domingo, 4 de septiembre de 2022

CARTA A MARIANA, CON PIZCA DE IMAGINACIÓN

Querida Mariana: me encantan los domingos. Cuando fui niño iba a misa muy temprano, regresaba a casa a desayunar tamales, pastelitos de manjar y chocolate caliente. ¿Mirás lo que digo? Lo que desayunaba los domingos en casa es lo que servían las mamás cuando mis amigos hacían su primera comunión. ¡Mis desayunos de domingo eran como de fiesta! A la salida de misa recibía un volante con la programación de los cines, del Cine Comitán y del Cine Montebello. A las diez en punto estaba frente a la taquilla comprando boleto para la matiné. Ah, tres películas en glorioso blanco y negro o a todo color. Los cinéfilos salíamos satisfechos como a la una y media, corría a casa para comer, ya te he contado que mi casa estaba a media cuadra del parque y el Cine Comitán estaba a media cuadra del parque, así que mi recorrido era breve. Mi pueblo había hecho que mi casa estuviera cerca del cine, para alentar mi vocación cinéfila. Después de comer iba al cine con mis papás. Mi papá y mi mamá también eran amantes del cine. Mi mamá sigue viendo películas por la televisión, por las tardes y parte de la noche. Mi papá ya falleció, pero si viviera ahí estuviera bajando la cabeza y ocultando la mirada detrás de una mano para que no viéramos que lloraba. Mi mamá me dijo ayer que lloró. ¡Cómo no! ¿Sabés que miró? La película del chucho fiel, el chucho que no se entera del fallecimiento de su amo y va a esperarlo todas las tardes en la terminal de trenes, lugar donde lo recibía cuando estaba vivo. Bueno, qué te voy a contar si vos sos experta en cine. Vos me has dicho que sos igual que mi papá, que mi mamá, que yo, llorás a moco tendido las películas que tocan el espíritu. Pero digo que amo los domingos porque también dedicaba parte de mi mañana a leer revistas de monitos. Hoy veo poco cine. En el tiempo A. P. mi Paty y yo íbamos a Cinépolis, pero llegó el bicho y éste nos obligó a cancelar ese disfrute. Ah, lo lamento, pero sigo dedicando parte de mi domingo a leer, ya no revistas de monitos sino novelas o libros con cuentos. Azucena me preguntó el otro día cómo puede estimular la imaginación de sus dos hijitos. Ah, pucha, hay mil modos, le dije, pero uno infalible es a través de la lectura de cuentos infantiles. En la biblioteca de la oficina hay un librito que se llama “Sopa de sueño y otras recetas de cococina”, de José Antonio Ramírez Lozano. Sí, así lo escribió: “cococina”, qué bonito, es una palabra juguetona, saltarina. Lo comenté con Azucena, le dije que eso ya era un gran estimulante para la imaginación, jugar a inventar palabras. Miré que su carita se iluminó, como si fuera gambusina y hallara una pepita de oro, en medio del aire. Mirá qué escribió el tal Ramírez Lozano: “Aquí está el mejor fogón, / ese que los cocineros / llaman imaginación. / Cocina de las palabras, / que se come por los ojos / sin tenedor ni cuchara”. Es una cosa tan sencilla, casi elemental, pero es tan estimulante que el tal Ramírez nos dice que la imaginación es como un fogón donde se cocinan las palabras. Ah, qué bendición. ¿Imaginás que Azucena juegue con sus hijitos a cocinar palabras? ¿A que en lugar de que salgan salvadillos salgan palabras calientitas con forma de estrella? ¿Cómo se comen las palabras? Pues igual que el pan y cuando le hallás el gusto te volvés adicto. Por ahí dicen que es muy difícil renunciar al pan. En Comitán somos promotores incansables del consumo de pan. Cada que ofrecemos una taza de café el invitado dice: pero con pan. ¡Pucha! ¿Ya viste cómo se llama el librito de Ramírez? “Sopa de sueño…” ¿Vos has tomado sopa de sueño? ¿Te gusta fría o caliente? ¿Cuáles son los ingredientes de la sopa de sueño? Estoy seguro que al tío Concho no le gustaría sentarse ante la mesa y escuchar que le servirás sopa de sueño, ¡no!, el tío Concho está acostumbrado a su caldo de mollejitas con chile al pastor y una cerveza bien fría para mitigar la cruda. A mi sobrina Pau no le gusta la sopa, es igual que Mafalda, pero le encantan las galletas. Pau sería feliz cocinando galletas con palabras saladas o con palabras llenas de miel. Posdata: los domingos son días para ver cine, para comer palomitas, para leer revistas de monitos, para cocinar pasteles con palabras dulces; los domingos son días para jugar con los amigos, con los primitos, con los papás, con los abuelos; son días para echar a volar los papalotes del espíritu. ¡Tzatz Comitán!