sábado, 7 de septiembre de 2019

CARTA A MARIANA, CON CHAPULÍN INCLUIDO




Querida Mariana: “Murió Toledo”. Este fue el encabezado de muchos periódicos en el mundo. Sí, ayer se dio a conocer el fallecimiento de Francisco Toledo, el artista oaxaqueño. Ayer, la muerte bailó la sandunga. ¡Ah, pero antes, sin duda se metió un pitutazo de mezcal, con gusano de maguey! No sé (te escribo el viernes, en la madrugada) si la familia de Toledo permitió que le hicieran un homenaje en Bellas Artes, con sus cenizas expuestas. ¿Así fue? ¡Qué pena! ¿No fue así! ¡Felicidades! Un acto de congruencia sería que las honras fúnebres oficiales no contaran con el permiso de los herederos de Toledo, y digo esto, porque el buen Toledito siempre anduvo alejado del poder político. De hecho, fue un artista incómodo para el sistema. Te conté una vez que, en 1999, anduve en Oaxaca y me tocó presenciar una exposición que presentó en la Casa de la Cultura, donde hubo marimba y mezcal, por supuesto. En ese tiempo, José Murat era el gobernador, él fue el encargado de inaugurar la exposición, a su lado permaneció el artista. El gobernador se deshizo en elogios para Toledo, Toledo, con la mano en la barbilla, veía hacia la audiencia reunida. El gobernador mencionó que esa tarde era histórica porque hacía años que el artista no exponía en esa tierra, su tierra. Llegó la hora del corte de listón y, cuando Murat esperaba hacer el protocolario recorrido de la obra en compañía del pintor, éste desapareció del lado del político y fue a mezclarse con los asistentes y con ellos platicó y rio. ¡Tómala! Yo estuve muy pendiente del hecho. Acostumbrado en mi tierra (hablo de Chiapas) donde los artistas aprovechan para abrazar al gobernador y aquéllos deshacerse en elogios para éste, se me hizo sorprendente un acto como el de Toledo. Digo que estuve pendiente, ya no de Toledo, sino de la reacción de Murat. Vi que éste, en compañía de su séquito observó dos o tres obras, pero en busca de la salida. Cinco minutos más tarde, el gobernador había desaparecido. Uf. Muchas preguntas asoman en la puerta de esta anécdota. Una de ellas es: ¿Por qué Toledo permitió entonces que el gobernador llegara? ¿Quería ignorarlo en el escenario? ¡Quién sabe! Lo que sí es un hecho es que esa tarde, el gobernador no recibió los baños de sahumerio a que estaba acostumbrado. Otro hecho inobjetable es que cuando el destino desaparezca por siempre a José Murat Casab, no tendrá la atención de tantos periódicos en el mundo como sí lo tuvo Toledo; es decir, si hablamos de grandeza, siempre lo hemos comentado, está muy por encima la grandeza del creador artístico que la del más alto político. Por encima de la política siempre está la nube del arte.
Muchos compas dicen que, ante el fallecimiento de un escritor, el mejor homenaje es leer su obra. Mario Vargas Llosa cuenta que cuando recibió una llamada, infausta llamada telefónica, y se enteró del fallecimiento de Julio Cortázar dejó de hacer lo que hacía y fue al librero para tomar un libro de Julito y releyó algunos de sus cuentos. ¿Qué se hace cuando fallece un gran artista plástico como Toledo? Pues tal vez sea un buen reconocimiento ver su obra. Los inversionistas millonarios, de buen gusto, podrán pararse en su estudio y ver los dos cuadros que poseen de Toledo, podrán sonreír porque su inversión ha ganado en valor monetario; los que aman el arte, pero no tienen posibilidad de adquisición, pueden entrar al Internet o ir a la biblioteca y revisar catálogos y libros con la obra del gran pintor oaxaqueño. ¿En Comitán? No sé si algún exquisito millonario de estas tierras tenga obra de Toledo en su residencia (puede ser que sí, como que recuerdo que hay alguien que sí tiene, entre mucha obra plástica mexicana, alguna obra del pintor oaxaqueño). Pero, bueno, los demás simples mortales sí podemos honrar la memoria de Toledo y honrarnos a nosotros mismos, porque en el Museo Hermila Domínguez de Castellanos, hay obra de Francisco. ¿Qué obra existe de Toledo en el museo que está a media cuadra de la oficina de Correos? Hay serigrafía. Recuerdo un trabajo con plenitud en sepias, del cual Toledo hizo 75 reproducciones. Una de éstas aparece colgada en la pared del museo. Es una obra bella donde, sobre todo, se muestra la espalda de una mujer que tiene un sostén, pero cuyo broche es una enormísima pigua. Es un detalle genial, porque las pinzas de la pigua sirven como broche para el brasier.
Los expertos de arte han explicado las obsesiones de Toledo. Él es un maestro para los que inician en el arte. Sus obsesiones están muy enraizadas con el cuerpo humano desnudo expuesto ante la fauna de la tierra caliente de Oaxaca; expuesto ante la presencia infinita de la muerte (en su representación mexicana de calavera); es decir, Toledo, igual que Rufino Tamayo, se empapó de la tradición prehispánica y de lo cotidiano de su entorno y lo envolvió en un petate lleno de colores tierra.
¿Cómo representa el cuerpo humano? En la mayoría de sus obras lo encontramos desnudo, con tatuajes simbólicos de animales o de huesos: lo encontramos con sus sexos descubiertos, gozosos. Toledo tuvo la capacidad de ver al hombre más allá de su piel, lo descubrió desnudo de complejos y lleno de temores.
Nadie puede negar que Toledo fue Oaxaqueño de la punta de los pies a la coronilla de su cabeza. Los animales de la costa oaxaqueña siempre estuvieron presentes (estarán por siempre) en su obra. Es un exceso, pero su obra exuda aroma de mar, de chapulín seco, de pigua, de vulvas abiertas, de aromas de cuartos húmedos y sudados. ¿Qué vio Toledo de niño cuando jugaba en los campos yermos de su tierra natal? Vio chapulines, muchos chapulines, vio los mercados con canastos llenos de pescados y camarones secos y piguas; vio los pies curtidos de los pescadores. Pero no sólo vio, también olió y desgajó entre sus manos la carne, la carne de todo tipo.
Toledo fue un hombre callado. Ya te conté también que, años después de aquella tarde con Murat, me tocó estar sentado frente a él. El director del Museo de Arte Contemporáneo era (es) amigo de mi jefe de aquel entonces y nos dijo que tenía una cita con el artista, nos presentó con él (sin advertirnos antes que agradecería que no fuéramos impertinentes con él). Si no charlaba, tal vez en ese instante prefería estar consigo mismo. Y así sucedió, mientras mi jefe y el director del museo charlaban, yo me dediqué a ver a Toledo, quien, como si los demás fuéramos Murat, nos ignoró olímpicamente. Yo me sentí un poco frustrado. Estaba frente al artista plástico vivo más importante del país y no podía hacerle alguna pregunta. ¡Nada! La charla transcurría en su entorno y él, como si estuviera en una isla o en la proa de un barco, miraba el horizonte. Ahora, muchos años después, entiendo perfectamente lo que hacía: jugaba con nosotros y jugaba con él mismo. Nuestro amigo escultor Luis Aguilar me dijo ayer: “Yo me quedo con su alma de niño”. Luis, excelso artista comiteco, sabe de lo que habla. Los artistas deben ser como niños, son niños. ¿Qué niño, pregunto ahora, deja de jugar sus carritos porque entró el señor gobernador a la sala? Si acaso, el niño levanta la cara, ve al personaje, dice “buenos días”, porque la mamá le dijo que saludara y continúa en su juego, en el juego de la vida, ahí donde los chapulines trepan a lomos de cocodrilos y donde éstos se recuestan debajo de las hamacas donde, con apenas un calzón puesto, dormitan las muchachas, sudadas, en la costa de Oaxaca. En vida, Toledo legó una gran lección creativa. Quienes deseen dedicarse al arte deben entender la tradición, hacer un exhaustivo repaso de lo hecho por los mayores en la región; deben comenzar a mirar su entorno y entenderlo. Jamás deben dar paso a la lisonja del poder político. Jamás deben olvidar su condición de origen. Jamás deben dejar de experimentar. Si en Oaxaca hay chapulines y piguas y tototopos y mezcal y sudor con aroma de sal, ¿qué hay en el espacio cotidiano del aprendiz? Toledo nos deja una lección de congruencia con la vida. Nunca fue vela de barco, porque nunca dejó que el viento le ordenara el camino. Fue el timón del barco y él, contra todo huracán, remó contracorriente en muchas ocasiones y recaló en playas donde la vida era plena. Huarachudo irredento. Jamás se alineó a la moda o al discurso retobado. Toledo fue fiel a su tótem, a su nahual. Toledo chapulín, Toledo pigua, Toledo mariposa de la muerte, Toledo de todos los santos y de vírgenes a punto de dejar de serlo.
En Comitán está Toledo. Sólo falta caminar por la calle del Correo y entrar al Museo Hermila Domínguez de Castellanos y pararse frente a la pared en donde cuelgan sus obras.
Posdata: Hasta ayer, Toledo fue el artista vivo más importante de México. A partir de hoy, Toledo se reincorpora al aire que corre en La Ventosa.

viernes, 6 de septiembre de 2019

COMO MANGO




Imaginá que te llamás Manguera. Imaginá que sos Manguera. Si sos mujer podrás ser vendedora de mangos. Irás al mercado y, en medio de la mujer que vende jocoatol y de la mujer que vende chiles siete caldos, colocarás tu canasto sobre una caja de madera y ofrecerás: “¡Mangos, mangos!”, y las compradoras que pasen frente a vos, pensarán: “¡Qué atrevida ésta, qué acosadora!”, o las más conscientes caminarán como si estuvieran en una pasarela de Milán y sonreirán y se sentirán plenas. Pero si sos hombre no podrás ser vendedora de mangos, así que serás manguera para regar el jardín o para apagar incendios o, si sos modesto, serás manguera de radiador de auto.
Imaginá que sos manguera. Los niños que jueguen en el parque se asustarán al confundirte con una serpiente, pero luego, al ver que sos maleable, te usarán para sus juegos, te torcerán y con vos amarrarán a los delincuentes, en el juego de policías y ladrones.
¿Y si sos manguera para electricista? Permanecerás ahogado en las paredes, pero, en compensación, cada vez que alguien prenda la luz sentirás un cosquilleo que te recordará el principio del universo.
Así como hay hilos famosos, como el Hilo de Ariadna, ¿hay mangueras famosas? En Arriaga hubo una famosa manguera (vendedora de mangos Ataúlfo), porque siempre que un posible comprador se paraba frente a su puesto, ella decía: “Te lo doy a probar” y sonreía. Lo decía con una voz como de ola reclinándose en la arena de la playa. A los jóvenes les encantaba escuchar ese encantamiento: “Te lo doy a probar”. Los muchachos traviesos imaginaban escenas lúbricas. Ella, en cuanto hablaba, con un cuchillo cortaba un trozo de mango y lo ofrecía al joven goloso. Nunca faltó el joven que se arriesgó, estiró la cara y tomó el trazo con los labios directamente del cuchillo. La mayoría estiraba la mano y cogía el trozo con los dedos y se lo llevaba a la boca. Cuando este ritual concluía, la manguera movía el cuchillo como en señal de amenaza, como si dijera: ¿Entendieron de qué se trata la prueba?, y repetía la frase a un nuevo comprador. Ah, con qué donaire colocaba los mangos sobre el platón de la báscula, con qué desplante movía el dedo índice sobre el pivote para calcular el peso exacto. Decía: “Es tanto”, metía los mangos en una bolsa de papel y cuando recibía el dinero (que se colocaba en los pliegues de sus pechos de naranja jugosa) se despedía con la siguiente frase: “Chupa bien la pepita, quítale hasta el último barbiquejo.”
Cuando le preguntaron a Einstein cuál era el mejor objeto jamás inventado, dijo que el cerillo, porque permitía tener fuego al instante, y luego dijo: la manguera. Cuando le preguntaron por qué decía eso: Él dijo que la manguera tenía la ventaja de enrollarse en círculo. Algo de la magia del universo estaba advirtiendo. ¡Claro!, en el mundo animal y entre los seres humanos no hay un solo ser que tenga la cualidad de enrollarse con tal precisión. Quienes practican el yoga, en lo interno, aspiran a conocer a Dios, al círculo divino.

jueves, 5 de septiembre de 2019



CON AROMA DE CANELA

Ayer, con Romina, jugamos a “Tenés horma de…” Como es un juego ¡se vale de todo! Nadie se molesta. Bueno, cuando digo que nadie se molesta hablo de ella y de mí. Por lo regular (lo sabe la gente que me conoce) a mí me gusta jugar juegos de dos, un poco como si prefiriera el tenis (juego de príncipes) y no el fútbol soccer, que es juego multitudinario.
Lanzamos la moneda y ella ganó. Así que me quedó viendo, revisó mis orejas, mi cabello, y dijo: “Tenés horma de rondana”. ¿De rondana? Entonces (es parte del juego) yo busqué el entorno donde mi horma tuviese cabida. Cerré tantito los ojos y pensé en qué lugares hay rondanas. Rápido pensé en un taller mecánico. ¡No! Odio la grasa. Por fortuna, luego apareció en mi mente un lugar con grandes ventanales y luz solar que se filtraba. Sí, pensé, es un laboratorio de ingeniería, en una universidad. Vi el letrero de la entrada MIT (Massachusetts Institute of Technology). Me sentí bien a la hora que una chica, de lentes, bata blanca, jeans apretados, me tomó entre sus manos y dijo que me colocaría (lo dijo en inglés) en el transversor (quién sabe qué significaba eso de transversor, pero nombraba una máquina que estaba sobre una mesa y que tenía la forma de un abductor). Me sentí bien. Se lo conté a Romina, escuché que ella tomó un sorbo de la limonada y dijo que era mi turno.
Abrí los ojos y dije: “Tenés horma de manzana”. Ella sonrió. Cerró los ojos y dijo que estaba en un campo lleno de manzanas. Estaba en Turquía, hasta arriba de un árbol, desde donde, como si fuera un vigía, miraba la traza del sembradío. Eran cientos y cientos de árboles sembrados en largas avenidas. Me dijo que veía a una multitud de hombres y mujeres que, como hormigas, con canastas, trepados sobre escaleras, cortaban las manzanas. Dijo que ella no quería ser cortada. Yo le dije que recordara que todo era un juego. Ella podía estar ahí por siempre. Yo le dije si no había pensado en la manzana de Adán y Eva. Dijo que no. Dijo que lo primero que apareció en su mente fue ese sembradío de manzanas en Turquía. Dijo que casi casi podía ver a lo lejos una mezquita y escuchar los rezos. Por esto me gusta jugar con Romina, porque casi siempre se aleja del lugar común. Abrió los ojos y dijo: Me toca. Y yo le seguí el juego, me acerqué y le dije: Te toco, se lo dije en voz baja, como si orara y, tembloroso, extendí mi mano y toqué la parte superior de su oreja y bajé hasta llegar al lóbulo. Ella, como si una anguila eléctrica hubiese nadado por encima de su cuerpo, se estremeció y dijo que tenía cosquillas. Le recordé que yo era una rondana. ¿Qué no estabas en el MIT? No, dije, ahora no estoy en Massachusetts, ahora estoy arriba de un árbol turco y siento un aroma de manzana hervida con canela y miel, un aroma que me sigue desde niño. Cuando tenía seis años, desde el fogón brotaba un aroma que me cubría todo el cuerpo cuando estaba en la oración de las cinco. La sirvienta ponía a hervir manzanas para que los niños nos sentáramos frente a la mesa y tuviésemos la recompensa por haber participado en el rosario con la abuela.
Los dos abrimos los ojos. Romina, como si regresara de un sueño de muchos días, se desperezó y dijo: Te toca. Y yo dejé que me tocara. Cerré los ojos.
Escuché que ella tomó un libro del librero y dijo: “Tenés horma de Singer” y yo no pensé en la marca de la máquina de coser que tenía la abuela, ¡no! Pensé en la fotografía de un libro donde aparece Isaac Bashevis Singer, y le dije a Romina que estaba sentado en una estancia donde había un aroma de malta, y ella dijo que era el aroma de la cerveza; luego dije que había un aroma a libro y ella dijo que sí, que me tenía entre sus manos.
Me gusta jugar con Romina. Jugamos el infinito juego de “Tenés horma de…” Este juego lo permite todo. A veces tenemos horma de ardilla o de tacuatz, a veces tenemos horma de papel higiénico o de toalla sanitaria, a veces tenemos horma de Ciudad de México o de Comitán.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

CARTA A MARIANA, CON EL INGENIO POR ENCIMA DE LA MEDIA




Querida Mariana: Sí, haré caso a tu sugerencia. Lo haré porque pienso que es necesario reconocer el ingenio (no, no, no hablo del ingenio azucarero). Según el diccionario, ingenio puede ser sinónimo de intuición, de entendimiento y de facultades poéticas y creadoras. ¿Mirás? A mí me caen bien las personas con ingenio, porque las imagino muy cerca del genio.
Y digo que haré caso a tu sugerencia, porque en Comitán hay ingenio a montones. Muchos comitecos son ingeniosos. Enoch Cancino Casahonda, gran poeta chiapaneco, dijo alguna vez que el apodo comiteco era ingenioso. Claro, don Enoch, con su genio poético, reconoció que se necesita ingenio para poner un apodo certero y gracioso. Y, la verdad, hay muchos apodos ingeniositos, de esos que sus propietarios, en lugar de ofenderse, lo llevan orgullosos, así como Quique lleva orgulloso en su pecho los colores del América (bueno, Alfredo, que le va a Las Chivas, dice que no se necesita mucho ingenio para irle al América, pero yo pienso que esto ya entra más en el terreno del infundio, que en el del ingenio).
Digo que haré caso de tu sugerencia y comienzo. Acá tengo una muestra del ingenio comiteco. ¿A quién se le ocurrió poner el nombre de Petit Comitec a una cafetería? Es fruto del ingenio comiteco. Y digo que este ingenio está por encima de la media, porque abarca ese territorio imaginativo al que pocos tienen acceso. ¿Ya viste que el nombre juega con una frase común, pero la vuelve muy comiteca? ¡Única!
Todo mundo, de Francia y de Hispanoamérica, ha escuchado la frase: Petit comité, que, de acuerdo al libro “Donde se encuentra la explicación de todo”, significa: Estar en un grupo, en confianza. Sí, yo lo he escuchado con frecuencia, muchos acuerdos se toman en petit comité; es decir, con un grupo de personas que se tienen confianza. Bueno, pues, en el mundo debe haber dos o tres compas que bautizaron con dicho nombre un café o un restaurante o un bar o una librería o una cervecería. Pero, y acá es donde aparece el genio, no hay, más que en Comitán, un café que se llame “Petit Comitec”, donde el ingenio comprueba que no tiene fronteras. La frase viene del francés y los panes compuestos de Comitán se hacen con pan francés.
El arquitecto Luis David, en compañía de su esposa, abrieron este café. Siempre he elogiado a los paisanos que no caen en el error frecuente de bautizar a sus negocios o empresas con nombres comunes, con nombres que se encuentran en cualquier lugar del mundo; siempre he elogiado a los paisanos que ponen nombres únicos. Estos nombres únicos hacen la diferencia de los pueblos. Acá tenemos un caso ingenioso, que raya en la genialidad.
¿Qué puedo pensar cuando camino por el parque central y me topo con un chico que porta una playera, con franjas azules y rojas, que en el pecho dice Rakuten? Que el chavo viajó, cuando menos a España, y en Barcelona compró una playera suvenir del famoso equipo de fútbol. Alfonso me platicó que la marca que tiene la playera del equipo de fútbol español es la marca de la tienda online japonesa más grande del mundo. Pues no, resulta que el chico juega en Comitán en un equipo que se llama Barcelona. Pobre, no sabe que nunca llegará a ser como Messi. Vengo de un tiempo en que los equipos de fútbol no tenían complejos y usaban nombres de la región, vengo de un tiempo en que iba al estadio y veía jugar al “Maderas de Comitán”; es decir, equipos que se llamen Barcelona hay miles en el mundo. ¿Maderas de Comitán? ¡Sólo uno!
¿Mirás? Hice caso a tu sugerencia. Buscaré ejemplos, a nivel mundial, del ingenio comiteco y lo compartiré con vos. Acá está el primero. ¡Ah, qué bonito nombre! ¡Especial! ¡Petit Comitec!
Posdata: Ahora muchos comitecos proponen: ¿Y, por qué no lo comentamos en petit comité? Va, dicen otros, que saben del placer de la vida: Lo hagamos en el Petit Comitec, y van al café que está en… ¿qué referencia te doy? Parate frente al templo de Santo Domingo y caminá con rumbo a la Cruz Grande, una cuadra (llegás al Hotel San Francisco), otra cuadra (llegás al estacionamiento de don Ulises) y una cuadra más (ya pasaste frente al restaurante Rock’n Rolls Sushi), cuando estés ahí, torcé a la derecha, con rumbo a La Pila y, a media cuadra, hallarás una fachada con un árbol dibujado que te dará la bienvenida.
Ir a lugares con ingenio provocan satisfacción. ¿Qué decís? ¿Vamos a platicar un rato en petit comité en el Petit Comitec? Hay unos panqués de elote que te encantarán.

martes, 3 de septiembre de 2019

CARTA A MARIANA, CON UN LIBRO




Querida Mariana: ¿Libro de cabecera? No, nunca he tenido libro de cabecera. Siempre he tenido libro de sobaquera. ¡Ah, eso sí! Recuerdo que en mis tiempos de universitario, andaba con la novelita de Pacheco, “Las batallas en el desierto”, debajo del brazo, de arriba para abajo. Todavía en estos tiempos, cuando alguien me pide que le recomiende un libro, le recomiendo éste. Digo, si alguien te pide que le recomendés un libro es porque no es un gran lector, así que apuesto mi resto a favor de esa novelilla de Pacheco. Como platicamos el otro día con Iván, si “Las batallas en el desierto” no le gusta a alguien quiere decir que nada de literatura le gustará, que nada le jalará, que más le vale, si quiere hacerse el interesante, poner ¡el Libro Vaquero! en medio de “El quijote”.
Ayer me topé con “Las batallas en el desierto” en el librero, andaba en busca de un libro bonito, de un libro que no fuera muy complicado, pero que no fuera simple; es decir, andaba en busca, sin pensarlo, de la novelilla breve de Pacheco. Y mi mano fue a dar directo a su lomo. Libro delgado. La edición de ERA tiene 68 páginas. ¿Mirás? Bueno, qué te voy a contar a vos, si vos también sos fan de esta novelilla. Recuerdo cuando hace seis o siete años (tenías diecinueve) llegaste a la oficina, te sentaste frente a mí, dejaste el libro sobre el escritorio y, colocando tus manos detrás de tu cuello, dijiste que te sentías plena. Brillabas como si fueses una pulsera recién limpiada. Tu cielo estaba limpio. Pensé que esa es la sensación que queda en el espíritu cuando hallamos un libro inteligente, simpático, bonito. Y “Las batallas en el desierto” es un libro inteligente, un libro agua limpia, casi casi perfecto. Cuando un aspirante a escritor me pide que le dé un tip para llegar a ser un buen escritor le digo que lea esta novelilla. Pacheco escribe con oraciones cortas, sin mucho adjetivo, recortando los gerundios (recortando, ¡recortando los gerundios! ¡Ay, Molinari!).
Lo llevaba debajo del sobaco a todas partes: a la hora que subía al autobús que me llevaba a CU, a la hora que entraba al baño (no a bañarme), a la hora que hacía la fila en la tortillería, cuando me sentaba en el Parque Hundido o en el Parque de Los Venados, cuando caminaba por La Alameda (uno de mis privilegios ha sido caminar por los parques ¡leyendo!). En fin, la novelilla sólo la dejaba cuando era hora de dormir. No exagero si digo que dejar el libro sobre el buró era lo último que hacía en el día y tomarlo era lo primero que hacía a la hora de levantarme. Sí, cuando comía, también tenía el librincillo sobre la mesa, por eso, en ese tiempo, mi ejemplar, se llenó de mango, de mole, de arroz, de nogada (del chile), de guacamole, de cerveza y, ocasionalmente, cuando llegaba de vacaciones a Comitán, ¡de ts’isim!
La novelilla, vos lo sabés, no cuenta más que una historia común: la del niño de primaria que se enamora. Tal vez la diferencia estriba en que no se enamora de su maestra, que es lo más recurrido, sino que se enamora de la mamá de su amiguito. Siempre he pensado que algo influyó en mi vida el hecho de que ella, la mamá (que es lindísima), se llame Mariana (de hecho, la versión cinematográfica de la novelilla se llama “Mariana, Mariana”). Digo que la historia es sencilla, casi simple, pero como siempre, en literatura lo que cuenta no es lo que contás sino cómo lo contás. Y Pacheco (¡maestro!) lo cuenta con una gracia y una gran capacidad narrativa.
Ayer, que la releí, pensé, por primera vez, que debe atraerme mucho porque, además de todos los atributos literarios que posee, la historia refiere un periodo especial de México: el periodo presidencial de Miguel Alemán Valdés; es decir, está centrada en la Ciudad de México en el principio de los años cincuenta; y en ese tiempo, mi mamá (lindísima, joven de veinte años) vivía allá. Una mañana había tomado el tren en Huixtla y había llegado a vivir a la gran ciudad. ¿Mirás? Ayer, releyendo la novelilla de Pacheco, pensé (¡qué bobo!) que mi mamá pudo toparse en alguna calle de la colonia Roma, con Carlitos (el niño enamorado). Perdón, debió decir Carlitos, al chocar con mi mamá al entrar a la panadería. Mi mamá levantó su bolso y sonrió. ¡Ah, si ella hubiera sabido que estaba topándose con el niño protagonista de una de las mejores novelas de lengua española! Pero no, no podía saberlo. Pensé (¡qué bobera!) que una tarde, mi mamá, trepada en un autobús en avenida Insurgentes, miró por la ventanilla a una mujer linda, bien vestida, a la que, todos los hombres se volvían para verla, y pensó que era una mujer muy bella. ¿Quién iba a decirle a mi mamá que esa mujer era la mujer de la que Carlitos estaba enamorado? Yo todavía no estaba en la tierra, ni leía la novela que Pacheco aún no escribía.
Posdata: ¿Libro de cabecera? ¡Naranjas de Chicomuselo! Lo que siempre tengo es: ¡libro de sobaquera! Y en mis tiempos de universitario, dicho libro fue el librincillo de Pacheco. ¡Salve, oh, maestro! Qué novela tan sencilla, tan bien escrita, se aventó usted.

lunes, 2 de septiembre de 2019

CARTA A MARIANA, DESDE LA CASITA DEL ÁRBOL




Querida Mariana: El subcomandante Marcos enviaba sus cartas desde “Un lugar de la Selva”. Hoy, poco se escucha de él. En esta ocasión, al estilo de Marcos, te envío esta carta desde “La casita del árbol”. Te suplico mirés con atención la fotografía que anexo. Acá está una pareja de estudiantes del COBACH 259, de la comunidad de Los Riegos, en Comitán, ellos leen el cuento “El osito que volaba”, publicación que obsequia la Fundación Alexandra del Castillo Castellanos. Están sentados en bancas hechas con madera, ante una mesa con el mismo material. ¿Ya miraste que en medio de los dos jóvenes se observa una estructura, también, de madera? Bueno, dejá que te cuente. Esa estructura es “la casita del árbol”, que fue construida por el maestro Nico, catedrático de ese plantel. ¿Para qué construyó la casita del árbol, el maestro Nico? Para que los muchachos lean. Como parte de una estrategia coloca libros con cuentos en una mesita ex profeso. Cuando los muchachos suben a la casita se topan con esos libros y los toman y los leen en voz alta para compartir con sus amigos. En toda mi vida jamás me había topado con una casita del árbol en un plantel de bachillerato. En casa de Efrén, amigo que tuve en la universidad en la Ciudad de México, hace mil años, conocí una casita del árbol que su papá había construido cuando Efrén y sus dos hermanos eran pequeños. Efrén, al invitarme a subir a conocer la casita, me platicó que ahí habían sido muy felices. En temporada de vacaciones, ellos subían sus chamarras y almohadas y se quedaban a dormir en la casita. Su papá, siempre previsor, armaba la casa de campaña que tenía para ir de camping, en la base del árbol, y, desde ahí, protegía el sueño de sus hijos. En novelas y cuentos también he conocido casitas construidas en lo alto de los árboles, pero jamás, insisto, había conocido una casita hecha en el terreno de una escuela y, sobre todo, para que la usen los muchachos en el maravilloso hábito de la lectura.
Conozco desde hace años a la actual directora del plantel, Corisandra Figueroa Flores. Ella me contó que tiene tres años de dirigir la institución; me contó que muchos alumnos son muchachos de la región, pero hay varios que, como no alcanzaron lugar en el COBACH 10, de Yalchivol, en Comitán, fueron a inscribirse allá. El plantel está ubicado en una parte alta de Los Riegos, por lo que se puede observar buena parte del valle de Comitán. Con esto quiero decir que el entorno es sensacional y lo es mucho más desde la casita del árbol. La maestra me dijo que su trabajo en esta institución es una experiencia muy grata. Lo creo, yo estuve una hora ahí y sentí una oleada de aire limpio.
Para subir a la casita de Efrén había que trepar por una escalinata vertical suspendida del piso de la casa. Acá, en la casita del COBACH 259, no hay necesidad de hacer un esfuerzo especial. El maestro Nico aprovechó el terraplén. Basta subir cuatro o cinco escalones de madera para llegar al lugar donde está una mesa y asientos, todos hechos con madera. La casita de Efrén estaba cubierta con paredes de madera, acá, por supuesto, sólo está cubierto el techo. Esto permite que, desde ese lugar, haciendo a un lado algunas ramas, se vea el mismo paisaje que se observa desde el centro de la escuela. La sensación es indescriptible. Vos sabés que cuando se construyen lugares especiales la visión del mundo es diferente.
Cuando conocí ese espacio me sorprendí. Se me antojó invitarte para ir a leer poemas de Gonzalo Rojas o de Whitman. Sí, vos sabés que soy un convencido de que el lugar de lectura hace diferente al poema. Una vez le leí a una amiga muy querida un poema de Santa Teresa, en la capilla que está al lado de la nave central del templo de Santo Domingo; luego fuimos al parque central y leímos a Sabines, en una banca al lado del kiosco. La experiencia de la lectura fue sensacional. No recuerdo en qué cuento leí que una pareja entraba al motel para hacer el amor, no con el cuerpo sino con el espíritu. Se sentaban en la orilla de la cama y leían, una y otra vez, un poema de Octavio Paz, que se llama “Cuerpo a la vista”. Ya sólo con el título uno advierte el horizonte y el calor de una playa llamada intensidad. Uno de los versos del poema dice: “Siempre hay abejas en tu pelo” y más adelante uno se topa con el siguiente verso: “Entre tus piernas hay un pozo de agua dormida.” ¡Sensacional! ¿Verdad?
Posdata: Marcos no tuvo su casita en el árbol, él la tuvo (¿la tiene?) en el corazón de la selva.
Como siempre sucede en el aula, quien más aprende es el maestro. La dirección de educación, del ayuntamiento comiteco, me invitó a compartir una charla acerca de la vida y obra de Rosario Castellanos, en el COBACH 259, y ahí recibí un resplandor generoso. Jamás había conocido una casita construida en un árbol, en una institución educativa. Corisandra, Nico y demás maestros de esa institución riegan luz en el corazón de Los Riegos.

sábado, 31 de agosto de 2019

CARTA A MARIANA, CON UN CENTENARIO Y OTRAS LUCES




Querida Mariana: Como sé que vos no sos ambiciosa en el plano económico no pensaste en oro a la hora que leíste el título, porque un centenario es una moneda que emite el Banco de México, y el término luz se emplea en este país también como sinónimo de dinero. Si alguien dice que no tiene luz no necesariamente está diciendo que no tiene energía eléctrica, tal vez está diciendo que no tiene billetes.
¿Por qué entonces titulé esta carta así? Porque quiero contarte de algo donde aparecerá un centenario y otras luces, como, por ejemplo, un bicentenario, pero, bueno, comienzo por el principio. Te cuento. En la fotografía que anexo está Michelle Mancera, la reina de la Expo Feria Internacional Comitán 2019, y el intelectual chiapaneco Roberto Ramos Maza, quien es presidente de Bicentenario de Chiapas, A. C. ¿Por qué aparecen estos dos personajes juntos? Sucede que el maestro Ramos Maza, por invitación del ayuntamiento comiteco, a través de la dirección de cultura, acudió a la Universidad Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar a impartir una charla y ahí se topó con Michelle, porque la reina comiteca estudia la licenciatura en Trabajo Social en nuestra universidad. Ella y Ramos Maza volvieron a coincidir, porque la noche de elección, el maestro Ramos estuvo de jurado y Michelle estuvo como candidata al título que, después del veredicto, le fue otorgado.
Así pues, en esta fotografía hay luz. Michelle es una niña linda, inteligente; y el maestro Ramos Maza es un destacadísimo intelectual que ahora está empeñado en que, dentro de dos años, en el 2021, Chiapas celebre con toda dignidad el Bicentenario de la Independencia Chiapaneca.
La ficha biográfica del maestro Ramos dice que él es geógrafo, pero, como ha laborado en muchos espacios de relevancia, tiene un conocimiento profundo de la historia chiapaneca. ¿Sí sabés que él fue director del Museo Regional de Chiapas? ¿Que fue director de Investigación de la Comisión para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas? ¿Que fue director de Extensión Universitaria de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas? ¿Y que fue Subsecretario de Promoción Turística de Chiapas? Sí, sí lo sabías, ¿verdad?
El día que estuvo en la universidad, el maestro platicó con un grupo de estudiantes acerca de la conmemoración que se realizaba ese día: 28 de agosto. Con gran conocimiento compartió datos históricos del acto donde, en nuestro pueblo, en 1821, un grupo de ciudadanos inició el movimiento de libertad. Pero, excelente maestro, lo hizo sin tufos académicos, lo hizo en forma llana, a fin de que los muchachos recibieran el mensaje claro y rotundo. Ramos Maza llegó a Comitán para decir, con voz serena, que Comitán es la cuna de la independencia de Chiapas y de Centroamérica. ¿Dijo algo novedoso? No. Pero lo dijo con tal contundencia que resonó en todo el salón. Michelle, al término de la plática, preguntó cuál es el motivo por el que esta fecha parece pasar inadvertida. Y Ramos Maza dijo que existe un cierto desconocimiento de la historia y repitió lo que dicen los grandes historiadores: Los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetir los errores. Fue muy puntual: “La memoria es uno de nuestros patrimonios.”
Ramos Maza vino a Comitán, vino a decirnos: ¿Ya se dieron cuenta que su pueblo, Comitán, es la cuna de la independencia de Chiapas y de toda Centroamérica? Por eso, él, desde su cargo de presidente de Bicentenario de Chiapas, A.C., lanza la iniciativa de que esta ciudad sea nombrada “Ciudad Libertaria”, para que todo mundo sepa la grandeza del acto histórico que los comitecos lograron aquel 28 de agosto de 1821.
No se trata de competencias, pero Chiapas debe valorar que, así como Dolores, Hidalgo, es cuna de la independencia de México; Comitán es cuna de la independencia de Centroamérica. Ramos Maza explicó que en el acta de independencia de los países centroamericanos se deja muy en claro que inician el movimiento imbuidos del sentimiento patriótico cuya mecha fue prendida en la ciudad de Comitán; es decir, Ramos Maza vino a decirnos que los comitecos vivimos en una ciudad cargada de grandeza histórica y que ésta debemos valorarla, honrarla, dignificarla y bulbuluquearla a medio mundo.
¿Sabías que Zapaluta fue el segundo pueblo, después de Comitán, que se unió al movimiento de independencia en Chiapas? ¿Sabías que, dentro del clero, no sólo Fray Matías de Córdova fue artífice del movimiento, sino también Fray Ignacio Barnoya, y éste nombre casi no aparece en la ficha histórica del 28 de agosto de 1821? De hecho, en el parque de San Sebastián hay una estatua de Fray Matías de Córdova y un busto de Josefina García, aquella comiteca que, en el momento que los hombres dudaron acerca del movimiento libertario, expresó que las mujeres estaban dispuestas a secundar el movimiento, un poco como si dijera: que los hombres se queden limpiando la casa particular, nosotras iremos a limpiar la casa de todos. ¿Y Fray Ignacio Barnoya? Permanece en el olvido.
El maestro Ramos Maza (insisto, con gran capacidad expositiva) mencionó que el 28 de agosto de 1821, hubo misa a las seis, en el templo de San Sebastián, y de ahí, los independentistas, se trasladaron a la iglesia grande, para, posteriormente, pasar al cabildo (donde ahora está el palacio municipal), y ahí celebraron una primera reunión. En la segunda reunión, efectuada en la tarde, acordaron que el 1 de septiembre de 1821 se haría la notificación y la declaración solemne. ¡Y así fue! El 1 de septiembre hubo misa, encabezada por Fray Matías, y luego un desfile en el que los balcones de las casas comitecas estuvieron adornados con toda la seriedad y algarabía del caso. Sí, los ciudadanos de esos tiempos sabían la trascendencia del acto histórico que estaban viviendo.
A dos años de cumplirse el bicentenario de tal acto, Ramos Maza vino a decirnos que es digno de tomarse en cuenta el hecho de que este movimiento libertario se cumplió de manera pacífica, sin una sola bala, sin un solo derramamiento de sangre; y vino a decirnos que el movimiento de independencia de Chiapas demuestra un rasgo importante del carácter del comiteco: Tomaron una decisión trascendental sin pedir permiso. ¡Lo hacemos, porque lo hacemos! ¡Lo hacemos, porque conviene a nuestra comunidad! ¡Lo hacemos, porque pensamos en lo mejor para nuestros hijos!
No fue poca cosa lo que Ramos Maza vino a decirnos. Vino (insisto, querida mía) a recordarnos que los comitecos formamos una comunidad que ha sembrado luz en Chiapas, en México y ¡en Centroamérica! Salvo Dolores, Hidalgo, no hay en el país otra ciudad que haya sido cuna de un movimiento libertario, propiciatoria del cimiento de lo que hoy es nuestra patria. Insisto, no es competencia, pero si en algo estamos por encima de Dolores, es que acá no hubo derramamiento de sangre, el cambio revolucionario fue pacífico, imperó la razón.
Me quedo con una reflexión del maestro Ramos Maza: Los comitecos tomaron una decisión sin pedir permiso. No se trata de un concepto anárquico, se trata de un consenso en cabildo abierto.
Ramos Maza dijo que si a un hondureño o a un salvadoreño le preguntamos dónde queda Comitán ¡no sabe responder! Hay un desconocimiento de la historia. El conocimiento oficial de los actos simbólicos no ha trascendido al pueblo. Todos los centroamericanos deben reconocer que la cuna de la independencia de sus países se gestó en el templo de San Sebastián, en la ciudad de Comitán, Chiapas, México.
El otro día apareció una nota periodística cuyo encabezado fue: “San Sebastián podría quedarse sin árboles. Todo es por culpa de una plaga.” Ese rincón de la patria, lugar emblemático, tiene más plagas: proliferan teporochos y prostitutas. ¡No es justo para la patria! De eso hablaba el maestro Ramos Maza, de dignificar los espacios donde se formuló la independencia, de tener conciencia cívica.
Posdata: Ramos Maza le dijo a Michelle Mancera que ella debe compartir el orgullo de vivir en una ciudad libertaria. Los jóvenes de nuestro pueblo deben saber que Comitán, el lugar donde crecen, es un lugar de preponderancia en la historia de México y de Centroamérica.
La charla de Ramos Maza la deberían escuchar miles y miles de jóvenes chiapanecos. Ya él lo comentó ese día: quienes no conocen su historia, corren el riesgo de repetir los errores del pasado. Estamos a dos años del bicentenario de la Independencia de Chiapas. El exhorto es conmemorarlo con toda la dignidad que merece. Comitán puede ser el centro de atención de todo el mundo.

viernes, 30 de agosto de 2019

FUERA DEL PARAÍSO




A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: Mujeres que comen manzanas con miel, y Mujeres que son la miel que empalaga la manzana.
La mujer miel empalagosa es artificial. Dicen que Eva fue la primera mujer que empalagó a su hombre. Los estudiosos de las leyes naturales dicen que ella habría sido acusada de acoso en estos tiempos. Adán andaba tranquilo e inocente, levantando hojitas secas en El Paraíso, mientras Eva se dejaba seducir por la serpiente. Eva debió negarse a aceptar la manzana del pecado, debió arrancar una rama de eucalipto y dar una buena tunda a ese animal rastrero (¿en dónde he escuchado esto último?).
Los estudiosos dicen que el concepto de Pecado Original debería proscribirse, porque ahora ya nada tiene de original, se ha convertido en un lugar común, que se hace en lugares comunes llamados moteles, con mujeres comunes llamadas amantes.
Los defensores de Eva (defensoras, sobre todo, sororas) dicen que Eva no tuvo culpa alguna, la culpable fue la serpiente, que es representación del demonio. Eva, igual que Adán, andaba tranquila e inocente, limpiando las flores llamadas Ave del Paraíso, cuando se presentó el animal maligno y comenzó a tentarla (en forma ideológica y no manual), y, se sabe, la carne es débil, así que el demonio comenzó a actuar de manera sutil, pero brutal y demoledora. A través de la palabra, el demonio, personificado en la serpiente, quitó los andamiajes espirituales de Eva, hasta que ésta cayó en la tentación. La palabra fue demoledora, los argumentos fueron puntuales: “¿Acaso no sientes un calor recorrer tu cuerpo a la hora que ves a Adán? Sí. ¿Acaso no tienes deseos de abrazarlo y sentir que sus manos acarician tu cuerpo? Sí. Este deseo, esta pasión, te las hinco Dios, por lo tanto, son sentimientos divinos. ¿Entiendes? Sí. ¡Va, entonces, entrégale esta manzana y disfruten ambos de su pulpa!”
La mujer miel empalagosa viene de la madre primigenia. Posee los mismos saberes, los mismos misterios. Tiende sus redes para atrapar a las moscas que pululan por todas las carnicerías del mundo.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: Mujeres que hablan con señas, y Mujeres que, sin señas, ¡hablan!

jueves, 29 de agosto de 2019

CARTA A MARIANA, CON CARTA DE DERECHOS




Querida Mariana: En la preparatoria conocí detalles de la Carta de la Declaración de los Derechos Humanos. Uf, te hablo de los años setenta. Desde entonces sé que la ONU, en 1948, en la maravillosa París, dio a conocer treinta artículos, que firmaron los países pertenecientes a la Organización, donde están consignados los derechos universales. Recuerdo que uno de los artículos menciona que cualquier ser humano tiene el derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país. No obstante, hay países en los que tal derecho no se cumple. Leo a Leonardo Padura, escritor cubano, y me entero lo que medio mundo sabe: los cubanos no pueden salir libremente de su país, se trepan en una balsa y ¡huyen de su país!
Digo esto, porque el tema de los Derechos Humanos es un tema complejo y vigente. No todo mundo tiene conocimiento de ello. Es una pena, porque, nos han dicho los expertos: Los que no conocen sus derechos no saben si éstos son violentados. ¿A qué tengo derecho como ser humano? Yo, me declaro ignorante en la materia.
Por esto, es motivo de júbilo el hecho de que en la Universidad Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar, de nuestro pueblo, el 23 de agosto pasado se haya inaugurado el Diplomado en Derechos Humanos para Organizaciones Sociales, Campesinas y Líderes Comunitarios. Privilegio para Comitán que fue sede de un acto que se realizó en sólo cinco sedes más del país: Culiacán, Sinaloa; Chilpancingo, Guerrero; Coyoacán, Ciudad de México; Chihuahua, Chihuahua; y Mérida, Yucatán. El acto inaugural fue de vital trascendencia. Todas las sedes mencionadas se conectaron en línea, en vivo, a las cinco de la tarde, para presenciar la ceremonia donde la maestra Leticia Cano Soriano, directora de la Escuela de Trabajo Social, de la UNAM, y el Maestro Raúl González Pérez, presidente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, hicieron la declaratoria inaugural de este diplomado, en la Ciudad de México. Fue especialmente emotivo el momento en que la maestra Cano Soriano mencionó a Comitán como una de las sedes y envió saludos a los estudiantes asistentes y al maestro José Hugo Campos Guillén. Imagino que como sucedió en las demás sedes del país, acá, en el auditorio de la universidad, los más de cincuenta asistentes aplaudieron emocionados. Sí, hubo emoción, porque los asistentes están inscritos a un diplomado que, con duración de ciento veinte horas, les permitirá profundizar en el conocimiento de los Derechos Humanos, para que, como dijo la maestra Soriano, en su mensaje, los asistentes se formen “como defensores de los derechos humanos.”
El diplomado es gratuito y está avalado por la Comisión Nacional de los Derechos Humanos; la Escuela Nacional de Trabajo Social, de la UNAM; y la Red Nacional de Instituciones de Educación Superior en Trabajo Social, institución a la que pertenece la Universidad Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar. La unión de instituciones tan prestigiosas ayuda a entendernos más como sociedad.
A la hora que el presidente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos hizo uso de la palabra envió saludos a la maestra Yolanda Pérez Lara, quien es coordinadora en Comitán, de este diplomado.
Los más de treinta alumnos que se inscribieron al diplomado llevarán nueve módulos, con una temática que resulta de lo más interesante. El primer módulo inició el mismo día de la inauguración, después del acto protocolario, los estudiantes se dirigieron al aula virtual “José Armando Gordillo Mandujano”, donde la licenciada Brenda J. Velasco Pérez (de la CNDH) impartió la clase magistral: Enfoque de Derechos Humanos.
Posdata: En el mensaje del maestro José Hugo Campos Guillén resaltó una frase que sintetizó la importancia de este diplomado: “No pueden existir derechos de conveniencia.”
Así es. Yo aprendí en la preparatoria que los derechos humanos son universales y ellos deben salvaguardarse para la sana convivencia. Aprendí que todos los seres humanos tienen el derecho de salir y entrar a su país con total libertad, y que el desplazamiento debe ser de manera segura. ¡Uf!

miércoles, 28 de agosto de 2019

CARTA A MARIANA, CON UNA CELEBRACIÓN




Querida Mariana: Hoy es 28 de agosto. Comitán celebra tres actos importantes, el primero es el inicio del movimiento de independencia de Chiapas. El 28 de agosto de 1821, Fray Matías de Córdova alentó a este acto libertario. Para conmemorar dicha gesta, el 28 de agosto de 1988 se inauguró el Museo de Arte Hermila Domínguez de Castellanos, y el 28 de agosto de 1993 se inauguró el Museo Arqueológico de Comitán. ¿Mirás qué alegre?
Te mando copia de la portada de una memoria que me obsequió la licenciada Figueroa Gordillo. En este libro aparece el testimonio de la creación del museo, un museo que es uno de los más bellos del país, porque reúne una serie de piezas prehispánicas de la zona. No sé si alcanzás a ver las fotografías de portada. Son unas urnas funerarias de gran riqueza visual y conceptual.
El museo se debe, en gran parte, a las gestiones que realizó la historiadora chiapaneca y cronista de Comitán, licenciada María Trinidad Pulido Solís.
La historia de la creación del museo es apasionante, es muestra de vida y de compromiso. Tomo datos de esta memoria y los comparto con vos, porque pienso que es fundamental conocer algo de su gestación. Dice la memoria que en 1970 comenzaron los trabajos de limpieza de la zona arqueológica de Chinkultic, por personal del INAH e investigadores de la Universidad de Milwokin, Estados Unidos (¿Milwokin? Así dice la memoria, pienso que ya está castellanizado, pero bueno, paso el dato como está consignado. Debe ser University Milwaukee. En fin.) La cosa está en que tiempo más tarde el arqueólogo Carlos Navarrete inicia el Proyecto Chinkultic. Navarrete, vos sabés, anduvo por Comitán hace diez o quince días, él mismo se definió como “El guatemalteco de la arqueología mexicana”. Bueno, pues, derivado del proyecto Chinkultic, Navarrete, en 1975, dejó un lote de piezas que había rescatado en la “Cueva de los Andasolos”, del municipio de La Trinitaria. Piezas de una belleza excelsa y que ahora se pueden ver en el museo.
A finales de 1982, María Trinidad Pulido Solís y Jorge Pineda Martínez son comisionados para Chiapas. Jorge es nombrado custodio de la zona de Chinkultic y María Trinidad se hace cargo de la oficina en Comitán, pero como no hay oficina, platica con el maestro Jorge Melgar Durán, en ese tiempo director de la Casa de la Cultura, de Comitán, quien le brinda un espacio pequeño dentro de las instalaciones. María Trinidad cuenta que estuvo en ese espacio, de 1983 a 1985. Ahí montó unos anaqueles para exhibir las piezas que Navarrete había dejado.
Cuando el maestro Melgar vio las piezas le preguntó a la historiadora qué debía hacerse para que Comitán tuviera un museo arqueológico. María Trinidad le comentó que el presidente municipal debía hacer gestiones ante el INAH. Así que el maestro Melgar contagió con su entusiasmo al presidente de aquel entonces, el licenciado Gonzalo Enrique Ruiz Albores, quien, amante de la cultura, realizó las gestiones pertinentes. El gobernador General Absalón Castellanos Domínguez autorizó la realización del museo. Como bien dice María Trinidad, lamentablemente, el licenciado Ruiz Albores ya no vio realizada su gestión, porque perdió la vida en un accidente automovilístico. Pero hoy, a 36 años de la inauguración del museo arqueológico, va un emocionado recuerdo en su memoria.
El museo se inauguró el 28 de agosto de 1983. Acudió el gobernador de ese tiempo, Elmar Setzer Marseille, quien fue acompañado por el ingeniero Javier Utrilla Alvarado, presidente municipal de Comitán. También acudió el doctor Andrés Fábregas Puig, que en ese momento dirigía el Instituto Chiapaneco de Cultura, pero que, cuando iniciaron las gestiones para la construcción del museo, era el director del INAH-Chiapas.
Posdata: Termino esta carta con un dato curioso. Fijate que entré a la página oficial del INAH, a nivel federal, y ahí dice que el pórtico del edificio donde se encuentra el museo, y que fue el edificio donde una catazumba de muchachitos estudió su primaria en la llamada Escuela Federal, es un ejemplo de “versión provinciana de Art Decó”. ¡Cierto! Me paré frente a la fachada del edificio y miré que tiene mucha semejanza con el edificio de la Lotería Nacional y con el edificio de Sears (que está frente al Palacio de las Bellas Artes) de la Ciudad de México, y que son obras art decó de nuestro país. ¡Pucha, art decó en Comitán! ¡Nadita!

martes, 27 de agosto de 2019

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA DEL DÍA QUE EL POETA LLEGÓ A COMITÁN EN COMPAÑÍA DE SU ABUELA




Querida Mariana: El poeta Fernando Trejo estuvo en Comitán. Él presentó su libro “La abuela está en la casa porque he visto su voz”, poemario con el que obtuvo el XVI premio nacional de poesía Alonso Vidal.
Por lo regular, los escritores llegan al pueblo y realizan una presentación. Fer no siguió la costumbre y realizó tres presentaciones. Sí, ¡tres presentaciones en un mismo día! Se trataba de aprovechar su presencia en el pueblo; se trataba de sembrar en varias parcelas.
Fer se aventó una seguidoña de presentaciones. Estuvo en el Instituto Tecnológico de Comitán, acudió a la comunidad que se llama La Floresta y, a las tres de la tarde, estuvo en el cabildo del ayuntamiento comiteco; es decir, bajita la mano presentó su libro ante una audiencia de más de trescientas personas.
Si las dos presentaciones posteriores fueron como la que tuvo en el Tecnológico puedo asegurar que cautivó a las audiencias, porque estuve en la primera presentación, a las once de la mañana, y constaté que su charla atrapó la atención de los jóvenes, como pocas veces he visto que algún autor lo logre. Vos sabés que las presentaciones son muy riesgosas, porque en la mayoría de éstas, quienes están en la mesa de honor hablan de algo que la audiencia desconoce. Fer, muy hábil, contó algo que está en el imaginario de todos, como si fuese un abuelo (un abuelo jovencísimo) contó algo que tiene mucho que ver con un tema que seduce a las audiencias: experiencias paranormales.
Fer contó el origen del libro. Tal como lo expresa el título, la raíz de la creación está en el árbol que fue, ¡que es!, su abuela. Hace poco tiempo falleció la abuela de Fer, pero su abuela no está ausente, al contrario, ella sigue en casa porque en casa “han visto su voz”.
Los universitarios estaban al filo de la butaca, pendientísimos de lo que el poeta contaba, porque esa mañana, el poeta casi casi se volvió el narrador que también es, el director de cine que es, el actor que es, y comenzó diciendo que él, estudioso del fenómeno paranormal, ha deseado tener una experiencia sobrenatural. Como comprenderás, el tema jaló a los muchachos de manera inmediata. ¿Una experiencia sobrenatural? Sí, dijo Fer, y con gran pericia narrativa contó que, mientras escribía el libro, algo extraño sucedía en su casa. Contó su intimidad, dijo que él y su esposa duermen en recámaras separadas, ella duerme con la hija de ambos (Isabela) y él duerme con el hijo de ambos (Iñaki). Una noche, Fer escuchó que alguien caminaba en el pasillo, dedujo que su esposa iba al baño. A la hora del desayuno lo comentó. Su esposa, sorprendida, dijo que ¡no!, que ella no se había levantado en toda la noche, que (a la misma hora) había escuchado pasos y pensó que Fer era quien había ido al baño. Se quedaron viendo como si volvieran a escuchar los pasos con la certeza de que no hay nadie más en casa.
Como podés imaginar, los muchachos universitarios estaban atentos. Fer, desde el principio, los había cautivado con el tema. ¿Qué había sucedido esa noche? Fer dio más. Dijo que colocó una lata con cemento en la puerta principal para atrancarla. Y lo que sucedió fue que…
Sí, una presencia andaba en casa. ¿La abuela? Sí, sin duda, porque un día, mientras él escribe, llega Iñaki a la puerta y le dice “Papi, papi”, pero él lo ignora, porque está trabajando; Iñaki insiste y Fer deja de trabajar, porque su hijo agrega al insistente ¡papi, papi!, algo que lo conmueve. Su hijo le dice: “Tengo miedo”. Se levanta, van a la recámara e Iñaki le dice: “Papi, acá está la abuela”. Fer desea parecer natural y pregunta por qué dice eso el niño y éste dice: “He visto su voz”. El poeta ve que la fotografía de la abuela está en el piso, en el centro de la recámara.
El poeta ha buscado con denuedo tener una experiencia sobrenatural. ¡Nunca la ha tenido! Son otros los que le han tomado la mano y le han dicho que no está equivocado, que ¡es cierto!, hay algo más.
Fernando Trejo tuvo el tino de no leer poema alguno. Se hubiese quebrado el hilo de conexión que había logrado amarrar con su audiencia. El cierre de oro fue una interpretación musical de su amigo, casi hermano, César Gandy (destacado trovador chiapaneco), quien musicalizó un soneto escrito por Fer.
Posdata: Fer hincó el gusanito de la duda. Varios muchachos hicieron comentarios y preguntas y ellos recibieron un ejemplar del libro, como obsequio. Al final, el universitario Noé Gordillo, estudiante de Ingeniería en Gestión Empresarial, pidió que Fer resumiera en tres palabras su libro. El poeta titubeó tantito, era una pregunta inusual, al final dijo: “Te extraño, abuela”, y con ello sintetizó ese pasillo donde lo paranormal se volvió normal. Fer estuvo en Comitán y trajo a su abuela con él y toda la audiencia la vio, porque vio su voz.

lunes, 26 de agosto de 2019

CARTA A MARIANA, CON INTERROGANTES Y CERTEZAS




Querida Mariana: Puede ser. No estoy seguro, pero puede ser. Puede ser que haya muchachos que quieren leer y no tienen las herramientas a su alcance.
El otro día escuché algo muy sensato. El poeta Fernando Trejo recomendó a alumnos universitarios que se acercaran a antologías de poesía, que les dieran una vueltita y si hallaban algún creador que llamara su atención consiguieran un libro de dicho autor. Me pareció una recomendación muy certera. ¡Claro! Mientras escuchaba esa sugerencia pensé en un mercado de frutos expuestos en exhibidores, muy ordenados. Los compradores llegan y caminan por los pasillos donde hay manzanas, plátanos, fresas, zapotes negros, duraznos, mangos, piñas, sandías, cocos y chulules (que, vos sabés, es una fruta que sólo se encuentra por estas regiones, y es riquísima.) Sé que en este instante vos estás agregando una de las frutas que te gusta (¿mamey? ¿chicozapote? ¿mandarina? ¿papaya? ¿melón? ¿naranja? ¿moras? ¿frambuesas? ¿kiwis? ¿guanábanas?), porque todo mundo tiene gustos diferentes. Por esto, porque sabemos cuál es la esencia diversa de la condición humana, digo que me gustó la propuesta de Fer. Así como hay frutas que nos encanta comer (y otras no tanto), así hay lecturas que son para nosotros. Los lectores experimentados dicen que lo son, porque, de niños, hallaron libros que les gustaron, que parecían escritos especialmente para ellos. Los lectores experimentados aseguran que los maestros dictatoriales que obligan a leer libros a los estudiantes provocan aversión a la lectura. Lo ideal sería colocar una serie de libros (un bonche) sobre una mesa, para que, como en el mercado de frutas, el niño pruebe uno y otro y otro, hasta que encuentre el sabor que le provoca placer.
Ahora, en todo el país hay un gran movimiento de fomento a la lectura. En Chiapas, el otro día, con la presencia del gobernador, se instauró el Consejo de Fomento a la Lectura, que preside el admirado poeta chiapaneco Óscar Oliva. Medio mundo espera que las estrategias sean, ¡ahora sí!, las adecuadas, y digo esto porque han existido muchas campañas de lectura que han sido poco efectivas. ¿Recordás los tiempos de Vicente Fox en que se echó a volar la campaña: México, un país de lectores? Dicha campaña fracasó, porque es imposible que todo el país lea; así como es imposible que México sea un país de futbolistas o México sea un país de cinéfilos.
La estrategia estaría encaminada a aquéllos, que como dije al principio de esta carta, quieran leer y no tengan las herramientas necesarias. Y digo esto, porque el otro día, en el ciclo de charlas acerca de la obra de Rosario Castellanos, que implementó la dirección de educación, del ayuntamiento comiteco, me tocó ir a la comunidad de La Floresta. ¿Recordás cuál es? Es la comunidad que se ve hacia abajo, pasando Laguna Larga, en la carretera de Comitán a San Cristóbal de Las Casas. La comunidad está en una hondonada y posee una pequeña laguna que, ahora, ya no tiene tanta agua como tenía en los años setenta del siglo pasado. La comunidad tiene muchos árboles de durazno y pera, que en esta temporada están llenos de frutos.
Estuve en el gimnasio. Antes de la charla me atreví a tomar el balón para encestarlo. ¡Ay, señor! De cuatro intentos, sólo en uno alcancé a hacer llegar el balón al tablero. ¿Mirás? No se trata de ver si encesto, se trata de ver si, a mi edad, logro hacer llegar el balón cerca del aro. ¡Lo dicho! México no puede ser un país de basquetbolistas.
¿Qué hice entonces en la charla? Llegué ante el grupo de muchachos del COBACH y, como si fuera el marchante del frutero, les expuse un poco del sabor del teatro de Rosario, un poco de su poesía, un poco de su narrativa. ¿Les gustó algo? Bueno, entonces ¡lléguenle! Su vida se transformará si consumen esos frutos, que no son del árbol del bien y del mal, sino provenientes del árbol de la inteligencia, del árbol que alimenta la imaginación.
¿Qué hacen esos muchachos que, en La Floresta, desean leer? Digo que la comunidad está en una hondonada. Difícilmente tienen acceso a la Red; difícilmente hallarán esa variedad de frutos que es necesario mostrar para alimentar el deseo.
No estoy seguro, pero puede ser, que ellos sí tengan deseos de leer, pero las herramientas de la lectura son escasas en sus comunidades. ¿Qué hacer? Espero que la estrategia de fomento a la lectura que se promueve desde los tres niveles de gobierno del país, contemple respuesta óptima a todos los inconvenientes; que, así como es deseo del presidente de la república dotar del servicio de Internet a todas las comunidades del país, así existan mercados donde se expongan todos los frutos de la inteligencia, para que los niños y jóvenes elijan y los muerdan hasta mancharse la camisa o la blusa.
Posdata: Nosotros hacemos nuestro esfuerzo. Les llevamos un gajo de Rosario y luego, entre los diez muchachos que lo pidieron, entregamos a cada uno un ejemplar de la revista ARENILLA y un ejemplar del cuentito “El osito que volaba”, de la Fundación Alexandra del Castillo Castellanos. Si uno o dos lectores encuentran un fruto rico que los motive a buscar más ¡habremos cumplido con nuestra conciencia y con la patria!