jueves, 21 de marzo de 2019

CUENTO INFANTIL PARA LECTORES ADULTOS (Última parte, de dos)




Al principio todo pareció una broma. Nadie se percató de la trascendencia del acto. ¿Cómo fue que la letra erre se cansó de serlo y se transformó en letra te? ¡Nadie lo sabe! A veces ocurren estos actos de transmutación sin que haya una ley física que pueda explicarlos.
Y digo que en el pueblo nadie se percató de la trascendencia, porque, al principio, lo tomaron como una broma de la naturaleza. Sucede que una noche, en que un grupo de amigos hacía una lunada, la pira en la que flameaban bombones y alrededor de la cual tocaban guitarra, cantaban y bebían, se apagó, como si diez cubetas llena de agua se hubiesen volcado desde las frondas de los árboles. La pira se apagó, pero eso no fue todo, lo que había sido un túmulo de leños ardientes se convirtió en una madeja enorme de pita. Nadie advirtió en ese instante que tal suceso se debía a que la erre había cambiado de piel, convirtiéndose en te, de pira había pasado a ser pita. A la sorpresa inicial siguió la broma, Juan, con sus lentes oscuros, a mitad de la noche, se paró al lado del montón de lazo y dijo que ese montón de hilos gruesos podía servir para pescar. Ahora sólo faltaba que la naturaleza les mandara el mar. Todos rieron y, minutos después, alumbrándose con lámparas portátiles, siguieron bebiendo y cantando. Olvidaron lo sucedido, nadie reflexionó en el ocurrido.
Ese acto, testifica ahora la leyenda, fue el primer acto en el que la erre se transformó en te. Días después, el pueblo celebró el Día de la Cerveza, en el campo de fútbol, que se llenó de festones, mesas con comida y bebida. Los hombres vistieron ropa limpia, botas recién lustradas y sombreros nuevos, y las mujeres portaron vestidos con escote generoso, y largo a mitad del muslo, ajustados a sus espléndidos traseros. Hasta el campo acudieron miles de visitantes que se mezclaron con los nativos y gozaron como si fueran originarios del pueblo. Pero, a las cuatro de la tarde, hora en que la cerveza había provocado una desbordada alegría en todos los asistentes, sucedió el segundo acto de transformación. Todos cantaban en voz alta y bailaban haciendo rondas y aplaudiendo como si con sus manos tocaran los tambores del aire, cuando la letra erre volvió a hacer de las suyas y se convirtió en te. En la entrada del estacionamiento del campo de fútbol, que era una extensión de tierra delimitada por una cerca de alambre, había un enorme letrero, pintado de rojo, que advertía a los automovilistas un alto total, antes de ingresar. El letrero comenzó a convertirse: La palabra PARA se volvió PATA y lo que había permanecido inmutable durante tantos años, ¡tomó vida! Los automovilistas que esperaban entrar al estacionamiento, vieron cómo una pata se descolgó del letrero y, como si fuese una de las mujeres de culos generosos del pueblo, comenzó a caminar por un sendero de arena, la pata movía su colita de un lado para otro, despertando la admiración y el entusiasmo de los niños.
Todo fue un festejo. El maestro de ceremonias, vestido con un bombín negro y un saco rojo, anunció lo que parecía más bien un acto circense y todo mundo corrió para ser testigo de ese suceso que (ya se dijo) tomaron a broma, sin advertir que eso marcaba el principio del fin.
Porque el lector avieso ya adivinó cuál fue el siguiente acto de transformación. ¡Sí, así fue! La erre se volvió te en la palabra PURA, la palabra que siempre había sido la divisa de cada mujer del pueblo, de esas mujeres de traseros como de calabazas húmedas y gráciles. Ya se dijo que las mujeres de ese pueblo eran las mujeres con los culos más bellos, como soles, como enormes piedras bañadas por la bendición divina. En el momento en que la palabra PURA cambió su erre por la te, los visitantes que ahí estaban sufrieron una conmoción, como si las mujeres también hubiesen sufrido una transformación brutal. Las mujeres eran las mismas, ellas seguían comportándose igual, porque se sentían igual. En ellas nada había cambiado, seguían siendo las mismas impolutas hembras, pero un hedor había herido las narices de los turistas, a tal grado que la presencia de aquellas voluptuosas mujeres, dignas de ser inmortalizadas por el pincel de un Rubens o de un Botero, se volvió repelente, a tal grado que todos los visitantes corrieron hacia afuera del campo y, en el primer árbol que hallaron, colocaron un brazo en escuadra y vomitaron. La luz que irradiaban de por sí las mujeres del pueblo se volvió un mantón oscuro y el hedor fue el mismo que tienen la putas en el burdel, una pestilencia que era una mezcla de los perfumes baratos que usan, más el sudor a la hora de hacer el amor en cuartuchos oscuros, cerrados y con temperaturas superiores a treinta y cinco grados; más los olores de los orines, del semen y de las toallas sanitarias.
A partir de entonces, el pueblo se quedó vacío de visitantes. Los hombres del pueblo se acostumbraron a esos olores, de la misma manera que se acostumbran los vecinos recién llegados a un barrio en el que los olores de los albañales hieren el aire de todos los días.
Las mujeres siguieron siendo las mismas, ellas no advertían el cambio de aroma, porque sus espíritus continuaron siendo luminosos y sus traseros siguieron siendo los más bellos y generosos del mundo.