lunes, 4 de febrero de 2019

ASÍ ESTÁ BIEN




Así está bien, dijo el primo Romeo. Dijo que si fuera carnicero tendría paga, así como la tiene Isaías, pero no le gustaría estar con el mandil ensangrentado, oliendo la carne, viendo al cuch con ojos de borrego muerto y al borrego con ojos de cuch triste; no le gustaría encontrar granos en la panza de un cuch ni sentir el aroma de carne putrefacta. No le gustaría pasar sus manos encima de una carne que está muerta, que no reacciona como sí reacciona la piel suave de su muchacha.
Así está bien, dijo el primo Romeo. Dijo que si fuera político tendría paga, así como la tiene el licenciado Alfaro, pero no le gustaría andar de un lado para otro escuchando demandas de hace mil años con mil años sin solución; no le gustaría dejar a su familia por atender lo urgente de la patria, sin que esta urgencia tenga una justificación real. No le gustaría andar recibiendo abrazos de esos llamados Abrazos de Judas o andar detrás del jefe que es seguido como un santo católico o un tlatoani.
Así está bien, dijo el primo Romeo. Dijo que si fuera líder sindical tendría paga, así como la tiene su tocayo Romeo, pero no le gustaría tener que andar haciendo bloqueos en las carreteras; no le gustaría mandar al grueso de los agremiados, con palos y rostros embozados, a estar horas y horas bajo el sol o lluvia recibiendo miles de ofensas de los automovilistas ofendidos.
Así está bien, dijo el primo Romeo. Está bien, dijo, que yo no sea médico, porque me despertarían a las tres de la madrugada por una urgencia, y tendría que conducir por calles oscuras en medio de una nata violenta, viendo cómo brotan delincuentes desde la sombra del callejón.
Así está bien. Que yo no sea ingeniero, porque en lugar de construir sueños, se le cae el puente ante un temblor o se le va el prestigio adentro de un socavón.
Así está bien. Como estoy yo, dijo el primo Romeo. Está bien que yo no sea millonario, porque no me gustaría ser de esos que están todo el día achicharrándose los muslos y el pecho en los yates, mientras chicas tetonas y culonas beben su dinero en forma de champaña; está bien así, porque los millonarios son asediados por chicas boludas que sólo buscan la forma de arañar el lingote de oro. Mi muchacha está a mi lado, en el lado donde, en lugar de una moneda de oro, lo que brilla es el sol de madrugada.
Así está bien. No me gustaría ser piloto, porque las alturas marean a cualquiera. El territorio natural de las personas es la tierra, la tierra plana, segura, la que tiembla, la que se agrieta. Todo aquel que vuela se piensa Dios o ángel o Luzbel.
Así está bien. Si fuera un intelectual caminaría como ganso y echaría el pecho por delante y el culo hacia arriba. Así como estoy está mejor, porque camino con la certeza de que puedo meter el pie en un charco o puedo resbalarme en cualquier entrada de cochera o puedo tropezar con los pies de un hombre acostado, que bien puede ser un cadáver o un hombre que mira el cielo.
Así está bien, dijo el primo Romeo. Así como estoy ¡está bien! Me gusta ser lo que nadie más desea. Porque todo mundo quiere ser lo que yo no deseo. No deseo ser enfermero, porque me caga limpiar las cagadas de los viejos; no deseo ser bonito, porque la belleza es como la piel de la manzana, apenas cortada del árbol se oxida como si fuese un fierro viejo.
Así está bien, insistió el primo. Mientras lo dijo pasaron frente a nosotros varios chicos en bicicleta y dos chicas que iban de la mano y reían y se hacían cariñitos en el cuello. Mientras lo dijo vimos un avión en la lejanía del cielo y escuchamos la bulla de dos pajaritos que peleaban un gusano hallado en la tierra. Estábamos sentados frente al lago, ahí donde un viejo y su nieto echaban barquitos de papel al agua, al lado del vendedor de algodones, de la vendedora de helados, del viejo que vendía globos, rojos, azules, amarillos.
Romeo y yo comíamos un sándwich de pavo, con unas rodajas de jitomate y aceite de oliva.
Así está bien, dijo Romeo. Me gusta ser lo que soy, un ser sin más ambiciones que las que la vida me injerta.
Mirábamos cómo los patos acuatizaban, mientras dos muchachos, con camisetas rojas, remaban como si estuviesen entrenándose para las olimpiadas. El agua se quebraba como un espejo, pero un segundo después volvía a tener la consistencia infinita que posee el hueco.
Sí, le dije a Romeo, así está bien. Yo también así estoy bien, dije, y me eché para atrás, sobre la hierba y vi el cielo, sin una nube, un cristal absoluto, armonioso. Sí, ¡así está bien!