el 3 de septiembre de 2022. El mensaje era lacónico, pero impactante: “el día de hoy, en Cocoyoc, Morelos, falleció el comiteco Leopoldo Borrás Sánchez, periodista, vos lo conociste”. ¿Qué se dice como respuesta a ese chiflón que bota todos los papeles sobre el escritorio en cuanto abrís la ventana? Mi respuesta fue lo que se pide en casos de fallecimiento: descanse en paz.
Falleció en Cocoyoc, Morelos, así lo dijo Vicky. Cocoyoc fue el lugar que eligió para vivir. El 2 de julio de 2013, a las 7:34 de la noche, como respuesta a alguien que preguntó por él en el blog personal de Alfonso Pedraza, donde publica ficciones aparecidas en la revista el Cuento, de Edmundo Valadés, Polo escribió: “Vivo en el Estado de Morelos en un lugar maravilloso que se llama Cocoyoc y alejado del mundanal ruido y di clases 35 años en la UNAM y rompí record al impartir en todos esos años nada menos que 23 materias diferentes en la carrera de Ciencias de la Comunicación. Sigo escribiendo en diarios de Chiapas, mi tierra natal y, preparo un nuevo libro de cuentos y otro de poesía. Cumplí 72 años de edad en marzo de 2013. Vivo de dar recitales y conferencias, cursos de periodismo y literatura en la provincia”.
Esto lo escribió Polo en 2013, cuarenta años después de la publicación de su libro de cuentos: “Un millón de fantasmas. Alucinaciones y otros textos”, editado por el INJUVE, en 1973.
Sí, conocí a Polo Borrás, primero a través, precisamente, de este libro de cuentos y luego ya en forma personal. El libro de cuentos estaba en la biblioteca personal de don Roge Román, papá de mis amigos Roge, Juan, Anita, Laurita y Miguel (en paz descanse). No sabía quién era Polo, pero como vi que era un libro de cuentos lo tomé, vi que estaba dedicado por su autor para el papá de mis amigos. El libro es, como lo deja entrever su título: alucinante. Desde entonces le seguí la pista a Polo.
Polo fue amigo personal de Mario Uvence y Mario lo invitaba para ser jurado de los concursos de oratoria, celebrados en Comitán, lo vi llegar varias veces al pueblo; en 2009, durante la gestión municipal de quien hoy es senador de la república, Eduardo Ramírez, Polo creó la Escuela Nacional de Oratoria.
En el número 3 del Kujchil, Comitán honró a Polo Borrás dedicándole la portada. Kujchil fue una publicación que inició con dos mil ejemplares mensuales y llegó a una distribución de diez mil ejemplares mensuales, en forma gratuita, durante la administración de Luis Ignacio Avendaño Bermúdez. Ahí, en una entrevista que le hizo Paty Espinosa Vázquez, Polo expresó lo siguiente:
“Comitán me hace sentir que soy. Eso se llama existencialidad. Yo sé que soy, a partir de que sé que soy comiteco. Soy comiteco, pero no sólo porque nací en Comitán; mi ser se nutre, fundamentalmente, del lugar donde estoy (…) No pierdo mi existencialidad, aunque me muera ¡seguiré siendo comiteco!”
Al final de esa entrevista, Paty le preguntó si volvería a Comitán, Polo dijo que sí, que acá estaba enterrado su mushuk y que cuando muriera pedía que lo incineraran y que hicieran dos montoncitos: “un montoncito para mi Comitán y otro montoncito para que lo tiren justamente en el lugar que era mi preferido: Yayagüita”.
Posdata: Igual que muchos paisanos, conocí a Polo. Cuando abrí el mensaje con la noticia infausta de su fallecimiento lamenté su partida y pensé si cumplirán su deseo. Un puñito de sus cenizas debe ser regado en las aguas de ese hermoso río de Chicomuselo, en La Junta, donde confluyen dos brazos de agua y se vuelven un solo afluente, y el otro puñito en algún rincón de su Comitán.
El espíritu de Polo, demiurgo de Yayagüita, ya se reunió con el otro brazo y ya es uno en el universo, por siempre.
Descanse en paz, lo escribo el 4 de septiembre de 2022, a las 4:32 de la madrugada.
domingo, 4 de septiembre de 2022
CARTA A MARIANA, CON PIZCA DE IMAGINACIÓN
Querida Mariana: me encantan los domingos. Cuando fui niño iba a misa muy temprano, regresaba a casa a desayunar tamales, pastelitos de manjar y chocolate caliente. ¿Mirás lo que digo? Lo que desayunaba los domingos en casa es lo que servían las mamás cuando mis amigos hacían su primera comunión. ¡Mis desayunos de domingo eran como de fiesta!
A la salida de misa recibía un volante con la programación de los cines, del Cine Comitán y del Cine Montebello. A las diez en punto estaba frente a la taquilla comprando boleto para la matiné. Ah, tres películas en glorioso blanco y negro o a todo color. Los cinéfilos salíamos satisfechos como a la una y media, corría a casa para comer, ya te he contado que mi casa estaba a media cuadra del parque y el Cine Comitán estaba a media cuadra del parque, así que mi recorrido era breve. Mi pueblo había hecho que mi casa estuviera cerca del cine, para alentar mi vocación cinéfila.
Después de comer iba al cine con mis papás. Mi papá y mi mamá también eran amantes del cine. Mi mamá sigue viendo películas por la televisión, por las tardes y parte de la noche. Mi papá ya falleció, pero si viviera ahí estuviera bajando la cabeza y ocultando la mirada detrás de una mano para que no viéramos que lloraba. Mi mamá me dijo ayer que lloró. ¡Cómo no! ¿Sabés que miró? La película del chucho fiel, el chucho que no se entera del fallecimiento de su amo y va a esperarlo todas las tardes en la terminal de trenes, lugar donde lo recibía cuando estaba vivo. Bueno, qué te voy a contar si vos sos experta en cine. Vos me has dicho que sos igual que mi papá, que mi mamá, que yo, llorás a moco tendido las películas que tocan el espíritu.
Pero digo que amo los domingos porque también dedicaba parte de mi mañana a leer revistas de monitos. Hoy veo poco cine. En el tiempo A. P. mi Paty y yo íbamos a Cinépolis, pero llegó el bicho y éste nos obligó a cancelar ese disfrute. Ah, lo lamento, pero sigo dedicando parte de mi domingo a leer, ya no revistas de monitos sino novelas o libros con cuentos.
Azucena me preguntó el otro día cómo puede estimular la imaginación de sus dos hijitos. Ah, pucha, hay mil modos, le dije, pero uno infalible es a través de la lectura de cuentos infantiles. En la biblioteca de la oficina hay un librito que se llama “Sopa de sueño y otras recetas de cococina”, de José Antonio Ramírez Lozano. Sí, así lo escribió: “cococina”, qué bonito, es una palabra juguetona, saltarina. Lo comenté con Azucena, le dije que eso ya era un gran estimulante para la imaginación, jugar a inventar palabras. Miré que su carita se iluminó, como si fuera gambusina y hallara una pepita de oro, en medio del aire.
Mirá qué escribió el tal Ramírez Lozano: “Aquí está el mejor fogón, / ese que los cocineros / llaman imaginación. / Cocina de las palabras, / que se come por los ojos / sin tenedor ni cuchara”.
Es una cosa tan sencilla, casi elemental, pero es tan estimulante que el tal Ramírez nos dice que la imaginación es como un fogón donde se cocinan las palabras. Ah, qué bendición.
¿Imaginás que Azucena juegue con sus hijitos a cocinar palabras? ¿A que en lugar de que salgan salvadillos salgan palabras calientitas con forma de estrella? ¿Cómo se comen las palabras? Pues igual que el pan y cuando le hallás el gusto te volvés adicto. Por ahí dicen que es muy difícil renunciar al pan. En Comitán somos promotores incansables del consumo de pan. Cada que ofrecemos una taza de café el invitado dice: pero con pan. ¡Pucha!
¿Ya viste cómo se llama el librito de Ramírez? “Sopa de sueño…” ¿Vos has tomado sopa de sueño? ¿Te gusta fría o caliente? ¿Cuáles son los ingredientes de la sopa de sueño? Estoy seguro que al tío Concho no le gustaría sentarse ante la mesa y escuchar que le servirás sopa de sueño, ¡no!, el tío Concho está acostumbrado a su caldo de mollejitas con chile al pastor y una cerveza bien fría para mitigar la cruda.
A mi sobrina Pau no le gusta la sopa, es igual que Mafalda, pero le encantan las galletas. Pau sería feliz cocinando galletas con palabras saladas o con palabras llenas de miel.
Posdata: los domingos son días para ver cine, para comer palomitas, para leer revistas de monitos, para cocinar pasteles con palabras dulces; los domingos son días para jugar con los amigos, con los primitos, con los papás, con los abuelos; son días para echar a volar los papalotes del espíritu.
¡Tzatz Comitán!
sábado, 3 de septiembre de 2022
CARTA A MARIANA, CON UN RECUERDO SENSACIONAL
Querida Mariana: volveré a contar algo de un tiempo donde vos no habías nacido. La idea es que tengás elementos históricos de tu pueblo, pequeños deslumbres, historias sensacionales.
Sé que te interesará porque vos sos amante del cine, experta en cine. Hoy, aparte que en el pueblo tenemos la oportunidad de ir a las salas de Cinépolis, con una oferta comercial atractiva, tenemos la posibilidad de inscribirnos a una plataforma en Internet y disponer de cientos, miles de cintas. ¡Qué tiempos tan sensacionales!
Hubo un tiempo donde los cinéfilos de Comitán rentamos videocasetes en el Video Alaska, ahí encontrábamos películas para ver en casa. A veces, ah, qué mala pata, ya estaba rentada la que deseábamos ver, nos anotábamos en la lista para que en cuanto la regresaran nos tocara a nosotros.
El otro día tuve el privilegio de saludar por teléfono a doña Alicita de Cancino, quien, al lado de su esposo, don Jorge Cancino (en paz descanse), fueron los primeros comitecos en ofrecer el servicio de renta de videos. Su negocio estuvo en una de las esquinas, frente al templo de El Calvario, a una cuadra del parque central.
Son varios los videoclubes que existieron en Comitán, el primero fue el de don Jorge y de doña Alicita, luego llegó VideoVisa (que luego fue Videocentro, y estuvo en el Pasaje Morales y cerró en el local al lado de donde estuvo Bingo, donde hoy está la oficina de la televisión por cable), luego el Video Monserrat, y un video club que estuvo en el vestíbulo de los Cinemas 2000. Con el tiempo hubo pequeños locales donde rentaban videocasetes en diversas partes de la ciudad, estos últimos videoclubes daban servicio a los habitantes de la zona. Pero los primeros mencionados fueron los que acapararon al mayor número de cinéfilos.
Como ya te diste cuenta aún teníamos salas cinematográficas, pero los videocasetes fueron muy atractivos porque permitían que toda la familia viera una película de estreno a un bajo costo. Tal vez podás imaginarlo si pensás lo que ahora significa una suscripción a Netflix o a Prime Video o HBO o Disney. ¿Cuánto pagás mensualmente? La mensualidad es módica, no llega a doscientos pesos, por esta cantidad tenés miles de películas a tu disposición, las veinticuatro horas del día, todos los días. Pucha, parece que estuviera haciendo promoción a estas plataformas. Vos y medio mundo reconoce el dicho que fue muy famoso: “El cine se ve mejor en el cine”. ¡Claro! La experiencia de una sala cinematográfica es sublime, pero, ah, debés estar dispuesta a gastar una buena paguita. Imaginá a los papás que tienen dos hijos. Sólo por la entrada ya pagan más de la mensualidad de Netflix y no te digo el gasto en dulcería. Sólo de las cubetas de palomitas se va una muy buena lana. Y esto es sólo por ver una cinta. En el llamado streaming por el precio de una película en sala mirás un titipuchal de cintas.
Vos conocés a Romeo, sabés que él, igual que vos, es un cinéfilo de hueso colorado, bueno de hueso a todo color y también en blanco y negro. Pues dice que mira más de cien cintas al mes. A veces son las once o doce de la noche y sigue viendo películas. No termina de bendecir estos tiempos.
Pero yo te hablo de un tiempo lejano, de cuando aún no vislumbrábamos la posibilidad del Internet. En ese tiempo se necesitaba comprar una videocasetera; es decir, un reproductor de videos.
¿Cómo inició el Video Alaska? Ah, te cuento. Doña Alicita me dijo que don Jorge y ella tenían una licorería. Ah, era un negociazo. Vendían botellas de trago durante las veinticuatro horas. Quienes a media fiesta miraban que ya estaba terminando el trago mandaban a comprar otras botellas a Vinos y Licores Flamingo. Era un buen negocio, pero muy pesado, porque la atención era de tiempo completo. Un día la visitó un amigo de Tuxtla Gutiérrez y le dijo que cerrara ese negocio que era tan absorbente, que mejor pusiera venta de casetes de música y discos; el amigo se comprometió a asesorarlos y a surtirles el producto cultural. Doña Alicita y don Jorge lo platicaron y decidieron cerrar la vinatería y cambiar de giro el negocio. Los amigos de don Jorge (ah, nunca faltan) se enojaron con el cambio, cómo no, los gorrones siempre llegaban a saludarlo a la una de la tarde, porque sabían que él los invitaba a tomar una copita. Se cerró la vinatería y en lugar de que les pidieran una de don Pedro o una de tequila, la nueva clientela comenzó a pedirles: uno de los Chamos, de Amanda Miguel o de Menudo, artistas de moda.
Todo mundo reconoce que doña Alicita es una mujer muy trabajadora y visionaria, de inmediato compró un deck para grabar de casete a casete, esto le permitió grabar la música que le solicitaban. Cuenta que tenía un cliente que siempre llegaba y le pedía: “grabame uno para llorar”, y ella le grababa uno con puras canciones pegadoras.
Pronto, el negocio comenzó a prosperar, los dueños estaban satisfechos de la respuesta del público. Tiempo después llegó el mismo amigo de Tuxtla, los sentó a ambos y les dijo que debían dar un cambio, el futuro estaba en la renta de videos, que no se preocuparan, como la vez pasada él los iba a orientar y a proveerles de los insumos. Entonces, los clientes dejaron de pedir discos y comenzaron a pedir películas. De igual manera pronto fue un éxito, un éxito que superó a los anteriores. Muchas personas adquirieron las videocaseteras, rentaron películas en Video Alaska y vieron las cintas en sus casas, toda la familia reunida en la sala frente al televisor. Doña Alicita dice que fue una locura. Los fines de semana quedaban vacíos los estantes, había personas que se llevaban paquetes de diez o doce películas para ver viernes, sábado y domingo. Volvieron a tener un negocio muy exitoso. Video Alaska comenzó con la renta de los videocasetes de formato Beta, luego se dio la transformación al formato VHS, lo que requirió adquirir un nuevo aparato de reproducción, cosa que hizo todo mundo.
La dotación inicial la proporcionó el amigo de Tuxtla, pero doña Alicita luego supo el secreto y viajaba a la Ciudad de México para conseguir películas en Tepito y luego en el mismo lugar donde VideoVisa surtía a sus filiales, en la calle de Rosedal.
“Llegamos a ser 14 personas en atención del Videoclub”, dice doña Alicita. Pucha, mirá cuánta gente para entregar películas, para recibirlas, para rebobinarlas (había una rebobinadora para dejar la cinta en el principio). Fue una gran fiebre.
¿Y por qué el nombre de Video Alaska? Ah, una ocurrencia de doña Alicita. En el primer viaje que hizo a la Ciudad de México para comprar videocasetes vio un enorme espectacular que anunciaba el estreno de una película, con la imagen de un enorme oso polar en medio del hielo. El título tenía la palabra Alaska. Doña Alicita dijo: “así se llamará nuestro video club: Alaska” y Alaska se llamó. Como ya dije, el primer negocio que tuvieron fue una vinatería, con venta de trago y cerveza, así que no faltó el ocurrente comiteco que dijo: “al principio íbamos a-las-kaguamas, ahora vamos a-las-karicaturas”.
Toda una época, cientos de cinéfilos se suscribieron al video club Alaska, ese negocio permitió que el gusto por el cine se satisficiera y se incrementara. El cine que se veía en la Ciudad de México se veía acá. Doña Alicita regresaba con las maletas llenas de videocasetes y recibía dotaciones que llegaban por los transportes.
Había películas de gran demanda, que estaban de moda, de esos títulos, doña Alicita compraba hasta diez copias de esas cintas. Como ya dije, los viernes en la tarde el local era insuficiente. Muchas personas ya habían anotado sus nombres y pedidos. La promesa era que tendrían listo lo solicitado, siempre y cuando llegaran a determinada hora, si no llegaban a esa hora “soltaban” las películas, porque muchas otras personas las solicitaban.
Posdata: el trabajo fue muy intenso y satisfactorio. Don Jorge y doña Alicita atendieron el negocio con mucho entusiasmo, pero como ya vimos, doña Alicita es mujer de cambios, los acepta, los propicia y los engrandece. Un día llega una persona y le ofrece una cantidad de dinero muy aceptable para poner un negocio en su local, pagando cinco años adelantados. ¡Ah, fue oferta tentadora! Lo platicaron y así fue como Video Alaska cerró sus puertas. Doña Alicita vendió las películas a video clubes que había ayudado a abrir en otras ciudades. Un día, se accidenta quien había pagado la renta adelantada y cierran la oficina. Doña Alicita regresa la paga recibida y vuelve a hacerse cargo de su local. ¿Qué hacer? Ah, abramos un acuario. Y abren el Acuario Leo. Y, faltaba más, vuelven a hacerlo exitoso. Esto, querida niña, es síntesis apretada de una vida de trabajo y esfuerzo, de una pequeña parte de la historia de los videoclubes en Comitán.
viernes, 2 de septiembre de 2022
CARTA A MARIANA, CON PRODIGIOS
Querida Mariana: todo es un prodigio. El lenguaje es maravilloso. A veces vuelve a mi mente la pregunta: ¿cómo se inventaron las palabras, los diversos idiomas?
Pero, el prodigio viene de antes, desde el origen del universo. Todo lo que nos rodea es sorprendente. Muchos amigos manifiestan asombro ante el colibrí.
Dije que la palabra es un prodigio del genio humano, pero la palabra es insuficiente para describir la maravilla que es ese cachito de aire convertido en ave.
Varios de los amigos recuerdan la leyenda donde se dice que el colibrí es el alma de los difuntos. Cada vez que ven un colibrí en su patio sienten una brisa de alivio en su espíritu, porque (así lo creen) es el alma del abuelo que llegó a saludarlos. ¡Qué bonita sensación! No sé si esa leyenda tenga sustento, pero mientras siga siendo bálsamo ¡que el destino siga enviando colibríes a todas las estancias!
Y digo que el genio humano es inalcanzable, porque el colibrí, en Comitán, tiene un nombre especial, bien bonito, relacionado con su actividad infinita. ¿Recordás que al colibrí lo llamamos chupamirto?
Es un nombre genial. Un poco selectivo, porque este granito de viento no sólo chupa mirtos, chupa todas las flores que tienen miel. En casa, mi mamá y mi Paty tienen varias plantas que dan florecitas moradas y rojas. Ah, a veces estoy al lado de la ventana y veo llegar a un chuparmito, el revoloteo del aire me anuncia su presencia, mi corazón brinca de gusto, no a la misma velocidad de su aleteo, porque eso sería peligroso. Todas las personas que ven un colibrí manifiestan gusto. Por eso, a Linda siempre le dije que era como un chupamirto, porque su presencia era recibida con júbilo por todos. Ah, luego sos muy pícara, capaz que pensaste que a Linda le decía chupamirto por otra cosa, porque no estás muy equivocada, a fulana de tal (no diré su nombre) le decían “La chupamirto” en la escuela, porque le gustaba chupar y no necesariamente limones ni mirtos. Pero, ¡basta!, porque esto le resta belleza a lo que digo: el chupamirto es un prodigio de la naturaleza.
Todos los animales son fabulosos, pero el colibrí tiene un encanto especial, sólo equiparable con ese otro milagro: la luciérnaga. ¡Qué bendición! ¿Cómo es que la naturaleza diseñó ese bichito tan extraordinario? Un bichito con una lamparita. Digo que no alcanzan las palabras para describir esas motitas luminosas.
El mismo sentimiento que provoca el vuelo de un colibrí en la mañana aparece cuando, en la noche, en medio del bosque brotan cientos de puntitos luminosos que parecen patinar sobre el cristal del aire.
¿Mirás lo que digo? Es una obviedad. Todo mundo reconoce esas maravillas. El otro día releí unas páginas de “Tokio blues”, novelita de Murakami (perdón, mi niña, pero mi oficio me obliga a leer de todo) y por ahí apareció una escena donde alguien encierra a una luciérnaga en un frasco. Sí, muchos niños y adolescentes las encierran y las tienen en sus recámaras como si fueran lámparas de buró. Cada quien su vida, pero a mí eso me enerva. La bendición está en ver un enjambre de luciérnagas en un entorno natural, ver cómo en la ventana oscura aparecen y saludan con sus culitos resplandecientes.
Y terminaré esta carta quitándome el sombrero ante el genio de nuestra gente. ¿Recordás cómo llamanos a la luciérnaga en Comitán? ¡Sí! Usamos la palabra del idioma tojolabal: mushkak.
Posdata: dos animalitos casi insignificantes en tamaño: luciérnaga y colibrí, nos sorprenden con su grandeza universal. Dos palabras comunes toman un aroma diferente en nuestra región: chupamirto y mushkak.
Posdata: sabemos que los dos animalitos son gloriosos, pero a vos ¿cuál te seduce más? ¿El colibrí o la luciérnaga? Sin albur, ¿te gustaría ser chupamirto o te gustaría tener el culito luminoso? A la fulana de tal le decían “La chuparmirto”, nunca me topé con una chica a la que dijeran “La mushkak”. Hay más chupadoras que chicas con traseros esplendentes.
¡Tzatz Comitán!
jueves, 1 de septiembre de 2022
CARTA A MARIANA, CON UN INSTANTE LUMINOSO
Querida Mariana: el dato es impresionante. El día 29 de agosto de 2022, en todos los medios de comunicación de México apareció la siguiente noticia: “el día de hoy, treinta millones de alumnos regresaron a la escuela”. ¡Treinta millones de alumnos! Desde preescolar hasta universidad.
Fue un instante luminoso, los patios escolares se llenaron de vida. Te he platicado cómo en 2019 la Secretaría de Educación adelantó el periodo vacacional de Semana Santa, porque era inminente la llegada del virus. En el colegio Mariano N. Ruiz, como en todos los demás planteles del país, alumnos, maestros y directivos nos fuimos a casa, sin imaginar que la pandemia nos obligaría a continuar las clases en forma virtual. La crisis sanitaria obligó a concluir el año lectivo sin acudir a la escuela; y comenzó el siguiente ciclo escolar y los alumnos de primer ingreso no pisaron el aula en forma presencial, el conocimiento de compañeros y maestros fue a través de una pantalla, desde casa. En cierto momento vivimos un proceso escolar que fue llamado híbrido, con clases virtuales y algunas clases presenciales, los grupos se dividieron y los alumnos acudieron determinados días y en horas señaladas. Todo inmerso en la llamada “Nueva normalidad”, que exigió uso de cubrebocas, sana distancia y respeto de los demás protocolos sanitarios.
Este 29 de agosto, treinta millones de alumnos regresaron a las escuelas; con ellos, también millones de maestros y de personal administrativo y de intendencia; y con ello se activaron millones de comerciantes y prestadores de servicios.
Un día de 2019 fuimos a casa y obedecimos la orden de permanecer en ella. Los treinta millones de estudiantes recibieron sus clases en forma virtual.
El 29 de agosto fue un instante sublime, los patios, oficinas y aulas recuperaron su cara plena, se llenaron de vida. Las condiciones son diferentes a los años antes de la pandemia (el tiempo A. P.), pero ya hubo un rostro más humano. La esperanza ya no fue una mera utopía, tuvo una sonrisa amable.
Los edificios escolares de Comitán retomaron su vocación maravillosa de ser el segundo hogar de miles y miles de estudiantes. ¡Ah, el desborde de alegría fue monumental!
Treinta millones de estudiantes, treinta millones de vidas, de testimonios, de experiencias. Salí de mi encierro para ser testigo presencial de este momento luminoso. En el edificio de Los Sabinos fui testigo de cómo muchos niños de secundaria, de primer ingreso, con cubreboca, ponían las palmas de sus manos para recibir el gel antibacterial en la entrada, muchas de esas manitas temblaban, tal vez de emoción por esta experiencia inédita. Los papás los despedían, las mamás les echaban su bendición y dictaban las últimas cuatrocientas veintidós recomendaciones. Este año a la inquietud natural de papás se sumó la situación pandémica que no ha terminado.
La epidemia de la Influenza nos obligó a permanecer en casa varios días, pero luego volvimos a la normalidad; la pandemia del coronavirus nos obligó a permanecer en casa durante muchos días, exigió que la clase tradicional en el aula se convirtiera en clase virtual, todo mundo hizo uso de los equipos tecnológicos, como computadoras y celulares, para no interrumpir el proceso de enseñanza aprendizaje.
Nada es comparable al contacto humano. En el tiempo A. P. nos hablamos por teléfono cuando no podíamos vernos en persona, pero en cuanto había un tiempito nos reuníamos para platicar en el parque o en el café. En este tiempo de pandemia la pantalla fue el sustituto del contacto personal. Los abuelos recibieron las video llamadas de sus nietos, vieron las caritas a través de una pantalla. El mundo entendió que la emergencia sanitaria obligaba a ello, el contagio provocaba millones de fallecimientos en todo el mundo, había que extremar cuidados y precauciones. Comprendimos que la salud es primero, no existe prioridad mayor. Las manifestaciones de amor quedaron relegadas. La gente supo que un abrazo o un beso podía ocasionar la muerte; la gente aprendió que ante esta pandemia la mayor manifestación de amor es no dar abrazos ni besos, porque no se tiene certeza de estar inmune al contagio. La recomendación sigue siendo: porque te quiero, te cuido.
Posdata: cada estudiante que regresó a la escuela en este ciclo escolar 2022 - 2023 tiene una historia para contar; millones de estudiantes son participantes de un hecho social sin precedentes en los últimos años. Maestros, alumnos, administrativos y de servicios, volvimos a llenar el patio del glorioso colegio Mariano N. Ruiz, lo hicimos respetando el protocolo sanitario. Así estamos viviendo estos tiempos, pero ya nos vimos cara a cara, los de nuevo ingreso ya tuvieron la oportunidad de socializar y convivir con los compañeros. Los rostros cubiertos por un cubreboca, pero las miradas siguen mandando luz, recibiendo los mensajes de amigos y compañeros. Volvimos a vernos a los ojos. No hay como el contacto humano.
¡Tzatz Comitán!
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