miércoles, 7 de octubre de 2009

COLABORACIÓN ESPECIAL PARA PALABRA ESCRITA


CONTAR LA VIDA

Una tarde apareció una foto. Yo buscaba un documento en el archivo “muerto” de mi casa y la foto brincó en medio de muchas más. La foto es de los años setentas. Ahí estamos Paco Gamboa, Rodolfo Castellanos y yo. Estamos en Avenida Cuauhtémoc, de la ciudad de México. Asumo que es día domingo, porque el Sol está vestido de fiesta, de fútbol en el Estadio Azteca, de paseo por Chapultepec o Xochimilco, de Cine Prado o de Museo de Arte Contemporáneo.
Para el lector, probablemente, la foto no dice nada. Es una simple foto donde aparecen tres jóvenes. Por esto debo abundar un poco más, para que el lector comprenda que esta foto dice más de lo que dice. La perspectiva cambia si digo que esta fotografía muestra a tres jóvenes comitecos que, un día, abandonaron su pueblo para ir a estudiar a la ciudad de México. Esto no tendría nada de raro, a menos que dijera que esos tres jóvenes, un día, regresaron a su pueblo y hoy viven ahí.
Por lo regular las historias de vida no son así. Muchos compas de mi generación se fueron a estudiar a otras ciudades (en los años setentas no existían tantas opciones de educación superior como ahora. Incluso en Las Margaritas existe ya una Universidad Intercultural). Muchos de esos compas setenteros se titularon y se quedaron a vivir en otros lugares. Compas de mi generación viven en otras ciudades: Tlaxcala, Puebla, Veracruz, ciudad de México y varios lugares más. Regresan a Comitán sólo en temporada de vacaciones. A veces sé de ellos, los veo aparecer en televisión o hablan de ellos en la radio o en la prensa; a veces, algún otro compa pasa el dato que fulano de tal fue a dar una conferencia al extranjero o perengano es dueño de una empresa donde gana mucho dinero; a veces sabemos que sutano, en forma más modesta, busca para la chuleta todos los días.
Por fortuna, ellos se sienten bien en los lugares donde residen y son exitosos en sus diversos campos profesionales. A veces, cuando platico con algunos de ellos, en corto aseguran que les gustaría regresar a este pueblo, pero, ¿qué regresan a hacer? Llevan viviendo fuera más de veinticinco años (¡toda una vida!). Formaron sus familias en otros cielos. Las esposas e hijos están acostumbrados a otro modo de ser. A estos compas, Comitán les resulta ya un mero referente nostálgico. Sus familiares están acostumbrados al movimiento continuo, por lo que la ciudad de Comitán se les antoja somnolienta.
¿Por qué, entonces, regresaron los tres jóvenes de la foto? Cuando a Rodolfo le mostré la foto él parodió a Gabriel García Márquez y dijo: “Vivir para contarla”.
El encuentro de la foto lo tomé como una bendición porque la mayoría de compas que salen de esta ciudad para ir a estudiar a otro lugar ¡están vivos! Muchos no regresan. Quienes lo hacen ¿por qué lo hacen?
Las fotos de generación muestran compas ya fallecidos, pero la mayoría, siempre, sigue vivita y coleando, muchos coleando, como peces, en otras aguas. Por esto las fotos antiguas son como un rayo de luz en el presente. La mayoría -dijera Gabo- ¡vive para contarla!
Por esto, cuando la foto brincó a mis manos ¡sonreí de más! Mi sonrisa fue a manera de agradecimiento a la vida, porque la foto nos muestra completos.
¿Por qué esos tres jóvenes de la foto regresaron a su pueblo? Sabemos bien que se desprendieron para ir a rodar el mundo, pero, ¿cuál fue el prodigio que provocó su regreso? ¿Qué encuentran en Comitán tres jóvenes que ya conocieron la magia de las ciudades grandes? ¿Qué encanto posee un modesto poblado ante el oropel de los grandes aparadores? ¿Qué futuro tiene un hombre que salió para conocer el mundo y apenas llegó a la orilla del mundo dio media vuelta sin atreverse a cruzar el mar?
Hace tiempo Óscar Bonifaz publicó un libro bello: “Semblanzas de mi pueblo”. Reunió una serie de fotos de principios del siglo XX y, a fines de los setentas, se ubicó en el mismo lugar para dar constancia de las transformaciones. La foto de esos tres jóvenes es una foto que juega el mismo juego. Hoy, bien podrían reunirse los tres, cuarenta años después, no para dar constancia de las transformaciones de su físico sino simplemente para invocar el prodigio del río de la vida. Ha corrido mucha agua debajo del puente, pero el agua de la vida ¡no los sacó del caudal!
A los tres los veo complacidos, agradecidos con la vida. Tal vez entendieron que el porvenir está en el corazón del hombre. Y el corazón del hombre está en el lugar donde enterró su “mushuc”.

EN MEMORIA DE LA MEMORIA

Hay una enfermedad que se llama Alzheimer. Qué ironía porque a pesar de que es un nombre que alude a la pérdida de la memoria no se nos olvida. Muchos juegan con el nombre, como si fuese un aro de esos que se avientan para ensartar en una botella. “Ya comienza a darme el alemán”, dicen y ríen. En mis tiempos de joven bromeábamos, cuando un compa olvidaba algo le decíamos: “Tomá tu sukrol”. El “sukrol” era una medicina, en pastillas, que -según rezaba el mensaje en la caja verde- ayudaba a la buena memoria. En ese tiempo el “sukrol” sólo se conseguía en Guatemala.
No juego con ese nombre. Me aterra la idea de que al mundo le diera Alzheimer y un día olvidáramos todo. Gabriel García Márquez dice, en “Cien Años de Soledad”, que un día apareció el mal en Macondo y los moradores tuvieron la necesidad de escribir en pedazos de papel los nombres de los objetos; luego debieron escribir también para qué servían.
Me aterra pensar que algún día Comitán comience a padecer esta enfermedad, que olvide los nombres de sus cosas más íntimas y el uso de cada una de ellas.
¿Alguien recuerda el prodigio de la entrada de velas y flores que parte del “Chumís” para celebrar a San Caralampio? ¿Alguien recuerda cómo eran las tallas de madera de San Caralampio? No sé. Parece que “El Alemán” ha comenzado a inundarnos, de poco a poco.
La entrada de velas y flores del año pasado fue un simple remedo de carnaval lleno de travestis y de malas copias de personajes de otras partes. Las imágenes de San Caralampio ahora son simples caricaturas de lo que fueron antes (he visto algunas imágenes de yeso donde las manos salen del pecho como si el santo no tuviera brazos. Es una imagen humillante y triste).
Dicen que no hay cura para tal enfermedad. Un día, el hombre comienza a perder los rasgos de su propia historia. Llega la hija, por ejemplo, y el viejo no la reconoce como tal. “Soy María, tu hija”, dice ella y el viejo la ve como quien mira un barco en el horizonte. Poco a poco la memoria se convierte en una nata difícil de eliminar. El hombre con tal padecimiento pierde los retazos de su historia. Llega el momento en que ¡ya no es! Pierde su pasado, su nombre, su identidad, su calidad de hombre. El árbol fuerte termina siendo una simple rama seca. La memoria se le fue, como agua, entre las manos. Tiene sed pero no sabe qué puede saciarla, no sabe qué es sed, ni sabe que el agua se llama agua y que ésta mitiga la sed. No sabe que el Sol se llama Sol y que calienta las madrugadas del hombre, porque ya no recuerda qué es la madrugada y qué el hombre.
Así Comitán, poco a poco, parece estar olvidando su memoria. En el intento de rescatar algo está apropiándose de otros rasgos culturales. Un día creerá que se llama de otra manera. Creerá que se llama Veracruz o Mazatlán cuando mire el remedo de carnaval el día de la entrada de velas y flores de San Caralampio. Creerá que el mar le corresponde y buscará una playa para desovar, pero los depredadores no dejarán que las crías vuelvan al agua.
Al paso que va, Comitán descubrirá que no se llama Veracruz y ya tampoco se llamará Comitán. Se quedará sin nombre y ya no hallará quién lo nombre.
No juego con esa palabra. Me aterra. ¿Cómo una simple palabra puede designar esa plaga que roba todos los nombres y objetos del hombre?

martes, 6 de octubre de 2009

BULTOS DE CINCUENTA KILOS


Los abuelos comitecos usaron la piedra. Pero no nos confundamos, lejos estuvieron de ser una parodia de Los Picapiedra. Nunca fueron picapedreros. Ellos encontraron el espíritu de la piedra. Porque, ya se sabe, un corazón de fuego late en el centro de cada piedra.
Los comitecos pavimentaron sus calles con piedra bola y forraron sus banquetas con lajas (rodajas de las enormes piedras).
Por esto, los hijos de esos abuelos crecieron en el espíritu de la dureza (no del corazón sino de la disciplina). Tomaron las esencias de la piedra y las volcaron en su espíritu. Comitán fue altiva como una montaña, fue nido para las aves en los más altos cielos.
Un día el cemento llegó. Los comitecos más recientes conocieron un polvo gris que debían mezclar con agua. Desecharon la piedra y se pensaron alquimistas. Construyeron laboratorios para hacer mezclas donde las varillas también fueron un material novedoso.
Hoy, el espíritu de piedra de los abuelos está a punto del derrumbe. Hoy, los comitecos de este siglo tienen "encementado" el espíritu. Por esto nos va como nos va.

lunes, 5 de octubre de 2009

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO UN GLOBO SIN AIRE ES UNA SIMPLE TRIPA



Querida Mariana, cuando oigo la palabra Globalización pienso en la palabra globo, y cuando escucho globo pienso en una esfera. Pero ¡no! La Globalización no tiene forma de esfera, más bien es como un suelo plano.
Ahora, como si el mundo estuviera representado en un mapa antiguo griego, la tierra se ha vuelto plana. Para donde mirés todo lo hallarás plano, uniforme. Como si el mundo de las ideas fuera una planicie desértica sin dunas, sin entretenidas montañas. ¡Qué aburrido!
En Comitán, como en muchos lugares del mundo, ya llegó la Globalización. ¡Pucha, qué chentos nos sentimos! Ayer me encontré con la novedad que a dos cuadras del lugar donde vivo, en la mera esquina, están remodelando una casa donde inaugurarán un Súper de esos que abren las veinticuatro horas (Dios mío, ¿a poco hay gente comprando una Coca a las dos de la mañana? Digo Coca Cola, ya sé que de la otra coca sí hay consumidores a cualquier hora de la madrugada). El Súper está ubicado a media cuadra de la tienda de abarrotes de siempre, donde los vecinos, desde niños, han comprado el pan, la leche y los dulces.
Sé que para vos el impacto de la Globalización no es tan brutal como para mí. Vos, con la mano en la cintura, comés una hamburguesa, porque –digamos- naciste en tiempos donde la comida rápida es el pan nuestro de cada día. Pero, ¿podés imaginar lo que esta comida significa para quienes crecimos comiendo panes compuestos, chalupas, tostadas de tía Petra, cazueleja con temperante de tía Elenita?
Me da una especie de sarpullido cuando entro a Aurrerá. El otro día necesité una cajita de levadura para preparar pan integral. Por desgracia esa cajita no la venden en ningún otro lugar. Bendije a Aurrerá, pero no pude evitar ese escozor cuando el cajero -como si fuera un autómata- me dijo: “¿Encontró todo lo que buscaba? Tenemos recarga de veinte, treinta, cincuenta y cien”. Pobre empleado, lo que me preguntó y me ofreció lo hace con cientos y cientos de clientes, con el mismo tono que quiere ser afectuoso y correcto. Pobre hombre. Pobres clientes.
Nací en otro tiempo y me acostumbré a otro trato. Reconozco lo que me dijiste el otro día: ¡estos son mis tiempos, también! Por esto tomo lo que me corresponde, pero cuando puedo elegir ¡elijo!
Si por necesidad extrema debo entrar a ese Súper, lo haré, aunque me provoque cierto escozor. De lo contrario seguiré prefiriendo los Abarrotes Don Luis. Ahí en donde hay una silla pequeña donde los clientes se pueden sentar sin prisa; ahí en donde doña María Elena me ofreció la otra tarde un poquito de mistela que recién había preparado; ahí donde compré unos tamalitos de chipilín que ofrecí a mi mamá (quien, por cierto, me aseguró estaban muy sabrosos).
El Súper tiene estantes metálicos, todo está en un orden que huele a perfección y a limpio. La tienda de siempre tiene estantes de madera (ya medio apolillados) y tiene un cierto desorden ordenado. La dueña debe mover una caja para encontrar otra donde están los carretes de hilo y las agujas. Muchas veces no hay lo que quiero. A esto también me acostumbré y esto fue una gran lección de vida: ¡no siempre las cosas salen como queremos!
Querida Mariana, odio el orden. Crecí en medio de esas tiendas donde el acomodo no era cosa de uniformidad. Odio los movimientos robóticos. Crecí en medio de tenderos que me conocían, me llamaban por mi nombre y me preguntaban cómo estaban mis papás y, al salir, me decían que les diera sus saludos.
Hoy vivo en medio de la Globalización que, como una de las siete plagas, se está apoderando del mundo. No reniego de estos tiempos. Trato de adaptarme lo mejor posible. Hago uso de los avances tecnológicos y los disfruto, pero cuando puedo elegir, ¡elijo el instante que me recuerda que soy un ser humano! Prefiero mil veces el trato afectuoso de doña María Elena al trato frío de un Súper impecable con cristales limpísimos.
P.d. Y lo mismo me sucede con las librerías. Me gustan más las librerías de viejo, esas donde los libros están botados en el suelo; donde para hallar un título tenés que bucear en ese mar de papel; donde huele a humedad y a viejo. ¿Será que me estoy volviendo un viejo húmedo?

domingo, 4 de octubre de 2009

TECHO DE DOS AGUAS


La foto es conocida. Gabriel García Márquez tiene un libro sobre la cabeza. El libro es su novela: “Cien Años de Soledad”, en la primera edición, con la portada de Vicente Rojo. El escritor mira a la cámara fijamente, y con esto nos mira a cada uno de los “mirones”. Es el clásico juego del espejo: el fotógrafo ve al retratado y éste mira a la cámara y con ella el ojo del fotógrafo y con eso también ve al espectador, quien mira al modelo y se pone en el lugar de la cámara y del fotógrafo. Cuando veo la foto imagino que soy el artista que está frente al escritor y veo a éste como un hombre que se refugia debajo de un libro abierto que es como el techo de una casa, de su casa, de Aracataca, de Macondo, del mundo de las palabras que es la palabra que nombra el mundo. El hombre es el mundo y el libro es el hombre y el mundo, el mundo del hombre.
Me gusta la foto porque todo libro es como un techo que resguarda nuestro espíritu que es como nuestra casa.
Es como si de pronto todo estuviera a salvo. Es como si -por ósmosis- el libro lloviera sobre nosotros y comenzara por el lugar donde la lluvia es más placentera, por la cabeza.
El otro día un amigo fotógrafo me pidió hacer una serie de fotografías donde el libro era el tema principal. En una foto me senté sobre una pila de libros; en otra puse un libro entre mis pies desnudos; en una más abracé (hasta donde mis brazos lo permitieron) un bonche de libros. Cuando tuvimos que colocar los libros sobre mi cabeza, como si fuera el perro de Pavlov, de inmediato pensé en la foto de Gabo. Por supuesto que mi amigo y yo desechamos la idea de imitar ese techo que fue como el Monte Everest sobre la cabeza del famoso escritor. Mi amigo colgó el libro por encima de mi cabeza, a manera de mariposa, y yo abrí los brazos como si fuese un moderno Atlas y el mundo no fuera más que una etérea estructura de palabras.

sábado, 3 de octubre de 2009

EL CERRO DE LA SILLA


Ahora las sillas son ergonómicas. En todas las casas del mundo hay sillas. Cuando hay carencia, las piedras sirven para sentarse. Aunque, acá en Comitán, es costumbre decir: "Tomá tu silla y sentate en el suelo".
Cuando fui niño la sala de mi casa tenía un "ajuar" con sillas de rattán entretejido.
El otro día, Paco Caballero (este es su apellido) me dijo que nos sentáramos en el pasto, debajo de un árbol. Le expliqué que soy inútil y no sé "botarme" en el suelo. Si no hay sillas en un lugar me mantengo en pie.
Debo confesar que, hasta la fecha, aún no he hallado la silla que me acomodé. Todas me resultan incómodas. Ahora mismo estoy sentado en una silla de plástico (de esas que las compañías refresqueras y cerveceras dan en comodato a los restaurantes). Poco a poco, conforme escribo, me voy escurriendo y termino con la columna como puente colgante.
Para evitar lo anterior, el otro día cambié la silla de plástico por una de madera con el respaldo recto. Después de media hora me dolían la sentadera y la espalda.
No sé porqué pienso que las "chaparritas" son las mejores. Acá en Comitán existe un mueble que llamamos "butac" o "butaque" (claro, por derivación de butaca). Su forma es como de resbaladilla y el asiento casi pega con el suelo. Por lo regular está forrado con la piel de un animal (que bien puede ser piel de vaca o de venado). Nunca he poseído un mueble de estos, pero cuando voy a casa de un afecto y me siento en uno de ellos me siento bien (al sentarme me cuesta trabajo y al levantarme mucho más, pero el tiempo que estoy sentado me siento a gusto).
En la tienda de abarrotes cercana a mi casa tienen una sillita, tejida con rattán. Es una silla para el juego de los niños (algo así como para jugar comidita). Siempre que entro a la tienda me siento de inmediato ahí, ¡me siento tan bien!
No sé si después de media hora mi cuerpo protestara, porque nunca tardo más de cinco minutos.
Estoy convencido de que aún no hallo una silla a mi medida. Me gustaría tener una silla donde mi cuerpo casi levitara, donde la función de soñar despierto fuera como estar sobre una nube.
A mí que me disculpen los inventores de todos los tiempos, pero creo que han inventado mal muchos objetos.
Eso de tener que treparse a una silla o a una escalera para cambiar un foco se me hace un signo de ineptitud "inventora".
Así ahora extiendo mi reclamo porque la "ergonomía" no ha creado la silla perfecta; o bueno, cuando menos a mis sentaderas no ha llegado.
Las sillas son incómodas. ¡No se diga de los sillones! Estos terminan ensuciándose y aventando resortes por todos lados.
En la casa de un afecto hay un sillón que lo llaman el "Perverso" porque en la superficie plana del asiento tiene un resorte que crea algo como un pequeño volcán y que resulta molesto y ofensivo para las sentaderas vírgenes.
Me gustaría poseer una silla que no me poseyera; un sillón que se integrara a mi cuerpo de tal manera que fuera como la piel de mi piel (se supone que los asientos ergonómicos crean esta sensación).
Es difícil hallar una silla amable porque cuando a los inventores se les "prende el foco" tienen que subir a una escalera para cambiar el foco fundido de su azotea.
¿Cuánta gente se ha fracturado al cambiar un simple foco?

viernes, 2 de octubre de 2009

PARA MEJORAS DEL TEMPLO DE SAN CARALAMPIO

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO LAS CHICHARRAS TAMBIÉN SE QUEDAN MUDAS



Querida Mariana, ¿has oído cómo cantan las chicharras? Sí, dije “cantan”. Hago la aclaración porque en las escuelas las chicharras “suenan”, suenan a la hora del receso. Pero yo quiero hablarte de esos animales que en todas partes les llaman chicharras y en Comitán les llamamos “Tzizquirines” (Alguien me contó que los comitecos les llamamos de esta manera porque su canto suena así: “Tzizquirín, tzizquirín, tzizquirín”. Es una palabra onomatopéyica, qué maravilla).
Nunca he visto un animal de esos, pero sí los he escuchado. Antes de que comiencen las lluvias, los terrenos del pueblo se llenan de esos cantos, es tal su clamor que el sonido puede llegar a ser desesperante. Cientos y cientos de tzizquirines parecen aullar al Sol. Los comitecos dicen que ese animalito pide lluvia y muere cuando la lluvia llega. Qué animal tan raro, ¿no? Es como si invocara su muerte. El día que yo reencarne en chicharra no cumpliré mi vocación, me haré el mudo para que cuando la lluvia llegue y mis compas tzizquirines revienten yo sonría y valore la vida.
No conozco esos animales porque, de niño, nunca trepé a los árboles. Una vez llegó un grupo de amiguitos a mi casa y me invitó a ir a matar pajaritos. Cada uno de ellos llevaba una “tiradora” colgada del cuello. Mi papá me dio permiso y salí con ellos. Caminamos mucho, poco a poco nos alejamos del Centro (lugar donde estaba mi casa) y llegamos a la periferia del pueblo, donde ya no había casas y los terrenos apenas estaban delimitados por chaparros cercos de piedra que brincábamos. Los terrenos estaban llenos de magueyales y de árboles. Para mí ese era un mundo virgen. Cada cosa que miraba era un deslumbre. Mis compas, habituados a hacer esos recorridos, buscaban con afán los pájaros entre las ramas para matarlos.
En esas estábamos (ellos colocando las piedras en las “chapetas” de las “tiradoras” y yo mirando las mariposas) cuando comenzó un ruido ensordecedor. Yo me detuve, temeroso, pero uno de mis compas me dio un manotazo en la espalda y dijo: “¿Qué te pasa? Son tzizquirines”. Él en el fondo supo que yo nunca había oído ese sonido. Me explicó entonces lo de la lluvia y de que revientan cuando comienza a llover.
Cuando regresamos a la casa no quise comer y me metí a mi cuarto, ahí me tiré sobre la cama y pensé en el destino de los tzizquirines. No entendía por qué hacían lo que hacían. Mucho tiempo después comprendería que muchos hombres hacen lo mismo. Por esto siempre desconfío de los hombres que hacen mucha alharaca, son seres que invocan a las sombras eternas. Se me hacen tzizquirines que, en lugar de lluvia, invocan un ritual al miserable Dios del ruido. Ya se sabe, querida Mariana, que Dios está más que en el grito ¡en el vacío!
Hay animales que son más discretos. Por esto me gustan, más que los loros, las hormigas. Las hormigas, al contrario de los tzizquirines, son silenciosas. Las veo, día a día, cargar su prodigioso miligramo. Lo hacen como si caminaran en puntillas. Cuando un niño les hace la travesura de borrar su camino, ellas no gritan, se confunden tantito, pero luego vuelven a encontrar la senda. Las hormigas mueren en una inundación o bajo la suela de un zapato, pero siempre lo hacen de forma silenciosa. En cambio -qué horror- los tzizquirines cogen a cada rato el pandero y llaman nuestra atención para decirnos: “¡Miren, miren, estoy a punto de morir! ¡Miren!”. ¿Por qué lo gritan a los cuatro vientos? ¿Quieren que les demos un diploma por hacer el prodigio de hacer llover?
P.d. ¿Vos conocés a los tzizquirines, Mariana? ¿Vivís al lado de alguien que tiene espíritu de chicharra?

INVITACIÓN - FORO DE COMUNICACIÓN - PARTICIPA ARCADIO ACEVEDO, DESTACADO PERIODISTA.


La Asociación de Redactores y Reporteros Prensa Chiapas AC (ARRPRECH) en coordinación con la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH)
Invitan al

Primer Foro de Comunicación y Libertad de Expresión

Se realizará este sábado 3 de octubre a partir de las 10 horas en Calle Diego de Mazariegos 19, en el centro de San Cristóbal

Son tres los ponentes:

10:00 Registro de asistentes

10:30 * El doctor Héctor A Guillén Bautista, abogado general de la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH)
Acceso a la Información Pública

11:30 Cofee Break

12:00 Arcadio Acevedo, caricaturista y columnista
La caricatura política: Cenicienta popular del periodismo

13:30 Lic. Víctor Ventura Vega, subdirector de Procesos zona altos de la PGJE
Delitos de prensa

17:00 Sesión de la ARRPRECH

Domingo

12:00 Toma de protesta de la nueva dirigencia estatal de ARRPRECH, encabezada por Sergio Melgar y comité directivo, por parte de Roberto Píñón Olivas, dirigente nacional de la Federación de Asociaciones de Periodistas de México AC (FAPERMEX)

Invitamos a todos los y las compañeros (as) reporteros (as), fotógrafos (as), editores (as) y demás periodistas en activo que nos acompañen a este foro académico.

Un abrazo
Sergio Melgar

jueves, 1 de octubre de 2009

INTENCIONES BLANCAS


Marcos fue con el carpintero y luego con el pintor. Ayer subió a una escalera y clavó el letrero en la parte superior de la puerta de entrada de su casa. Luego improvisó una pequeña sala con dos "butaques" forrados con piel de vaca y una pequeña mesa de centro. Colocó unas revistas viejas y esperó la llegada del primer cliente.
El primer hombre que entró a su "consultorio" fui yo, porque fui a comprar avena integral. Me encontré con la novedad de que ya no vende productos naturistas, a partir de la tarde de ayer es: "Doctor especialista en miradas".
Un poco como si fuera iridólogo se le ocurrió ofrecer sus servicios de "lectura de miradas". Su promocional reza: ¿TIENES PROBLEMAS PARA VER EN LOS OJOS DEL OTRO LAS INTENCIONES BUENAS Y MALAS? EL DOCTOR MARCOS OCEJEDA TE RESUELVE TUS PROBLEMAS. CINCUENTA PESOS LA CONSULTA. RESULTADOS GARANTIZADOS.
¿De dónde sacó esta idea? No pregunté porque se me hizo una falta de respeto. En cuanto me enteré que ya no vendía avena me despedí, pero él me detuvo tantito. Como había sido su primer visitante me ofreció un vaso con horchata. Yo recibí el vaso y me senté en uno de los butaques, ahí en medio del zaguán, comenzó a llover tantito, el patio de la casa se humedeció.
Él estaba en silencio y yo también. Pensaba en cómo le hará para ganar dinero; es decir, algo no encaja. Imaginé que yo era un cliente y quería "ver en los ojos del otro las intenciones buenas y malas". ¿Cómo le hace el "doctor" para ver al otro si sólo estoy yo? Así que no dudé, saqué mi cartera y puse un billete de cincuenta sobre la mesita y le dije a Marcos que, ya que estaba ahí, pues aprovecharía a consultar.
Marcos se paró,fue a otro cuarto y regresó con una bata blanca y con un pequeño aparato, como un monóculo de plástico. Se sentó frente a mí y colocó el aparato sobre mi ojo derecho, me dijo que cerrara el izquierdo. Luego de un minuto, más o menos, me dijo que ya estaba listo. Me entregó el aparato, que era como una moneda de diez pesos y, en voz baja, me dijo que cuando yo esté frente "al otro", así, como quien no quiere la cosa, dirija la lente a la cara de él (o de ella). "En seguida aparecerá sobre la lente el resultado". Hizo una prueba, llamó a su hermana Martha, ella salió de la cocina, limpiándose las manos con el delantal, atravesó el patio, corriendo porque la lluvia había arreciado, y entró al zaguán. Marcos le dijo que se quedara ahí en la entrada y me dijo que dirigiera el aparato hacia ella. Un poco riéndome (por dentro) puse mi mano sobre mi rodilla derecha y moví la lente hacia el rostro de Martha y en la lente, como si fuese una pantalla de celular, se iluminó una franja amarilla. Marcos le dijo a su hermana que se retirara. Mientras ella corría de nuevo, el "doctor" me dijo que la intención de su hermana era neutral. Cuando la lente se ponga blanca, la intención del otro es positiva; si se pone roja, ya se sabe.
Ahora tengo la lente acá, entre mis manos, y, sólo por mera diversión, la llevaré a mi trabajo y, sólo como mero juego, la probaré entre mis compañeros. Mañana les platico.
Caras vemos, intenciones no sabemos.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

UNA MÁS DE LOS TELEVISOS


El doctor Robert Dufour, filósofo francés, dice que uno de los mandamientos del liberalismo perverso es el que dice: "Ignorarás la gramática porque es un lugar común y sólo debe haber lugares individualizados".
A los poderosos les interesa que los mandamientos del liberalismo se sigan al pie de la letra. Mientras nuestra sociedad sea más alienada ellos asumen más poder.
Esta práctica se ha hecho de manera velada en el pasado y ahora es más obvia porque los poderosos se vuelven más cínicos cada vez.
Ahora (de nuevo, Dios mío) Televisa nos lanza un engendro más. Hace dos noches prendí la televisión, la conductora del Super lotto se despedía. "Les recuerdo -dijo-que ya están abiertas las inscripciones para participar en el programa CIEN MEXICANOS DIJIERON". Chin, pensé, ¡qué oso! La niña bonita, con cabellera de cascadas de agua chocolate, se equivocó. Apagué el televisor y me dormí.
Al día siguiente descubrí que ella no se había equivocado. El programa de Televisa, en efecto, se llama así: CIEN MEXICANOS DIJIERON.
Es una más de sus asquerosidades. A Azcárraga y corte celestial les conviene que el pueblo, cada vez más, se exprese de una forma no prestigiosa.
Ellos se quieren erigir en los poseedores del lenguaje especializado. Al pueblo le dan las sobras del arte y del buen decir. Cada vez más prostituyen nuestro lenguaje.
¿Qué se puede hacer ante tal aberración?
En este programa ponen como conductor a un pobre comediante. Digo pobre porque no tiene idea de lo que es el humor. Su supuesta comicidad se basa en el recurso pobrísimo de imitar el lenguaje de un chofer de un autobús público.
Se dice que la televisión es la nana de estos tiempos, la educadora de la niñez. ¿Qué clase de educación reciben los niños ahora que escuchan a la NACARANDA y al VÍTOR con sus vulgaridades?
Ahora, lo sabemos, medio mundo (como si fuera un chiste) repetirá el vocablo y el DIJIERON se convertirá -de manera subliminal- en algo prestigioso, en palabra de uso diario.
Esta es la tónica de la empresa televisora. Poco a poco nos va quitando nuestra identidad. Ahora se meten, de manera directa (porque lo hacen por escrito), con una de las posesiones más sublimes del hombre: el lenguaje.
A Loret de Mola habría que enviarle la foto donde un estúpido escribió: "CIEN MEXICANOS DIJIERON". A ver si lo exhibe en su noticiario.

martes, 29 de septiembre de 2009

COLABORACIÓN ESPECIAL PARA PALABRA ESCRITA



EN EL CORAZÓN DEL PAN

Óscar Bonifaz y yo coincidimos en un corredor de la Casa Museo. En una de sus manos llevaba una bolsa de plástico. Mientras yo me preguntaba “¿Cómo le hace el maestro para conservarse tan bien?”, él explicó que no puede vivir sin pan. Es una costumbre comiteca -dijo-, café con pan, y me enseñó el interior de la bolsa. Un mundo tibio y dulce, lleno de manteca y ajonjolí, apareció.
Estamos hechos de costumbres. En la mañana de ese mismo día me topé con Marvey Altuzar (fue día de poetas). Ella, enredada en un hermoso rebozo amarillo, mientras pedía un café para llevar, también dijo que “muere” por un guiso especial que probó de niña.
Cada uno de nosotros “muere” por algún platillo especial. Óscar Bonifaz me dio posada en su casa, en dos ocasiones, hace años. Al despertar, mientras yo preparaba un vaso de avena, él ponía a calentar el café. Ahí supe que los seres humanos (y tal vez los animales también) no “morimos” tanto por el sabor sino por el aroma. Cuando mi avena y su café estaban listos nos sentábamos ante una pequeña mesa de madera en la cocina y platicábamos, en medio del aroma inolvidable del café de todos los tiempos. Ahora no tomo café, pero igual que Óscar, igual que medio mundo, también tengo los aromas prendidos en mi corazón.
¿Recuerdan la obra de Marcel Proust “En busca del tiempo perdido”? ¿Recuerdan la famosa escena donde el niño protagonista llega a su casa y su mamá le ofrece una taza de té y una “magdalena”? Cuando el niño remoja la galleta adentro del té los recuerdos de su infancia asoman como si fuera lluvia en mes de septiembre. ¿Qué aparece en la mente de Bonifaz cada mañana cuando “sopea” su “rosquilla chuja” en el café?
El otro día, Romeo Torres Ventura -pionero de la radio en Comitán- me dijo que su mamá hacía pan. Ahora, cuenta, cada vez que abre la panera ¡su infancia se hace presente! Recuerda el fogón que estaba en una esquina del patio y es como si los años cincuentas estuvieran ahí, de nuevo, junto a él. Un Comitán que era más tranquilo, sin la niebla de la violencia ni de la prisa; un lugar donde medio mundo conocía a medio mundo y donde hablar de vos era como el pan nuestro de cada día.
Cuando un aroma nos regresa a la infancia, todo es como el rebozo amarillo de Marvey. Nos volvemos un poco el niño que fuimos y todo es más amable, como si la vida fuera esa zona donde la preocupación era un territorio ajeno.
Cuando viví en Puebla “moría” por un vaso de “jocoatol”. Era tanto mi deseo que casi lograba representar el aroma y el sabor. Casi casi podía olerlo y probarlo, y esto era peor que un tormento de la Santa Inquisición porque cuando el aroma y el sabor desaparecían me sentía el hombre más infeliz de toda la Angelópolis. Por ello, cuando viajaba a Comitán, más tardaba en botar mis maletas que en ir al Mercado Primero de Mayo a buscar “mi” vaso de jocoatol. En este acto simple resumía la búsqueda de mi identidad, de mi infancia perdida.
Los pedagogos han demostrado que la niñez es la etapa de la vida que más nos “marca”. Por esto, los aromas que percibimos de niños son lastre y, al mismo tiempo, alas de nuestro vuelo.
El día que vi a Óscar Bonifaz con la bolsa en su mano lo vi como un niño. Todos los hombres somos esto: niños que llevamos una bolsa llena de chunches. Ahí, adentro de esa bolsa, cada uno guarda aromas, sabores, astillas y nubes que nos mojaron cuando éramos niños. Ahí van los “africanos”, los “turuletes”; ahí también se concentra el rebozo de la nana, el olor del café a las siete de la mañana; el olor a tierra mojada, el sonido de una canica al chocar contra otra; las tortillas con “asiento”, el chile en vinagre, la salsa roja de los panes compuestos, las tostadas con manteca; ahí el calor del fogón, la olla de frijoles y el cantadito de la mujer que, desde el zaguán, gritaba: “¿Vasté a mercar jilotíos?”.
Estamos hechos “del costumbre”; hechos de aromas y sabores pepenados en la infancia.
¿Cómo le hace Óscar Bonifaz para mantenerse tan bien física, intelectual y espiritualmente? ¿Lleva el secreto adentro de esa bolsa donde también lleva una rosquilla chuja y un pedazo de cazueleja?



TESTIMONIOS DE VIDA

Hermilo Aranda, Marvey Altuzar, Angélica Altuzar y yo jugamos un juego el otro día. Jugamos al juego “¿En qué instante te volviste lector?”. Este juego no tiene una respuesta única. Como todo acto de vida éste también tiene muchos puentes.
Crucé un puente el día que mi mamá me dijo que su abuela leía mucho. Cuando nací mi mamá me regaló ese gajo que la Nana Mía sembró muchos años antes. Si mi bisabuela fue gran lectora no hay nada de asombro en que yo tenga esa vocación. Lo que Somos tiene mucho qué ver con lo que fueron nuestros ancestros. Lo mismo sucede con los pueblos. El Comitán de hoy es fruto de los andamios de siglos pasados.
¿En qué instante me volví lector? Muchos instantes definieron mi vocación de lector. Hoy bendigo cada uno de esos instantes.
Sé que el libro ha sido el más fiel de mis acompañantes. Sé que con el libro he estado más tiempo que con cualquiera de mis afectos. El libro me ha acompañado en las buenas y en las malas. Ha estado a mi lado a la hora del café y a la hora en que he tomado cerveza y trago. El libro ha sido el testigo de los instantes de insomnio y de las noches en que no he despertado para algo.
Hace diez años, cuando abordé un avión en el Aeropuerto “Copalar” para ir a Oaxaca y extraviarme de este pueblo durante nueve años, llevé en mi mochila un pantalón, una camisa, un par de calcetines, un juego de ropa interior y tres libros: dos de Julio Cortázar y la Biblia.
Puedo renunciar a todo menos a mi vocación de lector.
Cuando regresé a mi pueblo, conmigo regresaron los tres libros. Igual que yo volvieron más viejos, con cierto olor a humedad, pero regresaron más llenos de subrayados y de notas al calce; como que volvieron más libros, más plenos, con alas más grandes, con más luz.
Mi papá no era gran lector, mi mamá tampoco ha leído mucho. En la casa de mi niñez no hubo muchos libros (Sí hubo, por el contrario, muchos envases de refresco y de cerveza porque mi papá fue distribuidor de la Coca Cola y de la Cerveza Carta Blanca).
Pero en algún “instante” un libro se coló como una cucaracha y, como toda plaga benigna, luego otro libro apareció y todo fue como si cada uno de ellos fuera un color del arco iris. Hoy, dedico mis mañanas, tardes y noches a la búsqueda del tesoro que hay al final del arco iris. Sé que la leyenda no es cierta y que al final del Arco Iris hay nada, pero también sé que el viaje no importa por el destino sino por el trayecto. El chiste de la vida es el camino, las piedras, las flores, las montañas, los ríos, los atajos y los miles de hombres y mujeres con los que platicamos en las posadas, en las fondas y en las plazas.
Cuando cumplí diecisiete años decidí estudiar Ingeniería en Electrónica. Me inscribí en la UNAM y asistí a mis clases. En el tercer semestre de la carrera, en la cátedra de Electricidad I, el maestro -desde el primer día de clases- concluía su cátedra con literatura. Decía que los ingenieros no podían estar alejados del humanismo. Una tarde descubrí lo que ya sabía: de todas las clases me gustaba la de Electricidad no por las Resistencias ni la Ley de Ohm sino por esos diez minutos en que la literatura hacía su maravillosa aparición. Este fue otro instante. Porque el primer instante apenas es un titubeo. Como en el primer amor y como sucede con el Iceberg lo importante es lo que está por descubrirse.
No sé si haya un caso similar (tal vez el del escritor Jorge Ibargüengoitia), pero yo descubrí la literatura en la Facultad de Ingeniería. En medio de integrales y derivadas un duende se coló. Hoy bendigo ese instante y bendigo aquel Ingeniero que me enseñó que la vida estaba más concentrada en las letras que en las turbinas y en los cables de alta tensión.

lunes, 28 de septiembre de 2009

NUBES



Hay hombres que viven en la realidad, y otros hombres que viven en la ficción. Soy de estos últimos. Quienes viven en la realidad no tienen impedimento para descifrar el mundo; si por casualidad se topan con la ficción reconocen que es un simple invento. Por el contrario, los “ficcionantes” confundimos la realidad, creemos que ella es parte del mundo mágico que vivimos, por ello incorporamos a los hombres reales a nuestro mundo (a cada rato los vemos como gnomos o como hombres de galleta y les ponemos rostros de ratones o de elefantes o de dinosaurios o de algún animal producto de nuestro imaginación. ¡Nos damos una divertida que para qué les cuento!). El problema es que a “los otros” les cuesta mucho trabajo aceptarnos en su mundo. Nos llaman “lunáticos” o “deschavetados” y siempre abusan de nuestra inocencia.
¿Cómo puede un ficcionante vivir en un territorio donde todo mundo quiere abusar de su prójimo? En el mundo de la ficción -como en el mundo real- hay buenos y malos (requetemalos), pero nos basta realizar un conjuro para vencer a los maldosos; por lo regular, eso de las posesiones materiales nos tiene sin cuidado. ¿Para qué poseer una residencia regular en Comitán o en Tuxtla o en Tapachula o París si nosotros, a través de un simple pase mágico, estamos habituados a vivir en castillos de cien habitaciones con cuadros originales de Picasso y con jardines llenos de fuentes y esculturas monumentales?
Cuentan (los ficcionantes, ¿quiénes más?) que, un día, Dios hizo a Adán y luego, como el pobre hombre se aburría como tzizim en época de secas, creó a Eva. Cuando Eva tentó a Adán, Dios los expulsó del Paraíso y este territorio quedó vacío. Dios entonces creó a Ulame, pero para no repetir el error de crear a otra mujer real dotó a Ulame del poder enorme de la imaginación. Así, cuando la gana de Ulame fue mucha inventó una, dos y más mujeres ficcionantes y pueblos y animales fabulosos, incluso galaxias enteras pobladas por mesas que jugaban a ser sillas o arlitus capaces de robar los arpitores del turmenetp. Dios sonrió complacido cuando vio que Ulame no caía en la tentación de probar el fruto del árbol del bien y del mal.
Pero Dios olvidó que la principal virtud de Dios es la capacidad de inventar, así que Ulame, entre juego y juego, no hacía más que acercarse a ser un Dios. Por esto, un día jugó a crear el universo y con el universo llegaron Adán y Eva. Así, nuestros primeros padres regresaron al Paraíso y, como eran muy juguetones, lo repoblaron con seres reales. Por esto, lo que era territorio especial para los ficcionantes se convirtió también en el territorio de los hombres “reales”.
Esto que llamamos tierra no es otra cosa que El Paraíso venido a menos por la rapacidad de los hombres comunes y corrientes. Los hombres que viven en la realidad están acostumbrados a creer sólo en lo que ven, en lo que tocan. Ese materialismo táctil y visual los ha convertido en adoradores de lo tangible, de las mesas de oro, de los pisos de mármol, de las sillas de ébano, de las mujeres de cabellos de trigo. Las mujeres invisibles no existen para ellos, los ángeles son inventos del Medioevo, las truchas doradas que forman el arco iris son un mito y los dinosaurios no son más que animales prehistóricos ya desaparecidos. Por esto, cuando un mortal común lee: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba ahí”, lo cataloga como un cuento y el libro lo hallamos en la sección de Ficción y no en la de Biografía, que es su lugar correcto.
¿Tengo que decir que nosotros no tenemos la sección de Ficción en nuestra biblioteca? Para nosotros la ficción es lo real, lo único cierto.
La mayoría de personas normales vive un mundo que considera real. Por esto son pocos los tocados por la gracia del destino. Soy de estos últimos.