lunes, 16 de noviembre de 2020

CARTA A MARIANA, CON UNA FRASE GENIAL

Querida Mariana: Una vez, en vacaciones, mi papá y yo fuimos a casa de un tío, en la Ciudad de México, un tío lejano. Él recibió con mucho gusto a mi papá, lo abrazó y luego me hizo un cariño en la cabeza. Yo tenía diez u once años. Entramos a la sala y nos sentamos. El tío le ofreció una cerveza a mi papá y a mí me dio un dulce, envuelto en un papel transparente. El dulce era de color rosado intenso. Sabía bien. Mientras ellos platicaban y reían comencé a ver los objetos de la sala: los muebles, los tapices, las lámparas, la mesa de centro, los esquineros de madera y las fotografías colgadas en las paredes. El tío me vio y dijo que me estaba aburriendo y me sugirió subir a la segunda planta. Ahí está tu prima Alice, dijo, y moviendo sus manos, como si reuniera gallinas, me dijo que subiera. Vi a mi papá y él dijo que sí, que estaba bien, que subiera. Subí por la escalera que tenía escalones de madera, rechinaban a cada paso. Al llegar a la segunda planta me llegó un aroma de sábanas húmedas, como cuando Sara ponía a secar las sábanas recién lavadas. Me quedé parado. Vi que en las paredes había más fotos. Todas eran fotos familiares: viejos con bastón, barba y bombín; mujeres con vestidos al tobillo y con cuellos cerrados; niños que miraban a la cámara y no se movían, contradiciendo la ley natural del movimiento. Todas las fotografías estaban tomadas al aire libre. Supuse que el fotógrafo los colocó debajo de un árbol o frente a la fachada de la casa de campo. La casa del tío tenía todos los pisos forrados con madera. Algunos trozos estaban carcomidos y, en general, daba un aspecto triste y miserable. Los mejores días de la casa habían pasado. Pensé que esos pisos debieron, en algún momento, ser pisos bien barnizados, donde se reflejaban las personas que ahí caminaban. Ahora, los pisos estaban maltratados y las cortinas, cuando menos de una ventana de la planta alta, estaba descolorida y llena de huecos. Debía buscar a mi prima, así había dicho el tío, para que no siguiera aburrido. ¿Cómo había dicho que se llamaba? Alice, sí, así. Había pronunciado Alis, como si mi prima tuviera un nombre especial. Pensé que en Comitán jamás me había topado con una niña que tuviera ese nombre, que, en efecto, sonaba más fino, que el simple Alicia, que era el nombre común en el pueblo. ¿Qué edad tendría mi prima? ¿La misma que tenía yo? Desde niño siempre fui tímido. Pensé qué decir en cuanto la viera. ¿Cómo me recibiría? Me sentía, como dicen en el pueblo, como gallina comprada; es decir, lejos de mi gallinero. En realidad, cuando el tío me dijo que subiera, no me aburría, miraba con atención los objetos. Así como desde siempre he sido tímido, desde siempre me han seducido los entornos. Como me cuesta trabajo iniciar una conversación, hacer amigos de inmediato, me acostumbré a mirar. Los que no hablamos ¡miramos! Y me encanta ver. Me acerqué a una de las paredes y comencé a ver las fotografías más de cerca, más en detalle. Descubrí en una de ellas a un niño que tenía, en el momento que fue tomada la fotografía, más o menos mi edad. Vestía un suéter grueso y una boina, tenía las manos adentro de las bolsas del pantalón, que le quedaba guango (llevaba un dobladillo grande, que le cubría ambos zapatos). Como la foto fue tomada al aire libre, el niño entrecerró los ojos para evitar los rayos del sol. Detrás de él estaba un hombre con saco y bigote al estilo Dalí, el hombre tenía puesta una mano sobre el hombro del niño, la había colocado en forma liviana, porque el hombro no había perdido su horizontal. El hombre del bigote sonreía, el niño también lo hacía y mostraba que uno de sus dientes había caído. La foto era en blanco y negro y había sido tomada en lo alto de una montaña, al fondo se veía un hato de borregos. La foto era sencilla. No tenía más. No había una mujer que fuera la esposa del hombre, ni tampoco una niña que fuera hermana del niño. Sólo el hombre y el niño, ambos riendo, la mano del hombre sobre el hombro del niño y éste con las manos adentro de las bolsas. El hombre también llevaba una boina. Nunca descubrí de qué color eran sus cabellos y si eran lacios o enchinados. En esas estaba cuando escuché un ruido en uno de los cuartos y luego la voz de mi papá que subió por la escalera y me llamó. Ya debíamos irnos. Bajé con cuidado. Mis pasos rechinaron más que en la subida. Cuando entré a la sala, el tío preguntó si había conocido a mi prima, dije que sí, que habíamos jugado. En realidad, sólo había conocido al niño de la fotografía. Cuando salimos de la casa, mientras caminábamos, mi papá puso su mano sobre mi hombro y dijo que yo era un adorable mentiroso. Sin detenernos subí mi mirada y él dijo que el tío vivía solo en la casa. Entonces, pregunté, por qué me había dicho que subiera a jugar con mi prima. Mi papá sonrió y dijo que los adultos también mentían de vez en vez y luego pronunció algo que, hasta la fecha, da vueltas en mi mente: “Nunca vimos lo que vimos.”, y luego señaló una heladería y dijo que si quería un cono, y dije que sí, que pediría uno de vainilla. Posdata: La frase es sensacional, ¿a poco no? Nunca vimos lo que vimos. A veces pienso que debería escribir una gran novela, una novela genial y titularla así. Nunca vimos lo que vimos. Pucha, cuántas ventanas abre. La novela debería responder a la genialidad del título. Uf. Qué difícil.