lunes, 21 de junio de 2010

DE UNA CHISTERA



“Saramago murió”, me dijo Miguel. Y eso fue todo. Porque en la vida, después de todo, todo es nada o es algo que, dicen, es todo.
Para hablar o escribir de Saramago no debe usarse cualquier palabra. Es necesario subir a la cima y elegir las palabras más humildes. Como si uno fuese un Moisés y abriera los mares para elegir las estrellas del fondo marino. Tal vez José-mago se ofendiera con este símil, pero sonreiría al descubrir que Moisés también fue un mago e igual que él salvó la vida al navegar sobre aguas de ríos.
Porque el viaje de la literatura no se da en la tierra sino en el agua y, sobre todo, en el aire. Por eso la palabra del Mago está llena de aire, hilo donde vuela el papalote y los sueños de los hombres que aspiran a mejorar el mundo.
Mago de todos los vientos, menos de aquellos opresores; menos de aquellos que huelen (o apestan, diría) a tufos de religión, de poder o de soberbia.
Mago -ateo por los cuatro costados, por las cuatro estaciones, por los cuatro puntos cardinales- fue un hombre bueno. ¿Puede pedirse algo más a un hombre?
Con el mismo atrevimiento de algún texto, en su vida se atrevió a escribir sin puntos ortográficos. Caminó con temeridad en sandalias.
Mago de todos los vientos y de un solo Pilar, el que sostuvo su río.
A mí, snob, siempre me atrajo la idea de la relación con su mujer. Un poco al estilo -así lo imaginé- a la que tuvo Cortázar con Aurora, mientras Aurora iluminó las madrugadas de Julio.
Las relaciones de complicidad, de “encuache” total, siempre las veo como extensión de la máxima relación: la literatura.
Imaginé siempre a Mago escribiendo mientras Pilar del Río leía el original y lo traducía al español. Imaginé el sol cálido de Las Canarias botándose a mitad de la biblioteca, dorando los pies de ella y las manos de él; imaginé el viento levantando las hojas como si levitaran; el espíritu, como si levitara.
Él no escribió para los de “alzacuello”, para los de “cuello blanco” o para los “tumbacuellos” y sin embargo éstos lo leyeron con inusual atención. Él escribió para los que tienen al frío como cobija, para los que vuelan con las alas recortadas; para los que tienden su ropa andrajosa sobre el tendedero e imaginan que no son harapos sino redes para coger peces.
Mago no hizo milagros (de haberlos hecho los poderosos lo hubieran crucificado sin antes haberse lavado las manos). Mago no hizo prodigios, ni se sacó algo por debajo de la manga. A la vista de todo el mundo puso los libros sobre la mesa e invitó a sus lectores a jugar con ellos.
¡Que cada lector invente su juego! ¡Que lea a su propio ritmo! ¡Que deshoje el corazón con las manos o con los labios!
Sé que en un texto de estos no se vale enviarle a Pilar del Río un abrazo, desde estas tierras donde una vez el pie de Mago bendijo estos lodazales llenos de miseria; por esto, mejor hago silencio y no envío algo más que el viento, más que el Sol, las nubes y una sola palabra: Siempre.