sábado, 11 de abril de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL AIRE TAMBIÉN SE ASFIXIA




Querida Mariana: leo “Kassel no invita a la lógica”, la novela más reciente de Vila-Matas. Vila, vos lo sabés, es un novelista español. En el texto encontré una palabra que no conocía: “McGuffin”. ¿Vos sabés que significa esta palabra?
Me emociona conocer palabras. Nuestro idioma tiene miles y miles de palabras que desconocemos. Los académicos nos explican que nuestro léxico es mínimo. Nos comunicamos con un “pitz” de palabras. Lo bueno es que, acá en Comitán, tenemos muchos regionalismos que seguimos usando y esto le otorga a nuestra lengua una gran riqueza. ¿Viste que usé la palabra pitz? La uso como sinónimo de poco, de poquitío.
En nuestro pueblo a los borrachos les decimos bolos. A veces, cuando voy a casa de la tía Romelia, ésta se queja: “¡Ay, Alex, la Martha otra vez vino bien bola!”. A mi prima le gusta el guateque y seguido se pone unas papalinas de ¡Dios perdone! Acá, la gente no se emborracha, acá se embola. Alicia, con frecuencia, dice: “Nos pongamos butules de bolos”. No sé qué significa la palabra butul ni de dónde Alicia la sacó, pero, por el contexto, imaginó que es quedar hasta las chanclas de borracho.
McGuffin es un anglicismo y es un término que usan los cineastas y cinéfilos. Un McGuffin es, más o menos, la escena de una película que, en apariencia, es importante para el desarrollo de la trama, pero que, al final, resulta irrelevante. Es casi casi una palabra inventada por Alfred Hitchcock, el mítico director del cine de suspenso. Cuando aparece un McGuffin en la pantalla, el espectador se va con la finta, no sabe que el director lo está usando como un mero distractor. La tía Romelia usa una palabra bien bonita a cada rato. Cuando llego a su casa y toco, ella abre el ventanillo y me mira con un ojo, como lechuza. “Ah, sos vos”, dice y abre. En cuanto entro le pregunto cómo está y, sin variación, responde: “Estoy, un poco destanteada, pero estoy”; que es un poco como decir que siempre anda desorientada, despistada. Y una persona despistada es una persona fuera de pista, que anda en una pista falsa. Así que tal vez lo que mi tía dice es como un sinónimo de McGuffin. El director de cine pone una pista falsa para destantear al espectador. Así que el invento de don Alfred no es tan original. Acá en Comitán llevamos siglos destanteando a la gente. Por eso, Carlos Gordillo dice que en nuestro pueblo nadie se hace pendejo, el que bolsonea ¡se hace tacuatz! A cada rato oímos de alguien que es un tacuatzón; es decir, es un tipo que anda sin ponerse a trabajar. ¿Por qué en Comitán usamos la palabra tacuatz como sinónimo de hacerse tonto? No sé. La verdad es que nunca he visto a un tlacuache en vivo. En una ocasión vi uno muerto a mitad de la carretera. Jorge, quien iba conmigo en el auto, dijo: “Ve, ese tacuatz sí se está haciendo tacuatz en serio”.
Tal vez a vos no te diga mucho el nombre de Hitchcock, porque él es uno de los grandes directores del cine de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado. Aún recuerdo haber visto la película “Los pájaros”, en el Cine Comitán. Debió ser por el año de 1971 (dicha película se estrenó en 1963). ¿Cómo explicar que una parvada de pájaros me causara tal conmoción? Yo estaba acostumbrado a sentarme en las bancas de los parques a las seis de la tarde y emocionarme ante la bulla de cientos de pájaros que buscan un lugar en medio de la ramazón de los árboles. Cerraba los ojos y dejaba que mis oídos fueran el túnel por donde la alharaca entrara directo a mi espíritu. ¡Ah, qué maravilla esa cabalgata de gorjeos que caía como alud! ¡Era tan alegre! Después de ver la película de Hitchcock la felicidad se convirtió en angustia. Esas parvadas no eran tan apacibles. Pensaba ¿qué tal que alguno de estos zanates es pariente de los cuervos y gaviotas que aparecen en la cinta? Hay una escena donde niños estudiantes salen corriendo de su escuela. Las caritas de los niños reflejan el horror ante el vuelo feroz de una parvada de cuervos que, como si fuesen perros de cacería, se abalanzan contra ellos. Lo viví como una escena de guerra, donde aviones caza se preparan a lanzar bombas contra los habitantes inermes de poblaciones tristes. Aún escucho, por encima de la bulla de los pájaros, los gritos de los niños, que sonaban como cuando un grupo de ovejas es enviado al matadero. Todos los que estábamos en el cine permanecíamos, como se dice, al filo de la butaca, con las manos apretando los descansabrazos, sudando, pidiendo a Dios que les diera fuerzas a las piernitas de esos niños y niñas que bajaban en tropel por la carretera, mientras las aves, con los ojos de pantera, iban contra ellos. ¿Qué mente perversa había ideado tal tormento? ¡Hitchcock! ¿Quién más? Alfred Hitchcock, el mago del suspenso. Llegó un momento en que cerré los ojos y pedí que pasara todo, como si estuviese ocurriendo un temblor y, agarrado de una columna, rezara porque cesara el movimiento. De tal intensidad era la escena.
Nunca volví a ver con la misma inocencia a los pájaros. Ahora, incluso, la cotorrita australiana de la casa la veo a distancia. Me acerco y disfruto la belleza de su plumaje y soy feliz cuando sube a su aro y se columpia o cuando baja a la bandeja de la jaula y va de un lado a otro como si bailara. Ah, qué bonito mueve sus patitas y su colita mientras Paty le canta. Pero hay un instante en que le veo el pico y la imagen de cientos de pájaros feroces llega a mi mente y tiemblo, tantito, como si una corriente de aire moviera la planta sembrada en mi jardín. Entonces sudo, sudo como si estuviese de nuevo sentado en la butaca del Cine Comitán y viera cómo decenas de niños corren aterrorizados porque una bandada de pájaros va contra ellos, para picarlos, para sacarles los ojos. Es apenas un instante, pero ahí permanece esa imagen avasallante. Es el genio de Alfred, es su capacidad para infundir temor y suspenso. Me pongo gutz, que es estar triste o melancólico.
Y hablando de melancolías, vos sabés que acá en Comitán tenemos una palabra maravillosa: flato. Si consultás el diccionario de la lengua española hallás que flato es “una acumulación molesta de gases”, pero acá y en muchas partes de Centroamérica la usamos para decir que estamos tristes. Muchas veces el flato no tiene una causa bien definida, decimos: “Estoy enflatado y no sé por qué”. El flato comiteco está emparentado con la saudade portuguesa. La saudade es una palabra que define un estado parecido a la tristeza, a la nostalgia. Los que han viajado por todo el mundo dicen que hay territorios que son como nidos para cobijar sentimientos tristes; dicen que el suspiro está enredado en una cuerda que tiene colindancia con el vacío.
¿Mirás cuántas palabras aparecen? Nuestro dialecto comiteco posee una riqueza inmensa de regionalismos. La comida, además de ser una riqueza para el paladar, ha permitido el enriquecimiento de nuestra lengua. La convivencia con los amigos en una cantina hace que la palabra comiteca cante como si fuese enunciada por un Pavarotti: “Nos echemos un guachifulazo”, dice uno. “Sí -dice otro, mientras levanta el vaso-, nos metamos un pitutazo de comiteco”. Todos llevan el brazo al centro de la mesa, mientras otro compa dice: “Hagamos tzilín, tzilín”. “Cele el que deje algo”, dice el quinto de la mesa y toma tococh tococh el resto de cerveza que tiene en su vaso. ¡Sorprendente! En veinte segundos brota una espléndida riqueza dialectal. Y de esto estamos hechos. Los ingleses, sin duda, deben tener bien aprehendido el término McGuffin, pero nosotros, como bien dice la tía, destanteamos la cosa.
Hay algunos términos que los empleamos de manera equivocada. Cuando usamos la palabra tintintop no falta quien diga que estar tintintop es estar en “posición supina”, pero si recurrimos al diccionario de la lengua española vemos que la posición supina implica que el cuerpo descansa sobre la espalda (en posición bocarriba). Y estar tintintop es como si estuviésemos de “chivito en precipicio”, con las nalgas viendo hacia el cielo. Un compa puede terminar tintintop de bolo (es una posición delicada pues puede terminar perdiendo el modo de andar).

Posdata: la biografía de Borges da cuenta que a él le gustaba leer los diccionarios. Tal vez le gustaba el juego de hallar palabras que ya casi no se escuchan. Tal vez algún día se topó con la palabra McGuffin. Los jóvenes actuales poseen una riqueza idiomática muy restringida. Es una pena, porque son como árboles secos, con pocas hojas. Las personas del siglo pasado eran como bosques, llenos de árboles, llenos de pájaros (chin, no sé por qué los mencioné ahora, ya me da temor, de nuevo, como si fuese yo un tortolón).

Posdata a la posdata: se aplica la palabra tortolón a alguien amujerado, porque al órgano sexual femenino también se le conoce con el nombre de tortolita.