martes, 7 de abril de 2009

EL MARTES DE TODOS LOS DÍAS


Los domingos iba a misa. Mi mamá decía que el viernes era día de rosario. Es decir, las religiones tienen días especiales para sus ritos. El domingo, también, es día de fútbol y en algunos casos es día de estar con la familia.
Quienes practican una religión se imponen una rutina. Por esto, quienes vamos más allá de la obsesión no somos bien vistos. No es bien visto el jugador de dominó o de billar porque a éste no le importa el día ni la hora para jugar su "obsesión". ¿Qué decir de los obsesionados al cine, a la televisión o al videojuego? No hay hora del día en que no busquen su refugio.
Tal parece que en estos tiempos las obsesiones han superado a las religiones. Cuando veo a los enamorados los veo igual de obsesionados.
Durante muchos años fui un obsecado lector. Todo el día andaba con un libro junto a mí. Mientras hacía lo demás ¡leía! Llegaba a colmos: mientras comía ¡leía!, mientras orinaba ¡leía!. A la hora de estar con una muchachita bonita también ¡leía! Sólo faltó que mientras mientras también leyera. Sólo esto faltó.
Hoy sé que, como cualquier religión que se respete a sí misma, la lectura también debe tener su calendario ritual. Puede ser diario (así como el amor), pero debe ser dosificado (también Dios descansó al séptimo día).
Lo mismo con la pintura y con la escritura, ¡lo mismo con la vida!
Las religiones que ostento pueden practicarse cualquier día a cualquier hora, pero, en los últimos tiempos, he descubierto que si les destino una hora especial en determinados días toman una dimensión más espiritual, permítanme el término.
Tal vez se trata de no banalizar el acto; un poco como si me cambiara de ropa, me lavara el cabello, me peinara, me lustrara los zapatos y fuera al templo para estar una hora con Dios.
A final de cuentas todas mis obsesiones tienen como punto central la intención de estar con Dios. Mi encuentro con Él es a través de la palabra y del trazo. De la palabra en todas sus modalidades.