sábado, 12 de septiembre de 2015

CARTA A MARIANA, CON AROMA A NOSTALGIA




Querida Mariana: a veces hago ejercicios memorísticos. ¿Cómo se llamaba aquella niña que fue mi vecina en los años sesenta? Recuerdo que era muy bonita, cuando reía se le hacían dos hoyitos en sus mejillas; rengueaba. Debe seguir rengueando en el pueblo donde viva actualmente. Recuerdo que una mañana un camión de mudanza se paró frente a la casa y tres cargadores subieron mesas, sillas, armarios, cajas de madera y de cartón. Mi vecina se marchaba de Comitán. ¿A dónde iría? Le pregunté a mi mamá, pero ella no supo. Mi mamá no había hecho migas con la familia de la niña de los hoyitos. Tal vez fue una de las primeras veces que conocí la tristeza. Yo jamás había hablado con la niña, pero, todas las tardes me asomaba al balcón y pedía a Dios que me permitiera verla. En ocasiones mi petición me fue concedida. La puerta de la casa vecina se abría y la niña asomaba con una canasta de mimbre en la mano. Iba por el pan. Ella salía sola. ¿Cuántos años tenía? Tal vez cinco o seis. Yo tenía ocho. Ella cerraba la puerta y caminaba por la banqueta, rengueaba, caminaba con paso de pato, de pato feliz. Jamás la vi seria, ella sonreía siempre y en cuanto lo hacía dos hoyitos aparecían en su cara. Es lo que recuerdo de ella, que era una niña muy bonita, que yo me paraba horas y horas en el balcón para verla de lejos, de vez en vez. ¿Nunca supe cómo se llamaba? Sí, lo supe algún día, esto es lo que aún me duele. Lo supe, pero una tarde (tampoco sé por qué) mi memoria se nubló y olvidó su nombre. Ahora, qué pena, sólo puedo referirme a ella como la niña bonita de los hoyitos en las mejillas. ¿Cómo supe su nombre? Una tarde llamé a Sara y le di un billete que había robado del escritorio de mi papá. A Sara le dije que ese billete era el pago anticipado para que averiguara el nombre de la niña. Sara tomó el billete, lo metió entre sus pechos y dijo que sí, que ella averiguaría el nombre de la vecina. En cuanto cerró la puerta pensé que tal vez ella sí sabía el nombre y, en la tarde, me diría que le había costado trabajo averiguarlo, pero que ya lo tenía y me diría el nombre de la niña bonita. En la tarde, Sara tocó la puerta de mi cuarto, entró y dijo que ya sabía el nombre, se acercó, me puso una mano en mi oído y, con voz bajísima, me dijo cómo se llamaba la niña. Yo sonreí. Sara, en el mismo tono de voz, dijo que para conseguir la información había dado el billete, ¿podía darle otro para ella? Dije que sí, que el domingo le daría mi gasto. Caro me salió el descubrimiento y ahora, cincuenta años después, ¡no recuerdo el nombre! Vos sabés, mi niña, que mi memoria es endeble, pero no tanto. ¿Cómo es posible olvidar el nombre de una niña que me gustaba? Recuerdo que, en un cuaderno, con letra pequeña, escribía su nombre, una y otra vez, lo repintaba, le ponía colores. ¿Cómo entonces lo olvidé? Tal vez, ahora lo pienso, fue porque Sara me lo dijo en voz casi inaudible, tal vez por eso su nombre se fue deslavando con el tiempo.
Por eso, querida Mariana, el otro día algo se me trabó en la garganta y sentí un asfixio pero lleno de colores, como si un arco iris se derramara sobre mi corazón. Un amigo me invitó a casa de su papá, me senté en un sillón en la sala, mientras una muchacha de la servidumbre me servía un vaso de limonada. Platicábamos, mi amigo y yo. Las paredes de la casa están llenas de fotografías en color sepia, con marcos dorados, a la usanza comiteca. El papá de mi amigo entró (él tiene más de ochenta y cinco años), caminó con paso cansino y, viendo a mi amigo, preguntó: “¿Dónde está mi mamá?”, mi amigo dijo que se estaba bañando. Dudé si había escuchado bien, ¿de verdad había dicho “mi mamá”? Mi amigo dijo que sí, que yo había escuchado bien. Su papá busca a su mamá (ya fallecida hace quién sabe cuántos años). Dios mío, al señor lo vi como un pichito, con aflicción, buscando a su mamá. Mi amigo dice que es su mayor obsesión. Cuando supo que ella estaba bañándose se tranquilizó, pero siguió caminando, con rumbo al patio, tal vez en donde está el baño de la casa. Mi amigo me confió que la búsqueda va más allá, me dijo que el otro día le pidió que lo llevara a la Cristóbal Colón, quería comprar un boleto para viajar a Comitán, porque quería ir a ver a su mamá. ¿Mirás qué belleza? Como en su casa no encuentra a su mamá, tal vez cree que él vive en otra ciudad y desea ir a Comitán para regresar a su casa y hallar a su mamá y abrazarla y platicar con ella, sentados en el corredor, tomando una taza de café, acompañada con una rosquilla chuja. Dios mío, mi corazón se puso como ciruela pasa. Mi amigo dice que su papá tiene más de ochenta y cinco años, casi noventa o más, pero yo lo vi como si fuese un niño de cinco; un niño de cinco que quedó solo en casa y ve que su mamá no regresa y la busca por todos los cuartos y no la encuentra, porque, ¡Dios mío!, el niño no lo sabe, pero ella no volverá. ¿Cómo recuerda el rostro de su mamá este niño de más de ochenta y cinco años de edad?
Pero hay más historias en este mundo de Comitán. Historias que tienen que ver con esa cuerda que siempre se enreda en nuestra garganta y que nos oprime el corazón. La nostalgia por lo perdido hace que la memoria se convierta en ese animalito que se llama cuyo y que se sube a una rueda giratoria y da vueltas y vueltas sin descanso. Mi memoria es así, estoy como cuyo dando vueltas y vueltas y no logro aprehender rostros y actitudes de mi infancia. Todo aparece envuelto como en una niebla. Estoy seguro que si lograra pasar del otro lado de esa capa todo sería tan claro y tan diáfano, pero no alcanzo a traspasar y las imágenes son borrosas. ¡Ay, yo supe un día cuál era el nombre de esa niña de hoyitos y hoy no logro pepenarlo!
Y digo que hay más historias sublimes que tienen que ver con el recuerdo y con la aprehensión de imágenes. La otra tarde, estaba en la entrada del auditorio del Centro Cultural y me puse a platicar con la mamá de un amigo. Ella es una mujer bondadosa, con un gran ánimo y un carácter de lorito, porque pareciera pasar de una rama a otra con gran alegría. Una alegría opacada por un reciente suceso: no hace mucho falleció su compañero de vida. Me quedé mudo cuando ella me dijo que escribe cartas a su esposo desaparecido, dijo que en la noche, después que echó llave a la puerta de calle, que tapó la jaula de la cotorra y rezó sus oraciones, saca un cuaderno del buró y le escribe cartas a su difunto amado. Me dijo que le cuenta cómo le fue en el día, narra los sucesos más importantes del pueblo, le confía sus alegrías y desesperanzas, haciendo énfasis en las primeras. Me dijo que, con letra manuscrita y pluma de tinta negra, le cuenta cómo están las vidas de sus hijos. Le dice que se alegraría si supiera que fulanito logró tal hazaña y ella, llena de optimismo, le promete que seguirá velando por ellos, como si él estuviese todavía en casa. Mucho de lo que hace lo hace en nombre de su compañero difunto. Mientras me lo contaba, pensé que era bueno que lo escribiera. Es muy conocido aquel proverbio que dice: “Lo oral vuela, lo escrito permanece”. Ella todo lo fija en su cuaderno, con hojas de rayas. Ahí está su vida compartida. A la hora que escribe es como si tomara de la mano a su compañero y lo invitara, como lo hizo tantas veces cuando él vivía, a caminar juntos ese sendero que se llama vida.
Yo escribí muchas veces el nombre de la niña. Igual que la mamá de mi amigo, en la noche, ya a la hora que la casa estaba en silencio, a la hora en que sólo un grillo se asomaba en una hendija, sacaba la libreta que tenía guardada bajo llave en la gaveta y, alumbrado con la lámpara del buró, escribía su nombre. Lo hacía con cuidado, intentaba que el nombre quedara lindo. Una vez escrito el nombre lo repintaba una y otra vez, hasta que el nombre tomaba un relieve y era como una marquesina anunciando el nombre de la actriz principal. Y delimitaba el nombre con un rectángulo, a manera de marquesina, y en todo el borde pintaba puntitos con destellos, simulando lámparas. Y pensaba que si ella, la niña bonita, viera su nombre en mi cuaderno, sonreiría y en su carita se le harían los dos hoyitos que siempre aparecían cuando ella estaba contenta, y siempre estaba contenta, por eso, cuando la veía caminar, yo también sonreía al verla rengueando, con su pasito de pato.
La quise mucho. ¿Por qué entonces no recuerdo su nombre? ¿Por qué no lo grabé en mi memoria si lo escribí tantas veces? Tal vez me equivoqué y hay situaciones en la vida en que no bastan las hojas de los cuadernos, tal vez los seres humanos debemos grabar, con cincel, los actos más sublimes en otra superficie. Tal vez no tuve la suficiente pasión para bordar su nombre en la orilla de mi corazón. Algo me faltó. Sé que tengo una memoria de pumpo, pero esto no justifica este olvido. Sé en dónde estaba cuando ocurrió el temblor de la ciudad de México, en el año 1985; sé qué hacía cuando cayeron las Torres Gemelas, de Nueva York.

Posdata: los sucesos brutales e inesperados que nos ocurren no los olvidamos jamás. Los momentos sublimes también los grabamos para siempre. ¿Por qué entonces no recuerdo el nombre de aquella niña? ¿Por qué, Dios mío, a veces soy como el papá de mi amigo y busco en todos los cuartos de la casa?