lunes, 19 de marzo de 2012

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO ALGUNOS CAMINAN POR LAS GALERAS DEL MUNDO




Querida Mariana: Gustavo abrió la ventana de su departamento en el segundo piso, movió las manos y me gritó para que subiera. Yo caminaba apresurado con rumbo a la tienda de don Sebas y la güera. Mi mamá me había hecho el encargo de comprar un litro de leche. Subí por la escalera húmeda, eludiendo las bolsas de sabritas y latas que estaban regadas por todos los escalones. “¿Qué te ofrezco?”, dijo, en cuanto me abrazó y, con un movimiento de su mano, me invitó a sentarme. Llevo prisa, contesté, y él agregó: “Te sirvo un café y te lo tomás aprisa”. Cogió unas hojas de su escritorio y me dijo: “Te llamé porque quiero enseñarte este proyecto” y me entregó las dos hojas. Leí. Él sonrió. “Es buena idea, ¿no?”, dijo, se sentó al lado del escritorio y tomó un sorbo de café. “¡Chin, ya está frío! ¿Qué te parece?”. No sé, dije, es una idea locochona.
Cuando entré a casa mi mamá preguntó por la leche. Debí regresar a la tienda. Minutos antes había bajado de manera apresurada los escalones del departamento de Gustavo, esquivado a una pareja que se besaba en el descanso de la escalera y, con la confusión gozosa de su proyecto, olvidé el mandado.
¿Una Galería de Personajes Sin Lustre? Sólo a él, que no trabaja, se le ocurre andar inventando rarezas. Su planteamiento no deja de tener cierta razón: ¿Por qué sólo los personajes ilustres tienen el mérito de la inmortalidad?
Gustavo dice que abrirá una Sala con fotografías de personajes sin lustre: El mesero que, en la cafetería, por quién sabe qué misterio de la vida, no coloca cianuro en tu taza; el peluquero que se pasa de bueno y nunca te corta; la mujer que no acepta pasar la noche contigo porque tiene una enfermedad venérea; el bebé que no te orina.
Una galería con fotos de aquella gente que pasa inadvertida por la vida y que, sin embargo, hace que este mundo funcione como funciona.
En el primer muro será necesario colocar la foto del conductor que te llevó de Tuxtla a Monterrey y tuvo plena conciencia de que llevaba bajo su responsabilidad a treinta y dos pasajeros, dos niñas de seis años incluidas. El hombre que hizo que horas después (vos durmiendo) llegaras con bien a ver a tus tíos y primos.
¿Cómo se llama el controlador de los vuelos que hace que los aviones no colapsen a mitad del cielo? ¿Quién es esa mujer que te da de comer tacos, en la calle, y, sin que vos lo sepás, usa agua purificada? ¿Quién es el hombre que no embarra de grasa los calcetines cada vez que bolea tus zapatos? ¿Quién el hombre que, en la penumbra del callejón, a las nueve y media de la noche, no saca un cuchillo y te exige, con palabras intimidantes, que le des tu cartera? ¿Quién el enfermero que, sin asco, limpió tu caca la vez que estuviste internado en el hospital?
Gustavo dice que estos son los hombres sin lustre que estarán en su galería.
Cuando mi mamá sirvió la leche buscó el frasco de nescafé en la alacena y lo halló vacío. Sí, dije, voy a la tienda. No sé por qué di un rodeo. No quise toparme de nuevo con Gustavo que, imaginé, seguía en la ventana comentando su proyecto con medio Comitán.
Cuando entré al tendejón vi a la güera, detrás del mostrador, y pensé en preguntarle su opinión acerca de un local donde, por el pago de un peso, pudiera entrar a ver Personajes Sin Lustre. ¿Alguien pagaría por ver gente común y corriente?

sábado, 17 de marzo de 2012

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO TODO ES UNA FIESTA




Querida Mariana: fiestas hay en China, Japón y Australia, pero ¡los guateques comitecos no tienen comparación en el mundo! Acá, las fiestas incluyen una rara costumbre que se llama: “Se perdió la llave”. Creí que dicha práctica ya estaba proscrita, pero ¡ay Dios!
Emilio nos invitó a comer el día de su cumpleaños. Margarita mandó a poner una mesa debajo del árbol de aguacate. Poco a poco los amigos fuimos llegando, caminamos en medio del sendero de cipreses y macetas llenas de margaritas hasta llegar al corredor; ahí Emilio nos recibió para darle su abrazo. Él dejaba los regalos sobre una mesa cuadrada y nos ofrecía una bebida. En Comitán (tal vez en todos los pueblos del mundo) lo primero que se ofrece es una bebida. Y como Cristo dijo que es bueno “darle de beber al sediento”, ahí tenés a medio mundo sintiéndose muy cristiano al ofrecer agua revuelta con brandy o güisqui; y, de igual manera, ahí tenés a medio mundo poniendo cara de chucho en medio del desierto para recibir el cuenco lleno de taberna y satisfacer la sed. La mitad de los amigos pidió güisqui con hielo, mucho hielo, porque, a pesar de los frentes fríos que nos ensartan alfileres de hielo, ya comienza a sentirse el calorcito de Semana Santa. Los bolos, lo sabés bien, siempre tienen pretextos para enjuagar el cogote. Martín dice que en el buche tenemos el espíritu, por esto hay que bendecirlo a diario con vino, que es la sangre de Cristo. ¡Haceme el favor!
Me senté casi casi junto al tronco del árbol, donde un colibrí jugaba a libar una campanita blanca. “¡Mirá -dijo Elena- ese chuparmito en el quiebracajete!”. ¡Ah, me dio mucho gusto oír esas dos palabras comitecas en los labios de mi amiga!
Dos chiquitíos comenzaron a servir las botanas sobre el mantel blanco, tan blanco como el sueño de quiebracajete que nunca tuvo Van Gogh. Emilio, desde el corredor, preparaba las bebidas. Armando llegó y saludó a todos levantando la mano. “Me voy a sentar acá”, dijo y retiró la silla plegable, pintada en azul. Afuera, en la calle, se oía el ajetreo del día. Era la hora de salida de la escuela. Rocío dijo: “El tráfico está insoportable”. “Sí, vos, Comitán se está volviendo insoportable con tanto carro”. “¿Por qué fregados el Director de Vialidad no ordena el tráfico y elimina las calles de doble sentido que más bien parecen decisiones sin sentido?”, aventó Rocío, pero nadie le hizo caso, porque a esa hora entraron los marimberos; entraron cargando la marimba, en un ritual contradictorio, pues la cargan como si cargaran un ataúd y, sin embargo, cargan la vida, la alegre y jacarandosa vida.
“Cotz con los marimberos”, dijo Armando y pidió una cerveza al niño que sirvió un plato de sangrita sobre la mesa. A esta hora la mesa ya estaba llena de botanas, los chiquitíos, como hormigas habían traído platos con chicharrón prensado, frijoles refritos con chile de Simojovel, tostadas de manteca y guacamole. A esta hora la mesa ya estaba llena de cervezas (de esas de a cuartito). Emilio seguía preparando las bebidas que le pedían: tequila, güisqui en las rocas y un “Torres” puesto.
“Cotz con los marimberos”, volvió a decir Armando, en voz baja. “¿Cómo se les ocurre llegar tan tarde?”, preguntó, ahora en voz alta. “Sí, pues -dijo Rocío-, ya Las Mañanitas van a estar pasmadas”. Como si los marimberos la hubieran escuchado comenzaron a tocar Las Mañanitas, de manera apresurada. Margarita dejó el plato de palmito con rodajas de cebolla en salmuera, se limpió las manos con una servilleta y corrió a abrazar a su marido. Nosotros nos paramos y alzamos nuestras copas. Cuando Las Mañanitas terminaron, los marimberos tocaron una diana diana conchinchín y todos aplaudimos. Emilio hizo una caravana al estilo de los mosqueteros, alzó su copa y la estrelló contra el piso de ladrillo. Armando tomó el micrófono que tenía el del saxofón y dijo: “¡Una bomba para el festejado! Bomba, bomba. Entre abrazo y beso, caricia y apapacho, Emilio pasa su festejo, entre puro borracho”. Y la marimba volvió a somatar otra diana, mientras los invitados celebraban la bomba.
¿Cómo se pierde la llave? Así, con la mano en la cintura. El dueño de la casa, a las siete de la noche, hora en que me despedí, hora en que la calle ya estaba casi desierta y sólo el paso de algunos carros iluminaba las paredes de adobe de las casas vecinas, me dijo: “Se perdió la llave, Alex”. Yo, inocente, pregunté: ¿Pero cómo es posible? Debe haber un duplicado. Armando me quedó viendo, con cerveza en mano, y dijo: “¡Ay, no te pasés de pendejo!”. Yo había disfrutado mucho todas las caballadas que Armando me contó durante cinco horas, ¡cinco horas!
Como ya te diste cuenta, Mariana mía, esto de perder la llave significa que ninguno de los invitados puede salir de la casa. Los invitados podrán retirarse hasta que “la llave aparezca”.
No, le dije a Emilio. Vos sabés que duermo temprano y ya debo irme a casa. Emilio alzó los hombros, ya medio bolo, y dijo: “Ya, ya, estamos contentos que estés acá. Tomá otro té” y, cantando en voz alta esa de “yo sigo siendo el rey…”, con un jaibol en la mano, fue hacia donde Rocío y Manuel bailaban.
Entiendo esta costumbre, pero no la justifico. La llave es un chunche que abre, pero también cierra. En este caso, la llave funciona como elemento que cancela. La amistad tiene como pivote fundamental ¡la libertad! Si vos y yo somos amigos es porque así lo decidimos, de manera libre. Nadie es capaz de obligarte a ser amigo de alguien. ¿Por qué, entonces, en nombre de la amistad, pero con un trato abusivo, alguien atropella el derecho elemental de la libertad?
Quise decirle a Emilio que casi casi me tenía secuestrado y eso no iba a permitirlo. Pero no lo hice porque él y su esposa y los demás amigos bailaban con gusto al ritmo de la marimba, iluminados por el cielo oscuro y fresco de Comitán. Algunos, ya tatarateando, gritaban los gritos que acostumbran los bolos y que tanto se parecen a los lamentos de las urracas que perdieron un anillo de oro.
Caminé por en medio de los setos y chequé la cerradura. La puerta de madera es de mediados del siglo pasado y tiene una cerradura antigua. Oí la marimba a lo lejos, como si yo estuviese en otro espacio, fuera de la fiesta. Porque eso era lo que quería: abandonar el espacio de la fiesta donde había estado contento, pero ya era hora conveniente para retirarse. Me sentí prisionero y me sentí miserable, porque era un amigo quien, con el pretexto de su cumpleaños, me había metido adentro de una celda. “No, no -había dicho Armando-, la llave aparecerá como a las dos o tres de la mañana, siempre es así”.
¡Dios mío!, nunca pensé estar metido en un brete semejante. Una vez, Jorgito, en una banca del parque central, me contó que Tía Maty hacía unos fiestones bárbaros en su casa de La Pila y siempre, siempre, se perdía la llave y todo mundo seguía echando baile y trago hasta que amanecía. Y yo disfruté la historia y celebré la arrechura de los comitecos. Pero ahora, Mariana, que yo era personaje principal del cuento, tenía un sentimiento de impotencia. Saqué mi celular y llamé al maestro Odulio (un amigo albañil) y le pedí llevara una escalera, por favor. Busqué a los chiquitíos que habían servido la botana y ellos, felices con el billete de veinte pesos que les di, colocaron otra escalera sobre la barda donde crece generosa una enredadera. Esperé quince o veinte minutos, sentado en una barda junto a la fuente. El sonido del agua me relajó, un hilo de luz velaba mis ojos. El maestro Odulio me llamó y yo subí por la escalera de los niños. Cuando estuve en el borde superior de la barda, me monté y desde esa altura vi a mis “amigos” bailar y echar trago, felices, llenos de sudor y de emoción, ajenos a mi pesar. Supe, Mariana mía, que mis afectos viven la vida como si ésta fuese un río y dejan que el agua cálida los moje por entero. Yo, ¡qué pena, Dios mío!, no me gusta mojarme, no sé nadar. Supe, niña mía, que pertenezco a otra burbuja. Siempre he sido tímido, apartado de entradas de flores, de tumultos y de manifestaciones. Soy un poco lo que acá dicen “Ish”.
Como si desmontara de un caballo bronco, con temor, pasé mi pierna por encima de la barda y bajé por la escalera de madera del lado de la calle. El maestro Odulio detenía la escalera con ambas manos, había dejado prendidas las luces de su camioneta (camioneta gringa que compró en la frontera, cuando anduvo trabajando en Ciudad Juárez). La calle estaba desierta y sólo pasaron dos carros que se detuvieron tantito para ver cómo un hombre bajaba por una escalera, como si huyera de la casa; como si cometiera un acto ilícito. ¡Dios mío! Me sentí un delincuente, un traidor. ¡Qué tontería! Al bajar de la barda oí como si alguien espolvoreara hojas secas. ¡Era el colibrí! Me dio pena interrumpir su sueño.

Pd. Fiestas hay en todo el mundo, pero como las fiestas comitecas ¡no hay dos! Acá se pierde la llave. ¿Qué le pasa al mundo cuando una llave se extravía? Todo aquello que se guarda bajo llave tiene un significado especial. Se guarda bajo llave el diario personal (para que los demás no se enteren de nuestros sentimientos más íntimos); se guarda bajo llave las joyas (para que a los ladrones les cueste trabajo a la hora de robar). ¿Es correcto guardar bajo llave el corazón de la amada o del amado? ¿Es correcto mantener “en encierro” al afecto cuando el ideal es que la amistad sea como un loro viajando libre por los cielos de Chiapas?
Entiendo lo que hacen los anfitriones comitecos a la hora que encierran a sus invitados y no los dejan salir. Entiendo que es el extremo del cariño; es la forma de decirles que están tan a gusto que no quieren que ellos abandonen la casa. Lo entiendo ¡pero no lo justifico! ¡Cotz para los marimberos y para los que hacen “perdediza” la llave!

jueves, 15 de marzo de 2012

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO QUEREMOS ENREDAR HILOS DE LUZ




Querida Mariana: el poeta Jorge Melgar Durán está malito. Él es Director de “Global”, revista digital donde apareció aquel poema que tanto te gusta. Desde diciembre del 2011 se la ha pasado en hospitales y postrado en su casa. Es una noticia que a Comitán no le hace bien. No le hace bien porque el maestro Melgar es un hombre que ha abonado a la literatura de este pueblo. No es monedita de oro pa’caerle bien a todos, pero muchos comitecos de bien reconocen su trayectoria. A veces, él y yo, hemos tenido diferencias con respecto al proyecto cultural de este pueblo, pero hemos respetado nuestras divergencias y alimentado nuestras coincidencias. Ahora, me cuentan, le cuesta trabajo respirar. ¡Dios mío! ¿Cómo poder darle un poco de aire en este pueblo donde él, como papalote, ha bailado en el aire?
Una tarde, hace no muchos años, una amiga me dijo que conoció la poesía de Raúl Garduño en los corredores exteriores de la Casa de la Cultura. Esa vez, un admirador la había citado en ese lugar. Ella llegó y vio unos paneles colgados en las paredes que tenían fragmentos de poemas de Raúl. El admirador la dejó vestida y alborotada, pero ella no se enojó, al contrario. Estuvo más de una hora leyendo los poemas. Se convirtió en una admiradora de la obra del poeta comiteco. Cuando me lo contó le dije que esos paneles los había colocado Jorge Melgar, siendo Director de la Casa de la Cultura. ¿De veras no te molestó que tu admirador no llegara?, le pregunté. “No -dijo ella- al otro día mi amiga Mariela me dijo que su primo estaba en cama, porque cuando iba a verme, se cayó y se fracturó un pie. Fui a verlo y le llevé un libro con poemas de Garduño, junto con una canastita de muéganos y chimbos. Ambos nos hicimos fans de la poesía de Raúl”.
Y es que uno no sabe qué puede hacer un acto. Jorge fue amiguísimo de Raúl en la infancia y en la adolescencia y, en prueba de fidelidad, siempre ha compartido la poesía de Garduño.
Además, cuando Jorge fue director de la Casa de la Cultura promovió el Primer Encuentro de Teatro Estudiantil. Varios grupos de teatro de escuelas de nivel medio superior se inscribieron y el concurso superó las expectativas. El teatro se llenó todas las tardes y el entusiasmo de los alumnos se manifestó con matracas, para apoyar a los grupos que representaban a sus respectivas escuelas, casi casi como si fuese un encuentro de fútbol. A mí me tocó dirigir al grupo de teatro de la Escuela Preparatoria. Cuando el maestro Melgar vio que el auditorio estaba lleno de muchachos con panderos, botes de tecate llenos de piedras y trompetas de la banda escolar, se acercó y me dijo que los calmara. Le dije que al iniciar la obra todos se calmarían. Así sucedió, cuando dieron la tercera llamada y la obra comenzó, los actores se impusieron y, minutos después, los espectadores se doblaban de la risa con los diálogos de la obra. En esa ocasión ganó el grupo dirigido por mi amigo Luis Felipe Gómez Mandujano.
La Casa de la Cultura no ha realizado mucho trabajo de edición. Tal vez las dos excepciones son Jorge Melgar y Luis Armando Suárez. La gestión de Jorge impulsó la edición de pequeños folletos poéticos. Por ahí todavía anda rondando el número uno, con poesía de María Luisa Macal.
Todo esto te lo cuento porque es una manera de recordar todo el bien que Jorge ha regado en nuestro jardín. ¿Es posible que una palabra lleve aire a su cuerpo hoy minado? ¿Es posible que estas líneas sean como el viento que impulse el papalote de su ánimo? ¿Es posible decirle a Jorge ¡que se levante ya!, que tres meses de andar en cama ya es suficiente?
Querida Mariana, hoy que está malito quisiera decirle al maestro Melgar Durán que me entristece saberlo postrado; quisiera verlo colocar los poemas de Garduño y los suyos en las paredes de este pueblo, porque la poesía hace bien a quienes hacen citas de amor en la Casa de la Cultura. Quisiera hacerlo, pero no lo hago porque no quiero interrumpir su sueño. Cuando despierte ¡lo haré! Le diré, entonces, que me alegra mirarlo sonriente y que agradezco verlo bordando los hilos de luz de este pueblo.


Nota del autor: Mis colaboraciones a El Heraldo de Chiapas las envío con días de anticipación. Esta Arenilla la envié el lunes pasado. Por desgracia, el poeta Jorge Melgar Durán ya no la leerá, porque falleció el día de ayer, jueves 15 de marzo. Como un abrazo para su familia no le quito ni le agrego una coma. La dejo tal como la concebí, como hubiese querido la leyera Jorge. Que descanse en el río de la luz eterna.

miércoles, 14 de marzo de 2012

POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS




Enrique me envió esta foto que tituló: “300 años”. Mi mente tradujo el título: ¡Tres siglos! Y guardé la foto en el usb, porque un siglo es un titipuchal de instantes.
Los montones siempre me agobian. Si veo cientos de personas en un estadio ¡me da cosa!, y me retiro de inmediato. Lo mismo me sucede si miro montones de billetes, de monedas, de piedras, de árboles, de ojos o de piernas. ¡No soporto las aglomeraciones! ¿Quién puede soportar un duchazo de trescientos años?
Pero, más tarde, mi mente comenzó a darle vueltas a la fotografía e insistió en corregir: ¡no son trescientos años! ¡Es más! ¡Dios mío! Es más porque Enrique tiene 56 o 57, yo estoy “andando” en los cincuenta y cinco y los demás (Javier, Pedro, Memo y Jorge) no cantan mal las rancheras. Nuestras edades suman más de trescientos años. Ese mojol es como de treinta y tantos años. Y entonces, al hacer este desglose, el agobio tomó la cara de sorpresa, porque, igual que todas las demás palomillas del mundo, no nos conocemos de hace siglos, pero sí acumulamos más de cuarenta años; más de cuarenta años de vida compartida. ¡No son trescientos años, apenas son cuarenta y tantos! Me di cuenta que no hemos acumulado sino que, juntos, hemos allanado el camino. La amistad no es acumulación sino levedad.
A estas alturas no voy a tratar de definir la amistad, porque todo mundo sabe que es el agua más limpia de nuestros ríos. El viento que se enreda en los árboles no puede contener su aire sin ese pétalo que se llama amistad.
Estoy seguro que esta foto se repite en mil partes a todas horas. Javier, el otro día, me dijo que vio la foto de nuestra generación de Secundaria y le asombró ver que hay dos o tres muertos (más, sí Javier, más, pero recordá: ¡no me gusta el amontonamiento!). Recordamos la película “La Sociedad de los Poetas Muertos”, en el momento en que el maestro lleva a los alumnos de reciente ingreso a donde está la foto de la primera generación y les pide que se acerquen y escuchen. Los muchachos no comprenden, pero, mientras se acercan, el maestro dice: “Carpe diem”, como si fuese la voz de aquellos alumnos, ya muertos.
Enrique me aventó el baldazo de agua fría diciéndome que en esta foto están reunidos ¡tres siglos! (¡más!). Y yo, siempre huraño a los túmulos del tiempo, coloque los años en una línea recta y supe que nuestra amistad está colocada sobre una banda que comienza a principios del siglo XVIII y llega hasta estos años titubeantes del amanecer del siglo XXI; supe, entonces, que los años no se amontonan como si fuesen piedras de pirámide, sino que son piedritas para formar mandalas que se deshacen con el viento.
Sí, Javier, varios de la generación han muerto. Por esto, cuando los de la palomilla nos reunimos, sin saberlo, sin decirlo, hacemos un homenaje a míster Keating, de la Sociedad de los Poetas Muertos, y gozamos el instante, porque en la vida todo es “Carpe diem”.
Sé que esta foto se repite por millones en todos los países del mundo. Ahí están reunidos, en bares, en parques, en jardines, amigos que no han amontonado los años, sino que los han estado diluyendo en aguas comunes.
Sí, Enrique, cuando nos reunimos no hacemos más que hacer un homenaje a todas las palomillas del mundo que, a veces, se citan para llevar un ramo de flores al amigo muerto y luego van a la cantina y piden una cerveza y comen tripitas o carne salada o carraca con salsa bruja y caminan entre las mesas metálicas y meten una moneda a la rocola y escuchan una canción de La Tropa Loca o de Los Ángeles Negros o de Camilo Sesto o de Leo Dan y brindan por la vida, brindan por ¡la amistad!, por los instantes que se acumulan y forman siglos, muchos siglos.

lunes, 12 de marzo de 2012

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL TIEMPO ES UNA MAZORCA SIN GRANOS




Querida Mariana: en los años setenta, del siglo pasado, una tarde, Javier y yo entramos al cine y vimos “El topo”. Acostumbrados a ver películas de Capulina, de Tin Tan, de la Tigresa y del Santo ¡nos sorprendimos ante lo que miramos esa tarde!
Ayer, hurgando en la biblioteca de la escuela hallé el libro: “La danza de la realidad”, memorias de Alejandro Jodorowsky, el director de “El topo”. Chileno, nacido en 1929, Alejandro cuenta, en el primer capítulo, su niñez.
Aquella tarde en el Cine Comitán algo como un deslumbre cimbró mi espíritu. Fue como uno de esos rayos inocentes que iluminan el cielo a media noche, pero que, segundos después, te espantan al oír el retumbo que pasa por encima del techo.
De aquella película recuerdo, con gran nitidez, el principio. El topo (vestido completamente de negro), cabalga en medio de montañas de arena. El caballo avanza como grulla en terreno fangoso. El hombre, con sombrero negro, con paraguas negro, baja a un niño desnudo que cabalga junto a él (un niño de siete años) y le dice que entierre su primer juguete y el retrato de su madre. El niño abre un hueco, mete ambos objetos y les echa arena encima. El juguete queda totalmente enterrado, la fotografía de la madre queda parcialmente cubierta, es como un iceberg o como un trasatlántico que no se hunde por completo. Has de entender, niña mía, que, acostumbrados a ver principios donde cantaba Javier Solís o bailaba Tongolele o César Costa manejaba un auto de carreras, este principio de película ¡nos impactó!, casi tanto como si estuviésemos viendo los pechos de Isela Vega. ¿Qué quería decirnos Alejandro con esta imagen?
Ahora que volví a encontrarme con Jodorowsky advierto que muchas de las imágenes de sus películas (“El topo”, “Fando y Lis” y “La montaña sagrada”), las pepenó en su infancia y las desarrolló a través de su vida. Parece que los seres humanos dedicamos la vida a pulir las piedras que recogemos de niños. ¿Por qué entonces, en “El topo”, Alejandro nos avienta en la cara, así como una bofetada, que para crecer debemos enterrar nuestras primeras piedras, esas piedras tan bonitas que alguna tarde recogimos a la orilla de un río con agua cristalina?
¿Por qué El topo hace que el niño, junto con el primer juguete, entierre también el retrato de su madre? Tal vez el enigma se descubre conforme avanza la película, pero yo no recuerdo más. Esa primera imagen se quedó en mi mente para siempre y puso un velo transparente a las demás imágenes de la cinta. Vos sabés que mi memoria es muy endeble, tanto como esos puentes hechos con lazos y pedazos de madera podrida. Esa imagen sirvió para que, desde entonces, me preguntara a cada rato: para crecer ¿debo enterrar mis primeros juguetes?
Hoy sé, querida mía, que el mundo es el topo que nos fuerza a enterrar los carritos y los muñequitos para entrar en este absurdo mundo adulto.
Yo, siempre me rebelé a enterrar esos juguetes, porque decidí preservar los recuerdos de mi infancia, al lado de mi propia infancia. Hoy, coincido con el Libro de los Consejos que sugiere recuperar el niño que uno fue. Por esto sé que no fue tonto dejar intocados mis juguetes impecables. Es una estupidez enterrarlos de niño para desenterrarlos una vez que se está viejo.
¿Era necesario enterrar el retrato de la madre? ¿Es necesario, para crecer, cortar ese cordón umbilical? Esa secuencia, de no más de un minuto, me sacudió como si fuese un ventarrón que botara todas las hojas de mis ramas.
¿Quién era ese tipo que nos presentaba imágenes extraídas de pozos con agua tan pesada? Hoy leo sus memorias y comienzo a descubrir quién es Jodorowsky. La lectura de este libro vuelve a darme un sacudón tremendo. Alejandro, parece ser, está destinado a ser como un tsunami para remover el agua tranquila de mi conciencia. Lo acepto. Asumo el reto.

sábado, 10 de marzo de 2012

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL APODO ES COMO UN ÁRBOL DE MIL HOJAS




Querida Mariana: el poeta Enoch Cancino Casahonda dijo que el apodo comiteco es el más ingenioso de Chiapas. ¡No sé si para Comitán esto es motivo de orgullo, porque, de todos modos un apodo es un apodo! El apodo es un nombre que cancela el nombre. Claro que cuando alguien se llama Eufresio o Casiano, pues, probablemente le vaya mejor su apodo. Un alto porcentaje de personas se disgusta cuando escucha su apodo. Hay otros, por el contrario, que lo disfrutan y lo vuelven una fiesta. El comiteco José Luis Arredondo García, quien es un famoso director de grupos de danza, me pidió un día que no escribiera su nombre en un comentario periodístico que hice acerca de su profesión: “No jodás, Alejandro, poné Pistache, así me conocen en Comitán”. Se sabe, y es extraño, que en este pueblo el apodo es de uso común y, en ocasiones, es una losa que cubre el nombre propio. ¿Por qué nos permitimos este camino fangoso?
El apodo puede tipificarse como un comportamiento extraño de los seres humanos. ¿Qué nos mueve a encaramar otro nombre encima de nuestro nombre? ¿Por qué encimamos esas piedras filosas sobre las piedras bola que de por sí tenemos que cargar toda la vida? Y hago estas preguntas porque el nombre es algo que los padres nos adosan sin pedir nuestro consentimiento; es, por lo tanto, un acto de imposición. Tengo una amiga que se llama Guadalupe y no le gusta que le digan Lupita o Lupe. Y es que si ponés atención te darás cuenta que el sonido no es tan agradable. ¡Lu-pi-ta! ¿Lo oís? Por la fuerza de la costumbre no le hacemos caso, pero escuchándolo con atención suena a pito de tren desafinado: Lupita. Y lo de Lupe suena fuerte, como bolillazo en marimba desafinada. Bueno, no todo mundo opina igual. Hay mujeres a quienes les encanta llamarse así. Y son muchas, porque en este país hay más Lupitas que vendedores ambulantes, y con esto ya dije todo. Hay millones de Lupitas en honor a la Virgen.
En estos días leo una novela de Ítalo Calvino que se llama “El barón rampante” y que cuenta la historia de Cosimo Piovasco, niño que a los doce años de edad decidió encaramarse a un árbol. Toda su vida transcurrió en lo alto de los árboles. No volvió a poner un pie sobre la tierra. Cosimo renuncia a una vida “normal” y adopta un comportamiento extraño. ¿Podés imaginar a un hombre que se pase la vida saltando de rama en rama, de árbol en árbol? Cosimo no baja ni siquiera para orinar ni para…dormir.
Algo de Cosimo tenemos al ponernos sobrenombres. Abandonamos la tierra de nuestro nombre y nos elevamos (o nos elevan) a las alturas donde podemos caer sobre la copa tibia de un árbol de juncia o sobre el corazón de nopal de un espino. Olvidamos poner los pies sobre la tierra de nuestro nombre y nos quedamos en las alturas del sobrenombre. Hay decenas de comitecos que son más conocidos por el apodo que por su nombre; por esto, en el colmo de la exageración, contamos chistes donde ignoramos cómo nos llamábamos originalmente. Y esto, banal en apariencia, nos enfrenta a una realidad: ¡somos exiliados! Abandonamos nuestro territorio y vivimos en un terreno que, también (¡Dios mío!), otro nos impone.
¿Te das cuenta, mi niña arroyo? Los seres humanos vivimos respondiendo a nombres y sobrenombres que nos son impuestos. No poseemos siquiera la posibilidad de llamarnos a nosotros mismos.
El nombre (se supone) es un acto amoroso. Los padres eligen entre miles de nombres aquéllos que van de acuerdo a sus gustos e intereses personales. Y unos padres (¡Dios mío!) tienen unos gustos que si por ellos fuera las calles de Comitán estarían forradas con peluche de color rosado. Así tenemos compas que van rodando por la vida con unos nombres que ¡Dios disculpe el atrevimiento! Tuve un compañero en secundaria, que era un futbolista excepcional, que se llama Ranol. ¡Fácil, los compañeros jodones, dos minutos después de haberlo conocido, comenzaron a decirle vochito, por aquello de la Renault!
En la vida, como Cosimo, vamos de árbol en árbol sin haber tenido la posibilidad de haber sembrado nuestro propio árbol, el que correspondiera a nuestros propios gustos. Tal vez por esto, en la primera novela corta que escribí: “Dios también resuelve crucigramas”, el personaje principal no bautiza a su hija recién nacida. La nombra sólo con la letra D, para que cuando sea grande (piensa él) ella sea quien elija su nombre, para que ella misma ¡se nombre! Esto deberíamos hacer todos los hombres y mujeres, porque el nombre es un elemento vital. No hay un solo ser humano en la tierra que carezca de nombre. Carecer de él significaría cancelar nuestro propio ser. ¡Somos porque tenemos nombre!, porque hay alguien que nos nombra.
Sabés que he dado clases durante muchos años. En ese lapso, los alumnos me han puesto como mil trescientos treinta y dos apodos. Por alguna extraña razón ninguno ha caído en tierra fértil, ¡todos se han secado! Mis amigos de secundaria me pusieron un apodo extraño, apodo que César Robles aún lo recuerda y me lo grita cuando me mira en la calle: Tutushac. La historia es simple. El irreverente de Ramiro Suárez (uno de mis mejores amigos en los años setenta) llegó un día a la escuela. Estudiábamos el segundo de secundaria. Entró al salón, abrió la tapa superior del pupitre de madera, guardó la torta, los cuadernos y nos llamó a tres o cuatro. Hicimos un círculo alrededor de él y, con voz de confesionario, dijo: “Les tengo una muy buena. Ya sé cómo le decían al padre Carlos cuando era niño” y sonrió con esa línea de viento arrecho que siempre tiene. ¡Dios mío, qué pecado! El Padre Carlos era nuestro director y el sacerdote católico más influyente de Comitán. Atreverse a decir su apodo, en tono de burla, era un sacrilegio. Lo que Ramiro estaba a punto de revelarnos era una bomba tan explosiva como la de Hiroshima. ¡Si el padre Carlos llegaba a enterarse, la puerta de la excomunión nos esperaba! “Le decían Tutushac”, reveló y nos quedó viendo. Todos hicieron silencio. Yo, niña mía, tal vez porque me había puesto nervioso ante la revelación, reí. Reí y comencé a decir el apodo en voz alta, cada vez más alto. “Tutushac, ¡Tutushac!”. No podía dejar de reírme ni de gritar el sobrenombre. Los compañeros vieron a todos lados esperando que se asomara el padre y nos jalara de las orejas, nos pateara y nos expulsara del Colegio. Por si las moscas africanas huyeron. Me quede solo con Ramiro. ¿Por qué le decían Tutushac?, pregunté y Ramiro alzó los hombros y corrió a reunirse con los otros, quienes ya jugaban básquetbol en la cancha.
El otro día, ya te conté, fui al Ocotal, en El Triunfo. Ahora que leo a Calvino trato de imaginar cómo será vivir arriba de los árboles. Tarzán, el hombre mono, creció arriba de los árboles y viajaba a través de las lianas, pero ponía los pies sobre la tierra. ¿Cómo será vivir permanentemente arriba de los árboles? Es difícil imaginarlo. No obstante, en la novela de Ítalo, todo fluye como un río. Quien vive permanentemente respondiendo a un apodo es como si viviera, por siempre, trepado en un árbol sin hojas.
Mi amigo Jorge Gómez Solís, el Director del Deporte Municipal, no le molesta que le digan “Negrito”. Muchos de sus amigos lo llaman así y él responde con agrado al llamado. El otro día me dijo que, con la experiencia del puesto público, el pueblo tendrá que reconocer su trabajo y decirle: “Don Negro”. Y es que el Don es un atributo que no proviene de títulos nobiliarios, se gana con el comportamiento en la sociedad.
El apodo, querida mía, es un río que lleva objetos que abandonó la marea. Enoch Cancino Casahonda decía que los apodos más crueles son los que tienen los habitantes de Chiapa de Corzo. Basta recordar los gentilicios para darnos cuenta que hay pueblos que son bendecidos por la mano de Dios y otros que están amarrados al cuerno del unicornio que no vuela. A los comitecos nos dicen “cositías”. Aunque algunos no lo aceptan, la mayoría recibe con afecto el trato, porque sabemos que se privilegia nuestra propensión a usar el diminutivo con cariño. “¿Ya miraste qué bonito está el hijito de la Cande? ¡Miralo, qué cositía más chula!”. Pero no creo que a los de Chiapa de Corzo les guste mucho el trato de “Culospintos” que se les da en todo el estado.
Los comitecos tenemos que reflexionar acerca de esta costumbre. Tenemos que hablar del apodo sin subterfugios, porque es parte de nuestra identidad. Doña Bety Mandujano de Ruiz se ha dado a la tarea de relacionar la mayoría de apodos comitecos. ¿Para qué puede servirnos una lista semejante? El otro día, en una comida con amigos, apareció el tema del apodo. Algunos comentaron que el apodo es un hilo simpático de nuestro bordado, otros, en cambio, dijeron que el apodo es una práctica nefasta porque, en muchos casos, alude a defectos físicos, por lo tanto es denigrante. ¿Qué decir ante el apodo de un señor que le dicen “Eltodojunto”? No sé, pero imagino que los apodos son más frecuentes en los hombres que en las mujeres. El otro día que te pregunté, vos me dijiste que no tenés apodos, que, a lo más que llegan tus afectos, es a decirte apocopes cariñosos.
Es conocido el chiste donde se cuenta cómo un maestro preparatoriano, con un bellísimo cabello ya canado, se presentó ante sus alumnos y dijo: “Como sé que en Comitán son muy dados a poner apodos les digo que me pueden decir Zorro Plateado”. A lo que un alumno, de la última fila, le dijo: “¡Ay, profe, llego’sté tarde, ya le pusimos: Cabeza de culo de tacuatz!”.

Pd. ¿Por qué el mundo insiste en poner apodos? ¿Por qué, como monos, tenemos que vivir trepados en árboles? ¿Qué mecanismo se acciona cuando nosotros nos pensamos zorros plateados y el mundo nos impone otra imagen? En todo el mundo la gente recibe apodos. En plática de cantina o en plática de sala o de café, en la intimidad, las personas se refieren a las otras mediante apodos; sobre todo si los nombrados son políticos o gente relevante. El apodo, en estos casos, tiene el mismo papel de válvula de escape que tiene la caricatura en la prensa. El sobrenombre caricaturiza al personaje. ¿Esto es correcto? ¡Andá a saber! El tejido social es complejo. Lo cierto es que acá en el pueblo medio mundo tiene apodo.

viernes, 9 de marzo de 2012

REMEDIOS DE CASA




Tocaron. Dejé el libro sobre el sofá y salí a abrir. Un niño, con la vista levantada, preguntó: “¿Usted es Alejandro Molinari?”. Cuando dije que sí, el niño extendió la mano con un sobre. Adiós, dijo, y se fue por la calle donde ya corría el viento de las seis de la tarde. Cerré la puerta. Una mujer, de nombre Remedios, me pedía ir a verla. Debajo de la petición, aparecía su domicilio.
Paty me dijo que no fuera. ¿Sabía de quién se trataba? No, no la conocía. Ella escribió, con letra como de agua temblorosa: “Yo conocí a Gabriel García Márquez”. La posibilidad de conocer en Comitán a alguien que conociera a Gabo, me estuvo dando vueltas dos días. Al tercero subí a un taxi y le pedí al taxista me llevara. “Le va a costar cuarenta pesos la dejada”, y agregó que me dejaría a una cuadra porque era imposible subir más. Nos enfilamos con rumbo al cerro que acá en Comitán le llaman de “La Ametralladora”, porque, cuentan, en tiempo de los Carrancistas, ahí colocaron una ametralladora.
“¿Usted lo conoce?”, me preguntó doña Remedios limpiándose las manos con su mandil. No, dije. “¡Cómo!, ¿no es usted el escritor Alejandro Molinari?”, dije que sí, pero que no conocía a Gabo. Claro, traté de aclarar, he leído su… Ella me interrumpió. Con su mano me indicó que me sentara en el borde de la cama, a su lado. El cuarto era pequeño, con un ventanillo por donde se miraba una bugambilia que iluminaba el patio de tierra, donde dormían dos perros flaquísimos. En todos los rincones había un olor como de azafrán, como de sudor de mujer excitada. En la pared de enfrente (todas las paredes eran de tablas de madera, pintadas de color azul) la mujer tenía un oratorio, con una veladora prendida. Al lado de la imagen de bulto de San Caralampio estaba una foto del escritor, la que le tomaron la noche en que recibió el Premio Nobel. Está con su traje de manta blanca.
Ella no dejó que le preguntara. Se paró y fue por la foto de Gabriel y me dijo: “Gabrielito estuvo en mi cama dos veces. Yo soy Remedios, la bella. Usted ha leído su novela ‘Cien años de soledad’, ¿verdad?”. La mujer llevó la foto a su pecho y, como si fuese un bebé, comenzó a acunarla. Doña Remedios es de cara pequeña, con ojos como de zarigüeya y cabello ya todo blanco, casi casi tan blanco como el traje que usó Gabo el día que recibió el Nobel.
Le pregunté en dónde lo había conocido. Acá, dijo, y con su mano derecha acarició el colchón. “En esta cama, Gabriel y yo cogimos como locos. ¡Ah, es tan caballeroso, tan ardiente!”. Pero, le dije, Gabo nunca ha estado en Comitán. Ella me puso un dedo en la boca y dijo: “Es un secreto, él no quiere que se sepa. En cuanto me vio dijo que yo era la mujer más bella del mundo y que sólo porque estaba casado no venía a vivir conmigo. Por ahí tengo el libro con dedicatoria de su puño y letra, donde me dice que la del libro soy yo”. Apoyándose en mi rodilla, se levantó a buscar el ejemplar. Hurgó en una caja de madera, sacó unos trapos viejos, se sentó en el suelo y dijo: “No sé dónde quedó. Los niños, usted sabe, luego andan ‘revoltijeando’ todo”, y en cuanto lo dijo, abrió la puerta y llamó a los dos perros: “A ver, niños, díganme dónde dejaron la novela de Gabriel”. Los perros entraron y se echaron junto a la cama, a mi lado.
¿Cómo te fue?, me preguntó Paty cuando entré a la casa. Bien, dije. ¿Quién resultó ser? Una puta, dije, una puta que conoció a Gabriel García Márquez. ¡Una puta bella, muy bella! Paty me quedó viendo y dijo: “¡Qué amiguitas tenés!” y siguió deshilando un pedazo de manta blanca, casi casi tan blanca como la tela del traje que usó Gabo la noche que pasó a dormir con Remedios, la bella.

miércoles, 7 de marzo de 2012

GABRIEL Y JAVIER


Con mi abrazo afectuoso para Javier Aguilar.


Ayer celebramos el cumpleaños de Gabriel y el de Javier. El de Gabriel fue estruendoso; el de Javier más modesto. Gabriel, en medio de fastuosas celebraciones, cumplió 85 años. Javier, aún joven, cumplió 56.
Al festejo de Gabriel estuvo invitado todo mundo. El rostro de Gabriel es conocido en Londres, en París, en Cartagena, en México, en Tuxtla, en Tokio, en Comitán y en Chamula. Millones de lectores han leído sus “Cien años de soledad”. A mí (disculpen), me gusta el título inglés de su novela más aclamada: “One hundred years of solitude”. Me gusta cómo suena el “solitude”. Como que le quita un poco de carga a la palabra española: soledad. Mario, con quien viví en la misma casa, cuando era estudiante de la UNAM, en la ciudad de México, le decía “Tía Solitude” a la dueña de la casa. Hoy entiendo que Mario, también, prefería la palabra inglesa.
Soledad es, tal vez, la palabra más triste de la lengua española. Siempre que escucho la palabra recuerdo la anécdota que me contaba Efraín acerca de su abuelo. Me contaba que cuando llegaba a la finca del tío Roberto, trepado en un caballo flaco, olía el excremento de las vacas y de los toros que estaban guardados en un corral de piedras. Al llegar a la casa grande, se bajaba del caballo y antes de saludar a los tíos o de lavarse las manos para ir a la cocina a desayunar el caldo de gallina de rancho, corría a la bodega donde guardaban el maíz. Empujaba la puerta y miraba el delgado hilo de luz que se colaba por un ventanillo superior y que era la única línea que iluminaba el interior húmedo del cuarto. “Abuelo”, decía en voz baja y seguía caminando por en medio de la penumbra. Siempre (me contaba) oía la voz de tiuca del viejo que le decía su nombre y lo esperaba con los brazos abiertos y el olor a mierda que siempre tenía embarrado en su silla de ruedas. Yo le preguntaba a Efraín porqué permitían que el abuelo estuviera abandonado como un objeto. En estos tiempos alguien acudiría a Derechos Humanos a denunciar este maltrato y meterían a la cárcel al tío Roberto, pero en ese tiempo ¡qué esperanza!
Ayer, a la hora que me uní al festejo de Gabriel y abrí el libro “Doce cuentos peregrinos” y leí el cuento: “Sólo vine a hablar por teléfono” y, al lado de la ventana, viendo las orquídeas, alcé mi vaso de agua en honor a Gabriel, pensé en el abuelo de Efraín y supe que él encarnó, quién sabe cuántos años, la palabra ¡soledad!
Pensé en Gabriel y no pude evitar pensar en lo solo que debe sentirse el hombre que es festejado en todo el mundo por millones de lectores. ¿Cómo será ser festejado en medio de tanto polvo, de tantos árboles secos y tantos cadáveres que se levantan a media noche a buscar objetos extraviados hace mil años?
Javier fue festejado de manera modesta. Él (no sé si en algún momento leyó “Cien años de soledad”) fue, en su adolescencia, un voraz lector de esos libros de cuarto de página que pertenecían a la Colección Marcial Lafuente Estefania, que narraban historias de vaqueros del Oeste. Siempre llevaba un librincillo de esos en la bolsa de su pantalón. Tal vez por esto, la vida de Javier ha transcurrido en paisajes menos solitarios, menos Garciamarquianos. Los paisajes de Javier han estado llenos de polvo, de un sol intenso y de balaceras. Pero, también, han estado llenos de cantinas donde entran los vaqueros desplazando las puertas abatibles y donde, al lado del pianista, están las coristas, con sus vestidos rojos y sus polleras blancas que ofrecen la posibilidad de subir al segundo piso, a través de escaleras endebles de madera, para entrar a un cuarto en donde, ellas, le quitan al hombre esa cáscara de soledad que es como la tiña, que es como el abrigo permanente. El cumpleaños de Javier fue celebrado de manera más modesta que el de Gabriel. ¡Cien años de luz para el escritor! ¡Cien años de luz para mi amigo!

lunes, 5 de marzo de 2012

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL POZO TIENE SU ESENCIA EN EL AGUA




Querida Mariana: este año será la primera vez que votarás. ¿Por quién votar? ¿Qué candidato garantiza el desarrollo sano de la sociedad? Y digo garantiza porque si escribo la palabra “promete” caigo en un error.
¿Cómo elegimos? Digo esto porque a veces me topo con personas que me paran en la calle y me piden que les recomiende un libro. Yo no puedo recomendar algo, querida mía, porque cada persona tiene intereses diferentes.
Creo que la elección de lectura tiene que ver con el proceso electoral. En la democracia es necesario que existan opciones para que los votantes puedan elegir, dependiendo de sus intereses muy personales. Hay gente que reduce su espectro porque pertenece a un partido político. Se supone (enroques ideológicos aparte) que quien simpatiza con un partido político no tiene más opción que votar por ese partido que resulta congruente con su ideología. Lo mismo sucede con quienes trabajan en el Estado y comprometen su plaza a la hora de votar.
Son las personas de a pie, el que trabaja en su taller mecánico o la que corta el cabello en una estética, quienes tienen la real posibilidad de elegir. Ellos son los verdaderamente libres y quienes pueden cambiar el rostro de un país.
Los potenciales lectores deben optar por el abanico democrático de la inteligencia. Siempre recomiendo que acudan a una biblioteca (creo que para esto sirven estos reservorios de libros) y comiencen a hojear (y ojear) libros de historia, de geografía, de literatura y de cuanto conocimiento se les ponga enfrente. A la hora que un lector toma un libro y lo palpa y lo abre y mira las ilustraciones o lee dos o tres líneas de la novela o se asombra ante un verso, a esa hora la magia del libro ¡ocurre!
El lector debe enfrentarse a su propia experiencia vital: tocar y palpar los libros (o maravillarse ante los libros electrónicos).
¿Y por quién votarás, querida mía? Vos, gracias a Dios, no tenés mayor compromiso que el de aspirar a un país menos convulso. Vos tenés la posibilidad de soñar y advertir un país más luminoso. ¿Es posible, a través del voto, modificar la inercia violenta en que México está metido? ¿Es posible, a través de tu decisión, dar un rumbo más halagüeño a Chiapas?
Mientras exista la posibilidad de elección ¡existe la posibilidad del cambio! El país no camina en la senda correcta. Esto significa sólo una cosa: es necesario abrir nuevas sendas para cambiar el rumbo.
¿Qué me recomienda leer?, me preguntan. Y la pregunta suena como si me dijeran: “¿Por quién me recomienda votar?”.
Vos debés acercarte al abanico de posibilidades y pensar cuál es aquella que garantiza un México más digno, un Chiapas más luminoso.
¿Cuántos millones de jóvenes tienen en su mano la posibilidad?
Hay que hacer una lectura consciente y objetiva. No pensar en la opción que promete un cambio sino en aquélla que garantiza un mejor modo de vida.
Pd. A veces, Mariana mía, el mejor libro para cada lector no está a la vista, a veces está oculto en la parte más alta del librero. A veces, la mejor opción para el país tampoco está visible, permanece iluminada con la tenue llama de la esperanza.

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL POZO TIENE SU ESENCIA EN EL AGUA




Querida Mariana: este año será la primera vez que votarás. ¿Por quién votar? ¿Qué candidato garantiza el desarrollo sano de la sociedad? Y digo garantiza porque si escribo la palabra “promete” caigo en un error.
¿Cómo elegimos? Digo esto porque a veces me topo con personas que me paran en la calle y me piden que les recomiende un libro. Yo no puedo recomendar algo, querida mía, porque cada persona tiene intereses diferentes.
Creo que la elección de lectura tiene que ver con el proceso electoral. En la democracia es necesario que existan opciones para que los votantes puedan elegir, dependiendo de sus intereses muy personales. Hay gente que reduce su espectro porque pertenece a un partido político. Se supone (enroques ideológicos aparte) que quien simpatiza con un partido político no tiene más opción que votar por ese partido que resulta congruente con su ideología. Lo mismo sucede con quienes trabajan en el Estado y comprometen su plaza a la hora de votar.
Son las personas de a pie, el que trabaja en su taller mecánico o la que corta el cabello en una estética, quienes tienen la real posibilidad de elegir. Ellos son los verdaderamente libres y quienes pueden cambiar el rostro de un país.
Los potenciales lectores deben optar por el abanico democrático de la inteligencia. Siempre recomiendo que acudan a una biblioteca (creo que para esto sirven estos reservorios de libros) y comiencen a hojear (y ojear) libros de historia, de geografía, de literatura y de cuanto conocimiento se les ponga enfrente. A la hora que un lector toma un libro y lo palpa y lo abre y mira las ilustraciones o lee dos o tres líneas de la novela o se asombra ante un verso, a esa hora la magia del libro ¡ocurre!
El lector debe enfrentarse a su propia experiencia vital: tocar y palpar los libros (o maravillarse ante los libros electrónicos).
¿Y por quién votarás, querida mía? Vos, gracias a Dios, no tenés mayor compromiso que el de aspirar a un país menos convulso. Vos tenés la posibilidad de soñar y advertir un país más luminoso. ¿Es posible, a través del voto, modificar la inercia violenta en que México está metido? ¿Es posible, a través de tu decisión, dar un rumbo más halagüeño a Chiapas?
Mientras exista la posibilidad de elección ¡existe la posibilidad del cambio! El país no camina en la senda correcta. Esto significa sólo una cosa: es necesario abrir nuevas sendas para cambiar el rumbo.
¿Qué me recomienda leer?, me preguntan. Y la pregunta suena como si me dijeran: “¿Por quién me recomienda votar?”.
Vos debés acercarte al abanico de posibilidades y pensar cuál es la aquella que garantiza un México más digno, un Chiapas más luminoso.
¿Cuántos millones de jóvenes tienen en su mano la posibilidad?
Hay que hacer una lectura consciente y objetiva. No pensar en la opción que promete un cambio sino en aquélla que garantiza un mejor modo de vida.
Pd. A veces, Mariana mía, el mejor libro para cada lector no está a la vista, a veces está oculto en la parte más alta del librero. A veces, la mejor opción para el país tampoco está visible, sino permanece iluminada con la tenue llama de la esperanza.

sábado, 3 de marzo de 2012

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL CIELO TIENE MUCHAS NUBES


Esperanza Córdova - Mi abuela materna.


Querida Mariana: mi corazón es como un árbol que ama mil hojas verdes y cuatrocientos gusanos. ¿Por qué digo esto? Porque anoche, disfrutando una taza de té de menta, hice una pausa en la lectura del libro “Cuentos naturales”, de Carlos Fuentes, y pensé en vos, en Comitán, en mis papás, en Paty, en mis abuelos, en mis hijos, en mis amigos, en… ¡uf! Concluí que los quiero a todos, los quiero mucho y los quiero por igual. Algunos son hojas verdes, otros ya se están secando; algunos son como tzucumos porque auguran el prodigio de la mariposa y otros ya son hormigas y forman caminitos cargando sus “prodigiosos miligramos” (según el escritor Juan José Arreola). ¡Quiero a las mil piedras y a los mil senderos que me tocó pepenar, que me tocó recorrer!
Claro, como cualquier mortal, a algunos gusanos los quiero más que a otros. Tengo mis afectos consentidos. Mis dos esencias consentidas en la vida son el cine y los libros. Sí, niña querida, los quiero como si fuesen personas, porque el cine y la literatura han sido -no te ofendás- ¡mis mejores amigos! A veces vos no estás conmigo. Lo entiendo, tenés que estar con tus amigos, con tu novio, con tus papás. Tenés que hacer tareas, ir al antro, al café, a la biblioteca; tenés que entrar al facebook y chatear con tus conocidos. Tenés mucho qué hacer, ¡tenés que vivir! Todo este tiempo que dedicás a los otros (que es casi la eternidad) ¡no estás conmigo! Y no reclamo más tiempo porque vos me dedicás el tiempo justo. Dedicarme más tiempo sería un acto de caridad y la caridad no la dicta el cariño sino la conmiseración, y no quiero recibir migajas de tu corazón.
La Paty también anda enredada en sus ajos, lo mismo mi mamá. Mi papá ya murió, mis abuelos también. Mis hijos no están acá, están lejos. ¿Mis amigos? También andan envueltos en la manteca de sus pitaúles o en el chile de Simojovel de los tamales de bola.
A veces no son ustedes ¡soy yo quien se aleja de ustedes! No sos vos, soy yo. Yo soy quien pone distancias, quien dinamita puentes, porque también estoy enredado en otras nubes. Sabés que durante diez años me alejé de Comitán. Me impuse un castigo que fue como si cargara una piedra todas las mañanas. No vuelvo a alejarme de quienes quiero. No vuelvo a dejar mi pueblo. Cuando menos ¡no con ese absurdo sentimiento de Polo Norte!
A veces no tengo a la mano a quienes quiero. Lo entiendo, todo mundo también tiene corazón de bosque y debe alimentar a los otros árboles que demandan su atención.
Como soy hijo único me acostumbré a tener un arraigado sentido de posesión. Mis juguetes eran míos y de nadie más. Me costaba mucho trabajo aceptar que mis amigos llegaran y jugaran con lo mío. Cuando crecí, este sentido de posesión me obligó a querer que un afecto fuera sólo para mí. ¡Ah, qué delirio de faro de costa! Quería que su luz sólo iluminara mi estancia. ¡Pucha, qué sorbete de soberbia!
Hoy entiendo el género humano. Sé que todo mundo es un río que acepta mil aguas y mil peces.
Por esto, a veces, no estoy con alguien más; prefiero (lo siento) la compañía de los grandes directores del cine mundial: Woody Allen, Kurosawa, Kieslowsky, Pier Paolo Pasolini, Francoise Truffaut, Fellini (¡ah, Fellini!), Orson Welles y más, muchos más. Prefiero platicar con Octavio Paz, con Julio Cortázar, con Carlos Fuentes, con Kenzaburo Oé, con Arreola, con José Emilio Pacheco, con Marguerite Yourcenar (¡Ah, la Yourcenar!) y más, muchos más.
Un día, un amigo me dijo que andaba yo mal, porque me gusta platicar con personas “virtuales” y lo peor es que muchos de ellos ya están muertos. ¿Padezco necrofilia?, me preguntó. ¡Pucha! No, para nada. Me tardé como dos horas en explicarle que los autores son eternos y en sus libros ¡están más vivos que los vivos! Quien lee conversa de tú a tú con el autor (de vos a vos). Sabés que en Comitán cuando le decimos a alguien que es “vivo” queremos decir que es listo. La poeta Mirtha Luz acostumbra decir: “Sos mero vivito”. Pues resulta que los escritores y cineastas mencionados “son mero vivitos y están muy vivitos”. ¡Mero lec!
Así que, mucho de mi tiempo lo dedico a los libros y al cine. Ya te he platicado cómo, de niño y adolescente, mi domingo era sencillo. Iba a misa de siete, regresaba a desayunar a la casa (en el comedor lleno de luz, con mantel blanco y aromas de chocolate caliente y tamales de bola). Me lavaba los dientes y, corriendo, iba al Cine Comitán. Pagaba mi boleto en la taquilla, lo entregaba con un panzoncito y entraba a la sala húmeda, porque recién habían regado agua. ¡Ah, la vida, mi niña! Tres películas, que bien podían ser de Tarzán, el Rey de la Selva; Santo, el Enmascarado de Plata y alguna película de vaqueros, con Rodolfo de Anda. Todo en glorioso blanco y negro. A las dos de la tarde regresaba a casa y repetía el ritual (únicamente variaba el menú: salpicón, frijoles refritos, arroz, cáscara de chicharrón, chiles rellenos y tableta de manía, como postre). Lavada de dientes y a la función de las cuatro, en el Cine Montebello. Dos, en glorioso technicolor, que bien podían ser de Sofía Loren y de Gregory Peck. ¡Desde entonces, Marianita mía, el cine ha estado a mi lado y de mi lado! De igual manera ¡el libro!
Vos no eras ni anteproyecto de vida, tus papás aún no se conocían, ni se tomaban de la mano y de otras partecitas, cuando yo ya untaba el cine y el libro en mi corazón. Han sido mis fieles acompañantes. Nunca han estado ausentes, basta tender mi mano para alcanzarlos porque siempre están: ¡a la mano! ¿Quién más tiene esa disposición y esa posibilidad de ser como un Oxxo que atiende las veinticuatro horas de los trescientos sesenta y cinco días del año? ¡A ver, decime! Sólo los libros y el cine están a mi disposición, para el instante en que los necesito. ¿Qué hago cuando, a las cuatro de la mañana, me llega una nostalgia de plática? ¿Te llamo a esa hora? No, no puedo hacerlo. ¿Despierto a la Paty? ¡Me manda a La Patagonia, de ida y vuelta, con un solo boleto! ¿Qué hacer? Tomar un libro y platicar con Borges. ¡Ah, qué pétalo de Tenocté, qué bochinche de mate!
Por esto (aunque dos de mis mejores amigos me reclamen y en broma me dicen que estoy maiceado, como si fuera yo una simple gallina de rancho) reconozco el trabajo que José Antonio Aguilar Meza, nuestro presidente municipal, realiza a favor de la promoción de la cultura. Me alegré al enterarme que el presidente apoyó la publicación del libro “Caleidoscopio”, del periodista Amín Guillén Flores. Me alegré porque es bueno que en nuestro pueblo se reconozca el esfuerzo de los paisanos. Amín entrega con este libro un recuento de los vitrales de Comitán (los que están en edificios públicos, templos y propiedades particulares). Es el primer paso para hacer nuestro inventario artístico. En el libro viene una relación de emplomados, que son trabajos artesanales de primer orden, y algunas obras menores, realizadas con una pasta que sustituye el delineado con plomo. A ver qué día los expertos en arte inician el catálogo del arte sacro de Comitán, a fin de que sea publicado y con ello se preserve y reconozca la luz interior de este pueblo. No tengo tiempo para explicar a mis amigos o a alguien más que mi concepto de dignidad está aparejado con mi amor por Comitán y es inamovible, por esto nunca, ¡nunca!, seré un maiceado.
En una ocasión dije que el actual presidente está empecinado en ser el mejor presidente en promoción de la literatura. Lo dije en la presentación de los dos primeros títulos de la Colección: “La lectura más cerca de ti”. Esa tarde, un maestro que respeto mucho se acercó y me dijo que tuviera yo cuidado con mis declaraciones, que no dijera palabras que el tiempo podía regresarme como boomerang lleno de lodo y alpiste. Vos sabés que firmo cada palabra que digo y lo sostengo. María Elena Jiménez, Coordinadora del Consejo Ciudadano de Cultura, me llamó ayer y me dijo que ya están en prensa los números cinco y seis de la Colección y ya prepara el siete y el ocho. ¿Algún Ayuntamiento de Comitán había tenido una propuesta editorial similar?
Esto es un logro que Comitán debe valorar y no permitir que se retroceda en el renglón de promoción del arte y rescate de nuestra identidad. Todo hace pensar que el próximo trienio será de mayores logros en la vaina editorial, renglón que antes era un renglón torcido e ignorado. La llamada sociedad civil debe empujar a que los próximos presidentes superen estos logros, pero, asimismo, debe reconocer que José Antonio fue quien prendió la mecha de esta explosión de luz, color e inteligencia.
Como he sido beneficiado, desde niño, con la luz de los libros, quiero que mi gente, la de este pueblo con aroma a chimbo, también sea beneficiada. Que los comitecos, al caminar, se topen con libros, así como ahora nos topamos con plantones y marchas en cualquier esquina.
Pd. Marianita, los seres humanos somos como el día. Algunos son como amaneceres de miel, otros llevan la sonrisa del atardecer de durazno, unos más son la luz que se desprende en la madrugada, y otros juegan a que son la noche: la bufanda de las doce. A todos los entiendo, a todos los respeto, pero yo, niña orquídea, prefiero la compañía de aquéllos que son como la transparencia que brota de un ojo de agua. ¿Oíste lo que dije, miraste lo que escribí? ¡Ojo de agua! Un ojo cuyo cristalino es como una gota pura y cuya niña es como la mano izquierda de Dios. ¡Ojo de agua! Esto ha sido el libro para mi espíritu. Ojo de agua ¡el cine! Ojo de agua ¡vos, muchacha mía! Que Dios conserve limpia el agua de tu alma, por siempre.
Comprendo que me destinés poco tiempo. Tenés que regar otros territorios, tenés que alimentar otros canarios, ¡tenés que vivir! Hacelo, mientras yo leo y miro cine y mi corazón se alimenta con mil películas, ¡diez mil libros! ¡Así vivo y me lleno de luz cuando aparece el foco fundido de tu ausencia!

viernes, 2 de marzo de 2012

NO SOY POLO POLO




En primer lugar, el martes no recuerdo lo que escribí el lunes; y en segundo lugar, quien escribe las Arenillas es otro del que camina por las calles a las doce del día y entra al sanitario del café de la Casa de la Cultura, porque ya se está orinando.
Admiro a los hombres que son como Octavio Paz que representan durante veinticuatro horas el papel de grandes personajes. Respeto a aquéllos que siempre están construyendo frases célebres a manera de versos inolvidables. Idolatro a los hombres que son uno entre el que come papaya y el que elabora textos literarios.
Digo esto porque, a veces, me topo con amigos o conocidos que me paran en la calle y me dicen: “te tengo una historia buenísima para tus Arenillas”, y me cuentan las “historias buenísimas” en intento de que yo las escriba acá.
No puedo hacer eso. No puedo porque a quien se lo cuentan es a mí, el Alejandro de todos los días, otro muy diferente del que escribe las Arenillas.
El Alejandro de las Arenillas “funciona” diferente. Yo, Alejandro “el no arenillero” me levanto a las cuatro y media de la madrugada y me acuesto a las ocho y media de la noche. El Arenillero es diferente, tan diferente que no me atrevo a intentar definirlo. Yo soy feliz caminado por las calles de Comitán, llevo una dieta estricta que me impide entrarle a los chorizos, al chicharrón prensado y las butifarras. ¿El otro? No sé cuáles son sus gustos, cuáles son sus modos. Imagino que es un ser etéreo que no come, que no camina. A veces creo que vuela. Y tan lo creo que, por las tardes, me acerco a la ventana y miro el cielo buscándolo. Una vez alcancé a ver algo como una capa. Después Mariana me dijo que era más probable que esa capa fuera de Superman. Ella no cree que el Arenillero vuele. Ella dice que él monta bicicleta todos los días. ¡Mirá!, dice ella, ¡allá va! Yo volteo a ver la calle y sí, en efecto, miro que un viejo, como de cincuenta y cuatro años (mi edad), pedalea como si lloviera y da vuelta en la esquina, ahí donde la mujer pone su puesto de arroz con leche.
El Arenillero tiene un ritmo diferente al mío. Él “funciona” a base de silencios y camina con ritmo de vuelo de gaviota. ¿Yo? Yo nunca he visto cómo vuela una gaviota y todo el día ando metido en el ruido del patio de la escuela, de los altavoces de las tiendas comerciales y de la plática de los mercaderes. A veces tengo cierta envidia del otro, del que escribe esta columna. Le tengo envidia porque él vive alejado de voces altisonantes. Tiene la capacidad que tenía la madre Sara de “salir del aire”. La madre usaba un aparato en su oreja para oír. Cuando estaba fastidiada del rebumbio del salón, con niños trepados sobre los pupitres, ella le bajaba el sonido a su aparato y sonreía, agradecida, tal vez, con la llegada del silencio que es como un aleteo.
Y digo que tampoco soy Polo Polo porque él cuenta que asiste a reuniones y nunca falta el tipo que le pide que cuente un chiste. La otra tarde (¡Dios mío!), un compa, en una reunión, me pidió que yo le “contara” una Arenilla. Juro que así lo dijo, así lo pidió. ¿Qué podía decirle? Rió, levantó su vaso con güisqui y dijo, con voz de galleta de animalito, que le gustaba leer mi columna. Lo dijo como si yo fuera Espinoza Paz y él estuviera dispuesto a acompañarme con la guitarra.
Admiro a aquéllos que son uno con el creador. Yo, disculpen, soy dos: uno ¡el que escribe!, y otro ¡el niño que le gusta leer revistas de monitos y le gusta comer mangos ataulfo y se siente a gusto cuando está solo, solo!