viernes, 5 de marzo de 2010

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO LA LUNA ESTÁ EN MENGUANTE



Querida Mariana, Felipillo fue un niño inseguro. Una vez su tío Arnulfo (viejo bobo) le dijo que tuviera mucho cuidado con las semillas de la naranja. ¡Ah, si por descuido llegaba a tragarse una le crecería un gran árbol en su panzota! Desde entonces Felipillo anduvo por la vida con pasos tiernos pero titubeantes. Creció siendo muy frágil, como vaso de cristal. Y vos, sabés, Mariana, que en la vida es preferible ser vaso de plástico o, ¡mejor!, vaso de madera.
Poco a poco, el niño cobijó la idea de que algo raro sucedía en su estómago cada vez que comía algo. Primero pensó que su panza era un puré cada vez que comía manzana y pensó que un estómago tan viscoso no era conveniente para un niño al que le gustaba jugar fútbol; así que comenzó a comer telarañas porque creyó que así podría ser el mejor portero del mundo, casi tan bueno como la Araña Lev Yashin, que fue un porterazo de los años cincuentas y sesentas del siglo pasado; o como el Brody Jorge Campos, quien fue un buen portero de la Selección Mexicana de fútbol y ahora es un mediocre e insulso comentarista deportivo.
Pero luego dejó de hacerlo cuando pensó que su estómago se llenaría de arañas. Entonces se pasó dos días completos en el baño vomitando todo lo que había comido.
Decidió que sólo comería fruta, pero también desistió cuando Adolfito, un compañero del Colegio, le dijo que ya no jugaba con la misma velocidad de antes. “Sos un plátano”, le dijo y Felipillo corrió a su casa y se metió en el baño de su casa, toda la tarde.
Su mamá se preocupó. Ella se sentó en el corredor de la casa y le enseñó al doctor Guillén cómo Felipillo estaba quedándose “en los huesos”. El doctor metió su dedo entre las costillas del niño y halló huellas de las telarañas. Recetó reposo absoluto, no juegos de fútbol durante seis meses, y una dieta que incluía todas las tardes un bistec de res. Este niño debe consumir grasas animales, sentenció el doctor, mientras tomaba su maletín y extendía la mano para que la mamá le pusiera un billete de doscientos pesos.
El reposo podía soportarlo, el castigo del fútbol ¡también!, pero lo que Felipillo no podía tolerar era el consumo del bistec de res. “No, no, no, mamita, no, me volveré como la vaca que tiene don Alfonso en su rancho”, dijo el niño y se metió debajo de la cama. De ahí no salió sino hasta cuatro días después cuando el bobo del tío Arnulfo se botó en el suelo, levantó la chamarra y le explicó al niño que todo había sido una broma y para demostrarlo se metió a la boca un puño de semillas de naranja y de limón. ¡Viejo estúpido! Los viejos estúpidos hacen mucho daño a los niños sencillos y nobles. Yo no sé, Marianita, si vos te has topado con un viejo bobo. Yo le pido a Dios no convertirme en uno de estos. Los viejos babosos son nefastos. Te pido, por favor, si algún día me ves haciendo estupideces de viejo chocho me detengás de inmediato, ¡te lo pido, por favor!
De ahí todo se convirtió en un peregrinaje, pues la mamá llevó a Felipillo a la casa de todos sus amiguitos para que el niño viera cómo los demás niños comían de todo y no se convertían en algo raro.
Felipillo es ahora un adolescente “normal”. Cuando cena en compañía de sus compas, todavía siente algo raro en su panza, pues imagina que los taquitos de “surtida” y de “maciza” son como piezas de rompecabezas que se unen para formar el cuerpo de porky, sí, el de las caricaturas; todavía, cuando su novia Brenda se coloca un poco de miel en sus pechos, él vuela tantito y siente como si fuera un zángano a punto de morir a la hora de hacer el amor con la abeja reina.
P.D. No lo digás a nadie, pero yo soy un poco Felipillo, porque desde niño he creído que si respiro aire de este pueblo bendito puedo convertirme en un papalote que vuela por todos los cielos del mundo; no lo vayás a contar, pero yo siempre he creído que si desayuno los azules de estos cielos benditos puedo volar sin que nada me detenga. Y entonces aparece la duda: ¿Soy como un niño o me estoy haciendo un viejo bobo?