jueves, 21 de febrero de 2019

LOS MELÓMANOS DEL MUNDO




No me provocan envidia. ¡No! Me provocaban ¡admiración! Admiro a quienes son melómanos. La música, dicen, es un idioma universal. Tal vez es así. Tal vez los habitantes de otro mundo, en otro planeta, distante del nuestro en millones de años luz, también hacen guateques y en primerísimo lugar hay un grupo de compas que tocan instrumentos y producen música.
Sí, admiro a los que no pueden vivir sin música. Ahora, cuando subo a mi auto y me dirijo a la universidad donde laboro, veo, con mucha frecuencia, a dos muchachos (ella y él, cada uno por su lado), que llevan audífonos y escuchan música mientras caminan. Sus audífonos son dos enormes orejeras, al estilo de los que usaba Jacobo Zabludovsky en su noticiario televisivo de los años setenta.
Esos dos muchachos (él y ella, por su lado) son como personajes de película, porque acompañan sus acciones con la música. Caminan o corren o se sientan en un parque, y mientras lo hacen tienen una música de fondo (la música de su preferencia). Es como si estuvieran en una película, porque el cine posee ese don, siempre hay lo que ahora se llama soundtrack, una banda sonora que potencializa las imágenes.
Por eso admiro a los melómanos. ¡Ah, me encanta que esos chavos potencialicen su vida con la música!
Yo nunca poseí ese don. En los sesenta iba a la casa de Pepe y veía cómo su hermana bailaba a mitad del cuarto en la segunda planta de su casa. El piso de los cuartos tenía parquet de madera, ella (la hermana) bailaba con los pies descalzos, movía todo su cuerpo, sus pies, sus brazos, sus piernas, sus muslos sudados, su cabellera y sus pechitos aún niños al ritmo de la música de un grupo que hacía furor en el mundo: Los Beatles. En la casa de Pepe, él y sus hermanos siempre escuchaban música, a tal grado que Alfredo quiso crear su propio grupo musical. Nunca lo logró. Eso fue una pena.
David, en Tuxtla (ya en los años noventa), tenía un cuarto con paredes de adobe, techo de lámina de zinc en el que se veía toda la estructura, como si fuese un esqueleto de madera, y piso de tierra, siempre húmedo. Ese cuarto era muy modesto, pero tenía un aparato que reproducía el sonido, que costaba más que todo el cuarto. Ahí, David se sentaba en un sillón, cerraba los ojos y escuchaba al grupo que en el último año se puso de moda: Queen.
En los años sesenta, el padre Carlos se paraba frente al tocadiscos, levantaba los brazos y con una batuta imaginaria dirigía a la orquesta que interpretaba la Novena de Beethoven o la Sexta sinfonía de Chaikovski. Yo veía cómo cerraba los ojos mientras ordenaba al que tocaba los timbales que los golpeara con un golpe enérgico.
Sí, siempre he admirado a esos hombres y mujeres que tienen a la música como una de las pasiones de su vida.
Jorge, en los años setenta, hacía sus tareas de arquitectura en un estudio que estaba en la segunda planta de la casa de sus abuelos y que daba a la calle. Mientras los camiones pasaban atestados de personas en la avenida Cuauhtémoc, en la Ciudad de México, él ponía un disco de cuarenta y cinco revoluciones en un pequeño tocadiscos portátil, de color naranja con vivos blancos. El sonido no era tan esplendoroso como el que salía de las bocinas del aparato que David tenía en su cuarto con piso de tierra, pero alegraba el instante en que hacía un diseño con cartulina ilustración. Recuerdo que, en ese tiempo, escuchaba una y otra vez y otra, la canción “Horse with no name”, del grupo América. Jorge era feliz y yo también. Pero en cuanto salía de la casa de los abuelos de Jorge yo olvidaba la música. Tal vez el ruido de los motores de los camiones, los gritos de los buhoneros, las carreras de los niños o el aullido brutal de las ambulancias, metía en una campana de vacío a esa maravilla de maravillas llamada música.
Una vez, ya en los años ochenta, subí por la escalera que llevaba a la sala de la casa del padre, lo encontré sentado en un sofá, moviendo las manos, dirigiendo la orquesta que acompañaba a Gabilondo Soler, Cri cri. Comenzaba su proceso de volverse niño, su regreso al origen a través de la música. Lejos habían quedado los tiempos de la música de concierto, lejos las grandes salas del mundo, lejos los gorgoritos prodigiosos de La Callas. El padre volvía a emocionarse al ritmo del chorrito que se hacía grandote y se hacía chiquito.
Siempre me he sentado en un sofá para leer, con pasión; jamás me he sentado en un sofá para escuchar música. No, este don no me fue otorgado. Escucho la música como un fondo del teatro de la vida. A la hora que Dios repartió los dones me otorgó el maravilloso don de la pasión lectora y eliminó la pasión melómana. Bueno, no se puede tener todo en la vida. No lo lamento. No. Por esto no envidio a los melómanos, los admiro.
Regreso a los años sesenta o setenta, gracias a la literatura. Quique, además, vuelve una y otra vez a ese tiempo a la hora que lee y a la hora que pone en su reproductor de discos la música de José José o de Napoleón o canciones de Serrat.
Sí, admiro a los que aman la música y la viven como si la vida fuera ella y ellos, juntos, siempre.