miércoles, 2 de septiembre de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA CON ESCENA INOCENTE




No lo es tanto. Fue la tarde de presentación de un libro. La imagen pareciera cándida. Al fondo se ve un mural, una mesa con mantel azul donde estuvieron los presentadores; más cerca la cabellera de una señora con blusa negra y, en primer plano, las manos de un niño y el hombro y cuello de su mamá. ¿Qué tiene el niño en las manos? ¡Un par de soldados de plástico, de color verde bandera! Uno de los soldaditos tiene una bandera y el otro porta un fusil. A la hora que comenzó la presentación del libro, el niño (en automático) sacó los dos soldaditos de las bolsas de su pantalón. El primer soldado fue el de la bandera, el niño se hincó, colocó el soldadito en la base de la silla y, como si pidiese permiso al Jefe de las Fuerzas Armadas, llevó su mano derecha a la frente e hizo el saludo militar. Luego, en movimiento impensado, tomó los dos soldados y los subió al hombro de su mamá y ahí jugó. La mamá se sorprendió al principio, volvió la mirada hacia donde su hijo jugaba con los soldaditos, pero luego regresó su mirada hacia el frente donde estaban los ponentes y siguió escuchando. La mamá vio al frente, sin imaginar que el frente verdadero, el frente de batalla, estaba en su hombro izquierdo.
La escena parece inocente, pero no lo es. Tiene de origen, una cierta malicia. El niño no hace más que repetir paradigmas. Juega a la guerra. Claro, es preferible que los niños del mundo jueguen a la guerra a que estén inmersos en ella, como sí sucede con los niños de países donde hay conflictos bélicos. Pero lo ideal sería que los juegos de los niños fuesen otros, que, por ejemplo, jugaran a la paz, pero ¿cómo se juega a la paz? ¿Cómo la paz se convierte en un juego tan atractivo como el juego de la guerra en donde se trata de exterminar al enemigo?
Acá, el niño (en voz baja) imitaba el sonido de metralletas; de vez en vez, los soldados avanzaban y disparaban hacia abajo, hacia donde el enemigo estaba oculto, también disparando. ¡Trrrr trrrr trrrr!, decía el niño y sonreía cada que los soldados enemigos caían abatidos.
Yolanda me dijo una tarde que el mundo será mejor el día que las mujeres gobiernen en todos los países. Hizo la comparación de los juegos de los niños con respecto a los juegos de las niñas. Dijo que ellas juegan a la comidita, a las muñecas y a saltar la cuerda; mientras los niños juegan a la guerra, a indios y vaqueros y a trepar a los árboles. Las niñas reciben muñecas en diciembre y los niños ¡pistolas!
Por eso, esta imagen tierna, donde un niño juega en el hombro de su mamá no es tan inocente. Pero el niño no tiene la culpa, sólo repite paradigmas.
El tío Armando fue un hombre pacifista, por eso, cuando nos regaló presentes en navidad, siempre regaló libros y carritos. Siempre buscó que los libros llevaran imágenes sin violencia y contaran historias bellas donde los valores estuvieran por encima de todo lo demás. Pobre el tío Armando, decía Marina, cuando miraba que la sobrinada prefería los aviones y pistolas que eran los obsequios preferidos de los demás tíos y dejaban tirados los libros que él nos obsequiaba.
Mientras en la mesa de honor, una señora leía un poema, el niño jugaba a la guerra en el hombro de su mamá. La imagen, vista así a distancia, es una imagen bella. El niño jugaba y la mamá lo toleraba. Se veía que ella estaba contenta por tener cerca al hijo y éste también disfrutaba la compañía de su mamá, porque había elegido su hombro para edificar su fortaleza. Pobre el enemigo, qué esfuerzos para tratar de llegar y asaltar el fuerte donde los soldados estaban protegidos.
Trrrr, trrrr, trrrrr, decía el niño en voz baja y yo pensaba en todos los soldados enemigos que, escalando por los pechos de la mamá, caían muertos. Después de varios minutos imaginé que la falda de la mamá estaba llena de cadáveres, decenas de cadáveres que habían caído bajo los disparos de la metralleta de dos valientes soldados, vestidos con uniformes verde bandera.
Cuando la presentación terminó, el niño guardó los dos soldaditos y la mamá, en acto reflejo, desarrugó el frente de su falda. Yo supuse que estaba tirando los cadáveres. Ninguno de los asistentes se dio cuenta que decenas de soldados enemigos quedaron tirados sobre ese campo donde se presentó un libro. Sólo el niño (y ahora los lectores de este textillo) saben que esa tarde un par de valientes soldados defendió el honor de la patria, un poco como para reafirmar ese verso que dice: “un soldado en cada hijo te dio”. Uf. ¿Cómo se juega a la paz?