martes, 1 de septiembre de 2009

Detrás de la pared


"¿Ya te fijaste cómo ha cambiado el pueblo?", me dijo Mario. No dijo nada nuevo, todo cambia constantemente. Comitán no tendría porqué ser la excepción. A Mario no le digo nada pero, de reojo, veo cómo ha cambiado su físico: su pelo ya está escaso, igual que sus dientes; por encima del cinturón aparece una prominente panza y su rostro tiene ya algunas arrugas; camina un poco encorvado. Tiene un año más que yo; es decir, como decimos en Comitán: ¡ya está "andando" en los cincuenta y cuatro" (gulp, si pienso que la tercera edad comienza a los sesenta, digo ¡gulp!).
Miramos a Comitán desde El Mirador. Desde ahí Comitán se asoma en todo su esplendor, se tiende magnífico en la alfombra verde del valle. A lo lejos se miran las montañas que son como paredes de la casa de Comalapa y de Chicomuselo.
Pero como se trata de llevar un poco la contraria, a Mario le digo que no todo ha cambiado. La noche ya comienza a aparecer y le digo que bajemos al pueblo. Vamos al parque central y ahí, mientras miramos a las muchachas bonitas que caminan al lado de sus novios, oímos la campana del templo de Santo Domingo que convoca a misa de siete. ¡No todo ha cambiado! El sonido del templo es el mismo que oímos de niños. Basta cerrar los ojos para oír el mismo aleteo de bronce. Así, con los ojos cerrados, advertimos que el tiempo es el mismo, que trae los mismos aromas.
El otro día -creo que ya lo dije- bajé al barrio de La Pilita Seca. A las siete de la noche, algunas personas sacan mesas sobre la banqueta, frente a las puertas de su casa, colocan focos, tienden manteles, y sobre éstos colocan canastas con tostadas y platos con carne deshebrada, salsas, frijol y mayonesa. Con estos ingredientes preparan las chalupas. La gente que transita en sus carros se detiene(como si fuesen en góndolas sobre una calle húmeda de Venecia) y pide dos órdenes de chalupa o las personas bajan y se sientan en las sillas plegables (o mejor ¡en la banqueta!) y comen sus chalupas acompañadas con un refresco embotellado, mientras la gente camina en la otra banqueta y dice buenas noches y camina con rumbo a su casa, en tanto la campana del templo suena con el mismo sonido de siempre. ¡Gracias a Dios, no todo ha cambiado en Comitán!