viernes, 28 de marzo de 2025
CARTA A MARIANA, DONDE APARECEN LOS DE A PIE
Querida Mariana: tía Josefa caminaba mucho, desde Guadalupe bajaba a El Cedro, a La Pila, a San Sebastián, a Yalchivol. Bajaba y luego subía. Veía a su compadre Heriberto, en su flamante Volkswagen, modelo 64, destartalado, y decía “caso nací con carro, para eso Dios me dio mis pies”. Caminaba, como lo hacen millones de personas en el mundo.
Sabemos que hay más peatones que conductores de vehículos. Yo veo, en el pueblo, a cientos, miles de peatones. Veo a papás y mamás llevando a sus hijos a la escuela. Veo a abuelos que caminan apoyándose con un bastón, veo a abuelas con andaderas. Ahora hay chunches auxiliares. Siempre recuerdo una imagen donde un personaje bíblico se apoya en un cayado.
En término estricto todo ser humano es un peatón. Al bajar del auto, el automovilista retoma su carácter peatonal.
Gateamos al principio, luego (para confirmar la teoría de mono erectus) tatarateamos y caminamos. La mamá nos suelta y hacemos nuestros pinitos en lo de la caminada. Luego hay deportistas que se especializan en la caminata. Recuerdo la Olimpiada que se celebró en México en 1968, la medalla de plata que obtuvo el marchista mexicano, el sargento Pedraza.
Pero los marchistas son excepción. La mayoría camina sin aspirar a recibir una medalla olímpica. Caminamos por la necesidad de desplazarnos de un punto a otro. El destino cotidiano es la caminata, en el campo, en el parque, en la calle. Subimos y bajamos escaleras. Hay una edad en que, sin competir, corremos. Los niños corren en los patios escolares, hay muchos juegos infantiles que tienen como aliada principal a la carrera. Llega una edad donde dejamos de correr, porque las piernas ya no poseen las virtudes de la juventud. Mi primo Enrique, que en edad es un poquito mayor que yo, cuando le preguntó cómo está, me responde: “Estamos, es ganancia”, bien podría decir: caminamos, es ganancia. A veces, digo que a veces, no valoramos la capacidad motriz. Un simple doblón en un pie puede ocasionar una incapacidad, eso obliga a ir al médico y usar una prótesis. No hay peor cosa para una persona vieja que una caída. Es algo dramático. Por eso, ¡nada de carreras, nada de apresuramientos!
En San Cristóbal de Las Casas hay un dicho simpático que alude a apurarse para hacer un mandado: “andá carrera y regresás corriendo”. La indicación es: no parés un sólo instante, pero es recomendación para niños y jóvenes.
Los viejos que no tienen una incapacidad ¡caminan!, ya no corren. La vejez es una etapa de la vida donde las carreras ya quedaron en el pasado, la caminata es lenta y sosegada. El viejo se vuelve sabio, sabe que la vida se disfruta sin prisas.
Todas las mañanas veo a mamás que llevan a sus hijas de la mano, caminan contentas, rumbo a la escuela. Caminan sin pausas, deben llegar a tiempo a la cita escolar. Las oigo platicar, las niñas se sienten en confianza. La caminata compartida es un disfrute cuando se hace con afectos, con cercanos.
Posdata: si al poeta Sabines le encanta Dios, a mí me encanta caminar. Caminamos al dejar de gatear. Me sorprende que nadie celebre ese instante. Lo del hombre en la luna fue una cosa maravillosa, pero simple y boba; pasar de gatear a caminar ¡eso sí es “un gran salto para el hombre”! A partir de ese instante poseemos el maravilloso don de caminar, esto es un portento.
¡Tzatz Comitán!