miércoles, 23 de diciembre de 2015

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁ UN ÁRBOL TORCIDO




Dicen que árbol que crece torcido jamás su rama endereza. El tío Armando, cada vez que abríamos una cerveza en el patio, recordaba tal dicho. Lo decía molesto, como si nosotros, sus sobrinos adolescentes, fuéramos árboles que ya no tendríamos remedio. Siempre recuerdo al tío Armando cuando paso por esta calle de la fotografía y veo el árbol torcidísimo que funciona a manera de dintel del pequeño local que es una peluquería. Ah, qué torcido creció este árbol. Es un hecho que jamás enderezará su rama. Pero, ¿alguien le pone algún requiebro a esta torcedura? ¡Yo no! Una vez, el escritor y poeta Fabio Morábito dijo que si creciéramos enhiestos ¿qué podríamos contar? Parece que todos los árboles (aplíquese a los seres humanos) crecen un poco torcidos. La rectitud no existe: “Caras vemos, torceduras no sabemos”. Siempre que me veo ante el espejo; es decir, cada mañana, recuerdo que estoy hecho de la misma sustancia con que están formados los maleantes, los sabios, los mendigos, los miserables, los ángeles. Nuestra sustancia, al parecer, es una materia que no tiene la formalidad del acero (bueno, el acero, sometido a fuegos intensísimos, también se enchueca).
Nosotros, jóvenes al fin, no le hacíamos mucho caso al dicho del tío Armando. Lo dejábamos con su coraje. El tío, siempre exigente, con los demás y consigo mismo, alimentaba la teoría de que Dios nos había hecho a su imagen y semejanza, pero el demonio (así lo decía) era quien se encargaba de echar fuego a la fragua para que nuestro ser se torciera. Y ahí andábamos todos torcidos bebiendo cerveza debajo del árbol de mango, que daba una sombra bien refrescante. Eran tiempos en que bebíamos sin tregua. Los amigos íbamos cayendo y terminábamos casi casi con la forma que tiene este árbol que despliega sus cientos de banderas en el dintel de la puerta.
La calle donde está este árbol tiene un asombro especial. Acá se puede ver un mural de la serie que pintó un recordado maestro comiteco en la barda de su residencia. El maestro plasmó una serie de murales con imágenes de Chiapas. El caminante se detiene ante este prodigio y siente que ahí hay algo que dignifica el instante. Se nota que el peluquero también tiene conciencia de esa mano que es como una caricia, porque interrumpió la continuidad de la banqueta con un arriate lleno de geranios. El caminante se encuentra con un escollo, pero no se enoja, al contrario, bendice este racimo de vida a mitad del camino. El árbol torcido pareciera nacer en medio de ese hato de geranios, pareciera ser lo que es: una rebelde que no se conformó con ser una simple flor a nivel de piso. Ese árbol torcido, torcidísimo, se atrevió a ser primo hermano del patito feo y se levantó por encima del suelo y se convirtió en una hermosísima buganvilia, ¡ah!, de qué manera tan soberbia se desparrama en las alturas. Sabe que es el acompañante fiel de esa serie de pinturas que adorna la sencillez del muro.
El tío se metía a su cuarto y lamentaba que estuviera abonando plantas que jamás sus ramas enderezarían. Mientras uno de nosotros tocaba la guitarra, los demás cantábamos aquella de “No soy de aquí ni soy de allá, no tengo edad ni porvenir…”, que era un poco el himno de todos aquéllos que éramos como árboles torcidos que no sabíamos por dónde agarrar el tren que nos llevaría a una buena estación. La vida es tan incierta, tan frágil. Tal vez esto era la única certeza que teníamos: la fragilidad, por ello, tratábamos de apoyarnos en ese mundo ilusorio de la bebida; tal vez por esto, el tío se enojaba, porque él sabía que ese no era el camino, pero ¡qué íbamos a saber nosotros! Apenas éramos unas ramas endebles, cualquiera de los adultos pasaba y con sus pies nos torcía un poco. Además, nosotros mismos nos doblábamos ante sus órdenes y ante sus exigencias o, bondadosos, dejábamos que los niños colgaran sus columpios sobre nosotros. Éramos endebles, cualquier ventarrón nos hacía para uno y otro lado; no teníamos bien cimentadas nuestras raíces. Pero, después de muchos años, cuando encuentro a alguno de esos primos y lo miro a los ojos veo, lo juro, algo como un resplandor naranja, como si fuese otra buganvilia más que, a pesar de la torcedura de sus ramas, fue hacia arriba y deja que, como antes, los pájaros hagan nidos en sus frondas y los niños cuelguen columpios en su columna vertebral y jueguen a que vuelan. Lo que sí no permiten mis primos es que un adulto les ponga el pie encima. Ya no son árboles débiles, se hicieron fuertes. Por eso, cuando paso por esta calle y veo la buganvilia y su tronco retorcidísimo creo que la vida no es más que crecer a pesar de saber que jamás enderezaremos las ramas. ¡Ah, qué fastidio sería, como dice Fabio, crecer enhiestos!