sábado, 10 de septiembre de 2022

CARTA A MARIANA, CON UN POETA CASI DESCONOCIDO

Querida Mariana: ¿ya viste la portada del libro que te comparto? Cuando hablamos de poetas comitecos, de inmediato aparecen los nombres de Rosario Castellanos, Raúl Garduño y de Óscar Bonifaz, y de por ahí comienzan a desgranarse otros nombres: Mirtha Luz Pérez Robledo; Marvey Altuzar; por supuesto el nombre del maestro Ernesto Carboney y de su amiga la Güera Pulido. Hay más, muchos más: María del Rosario Bonifaz Alfonzo; Clarita del Carmen Guillén; Omar Ruiz; Arbey Rivera, quien es ahora el director del Centro Cultural Rosario Castellanos. Hay más, muchos más: Jorge Melgar Durán; Mario Escobar; María Elena Jiménez; Alfredo Álvarez (quien ahora radica en Teotihuacán); Francisco Zúñiga; Maygualida Albores Gordillo; Sergio Peña (quien recientemente presentó un libro); Alexis David López Guillén, quien obtuvo el premio de los segundos Juegos Florales de Literatura “Raúl Garduño”, promovido por el Centro Cultural Rosario Castellanos; Fabián García, quien también es un poeta galardonado. Y a esta relación tunca se agregan muchos nombres de jóvenes poetas que ahora vienen despuntado. ¿Mirás? La lista es extensa, generosa. Pero en esta relación pocos incluyen el nombre del Padre Raúl, querido sacerdote de nuestro pueblo, oriundo del barrio de San Sebastián. Pero acá está la prueba de que él escribió “versos que nacieron a la luz de la fe”. ¡Ah, genial! Y estos versos, que forman poemas, están contenidos en el libro: “Ecos de ensueño. Versos que nacieron a la luz de la fe”. Este libro (lo debe recordar muy bien mi querido y respetado amigo Abraham Gutman, quien ahora radica a lado de la carretera que va a Venustiano Carranza, sé que su casa está cerca del territorio azucarero de Pujiltic), fue publicado para celebrar el cincuentenario de la unción sacerdotal de monseñor Raúl Mandujano García, el 22 de octubre de 2000. Y digo que Abraham debe recordarlo con precisión, porque él fue el encargado de escribir el prólogo. Este prólogo ilumina la obra y, al mismo tiempo, la vida del padre Raúl. Abraham conoció al monseñor y ahí deja expresado un testimonio importantísimo de este personaje maravilloso de Chiapas. Vos sabés que trabajo en el Colegio Mariano N. Ruiz, que fue fundado en 1950 por el padre Carlos J. Mandujano García, hermano del padre Raúl. La vida del padre Raúl está opacada por la vida de su hermano, que es mucho más conocida en el pueblo; pero fijate que en San Cristóbal de Las Casas sucede lo contrario. Allá, muchas personas recuerdan más al padre Raúl que al padre Carlos, y esto es así, porque el padre Raúl llegó a ser Rector del Seminario, pucha, ¡nadita! Los alumnos del Colegio Mariano N. Ruiz sí reconocen de inmediato a ambos personajes; los alumnos de mi generación recibieron cátedra del padre Carlos; y los de generaciones posteriores recibieron cátedra también del padre Raúl. ¡Qué privilegio! ¿Qué poemas contiene este libro? Mirá qué dice Abraham en el prólogo: “Los bellísimos poemas “¿En dónde estás Dios eterno?”, “Al pie de tu sagrario”, “Si te agradan mis brazos”, son un coloquio celestial; con su sencillez característica le canta a Chiapas y a su marimba, a Estambul, a la naturaleza, dialoga con sus padres, elogia la virtud, se preocupa del obrero y canta las Glorias de María Inmaculada”. Ve qué abanico tan generoso. Abraham habla de la sencillez característica del padre Raúl. Tuve el privilegio de estar algún tiempo cerca del Padre Raúl y comprobé que era un hombre muy sencillo, a pesar de la grandeza de su conocimiento y del alto cargo que ostentó. Pucha, si llegó a ser Rector del Seminario fue por todas las dotes que reunía. Pero ¿qué voy a estar hablando cuando tenemos la oportunidad de tener en la mano el testimonio de Abraham, a quien, de igual manera, por algo lo eligieron para escribir el prólogo de este libro. Mirá, Abraham hizo una genial descripción del padre Raúl. Me da pena piratearme gran parte de este testimonio, pero como ahí está casi todo, pues me guardo la pena y lo pirateo para que vos tengás un acercamiento de este personaje maravilloso. Va, Abraham dice: “Durante su gestión como Vice-rector y luego como Rector del Seminario, con su recia personalidad, reflejo de su vida interior, a muchos nos sirvió de modelo. Allí admiramos al administrador, al maestro, al guía. Lo recordamos vistiendo negra sotana española con el Breviario o con el Rosario entre sus manos. Caminando solemnemente por los corredores de gruesas columnas o por los pasillos de los dormitorios o en el refectorio durante las horas de comida. Lo recordamos sentado en su escritorio bien sea armado de distinguida pluma fuente o al teclado de esa singular máquina de escribir con tipo de letra manuscrita”. ¿Mirás qué prodigio de testimonio? Ah, lo leí y dije que piratearía un fragmento para enviártelo, para que tengás una idea de cómo era el padre Raúl, autor de este libro que comento. Sí, sin haber estado presente en el Seminario puedo verlo, ahí está el padre Raúl. Abraham no se contenta con darnos una síntesis sensacional del personaje, del poeta, ¡no!, nos regala datos como el de tenía una máquina de escribir mecánica con tipos que “escribían” letra manuscrita. Pucha, esta máquina fue más allá del lugar donde llegó Gutenberg, porque el maravilloso hombre que descubrió los tipos para la prensa e inició el magnífico movimiento revolucionario de la impresión no alcanzó tal prodigio, ¿o sí? No sé, pero digo que la maquinita que mi papá me compró en los años sesenta para recibir la clase de mecanografía con mi querido y admirado maestro Jorge Gordillo Mandujano escribía con lo que llamamos letra de molde y no manuscrita, escribía así como ahora te escribo esta carta. El libro que publicaron por las bodas de oro de sacerdocio del padre Raúl es un prodigio, no sólo contiene los poemas que escribió y que nacieron “a la luz de la fe”, ah, qué bonito; también contiene una biografía del padre Raúl y una historia del Seminario de San Cristóbal de Las Casas. Documentos maravillosos y todo ello se complementa con el espléndido prólogo de Abraham. Esta carta está escrita al alimón, la mitad corresponde a Abraham y la otra para el Arenillero. Abraham no sabe que me pirateo su texto; yo lo único que sé es que al leer el prólogo pensé que debía mandártelo para que te acercaras un poquito a la historia de un comiteco ejemplar, de alguien que llegó a ser Rector del Seminario. Digo que muchos alumnos de la secundaria del Colegio Mariano N. Ruiz lo recuerdan, porque impartió cátedra en nuestra escuela, impartió la cátedra de Español, materia en la cual era un experto. Claro, en el Seminario impartió más asignaturas. Abraham nos da una relación de las materias que impartía el padre y con esa lista entendemos la grandeza del conocimiento que poseía. Oí y mirá lo que Abraham señala: “Lo recordamos en plena acción impartiendo sus cátedras de Griego, Preceptiva Literaria, Prosodia, Métrica y Estilística Latinas”. Como decía el cronista deportivo, Ángel Fernández: “Me pongo de pie”. “Lo recordamos en esas gélidas mañanas con sus manos santas sobre el manubrio, dispuesto ya a emprender el viaje a su capellanía (…) lo recordamos en los días de campo o en las vacaciones ataviado de chamarra beige de gabardina tipo cazadora, pero siempre lo recordamos ante el sagrario o en plena comunicación con el Altísimo”. Y, como dije al principio de esta carta, hay más. Abraham dice que el padre Raúl practicaba el básquetbol en la cancha del Seminario y, como ya leíste, se trepaba a la bicicleta y le daba a todo. Nunca participó en la Tour de Francia, pero sí fue un hombre sano, de cuerpo y de espíritu. Fue un comiteco ejemplar, hombre sublime. Digo que a partir de ahora cuando se escriba la relación de poetas comitecos no debe olvidarse incluir al padre Raúl Mandujano García. Posdata: la publicación de su libro fue para celebrar el Jubileo de Oro. Qué hermoso gesto. A final de cuentas este libro fue una celebración para Comitán. El libro es generoso nos entrega la vida y obra de un comiteco ejemplar, la historia de una institución importante en la historia de Chiapas y nos da (mojol de lujo) un texto brillante salido de la mano de mi querido amigo Abraham Gutman. Abraham debería, en ratitos, escribir su testimonio del tiempo que vivió en Comitán, en los ya lejanos años ¿cincuenta? Su pluma es brillante y su memoria prodigiosa. A veces hablamos por teléfono y me da mucho gusto porque encuentro que sigue con una lucidez privilegiada. ¡Cuánta bendición en una pequeña nube, en una parcela brevísima de este anchísimo universo! ¡Tzatz Comitán!