Como siempre, ella dejaba para el momento propicio las cosas "importantes". En el trabajo también era así. Al principio me costó trabajo acoplarme. Yo estaba acostumbrado a que las cosas mal hechas se reclamaban al instante. Cuando pasaba una ronda de cervezas tibias la mentada de madre no tardaba ni un segundo. Verónica hablaba de otra cosa y sólo cuando ya me había olvidado, ella recargaba su trasero en la parte delantera de su escritorio, cruzaba los brazos y volvía al asunto. Como que dejaba que los sucesos inesperados perdieran su cara de enojo.
Prendió las velas que yo había colocado en la mesa y tarareó la canción que se oía: "...hello, my friend, hello..."
-Bebé -la oí gritar. Yo estaba en el cuarto limpiando el anillo. Si ya había aceptado casarse conmigo debía tenerlo-. ¿Qué haces? Ven rápido -oí sus pasos y su voz cada vez más cercana-. ¡Corre, te tengo una sorpresa! ¡Mira, chan-chan-chan! -. Entró al cuarto y puso un libro sobre la cama-. ¡San Agustín! Vas a ver cómo este cuate habla de los que son como tú: Buscadores de Dios. ¿Estás contento, bebé? -dijo y se sentó al lado del buró.
Sí, yo estaba contento. Ella tenía la magia para desaparecer mis nubes negras. Pensé entonces en hincarme ante ella y darle el anillo, pero supe que iba a echar a perder el momento. Ese acto implicaba entrar al terreno del enfrentamiento. Había sido muy clara: el inventario o ella. Y yo aún no había definido. Ella había entrado por primera vez a mi recámara sólo para ver si los estantes seguían llenos de cosas.
-Sí, mi amor, estoy muy contento.
-Pues yo tambor, así que vamos a cenar. Hmmmm, la ensalada de champiñones está como canal de Televisa: ¡para ver estrellas!
-¿Ya la probaste?
-Apenas una probadita, ¿no te enojas, verdad?
Tomó el control y le bajó cuatro rayas a la música y, entre bocado y bocado y sorbo y sorbo de cerveza, me platicó de la vez que su tío Evelio, quien era taxista en la ciudad de México, tuvo como pasajero a un famoso boxeador. "El Púas" había sido un boxeador de fama mundial, pero era muy parrandero. Verónica me contó que el boxeador había entrado a una residencia lujosísimas de El Pedregal y le había dado un billete de cien pesos -que en ese tiempo era mucho dinero- para que lo esperara afuera. El tío estaba cabeceando cuando oyó dos tiros.
(Continuará)