viernes, 30 de mayo de 2014

POR TODOS LOS QUE NO VAN A MISA




Al tío todo mundo lo conocía como “El ateo”. Cuando las mujeres que iban a misa lo veían se cambiaban de banqueta y se santiguaban. El tío dedicaba su tiempo a la lectura y a despotricar contra todo lo que oliera a incienso. Sus sentencias eran concluyentes. Él no confiaba en la religión católica porque no podía creer en una institución que sostuvo por años que el sol giraba en torno de la tierra. ¿Cómo es posible -decía- que Dios no les haya dicho la verdad? Su Dios los engañaba -decía- y los de la Santa Inquisición nos engañaban a nosotros. Por esto, tío Armindo caminó por la vida por la libre. Leyó muchos libros de ciencia, para que ningún mortal católico volviera a querer tomarle el pelo. El librero lo tenía en el pasillo de la casa, el que llevaba de los cuartos a la cocina. Ahí tenía un altero de libros de ciencia, húmedos por las brisas de las madrugadas y porque la tía Hermisenda los mojaba a la hora que regaba los maceteros llenos de hortensias y de margaritas. Libros húmedos leía el tío. Su mayor diversión era abrir los libros y separar las hojas húmedas con un cortapapel.
El tío, ni cuando murió su papá, entró a un templo. Ya cercano a su muerte me presumió que nada le había quedado por conocer en la vida. Había hecho de todo. Viajó a pie, a caballo; subió a trenes y barcos. Su viaje más recordado y más espectacular fue el que emprendió un día con rumbo al fin del mundo. Se despidió de la tía y de sus ocho hijos, trepó a un caballo y dijo adiós con la mano, mientras su familia, en la puerta de la casa, lo miraba con los ojos llorosos. Jamás había insinuado tal viaje que duró más de dos años. Luego, los tíos comentaron que el culpable había sido el último libro que leyó y que quedó sobre la mesita donde, todas las tardes, la sirvienta le servía el té. Ahí, en ese libro aparecía una fotografía de un glaciar. La tía Hermisenda dijo que, en lugar de burros y vacas, había ido a conocer a los osos polares. El tío cabalgó hasta Sudamérica, pasó por la Trinitaria, por la línea con Guatemala y fue bajando por toda Centroamérica con su cadena montañosa, hasta llegar a Panamá, donde trepó su mula a una panga (ya el caballo había muerto en la línea fronteriza de El Salvador). Una tarde llegó un telegrama a casa, era del tío, avisaba que estaba enfermo de paludismo, pero suplicaba que nadie se preocupara. El tío José, hermano mayor de tío Armindo, al enterarse del contenido del telegrama, dijo que su hermanito era un recabrón porque si, en realidad, no quería que se preocuparan ¿para qué había enviado el telegrama? Lo cierto es que, dos días después de su partida, todo mundo se olvidó de él. La tía Hermisenda, quien había mantenido la casa desde siempre, siguió haciendo las melcochas, desde las cuatro de la mañana, y salió a las calles a ofrecer los dulces con relleno de cacahuate.
Una mañana, cuando ya todo mundo había “enterrado” al tío, él se asomó a la puerta de la casa y dijo: “Ya vine”. Lo dijo como si hubiese salido en la mañana a comprar las tortillas. Pidió que don Juanito, el fotógrafo del pueblo, llegara con su cámara de tripié y tomara una foto donde aparecía él, con un traje descolorido, rodeado de su esposa y de sus hijos. Ofreció dar una moneda a todo aquel que saliera sonriente en la foto. Cuando don Juanito entregó la fotografía se vio que todos los niños sonreían. La tía salió seria, con una mueca de teja a punto de caer del techo. Todo mundo recordaría después que el tío jamás cumplió su promesa y nada dio a los niños.
Al final de su vida me confió que nada le había faltado hacer. Excepto dos cosas, dijo: “entrar a un templo y presenciar un culto católico, pero sé que de nada me perdí”. Cuando murió, su esposa pagó una cantidad generosa para que su cajón se colocara a la entrada del templo. El pueblo, que sabía que el tío era el mayor irredento que el pueblo había cobijado, no asistió al templo, así que sólo su familia acudió. Don Juanito colocó a todos los integrantes de la familia al lado del cajón y tomó la foto. Cuando el fotógrafo llevó la fotografía a la casa, todo mundo vio que los hijos sonreían sin necesidad de la promesa de la moneda y la tía Hermisenda tenía una sonrisa como de arco iris en tarde de lluvia ligera. Era tan grande su sonrisa que hasta ella se sintió apenada y trató de justificarla diciendo: “fue la alegría de cumplir lo que le faltaba hacer en vida”.