viernes, 16 de octubre de 2015

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA COMO LA PUNTUACIÓN ES NECESARIA




Querida Mariana: Cuando la oración termina hay que poner punto. Puede ser punto y seguido, punto y aparte o punto final. Las mamás acostumbran dar lecciones de puntuación. Cuando la hija pide permiso, y la mamá lo niega, y la hija insiste, la mamá termina con esto: “¡Ya dije que no, y punto!”. Siempre ha llamado mi atención tal comportamiento. Lo que nunca expresa la mamá (perdón) es si se trata de un punto seguido, un punto y aparte o un punto final. Uno (a distancia) podría asumir que la sentencia de la mamá es determinante, por lo que el punto es final; es decir, ya no hay más oportunidad de discusión.
Rodimiro González, escritor Peruano, escribió un cuento donde la protagonista, una hormiga muy floja, extravió un punto que le había dado su maestra Elefante. La hormiga sacaba las peores calificaciones. Una mañana, la maestra, desde su estrado (que estaba construido con barras metálicas, para que no sucediera lo que pasó en el salón B donde la tarima de madera se quebró con el peso de la maestra Hipopótamo) dijo que daría un punto extra a todo alumno que demostrara contribuir con el cuidado del medio ambiente. La hormiga levantó la mano y dijo: “Mi mami me ha dicho que nosotras cumplimos una función muy importante: la de dispersar las semillas para que crezcan” y se sentó, orgullosa, viendo hacia sus demás compañeros. La maestra sonrió y dijo que eso era cierto, así que le daba un punto extra, le otorgó una tarjeta de color rosa. La hormiguita pensó: “Uf, me salvé, ya tengo seis en este bimestre”. Pero (¡oh, destino ingrato!), el día en que la maestra hacía el recuento de puntos extra para entregar calificaciones al Departamento de Servicios Escolares, la hormiga vació su mochila, la tomó con ambas patitas y la somató en el aire. ¡Nada!, el punto extra era un punto extra-viado. La hormiga se sentó en una banca y lloró. “Oh, más me valiera morir”, dijo, entre sollozos y llevándose la mano a sus mandíbulas para limpiarse los mocos. El ratón, que estaba a su lado, comiendo el sándwich de queso que le había preparado su mamá, le dijo: “Ay, no te preocupes. Yo siempre robo puntos a los textos, los pego en tarjetas color rosa y saco diez, en todas las materias”. La hormiga dejó de llorar, se acercó al ratón y preguntó: “¿De veras haces eso?”. “Claro”, dijo el ratón y siguió dándole con fe al queso gruyere. La hormiga se paró y fue al salón, que estaba vacío porque todos estaban en el patio de recreo. Abrió una libreta y vio infinidad de puntos en todos los textos escritos en clase de redacción. Entonces, viendo a todos lados, quitó un punto y lo guardó en su bolsa; abrió otra libreta y extrajo otro punto y, ya con gran confianza, porque basta hacer algo una primera vez para que luego todo sea común, tomó uno y otro y otro punto. Antes de que la chicharra indicara el fin de recreo, la hormiga tenía la bolsa llena de puntos, estaba tan llena que parecía la panza de un dromedario. En la tarde pegó los puntos en cartulinas de color rosa, y al día siguiente le entregó tres tarjetas a la maestra que, se quitó los lentes y preguntó: “¿Tres?”. Sí, dijo la hormiguita, con cara de tiuca inocente. La maestra anotó y dijo: “Bien, por primera vez alcanzaste el ocho” y firmó la boleta. La hormiga regresó feliz a su asiento, pero acababa de hacerlo cuando el loro se paró y dijo que a uno de sus textos le faltaba el punto final y la historia se había desparramado y mostró el cuaderno que rebosaba de palabras y éstas caían en cascada y manchaban con tinta el piso. Sí, cacaraqueó la gallinita, a mí también me hace falta un punto y seguido. Y a mí, dijo el pato, también me hace falta un punto y aparte. Los cuadernos rebosaban de palabras y era como si todas vomitaran porque habían cenado algo pesado. La maestra, al ver el desorden que se había generado en el salón, salió a llamar al Prefecto, que era un búho sabio. El prefecto entró y dijo que eso era muy sospechoso, dijo: “el gato es de casa”, queriendo expresar con ello que el ladrón de puntos estaba en el salón. Sacó una lupa y, como si fuese Sherlock Holmes, revisó una de las tarjetas. ¡Ah!, dijo, este punto no es real. Tomó el punto entre sus dedos pulgar e índice, lo llevó ante su boca y sopló, el punto voló y fue a posarse en la libreta abierta del pato. De inmediato, la libreta del pato dejó de chorrear palabras. La maestra descubrió que los puntos correspondían a las tarjetas que la hormiga le había entregado. La hormiga se puso de pie y pidió permiso para ir al baño, su cara estaba roja. Antes de salir le dijo a la maestra, en voz baja: “Parece que volví a sacar cinco, ¿verdad?”.
Y ahora, querida Mariana, pongo punto final a este texto, pero mañana te escribo más.