sábado, 17 de noviembre de 2018

CARTA A MARIANA, CON UN ALTAR COMITECO





Querida Mariana: A principios del mes de noviembre, como en todo México, en Comitán hicimos altares para honrar a nuestros difuntos.
Mientras escribo esta Arenilla escucho “Let her go”, una canción de Passenger, de 2012. Let her go, en una traducción así medio estilo panzazo diría “Déjala ir o la dejaste ir”.
Digo que la canción que escucho la grabaron en 2012, hace apenas seis años. Perdón, esto que digo es sólo para reafirmar que vivo, igual que vos, en el Siglo XXI. Pero yo nací en el siglo XX (bueno, igual que vos, pero yo nací en 1957, mientras vos no eras ni anteproyecto de vida). Crecí y viví de niño los años sesenta (ya lo he dicho hasta la saciedad) en una casa a media cuadra del parque central.
Esa casa grandísima (de cuatro corredores) tenía muchos cuartos, un zaguán, corredores, patio central, un baño y un sitio, sitio en el que había árboles y conejos y gallinas y gallos (un gallo blanco, jodón, que siempre que pasaba frente a él quería picotearme). Había tantos cuartos que uno de ellos era usado, como era costumbre antigua, como oratorio, espacio especial para colocar imágenes de santos y vírgenes, y reclinatorios para rezar el rosario. Si ahora me dijeras que eligiera mi cuarto preferido tendría tres opciones: la sala (lugar en el que estaba la radiola y la consola, y en la que escuchaba la XEW o música francesa con acordeón en los discos que conservaba mi papá), mi recámara (lugar en el que, en tardes lluviosas, colocaba sillas a la mitad del cuarto y hacía una especie de tienda de campaña donde jugaba con mis muñecos y carros), y el oratorio (lugar en el que pasaba a persignarme cada vez que salía a la calle, tal como me había enseñado mi abuelita Esperanza).
En muchas casas comitecas había oratorios, espacios especiales para hincarse y botar los fantasmas que se empecinaban en trepar a la espalda. Ahora ya no es costumbre tener esos espacios. ¡Es una pena! Es una pena por todo lo que significa: porque ya no hay lugares en donde botar la basura espiritual y porque se perdió un lugar que, con su penumbra y con la luz ambarina de las velas, provocaba un estado armonioso. ¿Qué le pasó al altar permanente? ¿En qué momento el alma comiteca, como dicta el grupo musical Passenger, “la dejamos ir”? ¿Por qué?
El arquitecto Gómez me explicó que un urbanista puede hallar coincidencias en la traza de las casas y la ciudad; es decir, hallar puntos de contacto entre lo particular y lo general. Me dijo que los horribles dobles pisos en la Ciudad de México no es más que una consecuencia lógica de los edificios de departamentos. Cuando la ciudad levanta edificios de más de diez pisos, las calles y avenidas parecen volverse aves y mueven las alas y sueñan con levantar el vuelo. ¡Dios mío!
Un día, nosotros en Comitán comenzamos a construir residencias de dos pisos y luego edificios de departamentos. Dejamos de asentar los pies sobre la tierra y tuvimos pretensiones de gran ciudad. Olvidamos que nos llamábamos Comitán y no remedo de la Ciudad de México. Con eso desaparecieron los sitios llenos de árboles frutales, lugares donde los niños de los años sesenta construimos maravillosos universos; con eso desaparecieron los corredores y ya no tuvimos esos pisos de ladrillo que se humedecían todas las mañanas (con esto desapareció también ese aroma de barro mojado, tan lleno de recuerdos); con eso, ¡oh, Dios querido!, desaparecieron los oratorios. ¿En dónde oran ahora las nuevas generaciones? ¿Cuál es su altar? Ahora, insisto, como en todo México, el 31 de octubre y el uno de noviembre hacemos altares momentáneos. Buscamos una mesa, le colgamos un mantel (a veces todo arrugado), colocamos dos o tres imágenes (bien puede ser el cristo crucificado y su madre o San Juditas o Tata Caralampio, que nos es tan querido), las fotos de los difuntitos y llenamos el espacio con cigarros, platos con mole, olla podrida, nuégados, chimbos y una botella de trago (desde Charrito pasando por el Tequila Herradura hasta llegar a una botella de güisqui. No he visto en los últimos tiempos una botella de coñac. Hasta en esto hemos perdido estilo). Para el día tres o cuatro de noviembre los altares han sido derruidos, la picota de nuestra inconformidad los ha destruido. La comida y el trago pasaron a mejor vida y reposó en la panza de los vivos muy vivos (como debe ser), las imágenes religiosas volvieron a colgarse en un pasillo, el mantel (así todo arrugado, doblado, y con manchas de mole) regresó a la gaveta oscura, y las fotos de los difuntitos volvieron al álbum lleno de polvo. Todo volverá a salir el próximo año. ¿En dónde oran ahora los jóvenes? ¿En dónde dejan por un instante el maremágnum de lo cotidiano y se dedican al galano arte de la contemplación? ¿A qué hora se sientan y ven las sombras y luces que emergen de una veladora?
Let her go. ¡Oh, qué pena! Los comitecos hemos dejado ir muchas esencias. Ese día le dije al arquitecto Gómez por qué no se comprometía a sugerir a sus clientes, a la hora de dibujar el proyecto, construir un altar en la casa nueva. ¡Ah, qué bobo sos!, me dijo y me contó que en una ocasión lo sugirió y el nuevo rico le dijo que no desperdiciaría un espacio que bien podría ser ampliación de su cantina y el arquitecto le diseñó una cantina bien bonita, bien chida, como dicen ustedes los jóvenes, bien nice.
¿Ya viste la fotografía que te anexo? ¿Te gusta? Sí, es del día en que las autoridades celebraron, en nombre de todo Comitán, el sexto aniversario del nombramiento de Comitán como Pueblo Mágico. ¿Sabías que este distintivo sólo lo tienen ciento diez ciudades más en todo el país? De miles de ciudades sólo ciento once son considerados pueblos mágicos.
Esa mañana celebratoria, las autoridades adornaron este espacio del parque central que es como un oratorio profano. Ahí está colocada una placa que da constancia del nombramiento de Pueblo Mágico y hay una escultura que se llama Día Marcado, realizada por el escultor Luis Aguilar y que alude a la más íntima identidad cultural de nuestro pueblo que, pícaro, imaginativo, creativo, genial, la bautizó como “Las Lolas”, porque muestra dos mujeres, una delgada y otra rolliza. Los comitecos saben que aluden a Lolita Guillén (quien fue secretaria municipal durante varias gestiones administrativas y siempre cumplió con responsabilidad su encargo y estuvo pendientísima de que el bulevar estuviera siempre atendido con cuidado) y a Lolita Albores (la recordada cronista vitalicia que siempre tuvo en su mano la esencia de este pueblo arrecho). Y digo que la escultura de Luis muestra un elemento esencial de Comitán, porque ahí están dos mujeres de esta región, una carga un cántaro y la otra lleva sobre la cabeza un canasto. Si uno se acerca puede escuchar su cantadito que dice: “¿Merca’sté chayotíos?”
Ahí puede verse un posible rescate de oratorio, lugar profano en el que los comitecos, a diario, encomienden su destino a la luz generosa del universo, a ese aire juguetón que siempre levanta faldas de muchachas bonitas y bota los sombreros de los hombres que, como muchachitos, corren, se acuclillan, mueven los brazos, en intento de levantarlos.
Recuerdo que mi abuelita y mi mamá y mi papá y la sirvienta entraban al oratorio y limpiaban el altar, ¡todas las mañanas! Recuerdo que ellos raspaban las velas para que estuvieran como nuevas y raspaban la carpeta de plástico para retirar la cera; ahora mismo, a través de mi recuerdo, los estoy viendo colocar flores en los floreros de cristal o de metal; ahora mismo veo cómo resplandece el altar, como las imágenes parecen sonreír ante el deslumbre de tanta margarita, de tanta rosa, tanto clavel. Yo paso frente al oratorio y me detengo y recibo la luz íntima que sale de ahí y me cubre, con la misma intensidad con que sale del horno el calorcito y el aroma del pan recién hecho. ¡Ah, qué prodigio!
Todos los días colocaban flores en el altar. El día de la celebración del sexto aniversario, las autoridades, en nombre de todos los comitecos, colocaron flores en este espacio del parque central. ¿Por qué no lo hacen a diario? ¿Por qué no recuperan esa maravillosa tradición de colocar flores en los altares? La mañana que pasé por ahí me sentí muy bien. Me senté un rato y vi que las personas que ahí caminaban se detenían tantito y algo como una luz de ámbar iluminaba sus rostros y, sin duda, también sus espíritus. Los vi bajar las gradas con más armonía. ¡Es tan bonito estar en lugares limpios, en lugares con personalidad, en lugares llenos de dignidad! Es tan jodido caminar por espacios llenos de basura, de agua estancada, de huecos en el piso.
Posdata: ¿Y si adornáramos nuestra ciudad con flores? ¿Y si le regresáramos la dignidad al pueblo? Yo tengo vecinas prodigiosas que han llenado de macetas con flores las banquetas. Cuando camino por ahí siento que mi espíritu se fortalece.
¿Por qué no celebramos a diario que somos un pueblo mágico? ¿Por qué no recuperamos la tradición comiteca de celebrar la vida cada día? La canción que escucho me gusta. No dejaré ir “Let her go” ¡No! Es lo que debemos hacer los comitecos con nuestra identidad. ¡No la dejemos ir! Somos un pueblo grande, un pueblo único.