sábado, 16 de marzo de 2024

CARTA A MARIANA, CON UN RECUERDO

Querida Mariana: no resulta agradable volver con el tema de la muerte. La realidad nos abofetea cada día la certeza de que el fin es parte de la historia de los seres vivos, pero sólo los sabios reciben el final con tranquilidad. A mí me encanta hablar de la vida, disfrutar la vida de los cercanos, pero, a veces, la muerte asoma y entra a las habitaciones, con su estela de congelante, como si al entrar aventara un trozo de hielo. Falleció otro compañero de trabajo, el maestro Roberto Martín Guillén Abarca, integrante de nuestra asociación civil y subdirector del nivel de preparatoria. En cuanto se supo su fallecimiento en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, ciudad donde lo llevaron por complicaciones de diabetes, muchos paisanos manifestaron su pesar en las redes sociales. Llamó mi atención que muchos mensajes hablaban de él en su faceta de artista. Mi jefe, el maestro Huguito, representante legal de la Asociación Civil del Colegio Mariano N. Ruiz, dijo que el profesor Roberto laboró en la institución más de treinta y seis años, inició como maestro de grupo, en la primaria, luego fue nombrado director de ese nivel, y posteriormente pasó a ser director del nivel de secundaria y, en el momento de su fallecimiento, era el subdirector del nivel de preparatoria. Pero, el maestro Huguito dijo algo que corroboró lo que muchos dijeron en redes sociales, dijo que el profe Robert era un niño. La foto que anexo da muestra precisa de ello. Sí, el maestro Roberto fue un gran artista, dos de sus grandes pasiones fueron la música y el baile. La labor educativa le impidió dedicarse en forma profesional a la danza. Él no fue un gran lector, pero sí un gran promotor de la lectura con los alumnos en el aula, siempre que podía tomaba un libro y lo leía en el salón, los chicos lo estimaban, porque era muy juguetón, ¡un niño! En no pocas ocasiones, cuando la mayoría de maestros guardaba la compostura en el acto cívico, el profe Robert hacía una gracejada, como si fuese un estudiante, no podía evitarlo, fue un bromista nato. Siempre reconocí que tenía una veta especial para el humor, en dos o tres ocasiones le comenté que debía dedicarse profesionalmente a ello. Pienso que fue de las personas conocidas que poseía el don inigualable de darle vuelta a cualquier comentario para convertirlo en una gran explosión de risa, siempre le daba una torcedura graciosa, él tenía el don de iluminar la estancia donde todo era solemne. Era un niño sensacional. Claro, a veces los niños molestan los juegos de los adultos y no era bien visto, pero él no podía evitar su natural. Tal vez por esto la vida le resultó difícil, mientras los demás juegan con sus autos de verdad él jugaba con carritos de juguete. Fue un talento desperdiciado. Lo vi siempre lleno de vida arriba del escenario. Para montar coreografías se pintaba solo. Cuando era el Día del Estudiante, él, con otros compañeros de trabajo (recuerdo con afecto a la maestra Laurita, quien desgraciadamente también ya falleció) organizaban un espectáculo dedicado en forma especial, de los maestros para sus alumnos. Ah, qué lleno de vida se veía al profesor Roberto. Quedaba demostrado que lo suyo lo suyo era el reflector en el escenario, ahí estaba su mejor talento. Quienes vieron sus imitaciones recordarán una en especial, la de Juan Gabriel, fue insuperable. Al siguiente día de su fallecimiento ofrecieron una misa de cuerpo presente en el templo de San Sebastián, pero, sin duda, el acto más emotivo sucedió un día después, en el patio central del colegio, donde estuvo de alma presente. Al término del homenaje a la bandera, que se presentó con el protocolo de todos los lunes, el Maestro Huguito dio su mensaje, donde recordó a su amigo y compañero de trabajo, dijo que lo consideró como un hermano, porque el profe Rober fue hijo único y se acercó al Maestro con gran camaradería durante más de treinta años. Al término de su mensaje pidió que todos hicieran un minuto de silencio en homenaje al profesor Roberto y el instante fue impresionante. El patio, que por definición es espacio para las risas, para las bromas, para las carreras, para los gritos, se volvió una burbuja aplastante. A mí me impresionó ver cómo los chicos y chicas formaban una esfera que contuvo el vacío, sin una grieta para el sonido, fue como una inmensa carpa donde sólo aleteó el silencio. Al término, la catarsis, un minuto de aplausos. El silencio es la semilla donde crece la sabiduría y el aplauso es el río que moja las orillas de la creación. El profesor Roberto tuvo esa mañana las dos esencias que lo sostuvieron en vida. Como dijo el Maestro Huguito, el espíritu del profesor Roberto andaba revoloteando ahí, haciendo alguna broma donde los alumnos rieron. Una chica y un chico, en forma espontánea se habían acercado antes del homenaje y pidieron al director general que les permitiera decir unas palabras que habían preparado. Los chicos y chicas del salón llevaban rosas blancas que, posteriormente, dejaron en la oficina del subdirector de prepa. Así que, al término de la alocución del Maestro Huguito pasaron Víctor Hugo García Suaznávar (así, con zeta, me dijo que se escribe su apellido) y Luz Fabiola Sarmiento Vera, se colocaron frente al micrófono y leyeron los mensajes que prepararon. Luz Fabiola dijo lo siguiente: “En nombre de mi grupo 3A deseamos reconocer y honrar a nuestro estimado profesor Roberto Martín Guillén Abarca, quien dio por más de treinta años su servicio, su alma y su corazón. Siempre lo recordaremos como ese maestro juguetón, divertido, bailarín, amable y el único que no temía a reírse de sí mismo. Se ponía a empatizar con nosotros, para jugar o contar historias. Agradecemos con el alma cada una de las cosas que él nos regaló, porque aunque no fue un regalo físico, fue un regalo de su corazón. Lo recordaremos siempre con mucho cariño y al final lo que importa no son los años de la vida sino la vida de los años”. Luego tocó su turno a Víctor Hugo García Suaznávar. “Hoy es uno de los días más tristes del Colegio, por una noticia que no esperábamos recibir. ¡No podíamos creerlo! Desgraciadamente, nuestro profe Rober se nos adelantó de esta vida. Él fue para todos un gran amigo, que diariamente nos dio su bienvenida al Colegio, su cariño, sus consejos. Nos enseñó a ser más fuertes. “Ahora ya no está tu cuerpo presente entre nosotros, pero tu espíritu estará en cada uno de nosotros y en nuestros corazones. Sé que en el cielo estarás en los brazos de tu mamá. Sólo Dios sabe por qué te llevó. Nos dolerá no verte, contar tus chistes, que nos hacía sacar una sonrisa. Profe Rober, mis lágrimas dicen lo que mis palabras no pueden. Mucha luz en tu camino, querido profe Rober. Descansa en paz”. Muchas palabras se dijeron ante la noticia, pero, no sé, tal vez las más luminosas, las más sensibles, fueron las que estos chicos dijeron, que fueron motivadas con la misma sencillez que el aire. Cuando alguien fallece siempre aparece el sentimiento de no haber expresado todo en vida. En los discos pícaros de Doña Lolita Albores hay una anécdota simpática que da cuenta de esta eventualidad de la vida: en el radio dan una nota luctuosa y una señora comenta que a la difunta le hubiera gustado escuchar su nombre. Al maestro Roberto, sin duda, le habría gustado ver todas las manifestaciones de cariño por su labor educativa, y, sobre todo, por su labor creativa. Fue un gran artista, bien pudo brillar en escenarios de todo el mundo, su genio era especial, poseía dones muy personales. Posdata: alguien me comentó en el WhatsApp que esperaba la Arenilla que le dedicaría al profesor Roberto. Ay, querida niña. Estas encomiendas no son gratas. Me encanta celebrar la vida, a mí me da escozor conmemorar a la muerte; me fascina escribir sobre las líneas luminosas, no sobre las tenebrosas. Pero, bueno, la vida (lo sabemos) está hecha de ambas sustancias. Tal vez reflexionar en el fin ayude a valorar más el instante donde los corazones siguen pedaleando la bicicleta de la vida. Sí, querida mía, la vida es un parpadeo. ¡Tzatz Comitán!