lunes, 29 de abril de 2019

CARTA A MARIANA, CON CODA




Querida Mariana: el sábado pasado escribí algo acerca del Pasaje Morales. Dos o tres lectores recordaron nombres de algunos locales que ahí estuvieron durante los años ochenta: La dulcería La Italiana, que era atendida por su propietaria Irene García; la relojería de doña Mary Sánchez, así como la veterinaria de su hijo Ismael; una zapatería, que atendió doña Elva de Luengo; la papelería del señor Crócker; una papelería y librería que atendió Pepe Morales, hijo de don Rafa; así como el despacho del contador Trujillo y el laboratorio del químico Reynaldo Bermúdez. Sí, lo que en un inicio fue una vecindad se transformó en un conjunto de comercios y despachos profesionales.
Pero, de los comentarios vertidos, dos llamaron mi atención en forma especial: el de Lupita Ruiz Albores y el de Carlos Gordillo Domínguez.
Carlos es hijo de don Manuel y de doña Martita, quienes tuvieron su negocio “Novedades Cecilia”, en la Manzana de la Discordia, justo frente a una de las puertas del Pasaje Morales (la puerta que ahora da al parque central). Así pues, Carlos cuenta que el pasaje era como su patio de juegos, ahí jugaba chepe loco, carreritas, carritos chocones, fútbol, voleibol. Estos juegos eran por la mañana, pero por la noche, ¡oh, prodigio!, convertía al pasaje en una pista de entrenamiento de atletismo. Carlos cuenta que entrenaba las carreras de 80 o 100 metros (la distancia que tiene el pasaje). ¡Ah, imaginás que Carlos hubiese llegado a ser campeón de cien metros en alguna olimpiada! ¡Pucha, el Pasaje Morales sería visitado por cientos de turistas! Pero Carlos no se dedicó de manera profesional a las carreras, la única carrera que siguió y concluyó fue la de Licenciado en Economía. De todas formas, queda consignado que Carlos convirtió el pasaje en una pista de entrenamiento de atletismo. ¡Sensacional!
Lupita Ruiz aportó, de igual manera, un dato muy interesante. Contó que la residencia de su abuelo, don Florentino Ruiz Culebro, era la casa que está frente a la casa de las hermanas Fuentes Domínguez (los lectores comitecos identificarán la casa, porque hasta hace una semana estaba ahí el restaurante La Galería). La residencia de don Florentino era tan grande que daba la vuelta y llegaba hasta donde ahora está el Hotel Delfín. El Hotel era el sitio de la casa y, como don Florentino tenía fincas, era usado como caballeriza. ¿Mirás qué cosa tan simpática? Lupita Ruiz comenta que en uno de los arcos de la entrada de la casa donde estuvo La Galería están grabadas las iniciales de su abuelo: FR. Cuando don Florentino murió, los hijos heredaron esa residencia y la vendieron a diferentes dueños, con lo que la propiedad se dividió. Lupita hizo el comentario, porque dijo que si no se hubiese hecho la división, ahora bien podría existir otro pasaje. Sí, Lupita, el pasaje se llamaría ¡Pasaje Ruiz! Uno entraría por la calle donde está el Súper del Centro y saldría al parque, en la zona donde están los boleros.
A mí me encantaba ir con los amigos a tomar una cerveza (a veces una botella de trago) al Camino Secreto, porque nos ponían una mesa debajo de un árbol, en el sitio de la casa. Javier dice que mi recuerdo es delirio de borrachera, pero yo recuerdo que, en una ocasión (ya bien entonado), entré por una calle y salí por la otra; recuerdo (en mis delirios báquicos) que esa cantina era como un pasaje, porque, según mi borrachera, la casa daba de calle a calle.
Pero el recuerdo que sí corresponde a la realidad es el de la casa de mi padrino Ramiro Figueroa y de mi madrina Clarita Bermúdez. Mis papás y yo llegábamos a la casa (frente a las oficinas parroquiales del templo de Santo Domingo, y a pocos pasos de la entrada al mercado Primero de mayo), tocábamos el timbre y esperábamos algún tiempo hasta que alguien abría. ¿Está doña Clarita? Sí, pasen. Entonces, caminábamos por el patio de una casa, pasábamos por una sala, dos recámaras con las camas bien tendidas y roperos de cedro, un pasillo en el que había jaulas con gallos de pelea y en el techo un par de argollas donde hacía ejercicio mi primo Ramiro y, cincuenta o sesenta metros después, llegábamos a un comedor en donde mi madrina nos agasajaba con una comida que acompañaban los adultos con unas copitas de comiteco. A las cinco o seis de la tarde, nos despedíamos, entonces, en lugar de regresar por la ruta de la mañana, bajábamos por una serie de gradas, amplias, al lado de unas jardineras con flores, y salíamos a la calle paralela, la que sube al templo de El Calvario. ¡Sí, la casa de mi madrina Clarita era un pasaje sensacional! A mí me encantaba ir a visitarla. Esa posibilidad de entrar por una calle y salir a otra es algo que siempre me ha seducido.
Posdata: El Pasaje Morales tiene una gran historia. Hubo una época (ya lo dije) que tuvo gran movimiento, sobre todo cuando estuvo ahí La Proveedora Cultural, porque en ese tiempo muchas personas compraban periódicos, útiles escolares, revistas de monitos y, sobre todo, figuritas para llenar los álbumes.
Mi Paty y yo tuvimos una librería ahí en el Pasaje Morales. Sí, de verdad, era una sucursal de las librerías Educal. Como en aquel tiempo la venta de libros no era la bonanza que uno esperaba, le pedí a don Alonso Villagómez y a doña Carmelita Ruiz (dueños de la Proveedora Cultural) que me dieran revistas y periódicos a consignación. Así fue como, más o menos, logramos subsistir durante algún tiempo. Lupita sabe que su papá estaba suscrito al periódico Excélsior, lo que Lupita no sabe es que cuando tuvimos la librería, don Carlitos dejó de ir hasta el nuevo local de la Proveedora (que estaba más lejos; es decir, en el lugar que ocupa actualmente) y le pidió a don Alonso que pudiera recoger su ejemplar en nuestro local. ¡Y así fue! Esto permitió que todas las tardes platicáramos un rato con don Carlitos Ruiz. Fue nuestro privilegio.