lunes, 11 de marzo de 2019

TARDE DE POEMURAL




Roberto López Moreno estuvo en Comitán. Roberto, niño fuego, palabra lumbre, alumbre.
Estuvo en el Centro Cultural Rosario Castellanos. El poeta Arbey Rivera, director de la institución, hizo la presentación. Roberto estuvo delante del mural que pintó Mario Pinto Pérez, un mural con imágenes prehispánicas, con un jugador de pelota.
Juego de palabra es lo que juega Roberto niño, niño luz, niño destello.
Arbey mencionó que el lugar era a propósito. ¿En qué lugar debía estar el poeta de los poemurales? ¡En lugar de murales, por supuesto!
Roberto López Moreno pinta lienzos sobre el aire con su palabra. Al estilo de los artistas de Bonampak construye edificios con el verbo, con la lengua de todos los tiempos, los idos y los por venir.
Roberto estuvo contento, dijo que se sentía conmovido por estar en Comitán. La audiencia (mínima, casi selecta) también se conmovió con su palabra de juego de pelota, de frontón, palabra pelota de caucho.
El poeta comentó que una tarde, de muchas tardes repetidas, iguales y distintas, en compañía del concertista de La Trinitaria, José Antonio López Gordillo, realizó, en la Ciudad de México, actos culturales donde la música y la palabra eran el juego de la vida, dijo “con poesía mía, como todos los días, como la sandía”. Y como José Antonio López Gordillo estaba presente en la sala le preguntó si podían repetir tal aventura artística, le dijo: “Como ahora no tienes guitarra, puedes silbar. Así sería un silbido y un poema”, pero José Antonio no chifló, pero Roberto sí leyó fragmentos de un poema del libro que presentó “Lengüerío”: un fragmento y otro fragmento; y como Roberto es, también, experto en ritmos musicales ¡cantó versos! Dos chicas que estaban en la audiencia sonreían cada vez que Roberto, como si fuera José Alfredo o Luis Miguel, tarareaba las sílabas, las colgaba en el mismo cordel donde los pregoneros ofrecen sus productos, porque Roberto también imitó la voz de los pregoneros y, tal vez, en algún momento fue como una tiuca, como un cenzontle, y también silbó.
Roberto, niño trompo, niño cuerda.
Roberto estuvo en Comitán, delante del mural que pintó Mario Pinto Pérez, y pintó un poemural en el aire de este pueblo. Roberto, niño huella, niño nube. Él, desde siempre, ha sido un rebelde, un insatisfecho, un eterno buscador de nuevos modos de decir las cosas. Dijo: “Se ha creado una forma de formas: el poemuralismo”. Y él es el descubridor de esta estructura verbal, que a unos les parece un hallazgo, a otros un mero juego y a muchos la mezcla de ambos: Es un juego donde las piedritas forman muros, muros que iluminan, que minan, que timan y, a veces, arriman con rima.
Tomó el libro con la mano derecha y, mientras leía, su mano izquierda se movía de arriba abajo para reafirmar el ritmo. Uno no sabe si la voz es la que mueve el brazo o éste es el fuelle que, como ala, produce el vuelo.
Roberto llegó a Comitán, se presentó delante de un mural que tiene un jugador de pelota. Su palabra chocó contra la pared del aire y regresó al oído de su audiencia, una y otra vez, machacante, sigilosa, atrevida, rebelde, inconmensurable.
Roberto estuvo en Comitán. Llegó como el aire, como el incienso, como plegaria en la penumbra de un oratorio. Jugó el juego que juega siempre. Después de todo, Roberto no es más que un niño, un niño de mil piedras, incluida la Piedra Grande de su Huixtla.

sábado, 9 de marzo de 2019

CARTA A MARIANA, CON HISTORIAS LOCALES




Querida Mariana: Romina juega a veces el juego de: Si tuvieras que vivir en otro lugar, ¿cuál elegirías? Vos, ¿cuál elegirías? Yo elegí. En un tiempo viví en Puebla, pero cuando, después de nueve años de vivir ahí, jugué el juego, elegí Comitán. Comitán fue mi lugar de nacimiento y luego fue mi lugar final de elección. Ahora ya no juego el juego, porque no me veo viviendo en otro lugar, no lo deseo, pero si tal cosa se diera no elegiría Florencia, ni París, ni Buenos Aires, ni Osaka, ¡no!, ¿sabés qué lugar elegiría? ¡La Trinitaria!, la antigua Zapaluta, un lugar donde el tiempo camina con una tranquilidad que sublima.
El lunes 4 de marzo hubo un acto sublime en La Trinitaria, el Ayuntamiento de ese pueblo nombró al maestro Benito Vera Guerrero, como Cronista Municipal. ¡Ah, qué satisfactorio constatar que se honra a la dignidad y a la inteligencia local! El maestro Óscar Bonifaz asistió y le dijo al presidente municipal que era un acierto el nombramiento del elegido. El cronista Amín Guillén también acudió y en su intervención mostró su respeto hacia el nuevo cronista municipal de Zapaluta.
El maestro Benito fue elocuente en su mensaje de aceptación, entre otras cosas reconoció que hay más voces y más plumas que contribuyen a proteger el legado de identidad de La Trinitaria, como sucede en todos los pueblos del mundo. Dijo también que no poseía el don de ser charlista, pero con su voz mesurada y llena de luz cautivó a la audiencia que llenó el Salón Montebello, en el Parque Hundido.
La ficha biográfica del maestro José Benito dice que nació el 29 de noviembre de 1932, en aquel pueblo; es decir, tiene ochenta y seis años. Por eso, al agradecer el honor conferido, mencionó que está en la cúspide de su vida, en el último tramo de una vida dadora de luz. Su hija dijo que estaba segura que su papá recibía este honor con un gran compromiso, como lo ha hecho en todas las actividades de su vida. El maestro Benito, desde esa tarde, inició, con ánimo redoblado, con ánimo juvenil, lo que ha realizado en los últimos tiempos: recopilar información para entregarla decantada.
El maestro confesó no ser un gran charlista, dijo que corría el riesgo de aburrir a la audiencia, pero no lo hizo, no aburrió a la audiencia, compuesta por muchos hermanos de la Logia y amigos de aquel pueblo y parientes y estudiantes de nivel secundaria y de bachillerato. No aburrió, porque habló con sapiencia de la cultura de su pueblo, pero, sobre todo, porque lo hizo con la humildad que siempre le ha caracterizado, lejos de poses altaneras compartió conocimientos, dijo que el pueblo de Zapaluta es un pueblo Coxohg y dijo que el río Sabinal fue testigo de una historia trágica.
Cuando el cronista contó la historia de Bartolo, todos escucharon con atención. La historia de Bartolo es una tragedia. Lo ideal es que hubieses estado ahí para escucharla en la voz de don Benito, pero como no estuviste hago trampa y, en lugar de contar lo que escuchó la audiencia, copio el relato escrito que aparece en el libro “Apuntes monográficos del municipio de La Trinitaria. Historia, costumbres, relatos, anécdotas, tradiciones de un pueblo”, cuyo autor es el maestro Benito. En el apartado de “El río Sabinal”, el maestro cuenta que en el río Sabinal hay un punto de convergencia de dos ríos tributarios, lugar en que se retienen las aguas y forman un arroyito de aguas claras que desembocan en la poza de Bartolo. Acá es cuando el cronista hace una pregunta: ¿Por qué esta poza es conocida con el nombre de Bartolo?, y entonces cuenta lo siguiente, copio literalmente:
“En tiempos lejanos, a finales del siglo XIX había un terreno cultivado de maíz, frijol y calabazas, propiedad del Juez Municipal. Cuando el fruto maduraba, estaba al cuidado y vigilancia de Bartolo. Él era peón de campo y, por un pequeño sueldo, se empleaba con el funcionario municipal. Completaba su tiempo de trabajo como curandero. Una epidemia de enfermedades del estómago atacó a la población y cobró víctimas, especialmente en la gente de bajos recursos económicos. En una junta secreta de habitantes de un barrio pobre, surgió la denuncia: “Bartolo es brujo y es el que le está haciendo mal a la gente””.
Uf, ¿mirás todos los elementos que confluyen en esta historia? Bartolo es acusado de brujo (en lugar de curandero) y de provocar la epidemia. ¡Qué historia tan dramática! Pero, bueno, continuemos con la historia. El maestro Benito cuenta el desenlace:
“Se nombró una comisión para que en la madrugada lo sorprendieran en la choza que le servía de refugio en el cuidado del sembradío:
―¡Tú eres el malhechor!, con tus malas artes has dañado al pueblo, ahora tienes que sanar a nuestros familiares enfermos o morirás.”
Dios mío, ¿cómo lo ves? ¿Qué podía hacer Bartolo ante ese reclamo popular y violento? Tal vez se hizo para atrás, hasta topar con la pared, mientras veía cómo los hombres lo amenazaban; tal vez alcanzó a decir que él no era el culpable, que él no podía hacer algo para evitar la enfermedad, antes que recibiera dos puñaladas en el corazón.
Don Benito contó que los asesinos tomaron el cuerpo, lo amarraron, le ataron piedras y lo aventaron al fondo de la poza.
Hasta acá la historia es tremenda, pero don Benito cuenta el final y el final también es de película:
“Su perro se salvó escondiéndose en los matorrales y fue testigo de tan funesto acto. Muchos días buscaron inútilmente a Bartolo, hasta que las piedras se soltaron y el cuerpo flotó. ¡Es Bartolo!, gritó el primero que se enfilaba a su parcela. El juez tomó nota para iniciar las averiguaciones. El perro fue adoptado por el propio juez (seguramente por alguna intuición del funcionario) y desde entonces se hacía acompañar de él. En su oficina se acurrucaba debajo de la mesa, era un perro tranquilo y jamás molestaba y mucho menos atacaba a nadie. Muchos fueron los sospechosos que llamaron a declarar. Todos tenían una coartada. Un día llegó a declarar un vecino, de buen trato, educado, respetuoso; pronto dictaminó el juez que era inocente. Se despidió cortésmente y, todavía no traspasaba la puerta cuando el perro se le echó encima, lo asió del pantalón para retenerlo. El buen juez reprendió al perro, pero éste desobedeció; entonces tomó su bastón y lo amenazó. Humildemente, el perro tomó su lugar debajo de la mesa, pero un momento después salió como disparado, alcanzó al hombrecillo aquel y lo volvió a detener asiéndolo del ruedo del pantalón. El juez sospechó y después de un amplio interrogatorio y amenazas del perro declaró: ¡Yo maté a Bartolo!”
¿Cómo lo mirás? Es una historia fascinante. El maestro Benito dice que el culpable denunció a sus cómplices y todos fueron a dar a la cárcel.
En la historia hay elementos de ignorancia popular y ciertos resabios de linchamiento. En un pueblo llamado Canoa, del estado de Puebla, en los años sesenta, un cura azuzó a la población a que lincharan a un grupo de estudiantes universitarios acusándolos de comunistas. El pueblo asesinó a los muchachos.
¿Recordás la historia de Lope de Vega? El pueblo de Fuenteovejuna se inconforma con el proceder del Comendador y éste es linchado, cuando las autoridades llegan y preguntan ¿quién mató al Comendador?, todos responden: Fuenteovejuna, señor.
En la historia de la Poza de Bartolo, el cronista dice que “en una junta secreta de habitantes de un barrio pobre” deciden que irán a la choza de Bartolo, porque lo acusan de ser brujo y causante de la enfermedad que asola a la población. ¿Quiénes fueron las personas que terminaron en la cárcel? Los culpables fueron los que llegaron a la choza y apuñalaron a Bartolo, pero ¿qué pasó con todos los demás? Nuestro cronista no dice el nombre del barrio, no tiene caso. La historia es tremenda, es parte de la historia de un pueblo.
Pues bueno, el maestro Benito Vera se mostró esa tarde de su nombramiento como un gran charlista, pues mantuvo a su audiencia, como dicen los clásicos, al filo de la silla. Contó pasajes históricos de su pueblo, demostró que, como dijo Óscar Bonifaz, es un acierto su nombramiento como Cronista Municipal, de La Trinitaria.
Posdata: Si me viera obligado a abandonar Comitán y me dieran a elegir mi próxima estancia no dudaría en elegir a La Trinitaria, un pueblo tranquilo, sosegado, culto. En estos tiempos la desgracia de Bartolo ya no se repetiría. Esa desgracia fue propiciada por ignorancia de un sector. ¿Quién mató a Bartolo? Los habitantes de un barrio pobre, señor.

viernes, 8 de marzo de 2019

MULTI PACK




Lo que escribo a continuación es un sueño que X me contó. X tiene nombre, pero no lo revelo para que no lo vayan a linchar.
El desasosiego cundió entre la hombrada de la ciudad. La noticia era que si mandaban los packs enviados por las mujeres tendrían prisión.
- No, hijito, ya no te mandaré tus paques – dijo doña Esperancita -. No te vayan a meter a la cárcel.
Y así, el hijo de doña Esperancita jamás volvió a recibir sus paques de chorizo con huevo y de frijolito. Por más que Javier explicó a su mamá que la ley se refería a otro tipo de paques. Si Gabino Barrera no entendía razones andando en la borrachera, pues doña Esperancita no oyó razones desde que escuchó en la radio, con Juanito Méndez, que las mujerada celebraba la nueva ley: Si un hombre manda packs sin consentimiento irá ¡a la cárcel! Javier no volverá a tener los paques que le mandaba su mamá, todo por la famosa ley.
Uno no sabe qué hará la actriz Mariana Ríos (¡Qué bonita!) quien un día confesó en un programa televisivo, con Yordi Rosado (¡Uf, rosado quién sabe de dónde!), que ella lo primero que le veía a un hombre era de qué tamaño tenía el paquete. ¡Qué! Sí, muchas Marianas Ríos le ven el paquete a los hombres, “el pack”. Esperamos que la ley no contemple tal picardía, porque si no, el mundo se volverá plano. Esperamos que la ley no prohíba a los hombres mirar el paquete de las muchachas bonitas. Mariana Ríos lo pregonó en la televisión y nadie dijo algo en contra, no la llevaron a la cárcel. ¿Se considera como pack un par de pechitos? ¿Ya no se puede ver desde una banca del parque central de Comitán? ¿Ya no se puede olerlos a distancia?
El desasosiego cundió entre la hombrada de la ciudad. No importaron los argumentos en contra. La ley (así lo dijo Armando, quien estudia Derecho, en San Cristóbal) es muy clara: Si un tipo envía un pack sin consentimiento ¡irá a la cárcel! Esto fue lo que aplaudieron las mujeres.
Rubén dijo que, ¡momento, momento!, ¿por qué no se iba al origen del problema? ¿Por qué no se analizaba el origen del pack? La concurrencia hizo un silencio total. Sí, dijo Rubén. ¿Por qué no se aplica el dicho de que tanto peca el que mata la vaca como el que jala la pata? Cuando lo dijo, la expectación fue enorme, todos esperaban que explicara, pero él, en lugar de explicar el dicho se aventó una cita literaria de Sor Juana, nada menos que de Sor Juana. Dijo que si le diéramos la vuelta al famoso poema de Sor Juana sonaría así: “Mujeres necias que acusáis a los hombres sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis…” A estas alturas el silencio era una montaña de silencios. A ver, a ver, de qué se trataba. Sí, dijo Rubén, y lanzó una pregunta: ¿Quién manda los packs de fotos, quién? ¡La mujer!, dijo al unísono el grupo de hombres. ¿Quién se toma las fotos, quién?, volvió a preguntar Rubén y todos dijeron a una voz: ¡la mujer!
Ahí está, dijo Rubén, todo se soluciona con el hecho de que ellas, las hermosísimas mujeres, dejen de enseñar sus culitos y de mandarlos en fotografía.
Yo, dijo Luis, por eso no le entro a ese juego del pack por celular. Yo tengo un mi cacahuatito que no acepta WhatsApp. Esto es un invento del demonio y ustedes saben que el demonio es mujer, remató.
Yo, dijo Manuel, por eso sigo yendo a la Proveedora Cultural y compro mi Playboy. No acepto que las muchachas de acá me manden sus packs. La verdad es que las de acá, como dijera don Enrique García, se quejan de acoso cuando, la verdad, no están acosables, menos encamables.
Sí, concluyó Javier, lo cierto es que esta ley fue aplaudida por el mujeraje, debido a que la justicia les dio una herramienta para mandar a los hombres a las cárceles. Las resentidas ahora tienen a la ley de su parte. ¿Querés joder a un hombre? ¡Mandale tu pack y luego lo acusás! ¡Listo!
¿Y si el celular del hombre se extravía? ¿Y si se lo roban? ¿Y si en una borrachera, la amiga toma el celular del amigo y manda el pack? Ya vimos qué pasó con el actor Sergio Goyri, un comentario que hizo entre amigos se filtró a las redes sociales, por la grabación que hizo una “amiga”. Medio mundo acabó a Goyri. Nadie dijo algo acerca del comportamiento asqueroso de la chica que, sin consentimiento de Sergio, filtró el video. ¡Cómo, ella es una niña y a las niñas no se les culpa!
¿Un pack anda circulando en los teléfonos? ¡Córtenles sus partes nobles a los niños! ¿Y a las niñas que se tomaron las fotos y las enviaron? ¡No! Ellas son impolutas.
En fin. Lo mejor es hacer lo que Manuel hace (¿una manuela?) Lo mejor es ir a comprar el pack de fotos que nos regala Playboy y no consumir lo local que no es muy apetecible que se diga.
Que nadie, por favor (si es hombre), se acerque al servicio de Multi Pack o al Pack Plus. Vade retro, Satanás y, se sabe, Satanás ¡es mujer! Todo mundo masculino, a partir de este instante, que borre las fotos de los packs enviados por las virginales chicas. Todo mundo masculino, por favor, que bloquee, ¡ya!, los números de aquellas chicas que, de manera ingenua, envían su pack. Este pack es como la manzana envenenada que la malvada bruja le dio a la virginal Blanca Nieves.

jueves, 7 de marzo de 2019

CARTA A MARIANA, CON HILOS DE MARZO




Querida Mariana: Todo mundo lo dice: Febrero loco, marzo otro poco. Lo digo, porque la mañana del seis de marzo lloviznó tantito. El piso estaba mojado. De las tejas caía una ligera cortina de gotas frías. Yo iba en auto hacia el parque central e hice alto total en una esquina de uno y uno. Dos señoras estaban en la esquina, por lo que debí alargar mi cuello para ver si venía auto, porque ellas interrumpían mi visión, entonces escuché que la señora que tenía una bolsa de mandado le dijo a la otra que llevaba una carriola, pero sin bebé: “Mirá el cielo de aquel lado, todo claro, en cambio, mirá de este lado, todo oscuro”. Yo vi primero hacia el cielo claro y luego en el espejo lateral vi el cielo oscuro. La otra señora vio también hacia los dos lados y luego, con cara de sabia del Meteorológico Nacional, dijo: “Qué pue, es un cielo bipolar”. A mí me pareció una frase muy ingeniosa. Estuve a punto de preguntar el nombre de la señora, a punto de recomendarle que patentara su frase, que la registrara como una genialidad lingüística, porque luego muchas frases simpáticas y curiosas andan con el membrete de “dominio público”, pero no pude hacerlo, porque ya se despedía de la otra con la siguiente frase: “Sigamos pue caminando sin sombra” y vio hacia el piso. Yo pensé que eso era otra genialidad, como la mañana estaba gris, sin un cordel de sol, los caminantes andaban sin sombra. ¿Mirás qué genialidad? Nunca me había dado cuenta de ello. Mi abuela Esperanza decía que Javier (quien cumplió años el seis, el mismo día del que te cuento esta historia) era “como mi sombra”, porque todo el día andábamos juntos. Ahora pienso que Javier y yo hemos seguido caminando, pero a veces lo hacemos sin sombra. La vida es así.
La frase del cielo bipolar llamó mi atención porque se acerca, poquito, pero se acerca al fenómeno poético, en que características propias de los seres humanos se atribuyen a la naturaleza o viceversa.
El poeta Efraín Bartolomé dice en uno de sus poemas: “Éste es el canto de tu cabello largo como la tarde”. ¿Mirás qué bonito? “Tu cabello largo como la tarde”. Don Efraín es ¡poeta!
La señora dijo lo que dijo sin conciencia. Desde hace tiempo escucho que muchas personas son calificadas de bipolares, se supone que conozco a una conocida que posee tal trastorno, porque en un instante, sin causa aparente, pasa de un estado afectuoso a un estado de encabronamiento supremo. ¿Qué le provoca tal cambio de ánimo? Los médicos dicen que es un trastorno bipolar.
Ya en plan de chunga, María dice que Elena (la odia, no puede verla ni en pintura) también es bipolar, porque es tan putita que siempre anda con una calentura insufrible, siempre y cuando no aparezca el marido, porque en cuanto éste aparece, ella pasa a la frigidez absoluta de una virgen hipócrita, pero esto es broma.
A mí me pareció simpática la frase que dijo la señora que llevaba una carriola sin bebé. Ahora que lo escribo pienso que el comportamiento de ella no era muy normal. ¿Quién lleva carriolas sin bebé? La otra frase que dijo también era una frase no común: “Sigamos caminando pue sin sombra”. Ahora que lo escribo ya no me parece tan simple, pienso que tal vez la sombra era el bebé y ella caminaba sin sombra, porque en la carriola no llevaba un bebé.
¡No! Esto que digo ya no tiene sustento. Todo fue muy sencillo, casi ingenuo. El cielo comiteco tenía una gran nube cargada de agua por un lado, y por el otro estaba claro, por eso la frase; y la señora llevaba una carriola sin bebé porque, tal vez, iba por su bebé a casa de la abuela.
Digo que la frase llamó mi atención porque salió del camino de lo trillado. Hace días, me senté en una banca del parque central y, sin querer, escuché lo que platicaban dos mujeres, ya de edad, que estaban sentadas en el otro extremo de la banca, una de ellas dijo que doña fulana (no escuché el nombre) tenía alzhéimer, “su memoria ya es un cabito de vela”, remató. ¡Uf!, pensé que esa era una bella imagen para tan nefasta enfermedad, era tan bella que incluso le quitaba la cara de miseria que tiene esa dolencia que agota, poco a poco, la memoria. “Un cabito de vela”, es decir, ya casi nada, apenas da luz a la estancia del recuerdo.
Una vez, una amiga me dijo que yo inventaba todo lo que escribía. Le dije que no, le dije que algunas líneas eran ficción, pero muchas aparecían en la esquina menos pensada o en la calle más transitada. Ahora ya nunca olvidaré esa frase de “Cielo bipolar”, bueno, claro, hasta que mi memoria sea ya un cabito de vela.

miércoles, 6 de marzo de 2019

CUANDO EL DÍA TOMA UNA CARA DE ESPEJO EMPAÑADO




La mamá de Aleks, cuando comienza una llovizna persistente, dice que “Se descompuso el día”. La frase es muy decidora: “Se descompuso el día”.
El nieto del maestro Óscar dice que el pan francés de la panadería “Está descompuesto”. En Comitán todo mundo sabe que cuando esta clase de pan está preparado se llama “Pan compuesto”.
Muchos amigos míos se han acostumbrado a leer Arenillas en donde divido el mundo en dos. Ahora que reflexiono en estas dos frases (una rotunda y otra simpática) pienso que el mundo, entonces, puede dividirse en un mundo compuesto y un mundo descompuesto.
Imagino a la mamá de Aleks regando las plantas del jardín, acompañada por un sol color de ámbar; la imagino tarareando alguna canción ranchera; la imagino preparando la masa para los tamales, sobre una mesa de madera; la imagino viendo el cielo por la ventana y oteando cómo cambia su color, su forma, su consistencia; la imagino corriendo a levantar la ropa mojada colgada en el tendedero; la imagino pensando que ya “se descompuso el día”.
Sí, había escuchado la frase con anterioridad, pero nunca me había sonado tan contundente, como ahora que lo escribió Aleks. Su mamá dice: “Se descompuso el día” y, a ella, no le queda más que dejar que poco a poco el día se vaya componiendo solito. Nada puede hacerse para componer un día descompuesto.
Imagino que en Coita la descompostura del día es una descompostura sencilla, de esas que no requieren grandes plegarias para ir juntando las partes. Imagino que cuando se descompone el día en la tierra de Aleks, el cielo deja su transparencia usual y se viste con una sábana color gris, húmeda, convocante de nostalgias y de recuerdos.
No conozco a la mamá de Aleks, pero la imagino en su casa, preparando café. Porque, lo sé, cuando los días se descomponen, algo en el interior del espíritu aflora. La naturaleza es pródiga y sabia. La naturaleza ha demostrado que hay una báscula que compensa todo, lo compuesto y lo descompuesto. Cuando el mundo parece estar compuesto aparece una grieta que abre otra en el platillo de la balanza y hace que la tierra se convierta en un territorio oscuro; por el contrario, cuando todo parece estar descompuesto, un sol de resina iluminada vuelve a aparecer detrás de las montañas.
Imagino que la mamá de Aleks es sabia, cuando el día se descompone no deja que su día se agriete. Es el día el descompuesto; es decir, el día de afuera. Su día interior debe estar siempre sostenido por un rayo de luz que hace que todo funcione.
La frase de la mamá de Aleks es brutalmente sencilla y decidora. Por ella (y por muchos más) sabemos que los días se descomponen, pero, asimismo, sabemos que tienen compostura, desde siempre ha sido así. Que para componer los días descompuestos nada debemos hacer, más que sentarnos en un butaque o recostarnos en una hamaca o preparar una taza de café bien cargado o mirar el cielo desde la ventana, ver hacia el horizonte, donde una línea de luz brilla como hoja de cuchillo.
Gracias a la frase hoy sabemos que hay días compuestos y días descompuestos, así como, gracias al nieto del maestro, sabemos que hay panes compuestos y panes descompuestos.
Gracias a Mica, quien es actriz universitaria, sabemos que el monólogo que representa es una pieza teatral compuesta que habla de un mundo descompuesto, porque, según lo que dice sobre el escenario, en el que no hay más objeto que una radio antigua sobre una mesa desvencijada, el mundo no tiene compostura, cada vez se deteriora más y más, y llegará el día que, como gelatina expuesta al sol, se hará agua, se hará nada.
Mientras tanto, imagino el cielo de Coita recuperando su sonrisa, porque esa tierra nos ha prodigado a la mamá de Aleks y a la frase más ingeniosa y sabia del mundo: “Calma, Coita, que vamos ganando”; es decir, a veces el día se descompone, el mundo parece descomponerse, pero no debemos preocuparnos ni apurarnos, más tarde o más temprano el día se recuperará, volverá a estar sano, ¡con su caparazón completo!
¡Calma, Coita!, dice la mamá de Aleks frente al espejo, frente a la ventana, frente a la puerta del mundo. Si el día se descompone, bien podemos quitarnos la camisa, salir al patio, alzar los brazos y dejar que la llovizna nos eche la bendición; bien podemos esperar tiempos mejores. Nada podemos hacer, nada debemos hacer. Solito se compone el día.
En Comitán, muchos comen panes compuestos (son riquísimos), pero hay otros que prefieren comer los panes franceses sin aderezos. Hay personas en todo el mundo que disfrutan los panes descompuestos.
Mica debería visitar Coita, visitar la casa de la mamá de Aleks. Hallaría que el mundo descompuesto es el de afuera. Los días interiores son como la sonrisa de la mamá de Aleks.

martes, 5 de marzo de 2019

CARTA A MARIANA, CON CAMINO DE HORMIGAS




Querida Mariana: Tal vez fue en 2013 cuando Daniel Saborío y yo platicamos. Tal vez tomamos un café (es un decir, porque no sé si él toma café, yo no lo hago. Yo bebo limonada sin azúcar o té de limón y él, esto he visto en algunas fotografías, toma cerveza y bebidas alcohólicas). No recuerdo de qué hablamos (mi memoria es endeble). Pero acá está la prueba documental que un día (tal vez de 2013 o 2014, no lo sé con precisión) él y yo platicamos. Y no sólo platicamos, también tomó su cámara (vos sabés que él es un fotógrafo de excelencia) y me tomó esta fotografía.
Sí, querida mía, el que está tumbado soy yo. Tengo una camisa blanca, un pantalón de mezclilla y zapatos de color café.
Si ves con atención mirarás que hay un rayo de sol que se filtró en medio de las ramas y que cayó con precisión sobre mi pecho. La fotografía es espléndida, porque más que caer, parecería que la luz emerge del lugar donde está mi corazón. Esto no es casual. Sólo el genio del creador puede lograr el misterio que Daniel logró aquella vez.
Y fue tal el prodigio que unas hormigas que andaban por ahí, en busca de hojas verdes, se deslumbraron ante tal misterio.
Recuerdo que yo estaba tumbado, con los ojos cerrados; recuerdo que escuché a lo lejos la voz de Daniel como alertándome, como advirtiendo que un ejército de hormigas subiría a mi cuerpo, una marabunta, pero luego su voz hizo silencio, porque (demiurgo como es) pensó que debía dejar que el universo fluyera, y el universo fluyó: Las hormigas caminaron hacia el pozo de luz. Todo mundo sabe que las hormigas, habitantes de las oscuridades, salen todas las mañanas de sus cuevas en busca de la piedra lunar, la que posee el don de la luz infinita. Cuando se cansan de buscar, se conforman con llevar hojas verdes a su hogar.
Recuerdo que Daniel ya nada dijo, dejó que la naturaleza se manifestara y ¡se manifestó! Acá se ve cómo un ejército de hormigas camina hacia mí, hacia el pozo de donde fluye la luz, de donde sale como un manantial de agua eterna.
Estoy con los brazos en cruz, por lo tanto, las hormigas creyeron que ahí estaba la cruz del milagro, el pozo de la luz perenne.
Yo estaba tumbado, al principio (al cerrar los ojos) escuché el rumor del viento y luego los pasos del aire sobre todo mi cuerpo. El aire danzaba sobre mí, ejecutaba pasos de ballet y caminaba en puntas, con los pies desnudos. Al principio sentí cómo el aire contaba historias y prendía una fogata de viento, no para calentarme, sino para aliarse con ese pozo de luz en que estaba convertido, gracias al prodigio de la naturaleza y del ojo de Daniel.
Mas luego dejé de escuchar la alharaca del viento y un silencio se posó sobre mí, como ala de murciélago. Sentí el peso del vacío, la pesada cobija del instante mudo. Estuve a punto de abrir los ojos, de buscar a Daniel, de decirle que (como en la Biblia) estaba en un foso de leones; estuve a punto de decirle que me salvara. Los sabios explican que en el instante en que alguien medita y está a punto de ingresar al inconsciente colectivo, el monstruo del terror vacuo aprieta el cogote y hace que uno busque la salida, hacia donde está el mundo cotidiano. Estaba a punto de abrir los ojos, de ir al exterior, cuando escuché que el silencio se quebraba y algo como un grupo de pies ligeros, como oración de alas de mariposas, me inundó, ¡eran las hormigas que caminaban sobre mí, que buscaban el pozo de luz!
Cuando vi la fotografía me percaté que eran hormigas enormes, de gran talla, pero cuando estaba tumbado sobre la tierra, con los brazos en cruz, el peso de ellas era como un pétalo de nube, como sonrisa de ángel. No sentía el peso, lo que sentía era el cosquilleo de la palabra, la trilla sugerente.
Cuando todas las hormigas entraron al pozo, Daniel me dijo que abriera los ojos, vi su rostro con cara de preocupación, se había quitado los lentes y vi en su mirada algo como un jardín de gladiolas. Se acercó, me tendió las manos y me ayudó a incorporarme. Me limpié con las manos el pantalón y la camisa. ¿Cómo estaba? ¡Bien, muy bien!, dije, y vi que Daniel también mostraba un rostro pleno. Posdata: Dos días después me envió la fotografía, y, cuando la vi, entendí lo que había pasado. Un ejército de hormigas había caminado sobre mi cuerpo, había hallado su pozo de luz y me había injertado luz. Por eso, sin duda, yo estaba radiante, luminoso, gracias a la luz del sol y a la ventana de Daniel. Fue un día de 2013. No lo sé bien, no lo sé.

sábado, 2 de marzo de 2019

CARTA A MARIANA, CON DOS O TRES LÍNEAS




Querida Mariana: Vos sabés que nací en 1957. En los años sesenta, siendo un niño escuché que alguien le preguntó a mi papá: “¿Iremos a La Línea?” y mi papá dijo que sí, que al otro día irían. Mi papá fue a La Línea, y regresó en la noche y, ¡oh, qué maravilla!, llegó hasta mi cuna (no me da pena decir que seguí durmiendo en una cama con barrotes laterales hasta la edad de seis o siete años) y me entregó un conejito de cuerda y un estuche con plumines. Los dos presentes fueron de los regalos más bellos que jamás recibí en la vida. Aún ahora (como si fuese el personaje de la película “El ciudadano Kane”) busco afanoso mi “Rosebud” y lo encuentro en esos dos objetos sencillos, casi simples, pero gloriosos. Le daba cuerda al conejito y éste tocaba un tamborcito hasta que la cuerda se agotaba (ahí aprendí que muchas cosas son así, comienzan con mucha emoción y pronto, o tarde, pero de manera puntual, todo movimiento cesa, se acaba la cuerda); y con los plumines pinté muchos dibujos (varios conejitos y muchos elefantes, el elefante es un animal que me encanta, tiene piel de viejo, pero espíritu de niño).
Esa noche pregunté porque un hilo de duda apareció: “¿De dónde me trajiste esto, papá?”, y mi papá dijo: “De La Línea, hijo”. ¡Oh, qué maravilla! Yo conocía las líneas que dibujábamos sobre la arena, en el sitio, cuando jugábamos con mis amigos, pero ninguna de esas líneas era como ese árbol de donde mi papá había descolgado el conejito tamborero y los plumines de muchos colores.
Tiempo después me enteré que los comitecos le llamaban Línea a la frontera de México con Guatemala, me enteré que a pocas horas de Comitán había una línea que dividía a dos países, ¡a dos países!, éramos una zona fronteriza. Del otro lado de esa Línea vivían hombres y mujeres que eran iguales que nosotros, hablaban el mismo idioma (hablaban de vos), comían muchas comidas similares, vestían con trajes bordados, de igual manera que muchos habitantes de Chiapas, pero tenían un himno diferente y saludaban a una bandera diferente. Ellos, los chapines, eran habitantes de otro país, a las niñas les decían patojas. Fue por ese tiempo que conocí a una patojita linda, hermosa, hija de un amigo de mi papá que había llegado a Comitán por algún asunto de negocio. Durante dos o tres días jugué con ella, con María. Cuando el papá de María regresó a La Línea, pregunté si podía ir con ellos, ellos (María y su papá) dijeron que sí, ella (mi patojita) brincó de gusto y dijo que sí, que fuera con ella, que dormiría en un cuarto anexo al suyo, que iríamos de día de campo y a todos los parques que había en su ciudad y que me presentaría con todos sus amigos y que, como en un cuento infantil, viviríamos felices para siempre. Mi mamá dijo que no era posible hacer realidad ese sueño. Yo debía quedarme en casa. Tal vez un día iríamos de visita y volvería a ver a mi patojita. Por dos o tres días estuve triste, luego (como sucede siempre en la vida) todo se fue diluyendo y olvidé a la niña bonita de Guatemala. Ella vivía del otro lado de La Línea, había una línea que nos dividía. Así es siempre.
Una vez, mi mamá, mi tía Emelina (quien trabajaba en la Secretaría de Gobernación, en la Ciudad de México) y yo fuimos a La Línea, mi tía deseaba comprar una vajilla japonesa, y ésta se conseguía del “otro lado”. Íbamos en un jeep. El jefe comiteco de Migración conducía, él, muy galante, acompañaba a mi tía, su compañera de trabajo, porque Migración (creo que hasta la fecha así es) era una entidad dependiente de Gobernación. Mi tía iba en el lugar del copiloto y mi mamá y yo íbamos en el asiento trasero. Platicaban muy sabroso, las carcajadas asomaban en cualquier curva o recta. Yo iba pendiente de lo que sucedía afuera, veía los árboles, el cielo, los pájaros, las ocasionales casitas con gallinas o carneros. El calor comenzaba a sentirse, hacía que el sudor invadiera mi cuerpo. Bajábamos, bajábamos a Tierra Caliente. Se veían los potreros, la vegetación exuberante, flores rojas, amarillas, zopilotes volando en la lejanía. En esas íbamos cuando, de pronto, al salir de una curva apareció ¡un venado!, un venadito, joven, criaturita. Salió de la cuneta, de en medio de la ramazón y cruzó la carretera. El conductor se detuvo. La acción había sido rapidísima, intempestiva. Todos nos hicimos para adelante para ver al animal que movía sus patitas como alas de colibrí en intento de subir la cima, pero el paredón del lado izquierdo era como un muro. El venado se resbaló, no logró su intento de seguir su camino de ascenso, volvió la mirada asustada y regresó por el mismo camino y se perdió por donde había trepado. Todos estábamos emocionados, el sudor de la emoción se había agregado al del calor. Estábamos sofocados, con los rostros colorados, con las manos llenas de sudor, con el corazón como de tambor de guerra. Fue una escena que tardó menos de un minuto, pero había sido una escena trepidante, llena de sentimientos. Cuando el venado desapareció, aparecieron los comentarios que duraron hasta que llegamos a La Línea. Cuando cruzamos la frontera y estuvimos en la calle llena de negocios olvidé al venado. Mi atención estuvo puesta en los estuches de plumines, en los conejitos de cuerda, en las peceras llenas de peces de colores, en los dulces de allá, en los carros de cuerda, en los aviones de juguete. El venado pasó al pozo donde quedan los recuerdos, el mismo pozo en donde estaba alojado el recuerdo de mi patojita. Me acerqué a mi mamá, le jalé el vestido y pregunté por mi patojita. Mi mamá dijo que no, que no estaba cerca su pueblo, que debíamos pasar Huehuetenango para llegar a Quetzaltenango, que la distancia era de cientos de kilómetros. Volví a entristecerme, pero cuando ella abrió su bolso y me dio un estuche de plumines y un cuaderno de dibujo, mi niña chapina volvió al pozo infinito de la memoria.
En el camino del regreso, mi tía y mi mamá se durmieron, el jefe de Migración no consideró importante platicar con un niño que era de pocas palabras, así que prendió la radio y escuchamos música mexicana, la música que adoraban los habitantes del otro país, el que acabábamos de abandonar. Cuando pasamos por la curva del venado, éste volvió a aparecer en mi memoria, volví a verlo con sus patitas en el intento infructuoso de ascender por la empinada roca, volví a verlo con su carita llena de desasosiego sin saber qué hacer. Pensé entonces que ahí había otra línea, una línea indefinible, una línea que ahora sé que está presente en la vida, en la vida de los seres humanos y de los animales, en la vida de todo lo que tiene vida.
Cuando, en la tarde, ya en casa, me tiré al piso de madera de la sala y dibujé en el cuaderno que mi mamá me había regalado y pinté con los plumines que mi mamá me había regalado, mi tía Emelina preguntó qué hacía yo. Yo alcé el cuaderno con mi mano izquierda y le enseñé el venado que había dibujado y dije: “Lo coloreé con los plumines que trajimos de La Línea”, mi tía tomó el cuaderno, vio el dibujo y dijo, más para ella que para mí: “El venado, el venado de la carretera”. Yo dije que sí. Mi tía me regresó el cuaderno y dijo una frase que desde entonces retumba en el pozo de mi memoria: “¡Qué simpático! Acá, los niños hacen líneas con plumones de La Línea”. En ese momento no celebré la frase, frase que ahora celebro: Los niños comitecos trazábamos líneas con plumines de La Línea.
Desde entonces sé que la línea está presente en todos lados. El gran pintor francés Cézzane nos enseñó que todo en la naturaleza se sintetiza en tres formas básicas y éstas están formadas por líneas, por líneas curvas, rectas, horizontales, verticales, chuecas, torcidas, pero líneas. Las vidas de los seres humanos están hechas de lo mismo.
Lo que voy a decir, querida mía, es una bobera (insistencia clásica en mí): Mi vida ha estado marcada por líneas. Estas líneas han marcado territorios de luz y de sombra. Son muchas líneas, muchos territorios, pero, en esencia, puedo dividirlos en tres segmentos: Niñez, adolescencia y edad madura. La edad que hoy vivo tiene mucha semejanza al territorio en el que crecí. Está adobada con el mismo aire de mi infancia, con el mismo sol afectuoso: Comitán. En el segmento de en medio viví la penumbra de mi vida. Si en mi infancia tuve nobles sentimientos hacia el venadito de Tierra Caliente, en mi adolescencia acompañé a mis amigos a ranchos de la misma Tierra Caliente a matar venados, a matar palomas, pijijis; a echar trago, a chocar autos, a quebrar cristales de casas ajenas, a vivir, dijera Ricky Martin, la vida loca.
Posdata: El tío Eusebio repetía a cada rato el dicho de “Te salvarás del rayo, pero no de la raya”. Era una posición determinista que dice que la vida de cada ser humano está marcada por una línea que no se sabe quién traza, pero que señala el término. No sé. Lo único que sé es que en la vida de todos hay líneas que nos marcan de manera precisa, que, como en la frontera entre México y Guatemala, delimitan. Sé que en muchas ocasiones es preciso saltar esas líneas, cruzarlas, ir más allá de Comitán para volver reconociendo que el famoso pájaro azul de la fábula o el Rosebud de la película está “de este lado” y no “del otro”.

viernes, 1 de marzo de 2019

LLENO DE LUZ, DE SOL, DE HILO DE AGUA




Imaginá que te llamás patio, que sos patio. Podés elegir entre ser patio de casa moderna o patio de aquellas casas comitecas, con cuatro corredores y sitio en la parte posterior.
Podés elegir entre tener un domo o ser un patio desnudo, abierto al cielo, al aire, a la bendición de la lluvia, a la luz del sol y del reflejo de la luna.
Si sos patio serás apreciado por todos los de casa y por los invitados, porque a éstos les resultará muy agradable reunirse al lado de tus ojos y boca, encima de tu panza. Podrás ver cómo, todas las mañanas, a la hora en que el sol ya dejó de ser tierno, los nietos sacarán al abuelo, lo sentarán en una mecedora, le colocarán una frazada en sus piernas y dejarán que el sol caliente sus huesos que se preparan para deshacerse, en tres o cuatro años, cuando ya duerma en la tumba.
Podrás ver cómo los niños, después de hacer su tarea, todas las tardes sacan sus juguetes de las cajas y juegan encima de tu pecho, ahí, sobre el corcel de tu corazón, se realizarán las más asombrosas guerras galácticas y no faltarán algunos niños románticos que jugarán a los clásicos juegos entre policías y ladrones, o federales contra narcos. Las niñas, como lo han hecho desde siempre, desde el inicio de los tiempos, jugarán a la comidita o arrullarán a muñecas o jugarán a la doctora y a la enfermera o saltarán la cuerda y platicarán acerca de niños y jugarán a besar su mano, imaginando que besan los labios del niño de sus sueños.
Podrás ver cómo los colibríes llegan como nubes en tormenta calurosa y mueven sus alas como si éstas fueran un muestrario de deseos o una retahíla de reclamos divinos. Verás cómo los colibríes liban la miel de esas flores que nacen de la planta llamada nube, de esas flores que son hijas de la planta que se llama lavanda. Los verás aletear los sueños, saber que, como dice la leyenda, cuando un colibrí bese tus ladrillos algún espíritu cercano te visita, posa sus pies alados para recordarte que la vida es un continuo, una fila de piedritas que forman el sendero.
Si elegís ser patio de casa señorial comiteca podrás oler cada mañana el aroma de los ladrillos húmedos, a la hora que la señora de la casa riegue las buganvilias y los helechos. Sentirás el aleteo de las chinitas, el murmullo de los grillos, la alharaca de los loros y la bulla de los chuchos que se somatan en la puerta cada vez que la mujer que vende atol toca con su mano calluda.
Imaginá que sos patio, que en vos se concentra la luz del día, el agua de la lluvia infinita, la oscuridad de la noche eterna. Serás testigo de los misterios que se enredan cada vez que la niña bonita de casa se esconde detrás de un pilar y permite que su chico, por debajo de la blusa, libere los canarios que están prisioneros en las copas de un sostén.
Las casas tienen muchos espacios maravillosos, cada uno tiene funciones vitales: La recámara, la sala, el oratorio, el baño, la cocina. Los mencionados son espacios, digamos, privados, íntimos. No todo mundo entra a la recámara de los papás, no todo mundo tiene acceso a la cocina. Por el contrario, si vos elegís ser patio ¡serás aire para todos!, para los de casa y para los ajenos. Tus arterias dan vida a todos los corazones que se acercan con pies alterados o pies cautelosos.
Imaginá que te llamás patio, que sos patio, que sos la cuerda en que se enreda el aire, en que saltan las niñas con sonrisa de colibrí, con pechitos dulce de durazno.

jueves, 28 de febrero de 2019

PIES DESNUDOS




Gloria me dijo el otro día que en “Nevelandia” estaba prohibido tirar colillas de cigarros al piso. Esto parece una práctica sana y digna de aplaudirse. En todos los espacios públicos y privados debería estar prohibido tirar colillas al piso. Pero la explicación de Gloria aludía a que en los altos del restaurante “Nevelandia” se efectuaban bailes, a los que asistían las sirvientas de Comitán (por eso muchos le llamaron “Gatolandia”) y la prohibición no tenía qué ver con la higiene y limpieza sino con una cuestión práctica: Era para que las sirvientas no se quemaran los pies.
Sara, la sirvienta que yo conocí en mi infancia, no tenía los pies desnudos. Ella usaba unos zapatos de plástico, de color verde o naranja. Si recuerdo estos colores significa que ella tenía dos pares de zapatos, ¡dos pares! Tal vez uno de estos pares los usaba para el día domingo, tal vez eran sus zapatos de día de fiesta.
Y digo esto, porque sí conocí a compañeros de escuela que llegaban a clases con los pies desnudos. Ahí están como prueba las fotografías de grupo con el maestro. Una fotografía que conservo, del segundo grado de primaria, en la escuela pública Fray Matías de Córdova, es como un muestrario de la diversidad social que, en ese tiempo, acudía a esa escuela. Los estamentos sociales estaban bien diferenciados. Hay algunos muchachos (dos o tres) que ese día de la foto se presentaron con traje, así aparecen, todos muy limpiecitos, con corbata y zapatos lustrados. Ven con gran suficiencia hacia el lente de la cámara; otros (la mayoría) llegaron esa mañana con una vestimenta que hoy llamaríamos casual: camisa limpia, pantalón (dos o tres con suéter) y zapatos con un trapazo; y dos o tres aparecen con sus pantalones limpios, pero remendados, y sin calzado, ahí aparecen sus pies descalzos.
Tal vez, digo sólo que tal vez, si algún fotógrafo hubiese tomado una placa del grupo de una tarde de baile en “Nevelandia” habríamos hallado la misma segmentación: dos o tres estarían con trajes sastre, con cabello engominado y con zapatillas doradas; la mayoría con sus trenzas bien hechas, con vestidos impecables y zapatos de plástico (como los que usaba Sara); y dos o tres (o tal vez más) aparecerían con sus vestidos limpísimos, pero con dos o tres zurcidos visibles, y descalzas (eso sí, con los pies recién lavados, tallados con piedra pómez).
Estoy hablando de finales de los años sesenta del siglo XX. Si nos remontamos más allá en el tiempo, encontramos fotografías del estudio de don Benjamín Crocker donde aparece una familia muy limpia en su vestimenta, pero sin zapatos (con excepción del patriarca).
En los años setenta yo recuerdo a dos personajes de Comitán que no usaban zapatos: Mario, el mocoso; y Caralampio, empleado de la Ferretería Chiapas. Recuerdo las plantas de esos pies como una corteza rugosa y dura. Así recuerdo las plantas de los pies de los dos o tres compañeros que tuve en la escuela primaria. Ellos, por su condición social, vivían en lo que llamábamos “las orilladas” de Comitán. Sus pies, todas las mañanas, tardes y noches, debían caminar por lugares en los que las piedras y el lodo eran los elementos cotidianos. Ahí, en esas calles donde siempre corrían aguas negras, con cadáveres de chuchos, con desechos, había también cristales de botellas quebradas. Una vez un compañerito dejó de asistir a la escuela, nos enteramos que, al correr por la calle donde vivía, un cristal se le había enterrado en uno de los pies, la herida había sido profunda, había manado sangre a profusión. Cuando regresó a la escuela, cojeaba tantito, le seguía molestando la herida, que llevaba una venda sucia, llena de polvo, húmeda.
Tal vez, digo sólo que tal vez, lo mismo sucedía en los bailes (las tardeadas) de Nevelandia. Algún muchacho, sin dolo o con éste, aventaba una colilla prendida al piso y a la hora del baile, alguna muchacha bonita la pisaba. No sé si el ardor la obligaba a levantar la pierna y sobarse, o la vergüenza le daba valor para seguir bailando como si nada, con el rictus de dolor en su rostro. En cualquiera de los dos casos, la sonrisa de mariposa volaba.
Hablo de otros tiempos. El país sigue con muchas miserias, pero cuando menos el país está calzado, cuando menos en el entorno cercano. Hoy veo fotografías de grupos escolares y encuentro que el ciento por ciento de los niños usa calzado, algunos zapatos son de marca exclusiva otros son zapatos más modestos, pero la totalidad del grupo está calzado.
Hace mucho tiempo que no veo a alguien en la calle sin calzado. Los pies desnudos ya no andan por estos rumbos. No sé por qué en este instante pienso que, después de todo, hemos dejado la jodidez extrema. Pienso que hoy los niños de las orilladas pueden correr sin tanto riesgo. No sé. Hoy los riesgos son otros. No sé. No sé si estábamos más jodidos antes, con los pies desnudos, o ahora, con los espíritus sin protección. No sé.

miércoles, 27 de febrero de 2019

CARTA A MARIANA, CON DOS O TRES LADRILLOS




Querida Mariana: El poeta René Morales estuvo en Comitán hace poco tiempo. Llegó para presentar su libro “Texas, I love you”. Cuando le tocó hablar dijo, entre otras cosas, que había laborado algún tiempo en la diplomacia mexicana y (no digo sus palabras de manera precisa) comentó que conoció a funcionarios inteligentes, dijo que en la diplomacia mexicana laboran personas cultas.
Le creo a René. Yo nunca he estado por esos territorios, pero de lejos sé de muchos mexicanos inteligentes que han laborado en consulados y embajadas.
A mí me interesa de manera particular la imagen de Rosario Castellanos y el papel que desempeñó cuando fue embajadora de México en Israel. Por ahí comenté que, según Andrea Reyes, cuando Rosario recibió la invitación para ser embajadora aceptó de inmediato, pero puso dos condiciones: que se le permitiera seguir impartiendo cátedra universitaria y continuar con sus colaboraciones periodísticas en el “Excélsior”.
Rosario fue embajadora y continuó con sus colaboraciones periodísticas y dio cátedra en la Universidad Hebrea de Jerusalén.
En la Secretaría del Campo (¿así se llama?) hay muchos expertos en la materia, pero muchos no poseen la alta cultura de la literatura, por ejemplo. Son lectores, pero no leen novelas ni cuentos. En cambio, en la Secretaría de Relaciones Exteriores sí hay grandes conocedores de literatura. Ahora recuerdo, por ejemplo, al poeta Hugo Gutiérrez Vega, quien laboró en la Embajada de México, en Inglaterra. ¿Y qué decir del embajador de México en la India: Octavio Paz? Sí, René tiene razón, en la Secretaría de Relaciones Exteriores ha pasado una pléyade (una catazumba) de grandes personajes de la intelectualidad mexicana. Entre éstos aparece el nombre de Rosario.
En la columna periodística del 24 de enero de 1973, Rosario Castellanos escribe: “Este año decidimos, mis alumnos y yo, examinar juntos algunos textos: los que Samuel Ramos, Octavio Paz, Jorge Portilla y Carlos Fuentes han escrito sobre lo mexicano”.
¿Mirás, querida Mariana, qué portento? La señora embajadora, gracias a su terquedad, hizo lo que pocos embajadores han hecho: Sembró la semilla mexicana en la joven intelectualidad israelí, terreno propicio para poblar bosques. Rosario llegó al aula universitaria y compartió lo mejor del pensamiento mexicano. Los embajadores tienen como encargo difundir la cultura de sus pueblos en los pueblos ajenos y distantes. Rosario cumplió con creces.
Imagino a Rosario caminando por los pasillos de la Universidad Hebrea, la imagino, con falda y saco, apurada, entrando al salón, con libros abrazados, libros que contenían las miradas de algunos de los intelectuales más importantes de su país. La imagino, en cualquier instante, ya sentada ante el escritorio de la cátedra, hablando de la música, del carácter, de los juegos, de las pasiones, de la riqueza culinaria y demás hierbas culturales de su país; la imagino, así como quien no quiere la cosa, hablando del pueblo en que ella creció, de las calles de Comitán, de los balcones, de los patios de las casas y de la injusticia que cometían los hacendados con la servidumbre de los ranchos. La imagino recordando a su nana y contando las leyendas de los brujos de Chactajal. Ella, en Israel, daba a conocer la cultura mexicana.
Rosario cumplió con su encargo diplomático, lo hizo con pasión. Supo que su encomienda estaba sustentada en lo que había hecho desde siempre: el periodismo y la cátedra universitaria. Ella, escritora soberbia, supo que no podía renunciar a esos dos pilares fundamentales de su edificio intelectual.
Gracias a Andrea Reyes, quien se dio a la tarea de hurgar en archivos para rescatar las publicaciones periodísticas, ahora, los lectores de Rosario tenemos la oportunidad de conocer la labor que desarrolló en Israel.
Posdata: Tiene razón René, en el servicio exterior mexicano hay inteligencia; tuvo razón Rosario, su labor estaba ligada a generar luz, a través de su palabra, en el periódico y en la cátedra.

martes, 26 de febrero de 2019

PURA ESPECULACIÓN




¿Por qué a Yalitza no le otorgaron el Óscar?
Porque en la primera escena de la cinta, ella no hace más que echar agua en la cochera y cargar una cubeta.
Porque, en seguida, le dice al perro que lo bañará y entra a su cuarto y cierra la puerta.
(Porque se tarda en el cuarto, mientras en la pantalla se ve cómo unos canarios enjaulados brincan y pían, como si fueran soporte de la acción. Tal vez el razonamiento del jurado fue que si hubiese un premio para reconocer el trabajo actoral de animales, no lo darían ni al perro ni a los canarios, porque ahí no había actuación, sino simple respuesta a un comportamiento natural.)
Porque, a continuación, ella sale del cuarto y se limpia las manos en el mandil, vuelve la mirada y ve al chucho que sigue ahí en el patio de la casa setentera de la colonia Roma, de la Ciudad de México.
Porque entra a la casa con escoba y cubeta y hace el aseo de los cuartos; porque escucha una canción de Leo Dan en la radio, la fastidiosa “Te he prometido que te he de olvidar” (que en la versión original se escucha Teprometido quetedeolvidar y, mientras tiende las camas, ella canta.)
Porque ella baja rápido y carga un bonche de ropa y se quita el mandil ya que debe ir a la escuela por el niño de la casa, corre, ya se le hizo tarde.
Porque al regresar a la casa, con el niño, su compañera le dice que responda al teléfono.
Porque saca un bonche de platos mientras la compañera le pregunta qué le dijo Fermín, quien es el tipo que, a la postre, la embarazará.
Porque en este momento de la cinta, el jurado comenzó a comparar las actuaciones de las otras artistas nominadas y se dio cuenta que la actuación de Yalitza se pasa de natural; es decir, es tan creíble su actuación que nada trasmite. Si acaso hubiese tenido un buen guion a la mano, tal vez hubiera desplegado su creatividad actoral. Yalitza se concreta a limpiar, cargar ropa, servir y a responder Sí, señora, a todo lo que dice ¡la señora! Su actuación parece un mero testimonio de vida ante la cámara
No le otorgaron el Óscar, porque en la siguiente escena, ella lava la ropa en un lavadero de la azotea y, mientras escucha una canción del aún joven Juan Gabriel, esa canción infumable de Yo quisiera tener todo y ponerlo a tus pies, también la canta, al ritmo con que sus manos enjabonan y tallan.
No se lo dieron, porque luego se limpia las manos en el mandil y se recuesta en una mesa de cemento con celosías translúcidas, por donde se filtra la luz e ilumina la estancia de la casa. Ahí se establece uno de los diálogos más largos entre ella y uno de los niños: El niño juega a que no responde porque dice estar muerto. Cuando el niño le pregunta qué hace, ella, siguiendo el juego, dice que no puede decirle porque está muerta.
No ganó el Óscar porque sus parlamentos son breves, mínimos, ausentes. Los críticos alabaron su actuación porque dijeron que la caracterización del personaje es perfecta, ya que así es el carácter de una mujer que representa a la servidumbre, pero el jurado del Óscar no tuvo elementos para aquilatar su propuesta actoral, porque para limpiar, detener chuchos, cargar cubetas, lavar ropa, servir y decir Sí, señora, no se necesitan grandes recursos actorales, basta con tomar el plato, colocarlo en la mesa, sentarse en el piso, acodarse en el sofá y sentirse integrada a la familia a la hora que ve un programa de televisión.
No se lo otorgaron, porque en la siguiente escena va a la cocina para servir un té que le han pedido y escucha una canción de José José, la sobadísima que dice Espera un poco, un poquito más y ahí, por primera vez, no canta. Canta a la hora que acuesta a los niños, a la hora que le dice a la niña que sueñe con los angelitos.
No se lo dieron, porque, en todo el día, no hizo más que cargar platos, limpiar el patio, ir por el niño a la escuela, levantar la caca del chucho, lavar ropa, escuchar la radio y apagar las luces, cuando todos en casa ya duermen. Los críticos alabaron la verosimilitud de las acciones, el verismo que se demostró en la cinta al retratar de manera tan fiel la vida sorda, excluyente, con dádivas de cariño, repetitiva, agotadora, de una sirvienta; pero el jurado del premio cinematográfico no halló más que planos estéticos que son más propios de una cinta casera, sórdida, plana, y no a una historia con historia de ficción.
Yalitza no ganó el Óscar porque el jurado comparó los diez primeros minutos de la actuación de todas las candidatas y pensó que la actuación de la ganadora, Olivia Colman, mostraba más matices artísticos, más posibilidades de interpretación, era más fina su propuesta. El cine, después de todo, es un arte basado en el movimiento, en la acción.

lunes, 25 de febrero de 2019

TÍTULOS




Con Romina nunca nos aburríamos. Las tardes eran lentas (como son en pueblos de provincia), pero a nosotros nos parecía que se iban como agua entre las manos. ¡Nos faltaba tiempo! Siempre fue así. Nunca sometimos al juicio popular nuestros juegos, porque tal vez los otros opinarían que eran tontos, raros y aburridos; además no hallábamos el porqué andar justificando en qué usábamos nuestras tardes. El abuelo José iba todas las tardes al casino a jugar dominó, a tomar café y un aperitivo. Jamás alguien lo jaló de la manga exigiéndole que dijera por qué jugaba lo que jugaba; la tía Eugenia todas las tardes jugaba canasta con sus amigas, como si fuese una dama inglesa, a las cinco de la tarde tocaba una campanilla y una sirvienta con librea entraba con el servicio de té y galletas de almendras. De igual manera nunca justificó su desbordada pasión por jugar cartas.
Nosotros jugábamos juegos sencillos. Nos encantaba entrar a la biblioteca del abuelo José, subirnos a la escalera y buscar los títulos más sugerentes entre las miles de novelas que tenía sobre estantes de cedro. Entrar a la biblioteca era toda una experiencia, entrábamos en la tarde, después de comer y de hacer la tarea, a la hora que el abuelo tomaba su bastón de caoba, se ponía el sombrero, se enrollaba la bufanda a cuadros y se despedía con un “Nos vemos más tarde. Pórtense bien.”
Los demás nietos tenían prohibido entrar a la biblioteca. Sólo Romina y yo éramos los privilegiados. Una tarde, mientras fumaba uno de los puros que le enviaba un amigo desde La Habana, nos llamó a la biblioteca, abrió los brazos y dijo: “Acá está todo lo que una persona culta debe saber. Afuera no hay nada.” Dijo que nosotros, Romina y yo, podíamos entrar cuantas veces quisiéramos, podíamos tomar los libros que deseáramos, podíamos hacer lo que se nos antojara. Sólo nos puso una restricción. A las siete de la noche debíamos retirarnos, abandonando la biblioteca tal como la habíamos encontrado: ordenada, limpia, pulcra, casi impoluta, porque a las diez de la mañana, todas las mañanas, dos de los sirvientes entraban con plumeros, trapos y esencias a limpiar de manera impecable todos los libros y libreros.
Nosotros nos apurábamos a hacer la tarea en la mesa del comedor y en cuanto terminábamos pedíamos permiso al abuelo para entrar a su recinto sagrado, él (ya listo para ir al casino), movía su brazo derecho como haciendo una reverencia y abría el aire para darnos paso.
Jugábamos a elegir títulos de las novelas. Recuerdo muchísimos títulos hermosos. Hay escritores que escriben libros bellísimos que adornan con títulos igualmente bellos. Títulos que, en apariencia, son sencillos y que sin embargo sintetizan un mundo apasionante. Recuerdo muchísimos. Muchos de los libros de la biblioteca del abuelo estaban encuadernados con pastas negras o rojas y letras doradas. Pero, los más recientes (los que estaban en la lista de espera para pasar al taller del encuadernador) tenían sus portadas originales. A Romina y a mí nos encantaba ver esas portadas que, a veces, también coincidían en belleza. Había algunas portadas que estaban por debajo de la belleza de los títulos. Lo lamentábamos. Romina y yo decíamos que, por ejemplo, tal libro debía tener una portada así o asa. A veces, incluso, hacíamos bocetos de cómo debían ser las ilustraciones y siempre coincidíamos en que, a pesar de que nuestros dibujos no eran profesionales, superaban con mucho a los que ilustraban esos libros.
Todas las tardes jugábamos a hallar los libros con títulos más bellos, bajábamos los libros del librero y los colocábamos en la alfombra, casi casi como la tía Eugenia tendía las barajas sobre la mesa de juego, con un tapiz verde.
Recuerdo muchos títulos, muchísimos. Ahora podría pasarme tardes completas escribiendo esos títulos. Recuerdo, por ejemplo, un libro de pasta azul, en el que un pájaro se posaba sobre el pecho de una chica con los ojos cerrados y los labios entreabiertos. El libro se llamaba “Acerca de los pájaros”. No recuerdo el nombre del autor, porque una regla del juego era precisamente ignorar los nombres de los escritores. Nos quedábamos solo con los títulos y éstos los plagiábamos para nuestros juegos.
Una vez que colocábamos los libros sobre la alfombra verde olivo, que hacíamos una flor con esos pétalos, jugábamos. “Acerca de los pájaros”, decía Romina y decía que tenían alas, movía sus brazos en el aire; decía que ella era una paloma y zureaba y movía su cabeza como la mueve una paloma a la hora que, en el parque, picotea los granos de arroz. Yo decía que era un colibrí y movía mis brazos con rapidez y acercaba mis labios a su cuello y decía que libaba la miel.
Así pasábamos la tarde, en la penumbra de la biblioteca, hasta que veíamos, a través de los ventanales que daban al jardín, que la noche llegaba. Prendíamos la luz y regresábamos los libros a sus lugares originales. Romina volvía a ponerse la blusa y el suéter y yo hacía lo mismo con mi camisa. Salíamos. Salíamos lamentando que las tardes duraran tan poco, mientras que Ernesto, uno de los sirvientes, decía que vivir en ese pueblo era muy aburrido, que nunca había qué hacer.
Ahora mismo podría escribir miles de títulos bellos de libros bellísimos; sería como el recuento de las tardes que Romina y yo jugamos emocionados.