sábado, 15 de marzo de 2008

¡Un salado en cada Hugo te dio!


¡Qué pena!
Qué pena por los millones de aficionados mexicanos. Qué pena por esos fanáticos que ponen sus ilusiones en las patas de los seleccionados mexicanos.
A mí me gusta ver el fútbol, por todo lo que encierra. Hay ocasiones que, en lugar de ver la cancha, veo la tribuna. Me parece mágico todo lo que mueve un simple juego.
¡Qué pena!
Qué pena por los aficionados que ahora le piden a la virgencita haga el prodigio de que México pase aunque sea de panzazo. Qué pena que ahora ya no sólo los EUA tunden a México, sino también Guatemala.
El día que nombraron a Hugo como entrenador de la selección "vaticiné" el resultado. No soy mago ni experto en este deporte, pero bastaba leer cualquier libro acerca del carácter del mexicano para saber que esto iba a resultar un mal experimento. Hugo fue un triunfador como futbolista porque se sublimó de manera personal. Cuando sus compañeros iban al descanso él quedaba practicando, dando el plus. Sería necesario tener en la cancha a once jugadores con la determinación que él tuvo cuando fue jugador. ¡Imposible!
¡Sí, que corran a Hugo! ¡Que lo corran! Sólo para que los aficionados se den cuenta que otro entrenador únicamente conseguirá lo mismo. El problema no está en Hugo ni en los entrenadores que lo antecedieron ni en los que vendrán. El problema de la Selección Mexicana de Fútbol está en la idiosincracia del mexicano, en nuestra forma de ser. Por desgracia ¡muy pocos están dispuestos a dar el plus necesario para ser triunfadores!
Así somos, ¡qué le vamos a hacer!
¿No podemos ser de otra manera?
¡Qué pena!