miércoles, 3 de abril de 2019

CAMBIO DE NOMBRES




A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: Mujeres que se cambian el nombre, y mujeres que calientan el árbol de mango.
La mujer que se cambia de nombre es como hija caprichosa del viento. ¿Por qué se cambia de nombre, por qué no acepta el nombre que le fue dado en su bautizo? No se sabe bien a bien qué la impulsa a ese acto de rebeldía.
Tengo una amiga que se llama Azucena (bueno, se llamaba). Ella aborrecía su nombre, porque, decía, todo había sido un acto de agravio. Cuando alguien, para darle ánimos, le decía que la azucena está considerada una de las flores más bellas del mundo, ella decía: “¡Ya ven, ya ven! Lo hicieron para ofenderme”, porque ella considera que no es una mujer bonita, le molesta tener los labios muy gruesos y tener pechos como de montoncito de arena.
Tengo una amiga que se llama Abril (bueno, se llamaba). Ella aborrecía el nombre, porque (¡uf, qué coincidencia!) graves hechos personales se habían suscitado en el mes de su nombre: la muerte de su abuela Engracia, la del abuelo Emilio y la ruptura definitiva con Arturo, quien ocho días después de haberla pedido en matrimonio, huyó con una alumna suya (alumna de ella, de su academia de piano). Por eso, cada vez que alguien la llamaba por su nombre, en la calle o en la relación del trabajo, ella sentía que un puñal le cortaba parte del alma, porque esa simple mención, que ella consideraba mención brutal, le soltaba de un solo golpe todo el caudal de malos recuerdos.
Tengo una amiga que se llama Azul (bueno, ella sí sigue llamándose Azul, pero le agregó Rojo). Se llamaba Azul Cielo y se le hacía un pleonasmo, así que ahora se llama Azul Rojo, porque su color favorito es el morado y quiso llamarse así, porque la mezcla de azul con rojo da morado, dice como si fuera Picasso en su taller de pintura. Cuando decidió llamarse Morada, se dio cuenta que sus amigos la confundían con Casa y ella, entonces, volviendo masculina la palabra: no les hizo ¡caso!
Tengo una amiga que se llama Crystal. Bueno, tenía una amiga que se llamaba Crystal, un día ¡se quebró! Fue una pena que el día que, por fin, había decidido cambiarse de nombre le haya ocurrido lo que le ocurrió. Ella había pensado llamarse Evita. Todos sus amigos piensan que el cambio de nombre, tal vez, hubiera evitado la tragedia. ¡En fin!
Tengo una amiga que se llama Noemí (bueno, se llamaba). Ella odiaba que su nombre comenzara con una negación. Cuando hizo saber su deseo de cambiarse de nombre, todos sus amigos aplaudieron tal decisión, pero segundos después le recomendaron que buscara otro nombre, que el elegido no era el más conveniente, pero como ella ya estaba hasta la coronilla de las negaciones fue al Registro Civil y se anotó como Siemí. Ahora, todo mundo, de cariño, le dice Sié y ella se siente satisfecha.
Tengo una amiga que se llama Rosaura. Bueno, se llamaba Rosaura hasta que entró al bachillerato y uno de sus maestros, por hacerse el simpático (¡nunca faltan!), jugó con su nombre y dijo que su nombre era muy bonito, como el de una canción y cantó: ¡Rosa, Rosaura, la del aura rosa, la del aura rosada! ¡Uf, no lo hubiera hecho! A partir de ese momento, todos los compañeros maldosos, cuando la veían, le gritaban: Adiós, Rosa, rósame el aura. Ahora se llama Tristana. No falta el molestoso que le dice Ana triste, pero ella ya se acostumbró a ignorar a los tontos sin nombre.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: Mujeres que son la leyenda del héroe, y mujeres que son la línea que se descuelga de la humedad.