martes, 3 de noviembre de 2020

CARTA A MARIANA, CON UN RIVERA GENIAL

Querida Mariana: dije Rivera ¡genial! No me refiero, por supuesto, a Diego, el Diego de Frida. ¡No! Me refiero al otro pintor, cuyo genio (es mi apreciación personal) superó al de Diego. Diego no fue un artista genial, fue un pintor con gran dominio de la técnica, que pepenó en su estancia parisina, donde se codeó con la crema y nata del arte, de ese tiempo. Alguien por ahí comentó que la obra de Frida es superior a la de Diego. Es una declaración atrevida, pero tal vez en la misma tesitura de mi comentario. Sí, la obra de Frida tiene más ventanas por donde uno puede caminar. La obra de Diego (en sus murales) es muy didáctica. Sirvió para el propósito de conformar la historia gráfica de los movimientos sociales de México (y de muchos otros países), pero su obra no alcanzó jamás la altura de la obra de su Frida. Frida tenía una visión más amplia. Sus ventanas entran a territorios con cristales novedosos. Cuando pongo un cuadro de Frida al lado de un cuadro de Diego pienso que Diego (sapo rotundo) jamás despegó los pies de la tierra; en cambio, Frida sí levitó tantito. Y ya no digo más acerca de la obra de los dos Rivera. Si pongo un cuadro de Diego al lado de un cuadro de Arturo Rivera, la obra del sapote se queda chiquita. El gran sapo se convierte en simple cucaracha. Arturo Rivera, quien falleció la semana pasada, también dominó la técnica, pero, además, imprimió a su obra una dimensión universal que no alcanzó la obra del otro Rivera. Diego (en su momento lo expresaron Tamayo y Cuevas) se quedó en un mero ilustrador de bonitas escenas mexicanas, con mujeres autóctonas (chichonas desinhibidas) y con hombres con aroma de tequila, huarache y maguey. En la obra de Diego aparecen los obreros, los campesinos y los luchadores sociales. Esto es mucho, pero es poco. Porque, por su estatura física y mental, no pudo levitar. Su gran obra jamás podrá definirse como obra genial. En cambio, la obra del otro Rivera, dibujante preciso, sin mancha original, abrió ventanas a territorios insospechados. En la obra de Arturo está la luz de México, con su grandeza y su miseria; pero, además, está la ventana universal. El inconsciente colectivo se pasea con gran desfachatez. La muerte, en la obra de Diego Rivera, retoma el cliché de Posada, representa (en forma fiel, hay que decirlo) la tradición; la muerte, en la obra de Arturo Rivera, es una muerte muy mexicana, pero, a la vez, muy universal, porque está inmersa en el mar universal. La vida y la muerte tienen más hendijas en la obra de Arturo que en la obra de Diego. En la obra de Diego está la piedra de todos los días, la dura piedra, la que sirve para cimiento de casas, la que sirve para lanzar contra los ventanales de la burguesía, para quebrar los cristales. En la obra de Arturo, además de la piedra, está la nube, la nube que sirve para imaginar lo que está del otro lado del muro. Porque (eso no lo supo Diego) los seres humanos necesitamos ver qué hay del otro lado. Esto sí lo supieron varios de la generación de Diego, por eso, cuando hay una subasta, los cuadros de Picasso y los de Modigliani alcanzan cifras superiores a las que alcanza la obra de Diego. ¿Te hago una pregunta? Si estuvieras frente a Pablo, Amadeo o Diego, ¿a quién elegirías para que te hiciera un retrato? ¿Verdad que sí? Bueno, si a mí me pusieran frente a Diego y Arturo yo elegiría a éste para que me hiciera un retrato, sé que él, además del parecido impecable con mi espíritu, me colocaría en un ambiente que daría una idea de mis miserias y de mis grandezas. Sí, en las subastas internacionales, la obra de Diego alcanza cifras que no alcanza la obra de Arturo. En el arte, como en cualquier disciplina humana, la calidad no siempre va de la mano con el reconocimiento económico. Diego se supo vender muy bien, es un mito insuperable. Pero acá hablo de arte puro, sin mezcla de historias sociales personales; hablo de la obra desnuda, la que se coloca en el caballete y queda expuesta a la mirada del espectador. La obra plástica de este Rivera es superior a la de aquel Rivera. Posdata: ahora los dos están muertos. Casi estoy seguro que, a partir de este momento, la obra de este Rivera comenzará a ser revalorada. Quien posee una obra de Arturo Rivera (así sea una sencilla litografía de quince mil pesos) ya posee un tesoro. Arturo ya se fue. Nos dejó en tiempos de pandemia, se fue días antes del Día de Todos los Santos. Ya (sin duda) alguien hizo su altar y lo recibió en su casa el día que los difuntos viajan a la tierra, de nuevo. Sí, perdón, niña mía, a mí me gusta más la obra de Arturo, quien fue artero, arquero del arte, arte ero. Descanse en paz. Que así sea.