lunes, 14 de enero de 2008

DIOS TAMBIÉN RESUELVE CRUCIGRAMAS (39)

Como siempre, ella dejaba para el momento propicio las cosas "importantes". En el trabajo también era así. Al principio me costó trabajo acoplarme. Yo estaba acostumbrado a que las cosas mal hechas se reclamaban al instante. Cuando pasaba una ronda de cervezas tibias la mentada de madre no tardaba ni un segundo. Verónica hablaba de otra cosa y sólo cuando ya me había olvidado, ella recargaba su trasero en la parte delantera de su escritorio, cruzaba los brazos y volvía al asunto. Como que dejaba que los sucesos inesperados perdieran su cara de enojo.
Prendió las velas que yo había colocado en la mesa y tarareó la canción que se oía: "...hello, my friend, hello..."
-Bebé -la oí gritar. Yo estaba en el cuarto limpiando el anillo. Si ya había aceptado casarse conmigo debía tenerlo-. ¿Qué haces? Ven rápido -oí sus pasos y su voz cada vez más cercana-. ¡Corre, te tengo una sorpresa! ¡Mira, chan-chan-chan! -. Entró al cuarto y puso un libro sobre la cama-. ¡San Agustín! Vas a ver cómo este cuate habla de los que son como tú: Buscadores de Dios. ¿Estás contento, bebé? -dijo y se sentó al lado del buró.
Sí, yo estaba contento. Ella tenía la magia para desaparecer mis nubes negras. Pensé entonces en hincarme ante ella y darle el anillo, pero supe que iba a echar a perder el momento. Ese acto implicaba entrar al terreno del enfrentamiento. Había sido muy clara: el inventario o ella. Y yo aún no había definido. Ella había entrado por primera vez a mi recámara sólo para ver si los estantes seguían llenos de cosas.
-Sí, mi amor, estoy muy contento.
-Pues yo tambor, así que vamos a cenar. Hmmmm, la ensalada de champiñones está como canal de Televisa: ¡para ver estrellas!
-¿Ya la probaste?
-Apenas una probadita, ¿no te enojas, verdad?
Tomó el control y le bajó cuatro rayas a la música y, entre bocado y bocado y sorbo y sorbo de cerveza, me platicó de la vez que su tío Evelio, quien era taxista en la ciudad de México, tuvo como pasajero a un famoso boxeador. "El Púas" había sido un boxeador de fama mundial, pero era muy parrandero. Verónica me contó que el boxeador había entrado a una residencia lujosísimas de El Pedregal y le había dado un billete de cien pesos -que en ese tiempo era mucho dinero- para que lo esperara afuera. El tío estaba cabeceando cuando oyó dos tiros.

(Continuará)