martes, 30 de junio de 2009

¿QUIÉN LOS ENTIENDE?


Hubo un tiempo que vendí mis cajas pintadas en un bazar de arte y de antigüedades. Ahí llegaban muchos turistas ansiosos de "rescatar" algunos chunches de su infancia y de su adolescencia.
Era común escuchar lo siguiente: "Yo tuve un carrito como ese" o "mi mamá me enseñó a dibujar con estos lápices". Cuando se acercaban a mi changarro, algunos turistas mexicanos decían: "Mira, son como las cajitas de Olinalá" y después contaban alguna historia de una cajita con sus abuelos o tíos.
Junto a imágenes religiosas del siglo XIX, vajillas chinas o candelabros franceses, se amontonaban cientos de revistas viejas o carritos de latón. Había un negocio especializado en objetos de la Coca Cola, y otro negocio especializado en "tarjetas de teléfono".
A veces tuve la impresión de que la gente llegaba a adquirir lo que años antes, muchos años antes, había desechado como basura. Ahora lo repagaban con tal de volverlo a poseer. Al paso del tiempo, los objetos de nuestra infancia toman otra dimensión, como si fueran el eslabón para recuperar algo de lo irrecuperable.
Este escrito sale porque ayer escuché que quienes compraron boletos para los conciertos fallidos de Michael Jackson en Londres solicitan la devolución.
No los entiendo. Según yo, quien posee un boleto de esos posee algo sublime.
Doy por descontado que quienes compraron dichos boletos son fans al ciento por ciento del artista recientemente fallecido; por lo tanto todo lo que huela a Jackson los atrae. Son de esos fanáticos que ofrecen cantidades inconcebibles en la subasta de un pañuelo del cantante. Por eso ahora no entiendo el reclamo del dinero. Cualquiera pensaría que tienen entre sus manos un tesoro: ¡un boleto del concierto nunca realizado! Esos boletos, un instante después que el cantante falleció se convirtieron en ¡reliquias!
Y sin embargo, ahí los tendré haciendo fila para recuperar su miserable dinero.
Ya los veré, dentro de algunos años, jalándose los cabellos, visitando negocios especializados en chunches de Michael Jackon, lamentándose por haber "vendido" sus boletos. Ya los veré pagar cantidades innombrables con tal de "recuperar" lo perdido.
No entiendo al género humano, de veras que no.

lunes, 29 de junio de 2009

UN MUNDO A LA VUELTA DE LA ESQUINA



Con un abrazo para la familia Carboney Fernández,
por la ausencia física de Enrique.



Medio mundo se ríe de sus inventos estrafalarios. El otro día, el inventor comiteco, inventó un aparato que sirve para doblar esquinas y esta mañana me invitó a su taller para que yo viera su más reciente invento: un chunche que pone, de manera automática, los puntos sobre las íes.
Desde niño se caracterizó por su afán de investigación. El primer invento que patentó fue una máquina que patentaba patentes (esto porque en Comitán no existía ninguna oficina de gobierno para tal propósito). De ahí en adelante ¡todo fue pura invención! Su papá vio con buenos ojos la vocación de su hijo y le construyó un taller en la parte trasera de la casa.
Poco a poco, como siempre sucede con las grandes innovaciones, la gente comenzó a acudir a su taller para encargarle algunos inventos que el mundo se había tardado en descubrir. Así pues se dedicó a inventar inventos comunes y corrientes por encargo. Únicamente, por las noches, dedicaba algunas horas a inventar las máquinas que, a la postre, le darían la fama de excéntrico que hoy lo rodea.
El 12 de mayo de 2005, la prensa local dio a conocer al mundo el invento donde incorporó un horno al lector de videos. Los comitecos se maravillaron cuando vieron el funcionamiento de este revolucionario invento: al insertar una película, cinco minutos después el aparato comenzaba a expulsar palomitas de maíz. Los espectadores abrían la boca y las palomitas les llegaban de manera exacta. Por desgracia el invento no prosperó porque los espectadores se quejaron de que perdían atención a la película por estar abriendo la boca para cachar las palomitas (otro sector de televidentes también se quejó de que el inventor no hubiera incorporado un mecanismo para aventar chorritos de refresco frío de cola. Ya se sabe que hay gente muy comodina). Cientos de Pelipalomeros se quedaron arrumbados en la parte trasera del taller.
A partir de ahí los inventos fueron cada vez más excéntricos, tanto que uno de los más sonados en el mundo fue la máquina que descentraba todo. Cuando, en una conferencia de prensa, le preguntaron al inventor comiteco para qué servía dicho instrumento, el científico dio una demostración física de su uso: colocó una diana de esas que utilizan en las competencias de tiro de arco en las olimpiadas e invitó al campeón estatal de tiro para que practicara. El resultado fue predecible: todas las flechas que lanzó no dieron en el centro. Justo diez centímetros antes de impactar sobre la diana la flecha torcía su trayectoria y se clavaba en el círculo exterior. El Comité Olímpico Internacional vetó el invento y el inventor sólo lo empleó en la silla de ruedas que usa su abuela. Cuando la abuela sale a la calle es como si Moisés alzara los brazos y el mar se hiciera un lado a su paso.
Esta mañana, mientras yo veía cómo la máquina ponía los puntos sobre las íes de manera automática, la mamá del inventor entró al taller con una caja oscura, llena de circuitos electrónicos, la colocó sobre la mesa y, orgullosa, dijo: “Acá está hijo”. El inventor levantó la caja y yo vi un gato adentro. El inventor me explicó que ese mecanismo servía para hallar “gatos encerrados”.
Aproveché el momento sublime en que la mamá derramó algunas lágrimas para preguntarle al inventor por qué hacía lo que hacía, y él, como si se le prendiera el foco, ignoró mi pregunta y, dirigiéndose a su mamá, chasqueó los dedos y dijo: “¡Ya, se me acaba de ocurrir hacer un carro que sólo tenga reversa y cuyo conductor maneje por detrás!”. Abrió una puerta y se retiró. La mamá abrazó el gato y le dijo: “Ya, ya, Mishito” y le colocó un dispensador que, me explicó, multiplica por dos las siete vidas de los gatos. Yo salí pensando que el inventor comiteco logrará la fama completa el día que invente el multiplicador para vidas de humanos. Digo, de una a dos ¡será un gran paso!

domingo, 28 de junio de 2009

LA HORA EN QUE ASOMA LA LLUVIA TRISTE


El otro día recordé la novela "Memoria de mis putas tristes", de García Márquez. Recordé mi juramento de no leerla. Cuando vi la novela por primera vez en los aparadores, en la ciudad de Puebla, la portada se me hizo muy bella: un hombre impecablemente vestido de blanco. Pero luego me di cuenta que dicha imagen era contradictoria, porque la trama -además del título- era muy triste.
Recordé que había leído previamente una reseña con la síntesis. Ahí me enteré que Gabo había retomado un poco la historia de un cuento de uno de sus autores favoritos: el japonés Kawabata. Dicho cuento: "La casa de las bellas durmientes" es bellísimo. Lo leí hace muchos años, pero aún conservo en mi memoria muchas imágenes. Recuerdo que una de las principales premisas del cuento es que la casa de las durmientes es todo ¡menos un burdel! Ahí llegan los ancianos a dormir con muchachas bonitas. La primera regla es que no deben hacer el amor con ellas (además, se supone que a los ancianos cumplir esto no les representa ningún problema porque, según establece el texto, "han dejado de ser hombres").
La reseña que leí de la novela de García Márquez sintetizaba la trama en la historia de un anciano de noventa años que desea celebrar su cumpleaños fornicando con una niña virgen de catorce años.
La literatura siempre muestra los extremos y mientras más extremos sean ellos más universo nos presenta. Pero, acá entre nos, se me hizo una historia demasiado triste (sigo pensando lo mismo). Es muy triste que un hombre (por más burdelero que haya sido) actúe como el personaje de Gabo.
No creo que el texto sea algo como un reconocimiento u homenaje a la obra de Kawabata. Este escritor evadiría la "responsabilidad" de haber sido el provocador de tal novela. La obra del japonés es luminosa, basta leer el título del cuento para ver que se trata de un texto lleno de aire.
Los lectores de Gabo sabemos que su obra está llena de cuartos húmedos y oscuros. Son sus pasajes. No hay problema literario en tal propuesta. Pero uno, como lector, puede elegir lo que desea leer. En el tiempo que apareció su novela del anciano perverso no estaba con el ánimo dispuesto para encerrarme en laberintos oscuros. Sigo sin estar con ese ánimo. Creo que bien puedo continuar viendo los amaneceres y respirando estos aires limpios sin preocuparme de la historia de ese anciano triste.

sábado, 27 de junio de 2009

EL MEJOR OFICIO DEL MUNDO


¿El mejor oficio del mundo? Sandrita de Los Santos, en El Heraldo, escribe una sección con este nombre. En la entrevista, Fulano dice que su oficio es el mejor oficio del mundo, pero al domingo siguiente resulta que Merengano sostiene que el suyo tiene tal categoría. Uno no sabe qué hacer, porque sabe que quien ejerce su oficio con amor lo considera el mejor oficio del mundo.
Lo mismo debe de suceder en otras galaxias. Imagino que en el planeta iosuj97m hay oficios que a los terrícolas nos parecerían excéntricos. Los humanos esperamos que en otras lunas y otros planetas haya oficios más dignos que, por ejemplo, el de pepenador en basureros. ¿Existe alguien que piense el oficio de pepenador es el mejor oficio del mundo? ¡Sin duda! El líder de los pepenadores que se embolsa miles de miles de pesos al día.
El otro día escuché a un periodista decir que el periodismo es el mejor oficio del mundo; sin embargo un compa mío sostiene que el mejor oficio del mundo es el oficio más antiguo del mundo (lo dice porque le encanta andar enredado con las muchachas bonitas de la zona. ¿Quién sabe qué opinen ellas?).
A mí no me están preguntando, pero creo que el mejor oficio del mundo es el oficio de lector.
Leí una entrevista donde apareció la siguiente pregunta: "¿Cuál es tu sueño guajiro?". El entrevistado respondió que le gustaría tener un oficio donde le pagaran por viajar a todo el mundo. ¡Existen estos trabajos! Algún fotógrafo del National Geographic o un tipo de esos que tienen programas en la televisión donde viajan a todas partes probando y conociendo las diferentes cocinas y comidas del mundo.
A mí no me están preguntando pero mi sueño guajiro sería que me pagaran por leer (una vez soñé con ser un famoso crítico de cine para que me pagaran por ver películas todo el día).
Esta foto que subí la tomé hace pocos días en un evento denominado "El kilómetro del libro". Corresponde a la plaza central de la ciudad de Las Margaritas. Imagino que la muchacha bonita recorrió los metros con libros y, de pronto, ¡el prodigio! Un texto le llamó la atención, se sentó en el suelo, tomó prestado el librincillo y se puso a ejercer el mejor oficio del mundo: ¡la lectura!
Sé que ahora alguien está refutando este escrito y diciendo que la lectura no es un oficio (aún recuerdo a aquel maestro que nos regañaba cuando leíamos revistas de monitos con la clásica frase: "Dejen de güevonear, ¡pónganse a hacer algo de provecho!"). Esta es la tragedia de la tierra. La lectura no pasa de ser un mero entretenimiento. El día que lo consideráramos un oficio otro gallo nos cantaría.
Esta vocación resulta poco atractiva para fines prácticos, está dentro de la categoría del oficio de escritor, donde el padre de familia bufa como toro al enterarse que su hija quiere estudiar literatura en la universidad. "Burra, te vas a morir de hambre".
Tal vez por esto a mí me da gusto toparme con muchachas bonitas que se sientan a leer a mitad del parque, debajo de una gran carpa. Mientras el mundo pasa a su lado, ellas (o ellos, los lectores) descifran el universo.
(Nota: Segundos después que tomé la foto, ella levantó la vista y me vio. Me dio pena. Nunca fue mi intención quitarla de su concentración. ¡Quién sabe desde qué altura cayó! Me di la media vuelta y caminé. Cuando llegué a unos setos, me escondí detrás de los arbolitos y asomé mi cara. Con alivio miré que ella ya había olvidado de nuevo la rutina del día y estaba inmersa en un fantástico universo).

viernes, 26 de junio de 2009

CORTADOS CON LA MISMA TIJERA



La literatura actual es una pena. Los escritores tienen muy poco espacio para dónde hacerse. No les queda más que colocar una palabra detrás de otra. Algunos se arriesgan a encimar una sobre otra, pero éstos son muy pocos. Así pues, a diferencia de los pintores, los escritores no innovan. La forma casi siempre es la misma y el fondo no encuentra muchas diferencias.
¿No es cierto lo anterior? Bueno, propongo un juego simple, muy simple. A continuación transcribo un texto de famosas escritoras:

“Ella anunciaba los temblores con alguna anticipación, lo que resultaba muy conveniente en ese país de catástrofes, porque daba tiempo de poner a salvo la vajilla y dejar al alcance de la mano las pantuflas para salir arrancando en la noche.
Al menos eso creía la tía Teresa, que fue juntando con avaricia cada una de estas magníficas alianzas, cada atisbo de cercanía, para después contemplarlos como grandes tesoros.
Mamá Elena, con sólo una mirada, le ordenó a Tita salir de la sala y deshacerse de las rosas. Pedro se dio cuenta de su osadía bastante tarde.
Cien noches intentó descifrarlo. Parecía inasible. Quién sabe, a lo mejor alguna vez lo tuvo completo y no se dio cuenta, bendito habría sido Dios si ella lo hubiera sabido a los ochenta años”.

Dije texto de escritoras y no me equivoqué. El fragmento anterior es un bordado hecho con tres pedazos escritos por diversas escritoras. Lo único que hice fue recortarlos y pegarlos. Lo que pretendo decir en este jueguito insulso es que algunos lectores, sin el aviso previo, podrían irse con la finta y decir que el texto anterior fue escrito por una misma persona.
Salvo los expertos (y quién sabe si ellos también), ningún lector común podría decir qué fragmento fue escrito por Ángeles Mastretta, cuál por Isabel Allende y cuál otro por Laura Esquivel (tal vez el nombre de Tita sea una pista). Todas escriben ¡tan igual! No existe un verdadero estilo que pueda identificarlas sin titubeo. Me refiero al sonido, a la caída del agua. Cualquiera, con una lupa, puede detectar qué parte corresponde a determinada autora, pero esto no tiene ningún chiste. Digo que, después de todo, ellas “suenan” muy semejantes.
Imagino este mismo juego trasladado al cine y no veo tal confusión. Imagino un pegote con trozos de películas de Woody Allen, Fellini y Kurosawa, por ejemplo. Ningún espectador o crítico tendría duda en identificar cada uno de los estilos. Lo mismo imagino con cuadros pintados por famosos pintores. ¿Quién no identifica un Picasso o un Modigliani? En cambio, los “cuadros literarios” se prestan a duda. ¿Puede alguien a simple “vista”, en medio de un dominó de textos, reconocer un fragmento de Vargas Llosa, por ejemplo?
La literatura no tiene más río que ese donde el agua corre en un solo sentido.
Si nos presentaran tres novelas inéditas, una de Ángeles, otra de Laura y una más de Isabel, sin advertirnos cuál corresponde a quién, sin tomar en cuenta contextos, sino simplemente estilos, tal vez no le “atinaríamos” al ciento por ciento.
Los escritores que han tratado de revolucionar la forma y el fondo se han topado con un gran muro. El “Ulises” de James Joyce es un texto famoso por su atrevimiento, pero un texto muy poco leído y menos comprendido.
El tan famoso Carlos Fuentes bien puede confundirse con otro escritor. Son pocos muy pocos los escritores que tienen un verdadero estilo. Tal vez por esto Juan Rulfo no escribió más que lo que escribió. Se dio cuenta que había logrado un estilo único, pero si escribía más corría el riesgo de “repetirse”.
Ningún escritor lo acepta, pero yo veo cierta frustración en sus declaraciones. Debajo de toda su fama hay algo como una niebla que los oscurece. Saben que un texto verdaderamente revolucionario aparecerá sólo cuando el lenguaje retome la versión original de Babel.

jueves, 25 de junio de 2009


Hay mujeres y hombres que terminan siendo calles, plazas, escuelas o parques. En muchos lugares hay bibliotecas que se llaman Rosario Castellanos. En Comitán hay una colonia que se llama Estela Morales (está por el rumbo del FOVISSSTE). Bueno, resulta que hoy incineraron a doña Estela, en el Panteón Francés, de la ciudad de México.
Las notas periodísticas refieren que doña Estela nació en Comitán. En realidad su fama se debe no tanto a méritos propios, sino a los de su famosa hija: Elba Esther Gordillo Morales.
Doña Estela, cuando vivió en Comitán, en compañía de su pareja, tuvo una tienda a media cuadra de "Las Siete Esquinas". Sólo para documentar los archivos gráficos de la historia; sólo para que en el futuro los habitantes de este pueblo sepan por qué una colonia lleva su nombre, publico una foto que tomé hace dos o tres horas. Es la fachada actual de la casa donde ella vivió. En el lugar donde está la cortina, ahí estaba la entrada de su tienda y en lo que se llama "trastienda" vivió doña Estela. Que en paz descanse.

Heriberto


El poeta miraba el cielo y decía: "El relámpago verde de los loros". ¿A qué hora se asoma un relámpago? ¿Siempre es presagio de tormenta?
Es una raya fugaz en el cielo, una raya verde, como si fuera un preludio de lo que es la vida: apenas un instante.
Por la casa pasa un grupo de loros en la mañana. A veces se paran en un árbol que está en un patio cercano. Ahí los veo separados, cada uno en su particular individualidad. Pero cuando emprenden el vuelo vuelven a ser una masa compacta que vuela como si fuera un grupo de aviones en formación perfecta. Hacen una gran alharaca, como para llamar la atención.
¿Por qué llegan a las casas? Ahora es costumbre comprar loros, pero hubo un tiempo en que llegaban a "regalarse" a las casas. Por una razón inexplicable, un loro se separaba del grupo y llegaba hasta el patio de una casa. Ahí se dejaba cortar las plumas y obedecía cada vez que su nuevo "dueño" lo obligaba a entrar a una jaula. Pero, un loro con las alas cortadas tenía la libertad para salir de la jaula y pasearse por toda la casa, para comer el pedazo de elote hervido o desmenuzar pacientemente las semillas de girasol. Un loro con las alas cortadas tenía la libertad para estar columpiándose en el aro de una llanta vieja de bicicleta, para picotear los pies de la dueña, para girar en torno de su dueño pidiendo una tostada dorada. Un loro con las alas cortadas tenía la libertad para dialogar con el dueño (dicen que los loros con cabeza amarilla son los más habladores. Tengo un afecto que debe ser de esta estirpe porque, como dicen, "habla hasta por los codos").
Un loro con las alas cortadas tenía la gracia de chiflar marchas marciales, de pedir la comida "Mi comida, Pancha, mi comida"; de contestar al llamado de la puerta: "¿Quién, quién toca la puerta?"; o de preguntar por los de la casa: "¿En dónde está el cabrón de Jorge? ¡Jorge, Jorge, cabrón!, ¿en dónde estás?".
Hoy los loros ya no se regalan como antes, ya no se dejan cortar las alas. Ahora pasan en bandada por el cielo de mi casa. Forman un relámpago verde instantáneo.
Ayer recibí un correo:

"OSCAR BONIFAZ

Con el más profundo dolor, participa a usted del sensible fallecimiento de

HERIBERTO

Su loro amigo que lo acompañó durante muchos años y que hoy descansa en el cielo de los loros.


junio 24 del 2009".

Los humanos no sabemos bien a bien de qué color es el cielo (de los humanos). Dudamos en pintarlo de blanco o con ciertos tonos de azul. Hay personas que dudan incluso del color del infierno, no lo ven completamente rojo sino que le asignan un color ocre o totalmente oscuro. En lo que no tenemos duda es en el color del cielo de los loros. Debe ser porque está tapizado con las alas recortadas de los loros que, antes, se llegaban a regalar a las casas.

miércoles, 24 de junio de 2009

UN CAMINO ANGOSTO


Los adultos creen que caminan por caminos angostos, creen que la vida es cruel y los encajona. No recuerdan que cuando niños también caminaron, muchas veces, por caminos angostos.
La diferencia con los niños es que caminan esos caminos con emoción, como si fuera la gran aventura.
Ayer en la tarde fui a velar a mi madrina Clarita Bermúdez de Figueroa (mamá de Romeo y de Gustavo). Cuentan sus hermanos que estaba a punto de cumplir los noventa años de edad.
Cuando era niño mis papás me llevaban a casa de mi madrina. A mí me gustaba ir por la promesa de laberinto.
En Comitán hay varias casas como la de mi madrina, pero yo nunca entré a ellas, por esto esa casa se me hacía maravillosa, sacada de algún cuento oriental.
La casa (hasta la fecha) tiene dos entradas y, por supuesto, dos salidas. Cada una de éstas da a una calle diferente, son de esas que le llaman "casa de calle a calle". ¡Qué prodigio, qué generosidad con el espíritu!
Yo llegaba muy formalito acompañado de mis papás. Mi papá tocaba la puerta, con ayuda de una moneda ("tocá fuerte porque de aquí que te oigan"). Esperábamos algo de tiempo porque ya se sabe que en las casas de calle a calle la gente tarda en llegar de un extremo al otro. En cuanto mi madrina abría la puerta ¡la aventura iniciaba!
Caminábamos por un patio y luego nos hacía entrar a una recámara donde pasábamos por en medio de dos camas siempre bien tendidas. Había un ropero con una luna que era como un ojo que registraba a todos los visitantes de la casa. Pasábamos a otro cuarto pequeño y luego entrábamos a un corredor bien estrecho lleno de luz. Ahí siempre había jaulas con gallos de pelea y, suspendidas del techo, un par de argollas forradas con piel. Detrás de las mallas los gallos se paseaban de un lugar a otro, "cantaban" y extendían sus alas de manera frenética como diciendo: "Yo soy sus padres" o "Los demás gallos me pelan los picos". El color oro viejo de su plumaje indicaba que esa casa era una réplica de las mil y una noches.
Seguíamos caminando por el sendero angosto, lleno de luces y sombras y llegábamos a la casa propiamente, que también era muy angosta. Recuerdo que mi madrina sacaba una mesa a un corredor. Ahí comíamos, ahí veíamos al loro afuera de la jaula comiendo pepas de girasol, ahí veíamos una escalera generosa que bajaba hacia la rampa que conducía a la otra entrada. Las paredes de esta "salida" siempre estuvieron llenas de plantas, lo que las hacía simular una pequeña selva.
Mi madrina servía la comida, mi papá tomaba unas copas con mi padrino y la tarde se llenaba de una luz magnífica. El loro hablaba, los gallos insistían en su canto y las paredes húmedas también se unían a ese coro, donde un disco de marimba sonaba.
Hoy enterrarán a mi madrina. El camino de la vida parece angosto, pero ahí en su casa era como una sábana limpia muy ancha. Gracias a ella conocí una de esas míticas casas que dan "de calle a calle". ¡Qué prodigio de Dios! ¡Que Dios le destine caminos llenos de luz a mi madrina!

martes, 23 de junio de 2009

SÍNDROME CORTÁZAR


Julio Cortázar decía que a veces le daba como "una cosquilla de cuento" y se ponía a escribir. A mí me da como una cosquilla de leer a cada rato. Para no quedar mal con nadie ¡me pongo a leer!
El otro día, José Antonio llegó a la oficina con "Mal de amores", de la Mastretta. "Prestámelo, vos", le dije. Cuatro días después José Antonio me prestó el libro. Como que se dio cuenta que tenía yo la cosquilla de leer a la Ángeles.
En efecto, más tardé en llegar a la casa que en comenzar a leer el libro. Una, dos, tres páginas y, de pronto, el "Síndrome Cien Años de Soledad" comenzó a rondarme.
Ya se sabe que el Síndrome Cien Años de Soledad es el que me ataca cuando el inicio de un libro me parece deslumbrante y a las pocas páginas más adelante se convierte en algo como un "nembutal".
Ayer le regresé el libro a José Antonio.
Antes terminaba un libro aunque no me gustara. Hoy ya no pierdo mi tiempo, si un libro no me atrae lo boto con toda la calma del mundo y busco otro que me resulte más interesante.
Este síndrome tiene mucho que ver con mi competencia de lector. Millones de lectores en el mundo consideran a "Cien Años de Soledad" una obra maestra. ¡Yo no! El principio es deslumbrante, maravilloso, pero luego -según yo- cae en un bache donde la magia del inicio se convierte en un río de aguas tranquilas. Ya se sabe que no hay peor agua que la estancada.
En fin. Debe ser que estoy contagiado con el "Síndrome Cortázar" que es este mal que me aqueja en donde "Rayuela", por ejemplo, es una novela que leo y releo con gran placer.
Que el mundo se quede con sus "Cien Años de Soledad" o con su "Mal de amores", yo me quedo con el "Bienamor" de Julio y su "Rayuela".

lunes, 22 de junio de 2009

LA UNAM, LA MEJOR UNIVERSIDAD DEL MUNDO




Los preparatorianos comitecos de los años setentas soñábamos con ir a estudiar a la ciudad de México. Unos lo hacían por convicción profesional, otros por deslumbrarnos en ese mundo ajetreado.
En 1974 me inscribí en la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa. El 0.7 que saqué en el examen de física me hizo desistir. Regresé a Comitán y me preparé para presentar examen de admisión en la UNAM. Después de pasar el examen de admisión para estudiar la carrera de Ingeniero en Comunicaciones y Electrónica estuve cinco años en la Universidad, años en los que no pasé ni el veinte por ciento de los créditos necesarios para obtener el título. No obstante esto, siempre me he pensado “egresado” de la UNAM. Pasar cinco años de mi vida en esas aulas no fue cualquier cosa. Para mí resultó el mayor asombro de mi vida.
En el tiempo que entré a la Facultad de Ingeniería eliminaron la “seriación”. Esto allanó el camino de los irresponsables (yo fui miembro distinguido de este clan). Para que mi papá “creyera” que iba bien en mis estudios me apunté, por ejemplo, en Electrónica I sin haber cursado Electricidad. Era imposible que yo entendiera circuitos electrónicos sin saber la mínima Ley de Ohm. Cada semestre reprobaba tres o cuatro materias y sólo pasaba una o dos.
¿Por qué entonces me digo “egresado” de la UNAM y ahora celebro el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades que acaba de merecer? Porque gran parte de lo que ahora soy se engendró en sus patios, sus bibliotecas, sus auditorios, sus cafeterías y sus aulas.
Todo egresado de una universidad sabe que el conocimiento no sólo está en los salones y en los libros. La universalidad -concepto que define a la Universidad- es lo que toca al hombre universitario y yo rocé ese concepto. En la UNAM presencié cátedras brillantes de Juan José Arreola; oí una conferencia dictada por el científico ruso Alexander Oparín; y escuché cantar a Óscar Chávez y a Alberto Cortés. En la UNAM conocí a un hombre maravilloso que hacía papirolas en la entrada de la Facultad de Arquitectura; y conocí a un hombre ciego que estudiaba en la Facultad de Derecho a quien yo le leía algunos textos que no estaban en braille. Gracias a la UNAM realicé un viaje de estudios al corazón oculto de la presa La Angostura para conocer el cuarto de máquinas. En la UNAM miré cine, mucho cine, en todos los cineclubs que existían por toda Ciudad Universitaria. Pasé miles de horas adentro de la Biblioteca Central leyendo todo lo que olía a novela y a cuento. Caminé cientos de veces por la explanada principal y ahí descubrí que la vida era ese río humano que se desparramaba cada día. Hoy sé que si no terminé la carrera de Ingeniero fue porque en lugar de estudiar matemáticas opté por la vocación de mi vida: ¡el arte! Durante los cinco años que fui alumno de la UNAM me fui apropiando de estas nubes que hoy forman mis cielos.
Mi caso fue un típico caso de mala elección de carrera. Ya he contado que decidí estudiar Ingeniería en un acto de inconsciencia. Cuando cursaba el tercer año de bachillerato en Comitán un compa llevó un libro con las carreras que impartía el Politécnico y leí que existía una carrera incomprensible que se llamaba Ingeniería de tal y cual y bromeé: “Yo estudiaré esta carrera para que me digan Señor Ingeniero en Comunicaciones y Electrónica Don Alejandro de tal y cual”. En mala hora se me ocurrió convocar la ironía en mi futuro. El destino cumplió esa invocación: injertó de tal forma esta idea que cuando en la ciudad de México me preguntaron qué carrera deseaba estudiar ¡el monstruo habló por mí! No puede hacer nada para evitar. El monstruo tenía más cabezas que la hidra. La única forma que hallé para rebelarme fue estudiar lo que me dictaba el intelecto y el corazón: ¡Literatura!, aunque seguí anotado en la relación de alumnos de la Facultad de Ingeniería.
Claro que, como no estuve inscrito en la Facultad de Filosofía y Letras, cuando cumplí los cinco años de estar en la Universidad ésta no me entregó ningún documento. Pero yo ya estaba capacitado para enfrentar al mundo y ¡acá estoy! Sintiéndome profundamente orgulloso de ser egresado de la UNAM y gozando cada uno de sus triunfos (y aunque no soy fanático del fútbol sonrío cada vez que Los Pumas ganan el Campeonato del Fútbol Nacional. “Cómo no te voy a querer” si en esos años iba al estadio a ver las prácticas del equipo en el estadio universitario. Cómo no hacerlo si vi jugar a ese jugador maravilloso que se llama “La Cobra” Muñante. ¿En dónde andará?).

domingo, 21 de junio de 2009

DÍA DEL PADRE


Un lector dejó un mensaje acá el otro día. Recordó que su papá le compraba historietas cuando era niño. Le compraba la revista de "Tarzán".
Los papás, entre otras cosas, hacían eso en nuestros tiempos de niño. Mi papá también me compraba revistas. Pero, además, me regalaba espigas de luz a cada rato. No lo hacía como si fuese un maestro enseñando cómo debe ser la vida, ni lo hacía tampoco con aires de perfección. No, no, mi papá estaba lejos de dar sermones doctrinales. A mi papá le bastaba vivir para sembrar nubes a cada instante.
Siempre que platico la anécdota de la luz, dos o tres compas piensan que mi papá se pasaba de inocente (por no decir la palabra que ellos piensan), pero a mí esto me tiene sin cuidado, porque desde que supe lo que hizo no tengo dudas ante el comportamiento que debo seguir en la vida.
Cuenta mi mamá que mi papá fue un día a las oficinas de la Comisión Federal de Electricidad, acá en Comitán, para suplicarle al jefe enviara una cuadrilla a revisar el medidor porque el recibo, al parecer, marcaba menos del consumo y estaba pagando "de menos".
En estos tiempos en que todo mundo quiere aprovecharse de todo mundo, el comportamiento de mi papá, al menos ante mis ojos, lo coloca como un hombre íntegro: un hombre verdadero.
Mi papá, como todos los hombres del mundo, tuvo defectos, pero los acompañó con el aderezo de muchas virtudes. A mí me amó profundamente y hoy, que alguien dice es día del padre, recuerdo su imagen con toda mi admiración.
En Puebla conocí un hombre que le daba vuelta al medidor de luz de su negocio para que marcara menos consumo. Asimismo llegó un amigo a sugerirme no sé que arreglo del medidor de la casa para pagar menos. Pobre cuate ¡nunca imaginó que mi papá, muchos años antes, me había marcado la ruta a seguir!
Hoy algunos piensan que soy demasiado "inocente" y dejo escapar algunas oportunidades para favorecerme. Yo sonrío y tomo la mano que, a cada rato, me extiende mi papá para caminar por ese camino sencillo por donde él siempre caminó.

sábado, 20 de junio de 2009

CARTA ABIERTA A JORGE ORTIZ DE PINEDO


Respetado Jorge: ¿estás consciente de lo que haces o eres un inconsciente?
En una ocasión prendí la televisión y escuché que decías: “¡Chin chin el que no se ría!”. ¿Por qué todo mundo debe reír cuando algunos comediantes no causan ninguna gracia? Esa amenaza olía a un exceso, pero bueno tenía cierto tufo inofensivo.
Mas luego se te ocurrió inventar un programa dizque cómico cuya trama ocurre adentro de un salón de clases. Acá apareció en mayor medida tu perversión. A la maestra y al director de la escuela los exhibiste como un par de estúpidos, a quienes los alumnos tratan de manera soez. Esto fue más que un exceso porque sembraste en tus televidentes jóvenes un modelo muy negativo acerca del valor del respeto.
Lo que haces ahora ya no tiene perdón. En tu más reciente programa televisivo, “Una familia de diez”, denigras a la imagen paterna. El papel de hijo que desarrollas trata de manera repulsiva a su padre. Es una pena observar cómo tu personaje agrede al padre, en intento de parecer simpático. Nuevamente vuelves a dar estereotipos negativos.
Es una pena lo que haces, es muy perverso. Eres, sin duda alguna, uno de los “artistas” que más daño le hace al país. No sé si esto responde a un plan preconcebido para anular de una vez los valores morales de nuestra sociedad o es una simple ocurrencia de un ignorante. De cualquier modo eres culpable de contribuir en gran medida al deterioro espiritual de nuestro México. Qué pena que te permitan trabajar en un medio de comunicación tan importante. La Secretaría de Gobernación debería intervenir y obligarte a dejar de enviar estos mensajes tan ruines.