sábado, 16 de febrero de 2019

CARTA A MARIANA, DONDE ESTÁ LA FOTO DE UN FOTÓGRAFO




Querida Mariana: El otro día, el escritor chiapaneco Aleks G. Camacho te escribió una carta. Me encanta saber que sos muy buscada por escritores y amigos. El género epistolar, un género literario ahora en desuso, está más vivo que nunca en estas tierras y vos sos la destinataria.
A veces, no sólo te escribo a vos, le escribo a otras niñas bonitas; a veces (ha sucedido) me topo con alguna muchacha en la calle y después del saludo y del intercambio de dos o tres chismes me pide que le escriba una carta. No le cumplo su deseo, porque no soy un facilote. Vos sabés que a mí me encanta escribir: escribo cuentitos, novelas breves y, también, las Arenillas, pero me cuesta mucho hacer textitos por encargo.
Pero no sólo escribo, sabés que también me encanta pintar, dibujar, leer y (esto no lo sabías) también me encanta la fotografía.
Sé que el dicho de zapatero a tus zapatos es la principal ley de la vida sosegada. Conozco a muchos amigos que realizan acciones que no corresponden a su vocación. Digo que me gusta la escritura y muchos amigos me dicen que es un don, así lo reconozco. Tengo amigos a quienes se les dificulta escribir dos o tres renglones. Yo no tengo inconveniente. Rossana me preguntó un día, mientras comíamos unos esquites, sentados en las gradas del Centro Cultural Rosario Castellanos, si tenía problemas con la página en blanco. Dije que no, digo que ¡no! Para mí, desde siempre, fue un acto muy sencillo meter la hoja en el rodillo de la máquina mecánica y comenzar a escribir. Por lo regular (esta es mi experiencia personal) a medida que avanza el texto aparecen ideas que jamás habían pasado por mi cabeza. Este es el prodigio de la creación, así que siempre “meto la hoja en blanco en el rodillo de la máquina” y comienzo a escribir (¡claro, ahora ya es la computadora y no la máquina mecánica, pero sigo viendo el acto de escritura con la misma ilusión de juego!).
Pero dije que aparte de escribir, pintar, dibujar y leer me encanta tomar fotografías. En los años ochenta, Quique me hizo favor de comprar una cámara profesional en un viaje que realizó a Canadá. Era una cámara de treinta y cinco milímetros, analógica, cuyo estuche contenía varios lentes, incluso un “ojo de pescado” que me permitía tomar fotografías con un ángulo de ciento ochenta grados. ¡Ah, qué divertidas me pegué con ese chunche! Recorría muchas calles de Comitán en busca del lugar no común, de la instantánea inédita, del momento sublime. A veces iba por el Río Grande o por Tinajab o por Jishil. El mundo de la fotografía, pienso yo, tiene también la característica del diálogo interior. He visto, sobre todo en los últimos tiempos, a muchos fotógrafos, que se reúnen para ir de “cacería de fotos”. Van en grupo, haciendo una gran chorcha. Cada uno elige el ángulo más idóneo. Veo que es una gran aventura. Yo nunca lo hice, ¡ni lo haría! Creo que la cacería de fotos exige la misma disciplina que exige la caza animal. Cuando, jóvenes, la plebe iba al rancho de Jorge o al de Quique y salíamos a la arriada para la cacería del venado, Quique nos iba señalando el lugar donde debíamos permanecer en silencio (a mí me exigía que no fumara). Ahí, en el lugar indicado quedábamos atentos a los ruidos, al rumor de pasos sobre hojas secas, a las sombras fugaces que aparecían sobre las ramas o detrás de los árboles. Nuestro corazón latía con más fuerza e interrumpía el silencio en la profundidad de la tarde. Habíamos ido en grupo, pero a la hora decisiva quedábamos solos. A mí esa soledad me aterraba, pero me hacía fuerte, sabía que en mis manos tenía un arma, pensaba que si una culebra asomara podía meterle un balazo.
¿Qué hacen los fotógrafos en grupo? Bueno, parece que hay algunos que, de pronto, deciden separarse tantito, dejan el camino por donde caminan los demás y se atreven a subir a un montículo o descender por una bajada llena de piedrones. Sé que el espíritu gregario los convoca, pero la musa de la fotografía los manda por caminos solitarios, por caminos en donde la creatividad se manifiesta.
A veces he visto documentales en los que aparecen los fabulosos fotógrafos del National Geographic. Estos fotógrafos se desplazan solos, se quedan por horas y horas en algún sitio, evitan que algo más los distraiga. Si un fotógrafo va con compas, la chorcha y el relajo son elementos a considerar como algo no recomendable. La socialización es parte de otras actividades, no del arte en que el instante prodigioso aparece una sola vez.
Ahora te envío la foto que le tomé a César Canales, quien es un gran fotógrafo. Durante los últimos diez o quince años de mi vida dejé de hacer fotografías con la pasión que tuve en los años ochenta, esto significa que mi fuerte no es dicha actividad. Ahora tomo fotos únicamente para ilustrar algún trabajo escrito o como un mero recuerdo. Pero, el otro día, estaba en el Turulete, tomando datos acerca del desarrollo de un acto organizado por dependencias del Ayuntamiento Municipal y vi a César pasar corriendo detrás de mí. Yo estaba en la segunda planta de El Turulete, recargado sobre el barandal, viendo el sitio de honor donde estaban las autoridades. César pasó como un ave solitaria, llegó acezando hasta el fondo del pasillo e hizo los movimientos que se ven en la fotografía: Hizo una inspiración sostenida, para evitar la intensidad del latido del corazón, y, con el ojo aguzado, comenzó a disparar sobre el objetivo. Sólo él estaba en ese instante, los demás fotógrafos permanecían a ras del suelo, él, a vista de pájaro, realizaba una toma insólita. Mientras él hacía su trabajo, yo saqué mi camarita y, sin buscar ángulo, casi con la misma emoción de la adolescencia cuando aparecía el venado frente a nosotros, disparé. Sabía que ese instante no volvería, deseaba tomar a César en plena acción. Ahora, en las redes sociales, hay muchas fotografías en las que aparece una leyenda simpática: “Así, como que no me doy cuenta”, con lo que se establece que el retratado sabe perfectamente que es objeto de la mirada del fotógrafo y casi casi posa. Acá, César, jamás supo que era objeto de mi lente. No lo supo, porque él estaba inmerso en su actividad profesional con todo su cuerpo y con todo su espíritu. Acá, en esta fotografía, se aprecia la intensidad de su cuerpo y de su alma. El ojo y la mano obedecen el dictado del cerebro, del corazón y de la cuerda de luz que proviene del pantano luminoso del acto creativo y que nadie, jamás, sabe explicar.
La actividad de César no le llevó más de un minuto, en cuanto terminó de disparar, pasó corriendo de nuevo en dirección hacia la escalinata, bajó y de nuevo siguió tomando fotos del acto, acto maravilloso que llevó el nombre de Primera Muestra Gastronómica con Tradición Hispánica y que, ante la invitación de dependencias del Ayuntamiento de Comitán, reunió a cocineros tradicionales de los municipios de la meseta comiteca tojolabal.
El instante fue sencillo, casi simple, César llegó y yo aproveché a disparar mi cámara. Sólo alcancé a realizar un disparo, pero bastó para congelar el instante de la creación. Mi intención fue simplemente “dar machetazo a caballo de espadas”; es decir, tomarle una fotografía a un gran fotógrafo. Una vez Rosario Castellanos escribió un poema que tituló “Autorretrato”. No eran tiempos de cámaras digitales ni tiempos de celulares con cámara, por eso, para tomarse la “Selfie” ella hizo uso de palabras. Cuando regresé mi camarita a su estuche, pensé que a César debía “hacerle” una fotografía al estilo de Rosario, con palabras, que son los elementos con los que, durante los últimos años, he construido mi casa. Pero me ganó la gana, y saqué mi camarita y le tomé este retrato con la herramienta con la cual él construye su mundo, un mundo de imágenes insólitas.
Conozco a César porque una mañana que estaba en el Museo Rosario Castellanos él se acercó y me dijo: “¿Te tomo una foto?”. Estaba solo, alejado de su grupo de amigos fotógrafos. Yo dije que sí y me dejé llevar, porque él me llevó a una habitación en penumbra y me dijo que me parara en un punto y viera hacia otro, hacia un punto en donde la luz se colaba. Él ya había visualizado la fotografía con antelación, sabía en dónde debía colocar al venado para hacer el disparo. La fotografía que él tomó no tiene nada qué ver con ésta que yo le tomé. Su fotografía es soberbia. En su momento agradecí la toma y su fotografía (mi retrato) la subí como foto de perfil en el muro de mi Facebook.
Posdata: Jugué a ser lo que él es, sin pretender ser como él. Sólo lo hice, porque él, dando el mojol en su chamba, siempre busca el ángulo insólito, siempre quiere mostrarnos aquello que los simples mortales no alcanzamos a ver, aunque esté frente a nuestros ojos.
Esto no es más que un mero juego, un “machetazo a caballo de espadas”, un espejo de venada que sueña ver.