jueves, 12 de noviembre de 2009

A PROPÓSITO DE CIELOS


Me invitaron a dar una plática acerca de los conceptos de Respeto y de Tolerancia. Paso copia del textillo que preparé para la ocasión.

TOLERANCIA Y RESPETO

La palabra Tolerancia viene del verbo latín: tollere que significa: Déjalo.
Asimismo, la palabra Respeto viene del latín respectus y significa atención o consideración.
Al hablar de Valores tenemos necesariamente que relacionarlos con todo un Sistema. La Tolerancia y el Respeto no tienen razón de ser si no se inscriben en un Corpus de Principios y Valores. Si la Tolerancia es el “Respeto a la diversidad” no puede existir un hombre tolerante sin la comprensión y aplicación del Respeto.
En la actualidad está de moda decir que “La sociedad está perdiendo los valores”. Es una idea equivocada. Los valores son permanentes y universales, por lo tanto no pueden perderse. Lo que ocurre es que la sociedad los ha dejado de lado: ¡están olvidados! Pero esto tampoco es cierto, porque hoy, más que nunca en la historia de la humanidad, se habla de Tolerancia y de Respeto. No obstante, la sociedad actual es intolerante e irrespetuosa.
¿Qué sucede entonces? El enfoque que la sociedad le ha dado a Los Valores es erróneo.
Desde niños aprendemos ambos conceptos, pero no los vivimos.
Recordemos la forma en que nuestra sociedad nos transmite estos conceptos. De niños escuchamos conceptos como el siguiente: ¡Más respeto, que soy tu madre!
En este enunciado queda perfectamente expresado el yerro en que incurrimos. Nos han inculcado ser respetuosos ante “el otro”, Ser tolerantes ante “el otro”; ha sido un poco como si nos dijeran: Vive por y para “el otro”. ¡Acá está el fallo!
Los Valores Universales no son semillas para sembrar indiscriminadamente en los patios traseros de las casas; al contrario, son como gajos de luz que sólo “prenden” en el jardín del hombre.
Benito Juárez expresó: “El respeto al derecho ajeno es la paz” y, en nuestro país, esto se enseña como modelo de Respeto. Pero si lo analizamos con detenimiento suena un poco a: Si no respetas mi derecho ¡te hago la guerra!; es decir, siempre en la supuesta enseñanza de los Valores está implícita una amenaza. Y si algo está opuesto a la imposición es precisamente El Principio Ético.
Todo Principio Ético sustenta su eficacia en La Voluntad y ésta se inserta en el círculo más próximo del Ser. La Voluntad es el motor que impulsa al hombre a trascender el plano de la mera animalidad.
La esencia de un Valor Universal está cimentada en el espíritu del hombre. Antes que el respeto hacia “el otro” (Ser inexpugnable) o hacia “el entorno” (Materia distante) la transmisión de los Valores Universales debe estar dirigida al “Yo”.
Imaginemos una sociedad donde, en lugar de oír: El respeto al derecho ajeno es la paz, escucháramos algo como: La paz nace en el respeto hacia uno mismo.
Cuando un ser humano se apropia de los Valores Humanos no para dignificar “al otro” sino para ser digno él mismo sucede el prodigio que menciona La Biblia: “Todo lo demás llega por añadidura”.
Hemos olvidado que la sociedad no es una masa amorfa de seres. El constitutivo esencial de la sociedad humana es ¡el hombre! Si bien es cierto que cada uno forma parte de un conjunto, nunca el individuo pierde su condición de unicidad.
Ahora bien, ¿Qué beneficios otorga respetarse a sí mismo? ¿Para qué ser tolerante con los “muchos” que somos? Como es lógico comprender, las respuestas a estas dos preguntas están en el interior de cada ser humano.
Un hombre no puede respetar ni tolerar a sus semejantes si no se respeta y tolera él mismo; de igual manera si no tiene respeto hacia su persona es irrespetuoso con los animales, plantas y estrellas que conforman el universo.
Un hombre no puede respetar la Luz de la Creación si no posee dignidad.
Quien carece de Dignidad es apenas algo más que un costal de basura.
Hubo una vez un maestro que respondía al nombre de Reynaldo. Cuando el maestro Rey entraba al salón, algunos alumnos irrespetuosos no le ponían atención a su clase. Una mañana, un grupo de padres de familia recorrió los corredores de la Escuela Preparatoria, un padre, al ver, el descontrol del grupo dijo: “¡Qué falta de respeto para el profesor!”, pero, de inmediato, una madre de familia, en voz baja, comentó: “No, no le faltan el respeto al maestro, se faltan el respeto a ellos mismos”.
Cuando advertimos la degradación que el hombre le hace al medio ambiente, ¿debemos decir que es una falta de respeto para el entorno; o tal vez, de mejor manera, como lo hizo aquella madre de familia de los años setentas debemos decir: “El propio hombre se falta el respeto”?
Parece entonces que la escala de Valores está en relación directa con la manera en que se comportaba aquel bendito maestro de la Escuela Preparatoria de Comitán y en el comportamiento de algunos alumnos. El maestro, a pesar del desorden del salón de clases, impartía su clase con tolerancia hacia aquellos jóvenes que merecían el respeto de un hombre respetuoso.
Los hombres que transforman la sociedad para bien están inscritos en ese círculo de hombres que hacen de la Dignidad el pan suyo de cada día.
¡No le faltamos el respeto a los otros, nos faltamos el respeto a nosotros!

miércoles, 11 de noviembre de 2009

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO LOS LIBROS TAMBIÉN VUELAN ADENTRO DE CAJAS



Querida Mariana: La luz exterior siempre es la misma, pero en el interior de los edificios se modifica. Una es la luz del templo, otra la de una cantina. La luz de las bibliotecas es como un riachuelo de agua transparente. La luz de la biblioteca es más cercana a la que brota en un fogón, pero más distante a la luz intensa de un estadio o a la flama difusa de una plaza a media noche. ¿A vos te gusta la luz que prende el “mushcac” (que le dicen luciérnaga en otros lados)?
Pedro Ortiz Gutiérrez llegó a la escuela donde trabajo. Llegó con tres cajas de cartón que contenían libros. ¡Es maravillosa la capacidad de las cajas de cartón! Son como hospicios que dan albergue a los chunches desvalidos (incluso líquidos traviesos que toman la forma del cristal que los contiene).
Pedro entró a la biblioteca y dijo: “Vengo a donar estos libros”. Lo dijo así, como si supiera que el Sol no hace alarde de algo cada mañana. Pedro dejó las cajas y se retiró, con la sencillez que el Sol, en la tarde, mueve la mano.
Pedro sabe que quien regala un libro no sólo regala hojas pegadas o costuradas; quien dona un libro dona algo como un gajo de luz, como una rama de viento fresco. Quien dona un libro dona palabras. Pedro, el otro día, nos compartió muchos ríos: Gabriel García Márquez, Octavio Paz, Marguerite Yourcenar, Platón, Mario Vargas Llosa, Walt Whitman y muchos más.
Las cajas reciben mil y un objetos. Es fantástica la capacidad mimética del cartón; fantástica su tolerancia ante los diversos aromas, texturas y colores. A pesar de su capacidad de camaleón prolífico el cartón no distingue entre tostadas y libros. Quien abre la caja ¡sí reconoce la diferencia!
Las cajas de Pedro quedaron en el suelo. A la mañana siguiente, muy temprano, abrimos las cajas y fue como si abriéramos las ventanas de la casa que da al huerto, a la calle, al mar. Porque un libro es semilla de luz.
Con la emoción del niño que abre la caja el día de su cumpleaños o el día después de noche buena descubrimos un libro con poemas de Neruda, nos sentamos en el suelo y leímos una oda a la gaviota y supimos que el libro también tiene vocación de vuelo. El libro es ave que no discrimina ningún cielo.
El libro vuela hacia todas las direcciones e inventa pretextos estacionales para migrar hacia otros territorios.
Pedro, esa mañana, fue como una gaviota sobre la playa, como una raya de luz sobre los cielos. Al día siguiente colocamos los libros en la Sala Universitaria de Lectura. Hoy, los libros de Pedro están en manos de alumnos de la Universidad Mariano N. Ruiz. ¡Están en buenas manos!
Quienes donan libros riegan semillas de luz a los cuatro vientos. ¿Sabe Pedro lo que hizo? Los hombres que colocan un libro sobre las manos de otros hombres ¿saben el prodigio que hacen?
La luz de nuestra biblioteca está más cerca de la luz de quinqué de una casa comiteca, y muy distante de la luz de reflector de un aparador de Nueva York.
P.d. Alicia, quien era la mala del cuento, quiso molestar a Jazmín y le hizo un regalo el día de su cumpleaños. Cuando Jazz abrió la caja halló una cucaracha viva. Jazz sonrió y dijo: “Gracias, Al, gracias por acordarte de mí y regalarme a Gregorio Samsa”, y siguió leyendo a Kafka.

martes, 10 de noviembre de 2009

COLABORACIÓN ESPECIAL PARA "PALABRA ESCRITA"


EL ESCENARIO DEL CINE COMITÁN

“Un barco cargado de…” ¡Recuerdos!, respondió Emilio y cada uno de los muchachos dijo un recuerdo (teníamos entre dieciocho y diecinueve años). Jugábamos en el patio trasero de la casa, a las ocho de la noche, junto a un árbol de cedro y una fogata que había prendido Artemio, quien fue “Boy Scout” a la edad de siete años. Estábamos en una casa de la Colonia Narvarte, en la ciudad de México
Cuando tocó mi turno dije: “Mi recuerdo es “el templete” del Cine Comitán”. Todos me vieron como si yo tuviera cara de quetzal adentro de una jaula de leones. Como el juego consistía en decir el recuerdo más cercano a nuestro corazón, dije lo que dije aunque sólo Enrique conociera el Cine Comitán. Dije la palabra “templete” porque no supe si lo del Cine Comitán era un escenario o un foro. Ese escenario siempre lo vi como estructura liviana de feria pueblerina. Y sin embargo era el espacio más bello del mundo cuando las luces se apagaban y la función de cine comenzaba.
Continuando con el juego, Alicia preguntó: “¿De qué está hecho?”. Dije: Está hecho de madera, cuando subo al templete mi nariz huele la humedad. El aseador del Cine Comitán riega la madera con agua y luego lo barre.
“¿Para qué lo usas?”, preguntó Enrique. Dije: Para cumplir mis sueños de artista. Cuando es fin de curso de la escuela primaria participo en ese baile de Michoacán que llamamos “Baile de los viejitos”.
“¿Cómo lo llevas?”, preguntó Xavier. Como me tardé más de dos minutos en responder perdí mi turno y todos se pararon y me hicieron “pamba”. Mi cabeza la convirtieron en tambor y todos lo somataron con sus manos. Luego le tocó el turno a Mariano y él respondió bien todas las preguntas. Mariano nunca tardaba en sus respuestas; nunca le hacíamos pamba y él siempre ganaba el juego. Alguna de las muchachas le daba el premio: un beso.
No supe responder a la pregunta: ¿Cómo lo llevas? Lo más simple hubiera sido responder que era una estructura pesada, inamovible, pero ahora sé que esto tampoco era cierto, porque alguien, en algún momento, se lo llevó. La pregunta ahora es: ¿Cómo se lleva un recuerdo? ¿Se carga como una piedra o se alimenta como una nube? ¿Se disipa como la niebla o se evapora como el agua? ¿Perdura como la idea de Dios o es frágil como una montaña de sal?
Quienes, como yo, crecieron en Comitán en los años sesentas y setentas recordarán el escenario de ese cine.
Imagino que el sueño de cualquier niño artista de la ciudad de México es actuar en el escenario del Palacio de Bellas Artes. ¿Con qué soñábamos los niños comitecos que soñábamos con ser artistas en los años sesentas? También soñábamos con Bellas Artes. Después de haber pisado el foro del Cine Comitán ya no quedaba más por pisar en este pueblo y el sueño era ¡Bellas Artes! Medio mundo había actuado en el templete del Cine Comitán, porque ese espacio servía para celebrar los festivales de fin de cursos.
Los niños, con vestido de manta, sombrero de palma y cinta bordada, nos amontonábamos en un pasillo para esperar la indicación de salir a actuar al escenario. Algunos inquietos se escapaban e iban a ponerse atrás de la pantalla. La pantalla del cine era una inmensa tela plástica llena de poros como ojo de mosca gigante. Los intrépidos que se atrevían a llegar hasta ese lugar acercaban su cara a la pantalla y curioseaban la grandeza de la sala.
Quienes actuamos en ese escenario fuimos bendecidos por el prodigio. Nosotros, niños sencillos con ganas de comernos el mundo, actuábamos sobre el mismo escenario donde, a la hora de la matiné o de la función vespertina, El Santo luchaba, o Gary Cooper galopaba en montes llenos de cactus, o Pedro Infante lloraba a mares porque su Torito había muerto.
Por eso, todos los niños de ese entonces siempre nos creímos un poco El Látigo Negro o Mil Máscaras o, los más atrevidos, Charlton Heston o Cary Grant.
La vez que bailamos “El baile de los viejitos” salimos con máscaras de ancianos, con un bordón sujetado por ambas manos. Imitamos el paso cansado de los viejos, al ritmo de una música insistente. Una noche antes yo había imaginado el escenario (que, insisto, era como el de Bellas Artes) y había imaginado el momento de nuestra actuación. Imaginé que, al final, en lugar de seguir la fila de mis compañeros, “hacía como que me equivocaba” y tomaba el sentido contrario, a mitad del camino volteaba y corría para alcanzar la fila. ¡Ah, imaginé la carcajada de medio mundo espectador! Esa noche decidí que haría la gran actuación.
La mañana del acto llegó y, dos minutos antes de que saliéramos a escena, estaba convencido de que tendría fuerzas para el acto final. Pero a medida que se acercó el momento del baile, comencé a dudar. ¿Y si se enoja el maestro?, pensé. Cuando el maestro nos formó para salir al escenario nos recordó: “Háganlo tal como lo ensayamos”. Salí e hice lo mismo que mis compañeros. Al final, el público aplaudió nuestro esfuerzo, pero yo siempre me quedé con el resabio de que ese día Comitán perdió una estrella estilo Chaplin o Buster Keaton. Al llegar a mi casa me encerré en mi cuarto y cubrí mi cara con mis manos. No había tenido el valor para ser diferente, para decirle a todo Comitán que yo era un innovador de la escena.
Muchos años después fui a estudiar a la UNAM, en la ciudad de México. Una noche, en el patio trasero de la casa de huéspedes, jugamos el juego de un Barco Cargado de…”Recuerdos”, y yo recordé ese sencillo “templete” en aquella ciudad, bajo un inmenso cielo que aún no estaba tan contaminado.
Tiempo después, alguien me dijo que el Cine Comitán había desaparecido. Ahora el edificio donde estuvo el Cine es una tienda de ropa. De vez en vez entro al local, alguna señorita dependiente se acerca y me pregunta si quiero algo. Trato de sonreír y le digo que no. ¿Cómo le voy a decir que estoy buscando dónde quedó el templete?
El recuerdo es como un puente de madera podrida. A veces, a pesar de su fragilidad, tenemos que cruzarlo. ¡No hay de otra! El hombre no sabe bien a bien para qué puede servirle un escenario de madera húmeda, pero, a veces, lo busca con denuedo.
Uno de estos días del pasado octubre coincidí con el Arquitecto Guillermo Ochoa y su esposa, en la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez. Cuando Memo platicó que su papá laboró durante mucho tiempo en el Cine, su esposa, de pronto, así como si apareciera un viento desde “La Ciénega”, dijo: “¿Adónde habrán llevado las butacas?”.
Yo tenía la pregunta del templete en la punta del corazón. ¿Adónde los gritos de los niños cuando mirábamos a Santo vencer a las momias de Guanajuato? ¿Adónde los instantes en que aparecía la palabra “Intermedio” y la vida era como una pausa? ¿Adónde esas horas que hoy parecen muertas y que entonces fueron tan vivas? ¿En dónde están esos niños simples y sencillos que, como comían los panes compuestos de doña Lola (encargada de la dulcería), querían comerse el mundo entero? ¿Alguna vez, alguno de nosotros llegó a estar arriba del escenario de Bellas Artes?
Memo desvió la plática y la pregunta de su esposa quedó flotando. ¿En dónde quedaron las butacas? Deben estar en el mismo lugar a donde fue a parar el escenario, en el mismo lugar donde se oxidan los trompos y canicas que jugamos los niños de ese tiempo.

EL CRISTAL DEL ESPÍRITU

Hace años estuvo de moda la teoría de “La ventana rota”. La teoría establece que un barrio es más inseguro si no cambia sus ventanas rotas. El deterioro y la decadencia son señales para los delincuentes, les dice que no hay autoridad para detener delitos menores.
Comitán, ahora, cada vez es más una ciudad insegura porque muestra un grado alto de deterioro. Los vecinos conscientes pintan las fachadas de sus casas y barren el frente de su casa, pero los vándalos grafitean las fachadas y quiebran las botellas de alcohol a mitad de la calle.
Estos tiempos nos han roto no sólo la ventana sino algo de luz. Ahora nos llega algo como un haz quebrado. Pero no sólo los jóvenes dañan las paredes; hay adultos que, también, destrozan el cristal de nuestro espíritu. Son tiempos difíciles.

lunes, 9 de noviembre de 2009

FREE TOUCH



Lo pregunté así como quien dice “Buenas tardes”: ¿Qué es lo peor que te ha sucedido en la vida? “Un sueño”, me respondió y la vi temblar, como si el fulgor de aquel sueño todavía la cimbrara.
Adriana no me contó el sueño, por supuesto. Pero le creí por la luz de quinqué disminuido en sus ojos.
Miente quien dice: “Logré mi sueño”. ¡Todos los sueños son irrealizables! La vida es tan misteriosa que al hombre le cumple los deseos pero jamás sus sueños.
El deseo tiene su origen en la conciencia del hombre, en cambio el sueño viene de lo profundo.
Jaime Jaimes soñó un sueño. Soñó que se sentaba en el filo de la cama, se desvestía, miraba la Luna por la ventana, se quitaba los calcetines y los zapatos. Soñó que se acostaba, cerraba los ojos, rezaba y luego, por el prodigio del azar surrealista, soñó que caminaba por una calle que era como una viga suspendida a mil metros del suelo. Caminaba como si fuera un equilibrista, lo hacía con gracia, como si no dudara ni tuviera miedo ante el abismo de ambos lados. Los abismos eran como un pozo de luz, le herían sus ojos, lo deslumbraban, pero él seguía caminando como Jaime por su casa. De pronto, sucedió lo inevitable; es decir, lo previsible, el pie izquierdo titubeó y al dar el siguiente paso (ya próximo a llegar a la esquina) Jaime tropezó y cayó, pero en su sueño no sintió temor, porque entró a otro sueño y soñó que le crecían alas y, justo antes de estrellarse contra el suelo (un suelo presentido porque nunca llegó a palpar su consistencia), voló y remontó hasta volver a alcanzar la calle que ahora ya era un lago lleno de nubes, y Jaime, ya con otro nombre, siguió caminando por encima de las nubes que eran de muchos colores, de la misma manera que otro personaje, hace miles de años, caminó sobre el agua. Las nubes eran como un arco iris y eran suaves como almohada con pluma de ganso. Justo en ese instante sucedió que Jaime, ya con el nombre de Jesús, despertó del sueño dentro de su sueño y al hacerlo perdió las alas y de nuevo cayó en un pozo oscuro. A medida que, en caída libre, se precipitaba hacia el fondo comenzó a sentir frío, mucho frío, sus ojos se llenaron de escarcha y no pudo abrirlos más. Tuvo miedo, por primera vez en su sueño ¡tuvo miedo! Pero su subconsciente actuó y le recordó que seguía metido en su sueño así que buscó un alfiler entre su ropa y antes de desbaratarse contra el suelo se pinchó en el brazo izquierdo. ¡Despertó! Despertó en el lugar donde había iniciado el sueño de su sueño: la calle angosta que parecía suspendida en el cielo. Iba a dar un paso, pero desconoció si era o no un sueño. Pensó que estaba completamente despierto. Sintió temor, el temor del hombre que camina en un pretil ubicado a cientos de metros de altura. Se hincó en la calle, bajó sus pies y quedó colgado de la viga de cemento. Una paloma pasó volando. El hombre (ya no supo si era Jaime o Jesús pues el ser humano nunca sueña con su propio nombre) cruzó los pies por debajo de la calle y se acostó sobre la viga y la abrazó con fuerza, fue como un moño apretado a una caja de regalos. Durmió. Con todos sus deseos trató de forzar el sueño, pero éste nunca llegó. Después de horas, ya en el límite de sus fuerzas, por fin, durmió, pero antes que en su sueño se soñara barco o colibrí, se hizo tantito hacia la izquierda y cayó. Dos minutos después, se despedazó sobre la calle del pueblo y ya no despertó nunca más.
Tal vez a Adriana le ocurrió un sueño semejante, pero ella, gracias a Dios, no logró entrar a otro sueño dentro del sueño. Dicen que estos son los peligrosos. Por lo regular los humanos nos acostamos y soñamos y luego despertamos y volvemos al lugar del principio: nuestra cama. Pero cuando alguien dentro del sueño accede a otro sueño y quiere regresar del segundo al primero puede extraviar el camino. Así le sucedió a Jaime, ¿o se llamaba Jesús?

domingo, 8 de noviembre de 2009

CUCARACHAS POLÍGLOTAS


"Vayan al patio a estudiar todas las capitales del mundo". Los alumnos de sexto de primaria salíamos del salón y buscábamos una sombrita en los corredores y ahí estábamos dale y dale con Francia, París; Guatemala, Guatemala; El Salvador, San Salvador, hasta que en la puerta del salón el alumno saliente llamaba al entrante. "Molinari, te toca", y el Molinari, arrastrando los pies como cuentan los arrastraban los condenados con rumbo a la guillotina, se dirigía al salón. El maestro, en una esquina del salón, esperaba. El alumno se acercaba haciendo un rápido repaso mental, pero, por alguna extraña razón, las capitales parecían cucarachas y se movían sobre el mapamundi, así cuando el tal Molinari, con la cabeza gacha, comenzaba a buscar la capital del país que el maestro demandaba la pinche ciudad capital ya no estaba y en lugar de decir Estocolmo decía Dublín y entonces el maestro sacaba la regleta, señal inequívoca de que el alumno debía colocar las manos al frente para recibir el castigo. Con el agua en los ojos, el alumno salía del salón, y en la puerta, con voz aguada, decía: "Ramírez, te toca". Mientras el Molinari volvía a tumbarse en la sombrita para continuar con el estudio de las capitales, el tal Ramírez se enfilaba hacia el cadalso.
Y ahora, cuarenta años después, el tal Molinari aún no entiende la lección. Cree, de veras lo cree, que ese martirio fue como una invocación negativa. Odió tanto ese aprendizaje que por ahí se coló un odio gratuito a todas "las capitales del mundo". ¿Por qué nunca ha ido más allá de Chacaljocom (comunidad a dos o tres kilómetros de Comitán)? Pues porque envió malas vibras a París, Roma y Londres desde chiquitío. Eran más de cien capitales, era un conocimiento que rebasaba el disco duro de su mente. Tal vez en este ejercicio también mandó vibras negativas a su memoria, porque ésta (ahora) se empeña en no retener casi nada.
El Molinari anda en la vida como esperando que lo llamen al salón para, de entrada, extender las manos y recibir la regleta por no aprenderse de memoria lo que lee. El Molinari (ahora y desde siempre) lee algo y no "retiene" algo, un poco como acto de rebeldía ante aquellos "reglazos" de la primaria.
Ha comprobado (y tal vez acá está su venganza inútil) que la vida se puede vivir sin saber de memoria los nombres de las capitales del mundo. Se puede vivir tranquilamente sin conocer los datos biográficos de todos los Premios Nobel de Literatura o de todos los Presidentes de la República Mexicana. ¡De hecho le vale un comino saber o ignorar en dónde nació Emilio Portes Gil o si Felipe Calderón es de Michoacán o de Baja California! ¿Cuál es la capital de La India o de Rusia?
En todo caso, si él llegara a necesitar un dato acerca del Presidente de tal país lo buscaría en un libro o en este chunche (claro, el pobre maestro de los años sesentas ¡qué iba a saber de este chunche maravilloso!).
Por esto, cuando el maestro de física en el bachillerato dio un formulario para el examen el alumno pensó que el maestro era un maestro sabio. Él mismo explicó que no quería que sus alumnos aprendieran las fórmulas de memoria (un bonche de fórmulas) sino que supieran aplicarlas. Ah, pucha, qué diferencia.
Pero, bueno, de esto hace ya cuarenta años. No obstante, ahora debo confesar que al momento de escribir esto todavía sentí algo como un ligero temblor pues no recordé el nombre de la capital de Uruguay. Ay, Benedetti, ya te moriste, ya no podés "soplarme" el nombre de la capital de tu país. Chin. El único recurso que me queda es el de levantarme para buscar en el librero o "guglear" y escribir: "Capital de Uruguay". Acabo de hacerlo y -¡qué maravilla!- aparecieron diez resultados de aproximadamente treinta y nueve millones seiscientas mil entradas que hablan de Montevideo. ¡Pucha, qué maravilla!

sábado, 7 de noviembre de 2009

DE PREOCUPACIONES Y OTROS CHUNCHES


La mujer de Adriano llegó a decirme que él estaba extraviado. Le dije que no se preocupara. Pero, ya van dos noches que no llega a dormir. Por ahí debe andar, ya mirás cómo es él. No te preocupés. Lo dije para calmarla. Se fue más tranquila. Ahora yo soy el que está preocupado. Hace como cuatro meses, Adriano me dijo que sentía algo raro cuando se veía a un espejo. Como lo vi realmente preocupado le dije que no se viera al espejo por un tiempo; pero (igual que hice con su esposa) lo dije sólo para que dejara de preocuparse. Me dijo: Es una buena idea. Ni tanto, pensé. El rostro de Adriano tenía el color que toman los rostros cuando estás solo en tu casa y apagás la luz y sentís que "algo" te toca en la espalda y sentís frío, un frío como de congelador, como de tumba, como cuando sentís que un cadáver se te repega a la hora que estás dormido. ¡Eso haré!, dijo Adriano y vi que se fue más tranquilo, pero lo cierto es que parecía que Adriano poco a poco se estaba "borrando".
El de Adriano no es el único caso que me ha tocado ver. Hace varios años, Armando, el pintor que hacía rótulos, desapareció. Nadie se explica su desaparíción. Aparentemente sólo a mí me hizo la confesión de que sentía "algo raro" cuando se miraba al espejo. En ese tiempo le sugerí lo mismo que le sugeri a Adriano.
Ahora me doy cuenta que no es tan fácil dejar de verse en el espejo. Armando me dijo que se rasuraba y se peinaba frente a una palangana de agua; me dijo que tapó con mantas azules todos los espejos de su casa, pero, a veces, cuando su esposa limpiaba los muebles y, por descuido, una manta caía, él sentía un irrefrenable deseo de ver su rostro. Trataba de resistirse, pero no lo lograba y terminaba viéndose al espejo. Él se justificaba diciendo que era para comprobar si el color de su rostro había mejorado. Lo cierto es que cada vez que caía en la tentación su color desmejoraba.
Armando dejó de salir a la calle, porque una mañana descubrió que el cristal de un aparador de una tienda de ropa le provocaba el mismo sentimiento. Se paró para ver la ropa de verano y al lado del maniquí descubrió su imagen y sintió como si un viento soplara y él estuviera hecho de un barro que se desintegraba. Se tapó la cara y corrió hasta llegar a su casa.
Su esposa lo abandonó porque Armando renunció al trabajo y a todo contacto con el mundo exterior. Pintó su cuarto de negro y cubrió la ventana con un triplay, tambíén pintado con negro.
Un día, doña Marina (quien le llevaba la comida y lavaba su ropa) no halló a Armando y lo buscó en casa de los vecinos. Todo el vecindario se movilizó y desde entonces se le dio por desaparecido.
Hoy hizo ocho días que Adriano desapareció. Hace rato fui a su casa y su esposa me dijo: "Sí, no se preocupe don Alex, por ahí debe andar". Sí, por ahí debe andar, dije.

viernes, 6 de noviembre de 2009

CON RUMBO AL PRIMER MUNDO



Dicen que no es poca cosa. El otro día, en Comitán, inauguraron un Wal Mart. Cientos de personas acuden, desde entonces, a conocer este centro comercial. Dicen que esto es un avance, que, poco a poco, dejamos de ser pueblo y nos inscribimos en la relación de las ciudades “con aspiraciones”. En diciembre inaugurarán una plaza con salas cinematográficas y esto nos colocará en la dimensión de las ciudades grandes como Tuxtla y San Cristóbal. Seremos la envidia de ciudades como Comalapa, Chicomuselo, Las Margaritas y demás puntos intermedios. Los comitecos nos sentiremos “chentos”, casi casi como si ya estuviéramos instalados en la pasarela donde caminan París o Londres.
Lo cierto es que las compras de este próximo diciembre modificarán nuestros hábitos de años. Nuestros gustos culinarios también se modificarán. Anhelamos probar una pizza de esas que nos la llevan a domicilio antes de treinta minutos. Como no tenemos el referente de una auténtica pizza italiana creeremos que ese sabor de cartón húmedo es la neta. Igual que en cualquier parte de México el modelo de vida norteamericano nos deslumbra. Por la mañana gritamos ¡Viva México!, a la hora en que “nuestra” selección de fútbol vence a la selección de Estados Unidos, pero en la tarde celebramos el triunfo comiendo una hamburguesa de franquicia gringa. El American way of life nos seduce.
A inicios de los años ochentas la mayoría de comitecos soñaba con que la televisión comercial llegara al pueblo. Únicamente teníamos acceso a TRM. El deseo de que la tele comercial llegara estaba sustentado en la ilusión de estar a la altura de las demás ciudades. Doña Elena, quien había viajado recientemente a la ciudad de México, le decía a su hermana que jamás abandonó Comitán: “Ay, lo vieras, Nita, hasta los comerciales son bien bonitos”. Y era cierto y sigue siendo cierto. La televisión mexicana, llamada cultural, se especializa en hacer programas aburridos. Y la otra, la comercial, se especializa en seducirnos a través de sus comerciales bonitos para que nos sumemos a esa inmensa fila de consumidores inertes y compulsivos.
Desde 1950, año en que Comitán se “unió” a la república a través de la Carretera Panamericana, hubo un deseo de abandonar la categoría de pueblo olvidado para, en acto de premonición, convertirnos en parte del mundo global. Algo como un complejo nos ha acompañado siempre: Queremos ser como son los otros.
Pero no se crea que esto sea exclusivo de nuestro pueblo. En todas partes del mundo se cuecen complejos. En 2002 inauguraron El Palacio de Hierro, en la ciudad de Puebla. El tránsito de la zona se colapsó por la cantidad de personas que querían conocer el nuevo inmueble. Ese día Puebla mostró su verdadero rostro. La ciudad de un millón y medio de habitantes se mostraba como un pueblote que ya no tenía nada que envidiarle a la ciudad de México. Ese día, la gente bonita de la Angelópolis decidió ser Totalmente Palacio. Hace días en Comitán mucha gente decidió ser Totalmente Wal Mart (digo, para ser Totalmente Palacio nos faltan kilómetros de años).
No lo aceptamos en público, pero nos sentimos menos ante el oropel que nos ofrecen las ciudades con pedigree, por esto ahora pensamos que ya no estamos tan lejos de la mano del Dios del Glamour.
El día que Televisa llegó no nos hizo mejores (tal vez ocurrió lo contrario). ¿Qué pasará con Comitán ahora que estamos metidos de lleno en el camino del “progreso comercial”?
Hace tiempo escribí que la personalidad de Comitán no desaparecerá el día que abran locales con hamburguesas de franquicia extranjera. El espíritu del comiteco se cancelará el día que los pequeños restaurantes de panes compuestos, butifarras y chalupas cierren sus puertas porque ya nadie los consume.
Hoy tenemos Wal Mart y nos sentimos chentos.

jueves, 5 de noviembre de 2009

CRISIS Y JUÁREZ


A nosotros, niños de los años sesentas y jóvenes de los setentas, la crisis nos hacía lo que el viento a Juárez.
Anoche soñé que estaba en una panadería. Cuando la mujer terminó de colocar el pan en una bolsa de papel me dijo: "Son tres mil quinientos pesos". Amanecí con cierta molestia. Yo había sacado unas monedas de diez y de cinco pesos para pagar. Cuando me dijo la cantidad le dije que estaba ¡loca!, así que con mi mano derecha como rasero levanté las monedas que había dejado sobre el mostrador. Por el prodigio de los sueños levanté, además de las monedas de diez y de cinco, un bonche de moneditas diminutas.
¿Existen las monedas de diez y de veinte centavos? Bueno, la pregunta es: ¿Sirven para algo? Parece que ahora el valor mínimo de algo es de cincuenta centavos. ¿Cuánto vale un chicle?
Los niños de los sesentas comprábamos muchas cosas con un peso de gasto: cohetitos que tronaban al caer al suelo; canicas; un trompo de medio pelo; nieves y paletas; e infinidad de dulces (quiebramuelas, turuletes, panelitas, turrones, chimbos).
Antenoche escuché que el "gremio" cinematográfico del país se quejó por el recorte. Se quejó de que (a raíz del TLC) el trato es desigual por parte de los exhibidores. La mayoría de salas está destinada al cine hollywodense.
Por esto digo que a nosotros las crisis nos pelaban los dientes. En el pueblo existían dos salas cinematográficas: El Cine Montebello y el Cine Comitán. Todo mundo sabía que en El Montebello exhibían películas extranjeras (gringas, sobre todo); y en el Cine Comitán exhibían únicamente películas mexicanas (y ambos cines se llenaban).
No había el rechazo que ahora se escucha con frecuencia: "No, no entremos, es película mexicana". En ese tiempo entrábamos al Cine Comitán y al Cine Montebello porque era nuestra religión. No sabíamos ni qué iban a exhibir, ni importaba. Era un poco como se da en la misa del domingo: los católicos no saben de qué tratara el sermón.
El Cine Comitán fue, al menos en la ciudad, el principal promotor de nuestra cinematografía. Ahí crecimos (perdón que yo lo diga) amando los territorios de nuestra patria. Supimos que nuestro ser de mexicano estaba hecho con las borracheras y valentonadas de Pedro Infante y de Jorge Negrete (qué pena); con las valentonadas de Jorge Rivero y de El Mayor David Reynoso; con las cachonderías de Meche Carreño y de Isela Vega; con la mamonería de María Félix y de su hijo Enrique Álvarez Félix; con los pastelazos de Viruta y Capulina (qué pena); con los requiebros de Mauricio Garcés y de -otra vez- Enrique Álvarez Félix (doble pena). Nuestros ojos se llenaron de campos con magueyes y de los inenarrables cielos maravillosos de Gabriel Figueroa. Casi llegamos a creer que el "Oeste" era ese set del norte del país que siempre salía en las películas de vaqueros; casi llegamos a creer que esa utilería de cartón que salía en las películas de El Santo era en realidad el prototipo de los laboratorios de los científicos del mundo.
Con diez pesos entrábamos al cine, veíamos dos películas en flamante blanco y negro o en color, comíamos cacahuates japoneses, panes compuestos, una orden de tacos dorados, un vaso de pepsi (en vaso encerado) y aún -como dice Romeo Torres Ventura- nos quedaba un "restecito" para llevar a casa.
¿Tres mil quinientos pesos por un montoncito de pan? ¡Pucha, la mujer está loca! Hoy, en cuanto tenga tiempo iré a una panadería y compraré una pieza de pan. Acá por la casa existe una panadería que vende unas piezas pequeñitas a cincuenta centavos. ¡Lo juro!
Bendito Dios, con una moneda de cincuenta puedo comprar un chicle o un pan. ¿Tres mil quinientos? ¡Pucha, pues de qué estaban hechos sus pinches panes!

miércoles, 4 de noviembre de 2009

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO LOS DRAGONES NO DRAGAN



Querida Mariana, los dragones son echa fuego. ¿Cómo los tojolabales llamarían a este “animal que tiene la lengua de fuego”? ¿Y si el dragón es el único animal que habla y no lo escuchamos porque los hombres no entendemos el lenguaje del fuego? ¿Nunca has visto el chachalaquerío de las velas en el templo? ¿imaginás si pudiéramos “oír” lo que dicen cuando sus flamas van de un lado a otro como si fueran hierbas azotadas por el viento?
Mi prima Elena le dice “Dragoncita” a su mamá; dice ella que es de cariño, y yo le creo. Le creo porque a mí me dan ganas de decirle Dragón a don Eusebio. Cuando entro a su talabartería, junto con el tufo de la piel de cedro, siento un tufo a papel quemado. Basta oírlo hablar dos minutos para sentir su aliento de horno de leña.
Hay hombres y mujeres que tienen la vocación de ser forjas. Son hombres que quieren imitar a los dragones. Como son simples mortales no les da más que para ser como cerillos, como encendedores, como chimeneas. ¡Todo lo chamuscan!
Por esto, cuando alguien me dice que el dragón es un animal mitológico ¡no le creo! No le creo porque ningún hombre, en ningún tiempo, pudo tener la imaginación para crear un animal tan bello y tan poderoso. Pensá ahora en todos los animales del universo y decime si hallás alguno que supere al dragón. El dragón es un animal perfecto, así pues no puede ser fruto de la imaginación del hombre. El dragón proviene de la misma semilla de la creación. El dragón no es ningún fruto, es una rama hermana del universo. No sé qué pensés vos pero yo creo que, sin importar cómo fue el origen del universo, el fuego fue elemento fundamental para la creación.
Cuando el universo acabe y Dios juegue a inventar uno nuevo, no dudés que el dragón será el animal favorito del Paraíso. ¿A poco vos creés ese chiste de que el primer fuego que vio el hombre fue el fruto de un rayo sobre un tronco? No, la vida no es tan compleja. El hombre antiguo siempre tuvo un dragón de cabecera para prender el leño.
Todo lo que aparece como fruto de la imaginación no es más que el recuerdo de lo que fue en algún tiempo pasado. Hubo un tiempo, Marianita, en que los dinosaurios compartieron cielos y tierras con unicornios y dragones.
Yo he conocido dos dragones en el curso de mi vida y aún tengo la esperanza de toparme con un tercero. Uno de ellos lo conocí en Chiapa de Corzo. Tenía siete u ocho años cuando mi papá quiso que yo conociera la capital del estado. Hasta San Cristóbal todo transcurrió maravillosamente, en el curverío de San Cristóbal a Chiapa yo terminé vomitando todo el carro, por lo que mi papá le dijo al chofer que paráramos ahí para limpiarlo y para que yo me recuperara. El chofer nos dejó en el parque y llevó el carro al río. Mi papá me recostó sobre una banca del parque y me puso un pañuelo húmedo sobre la frente. El calor era tan intenso como piedra de temazcal. Quise saber de dónde provenía esa “lengua de fuego”, abrí los ojos porque sentí algo como un ventilador hirviente y descubrí “el dragón” dando vueltas sobre mi cabeza, sobre los enormes árboles; su cola llegaba hasta la réplica de la Corona Española. Abracé a mi papá y le dije que regresáramos a casa. En ese momento el chofer llegó y le dijo a mi papá que el carro estaba limpio. Ya no continuamos a Tuxtla. Dimos media vuelta y regresamos a Comitán. Mi papá hizo caso a mi petición: “No quiero estar acá, papito, el dragón me espanta”.
Tal vez por esto es que me gusta quedarme en casa; tal vez por esto es que no soporto los lugares calurosos. Este temor de niño ha impedido ver de cerca a los dragones, en los últimos tiempos.
P.d. ¿Vos has conocido algún dragón, algún unicornio? ¿Nunca has jugado a que el horno de la estufa es la boca de un dragón? De todos los santos católicos, San Jorge es uno de los que me cae mal. ¿Con qué derecho ultimó al dragón cachorro? Porque el dragón de San Jorge era un bebé; de lo contrario Jorge hubiese terminado como pollo rostizado, pero el bebé apenas estaba aprendiendo a regular su termostato y su flama era como la de piloto de calentador.
Siempre he pensado que San Jorge es el más tonto de los santos. En estos tiempos sería uno de esos tipos nefastos que cazan cocodrilos. ¿Te parece digno de santificación? ¡Que lo quemen en leña verde para que le ardan los ojos mientras arde lo demás de su cuerpo!

martes, 3 de noviembre de 2009

DÍAS DE DIOS


Saramago presentó su más reciente novela: "Caín". El Premio Nobel de Literatura suelta una frase común y gastada: "Fuimos nosotros quienes inventamos a Dios a nuestra imagen y semejanza". El nosotros -entiendo- abarca al género humano.
¿Es el hombre el inventor de Dios o al contrario? Por supuesto que la imagen que tenemos de Dios la inventamos "nosotros". Nuestra cabecita es tan simple que nos dio para una imagen bien limitada.
Un lector atento (parece que Saramago lo es) advierte que la descripción del Origen es bien limitadita. Pareciera que Dios hizo únicamente la tierra y no el universo. Digo, el universo en su infinitud.
A mí, como lector, me hubiera gustado leer más acerca de otros planetas, de otras galaxias, pero como los escribanos de La Biblia eran simples mortales pues ya no les dio para más sus cabecitas.
Así pues, Saramago no descubre algo nuevo. Lo que Saramago parece no advertir es que Dios no es la idea limitada que él mismo se impone.
Dios es, en efecto, nuestra imagen y semejanza multiplicada a la infinita potencia. De tal suerte que el resultado final; es decir la Totalidad, ya no tiene nada de su origen. El Universo (el día de hoy) es todo menos lo que fue en un Principio.
Ayer fue día de descanso laboral. Por lo tanto "decidí" pintar. Tenía pendiente una cajita (bueno, lo cierto es que tengo muchas cajitas pendientes). Prendí la radio en este chunche, me puse una bata (es blanca, puede confundirse con bata de doctor o de carnicero) y dejé que los colores guiaran mi camino.
Hacía mucho tiempo que no podía pintar. Cuando vine a ver ya era hora de comer y yo seguía "picado" en lo de la pintada.
¿En dónde habían quedado las horas de la mañana? Me di cuenta que se habían transformado en otra cosa. Al comenzar a pintar, los cuatro laterales estaban blancos y a las seis de la tarde ¡estaban llenos de color!
Cuando Saramago comienza a escribir tiene páginas en blanco. Al final de su jornada están llenas de palabras inteligentes. ¿Qué prodigio hace esa maravillosa conversión?
Saramago tiene su propia respuesta y yo tengo la mía. Ayer fue como un día de Dios. Lo sentí en la lluvia fina que llovió toda la tarde; en el frío que se colaba por debajo de la puerta; en el gato que se tumbó sobre la silla de plástico; en la perra que se puso a molestar al gato (gato paciente porque apenas le suelta dos o tres "manotazos" sin sacar las uñas). Ayer fue como un día de Dios porque la armonía me estuvo rondando todo el día. "Quedó bonito", dijo mi mamá cuando vio la cajita terminada. Y en esas palabras de mi mamá estuvo resumido todo mi día.
¿El hombre inventó a Dios? ¡Por supuesto que sí! El hombre es el inventor del mundo. Como no podía palpar El Tiempo tuvo que inventarlo. Así, de igual manera, no alcanzó a "ver" a Dios por lo tanto tuvo que inventarlo. El hombre es el gran inventor de "Todo" lo que es nada. Porque ¿qué es el hombre ante el infinito del Universo? ¡Nada!; es decir ¡Todo!; es decir ¡Dios!
Ayer fue como un día de Dios. Pinté una cajita simple que, según el decir de mi mamá, quedó "bonita". ¿Para qué más?
A Saramago le tendría que decir que no pude hacer más que pintar una cajita a "semejanza e imagen" de lo que el hombre ha pintado por siglos y siglos. No pude hacer más que seguir la tradición de aquellos hombres que pintaron las cuevas de Lascaux. Nuestra cabeza no da para más. Él mismo -Saramago- no puede hacer más con sus textos. Todo lo que escribe lo hace a imagen y semejanza de lo que han hecho todos los escritores del mundo. No puede más. No podemos más, porque somos limitaditos (dentro de nuestro gran potencial). ¡Otra cosa seríamos si Dios nos hubiese hecho a su "imagen y semejanza"! Seríamos El Todo y el todo de La Nada. Entonces Saramago sería eterno e infinito.
Ni modos, Mago, nos tocó jugar con "la más simple". Y somos tan simples que nuestra cabeza no dio más que para inventar un Dios a "nuestra imagen y semejanza". Si realmente fuéramos grandes habríamos inventado un Dios más infinito.

lunes, 2 de noviembre de 2009

LADIES AND GENTLEMEN


El maestro Juan es plomero y vive a media cuadra de la casa. El otro día, justo a la hora que Paty y yo salíamos para ir al trabajo, pasó en la banqueta de enfrente y nos saludó: "Buenos días, señores". "Buenos días", respondimos.
En el lenguaje de Fox esto se hubiese complicado, pero en el lenguaje llano de nuestro pueblo, comprendimos perfectamente que en ese "señores" estábamos incluídos los dos. En el lenguaje Foxiano el saludo debió especificar: "Buenos días, señora y señor" (o algo semejante).
Pero esta especificidad la he escuchado en actos masivos, en una inauguración de Juegos Olímpicos, por ejemplo. Las trompetas suenan, las delegaciones aparecen, el público aplaude y el locutor anuncia: "Ladies and gentlemen; madames et monsieurs; señoras y señores...".
¿Entonces? ¿Dónde queda lo de :"Chiquillos y chiquillas; ratones y ratitas; caramelos y caramelitas"?
El profesor Víctor Manuel Aranda León, director de mi escuela primaria "Fray Matías de Córdoba", se paraba a mitad del patio y con un altavoz saludaba: "Buenos días, niños", y las niñas sabían que ellas estaban incluídas. Y sabían, porque así es nuestro carácter, que ellas estaban incluidas en primer lugar (no es gratuito aquéllo de: Las damas primero); sabían que el maestro no podía decir: "Buenos días, niñas", porque entonces excluiría a los niños. Y medio mundo de la escuela sabía que si el maestro saludaba: "Buenos días, niñas; buenos días, niños", nos llevaríamos medio día en saludos.
Cuando decimos "Niños" incluímos a todos los chiquitíos y a todas las chiquitías. Cuando el maestro Víctor nos decía: "Díganle a sus papás", sabíamos que ahí nuestras mamás estaban incluídas.
En ese "Buenos días, señores", Paty y yo supimos que estábamos incluídos los dos y que ella estaba en primer lugar. Supimos que no había necesidad de especificar porque nuestro lenguaje es generoso e incluyente.
Salvo feministas recalcitrantes que insisten en complicar el lenguaje aduciendo que nuestros modos de hablar son "machistas", todo mundo entiende que cuando decimos jóvenes están incluídos las chavas y los chavos.
Una de las virtudes del Buen Decir es la economía. Los merolicos seducen con el malabarismo de mil palabras; por el contrario, los poetas forman cielos prodigiosos con pocas nubes.
Cuando el maestro Juan saludó: "Buenos días, señores" fue generoso porque no sólo nos saludó a ambos, además nos deseó días buenos. ¿Cuántos? Tantos como nosotros queramos hacer la conversión. Los ingleses son más codos y sólo expresan el deseo por un día, ¡no más! "Buena mañana" desean los gringos, "Buena tarde" o "Buena noche"; lo mismo sucede con los italianos: "Buonna notte".
Los castellanos son más generosos, más espléndidos. Con esto basta. Antes que a hombres y mujeres saludamos al individuo que pertenece al género humano; es decir -según Fox- a las humanas y a los humanos.

domingo, 1 de noviembre de 2009

TEXTILLO QUE LEÍ EN LA PRESENTACIÓN DEL MAPA DEL CARICATURISTA COMITECO



UN BARCO CARGADO DE…

A Colón le hubiera agradado tener un mapa, con él habría llegado antes al continente; es decir, antes que otro le ganara el nombre. Quienes viajan a París, a Roma, a Islamabad o a la dinosáurica ciudad de México no les va mal una guía. Las guías son de gran ayuda para los extraviados, para los desmemoriados y para los extranjeros que visitan por vez primera un territorio.
Comitán, al principio de sus tiempos, no necesitó de guías. Al comiteco le bastaban unos pocos mojones. Cuando alguien quería ir a algún lado aparecía un buen samaritano que, con la mano en alto, indicaba: “Andá derecho y cuando llegués a “La Primavera” torcé a la izquierda”; o “Bajá la bajada y llegá hasta “El Chulul””. Pero ahora esos puntos de referencia se han cancelado. “La Primavera” y “El Chulul” no existen ya más.
Antes nadie se asombraba al escuchar: “Vive a media cuadra de doña Hermila de Coronado” o “El taller está por El Veinticinco”. ¿Doña Hermila de Coronado? “¿Qué serrr eso?”, diría un turista norteamericano, o un chavo de estos tiempos diría: “¡Estás como extraviado, viejo!”.
En efecto ¡estamos como extraviados! Comitán, como si fuese una isla, sigue siendo una pequeña porción de tierra rodeada de agua, pero estas aguas ya no son las míticas transparentes y cantarinas.
La ciudad ha crecido y este crecimiento ha propiciado la llegada de muchos extraños y de visitantes extranjeros. Desde que en 1950 Comitán dejó de ser la Ciudad Misteriosa, nos extraviamos cada vez más. Y hoy, los propios comitecos, como si nos estuviésemos quedando ciegos, necesitamos un lazarillo.
Un día Raúl Espinosa, el caricaturista comiteco, se dio a la tarea de hacer algo como un mapa, algo como una guía de Comitán para propios y extraños.
Hoy presenta la segunda edición de esa guía. Hablando en plata, Raúl no pretende guiar al extranjero, su guía es -no podía ser de otra manera- un homenaje a Armando Alfonzo, un comiteco valioso a quien el autor admira mucho. Por esto Raúl hizo una guía “Sólo para comitecos”.
La característica principal de un mapa es la claridad en su información para guiarnos. Raúl -no podía ser de otra manera- nos presenta un tablero que es como un juego de Serpientes y Escaleras más que una guía. En su obra él nos invita al juego de “Encuentra estos personajes en el mapa”. Esta es la pretensión de Raúl y en esta pretensión encuentro dos rasgos característicos: un cariño a este pueblo y a su gente; y un mostrar su labor de dibujante.
Esta guía, entonces, es como un divertimento donde medio mundo de Comitán se entretiene en descubrir a Dolores Estrada Guillén (Abogada y política) o a Miguel Ángel Argüello Hidalgo (profesor) o a Jorge Constantino Kánter (político y funcionario).
La guía de Raúl es un tablero donde los mojones ya no son El Chulul o El veinticinco. Los referentes de la guía de Raúl son las caricaturas de sus personajes. Nadie se extrañe entonces al oír que el parque central de Comitán está a cuadra y media de doña Tony Carboney o que el templo de la Cruz Grande está a cuadra y media de Katina de la Vega.
El abigarramiento del plano de Raúl es como el crecimiento desmesurado de los jardines comitecos, como la barroca pared de la sala comiteca donde la profusión de fotografías nos da una señal de nuestro carácter. Tenemos el espíritu churrigueresco. El mapa de Raúl no podía ser de otra manera.
Una mañana lo hallé dibujando en su escritorio. Ocultó un poco el trazo que hacía, luego me enseñó lo que dibujaba. Era un dibujo del templo de Santo Domingo. Tiempo después me comentó cuál era el propósito de esa serie de dibujos.
Entiendo el abigarramiento porque debe ser muy difícil tener que elegir entre tanto chunche. Si bien es cierto que todo cabe en un jarrito sabiéndolo acomodar, resulta difícil, ¡dificilísimo!, privilegiar entre el anuncio comercial (que es lo da de comer al cuerpo) y el trazo artístico (que es el que da de comer al espíritu). Raúl debió priorizar entre sus caricaturas, sus dibujos de edificios, las calles de Comitán y los anuncios de sus patrocinadores. Y como el que paga manda: el orden final resultó el obvio: primero está “La Cama de Piedra”; enseguida César A. García Domínguez (impresor); luego el dibujo del parque central y por último la tercera calle norte poniente. ¿Este es el mejor orden de una guía? No lo sé, ni intento saberlo, ni me corresponde a mí determinarlo. Yo acepto el juego de Raúl y, de vez en vez, me divierto buscando a Óscar Eduardo Ramírez Aguilar (abogado y político) o a Cecilia Cordero Guillén (funcionaria).
Concluyo con lo siguiente: Me gustaría ver una tercera edición donde algunas palabras sin tilde recuperen su vocación castellana y donde los dibujos de los edificios encuentren el espacio de nubes que les corresponda en ese cielo. Tal vez el juego, más que hallar a José Antonio Aguilar Meza (contador y funcionario), sea el de hallar el parque central de este maravilloso pueblo.