miércoles, 8 de abril de 2009

EL SUEÑO DE FITZCARRALDO



El día de la inauguración un periodista del “Reforma” le puso la grabadora frente a su cara y, como si fuera un balde de agua fría, le sorrajó la pregunta: “¿No es una locura abrir una librería en medio de la selva?”.
Al principio nadie le creyó. A la hora en que tomaban la cerveza, sus amigos de San Cristóbal de Las Casas reían y lo chanceaban, Hernán también reía, pero una vez que la niebla desaparecía, él regresaba a platicar su sueño: ¿Imaginaban la maravilla de sentarse en el quicio de la librería y admirar “el relámpago verde de los loros”, mientras sostenían un libro de Heberto Morales Constantino o de Jesús Morales Bermúdez en las manos y escuchaban la alharaca de las guacamayas?
La mañana del cuatro de enero de dos mil doce, Hernán Efraín Zepeda Moscoso estacionó el camión de cuatro toneladas y urgió a los cargadores a subir las cajas con los libros y los estantes. Eran las siete y media de la mañana y la niebla y el frío no impidieron que muchos curiosos, y la mayoría de sus amigos, se apostaran al frente de su casa para ver el insólito traslado. Conocido entre sus amigos como “Fitzcarraldo” por su semejanza con el excéntrico que soñó con construir un teatro de ópera en la selva amazónica, Hernán subió al camión, prendió el tocadiscos, sacó la mano para saludar a todos y enfiló con rumbo a la selva lacandona. “En los últimos tiempos no soltó prenda”, dijo un hombre con bufanda hasta el límite inferior de sus ojos. “No, nada. Seguro que se volvió gente de Samuel Ruiz”, dijo otro que tomaba un vaso de arroz con leche.
La prensa chiapaneca ignoró el suceso hasta que los dueños de los diarios se enteraron que enviados de todo el mundo estaban en Tuxtla para trasladarse al lugar de la inauguración. Un escritor chiapaneco, no se sabe si Gustavo Ruiz Pascacio o Nadia Villafuerte, comentó el suceso en París, de manera tangencial, en una conferencia que impartió en el Salón del Libro de 2011. Florence David, escritora y columnista de “Le Journal”, retomó el dato y escribió un artículo elogiando el sueño que ella calificó como “una flama de esperanza en medio de la desesperanza”.
Hernán tomó una copa de vino, sonrió a Ámbar que había llegado de San Cristóbal, levantó la mano para saludar a Monsi que platicaba con Fuentes en un extremo de la librería y vio al periodista que seguía con la grabadora al frente. Recordó la pregunta y la ignoró. “¿No es una locura abrir una librería en medio de la selva?” Caminó entre palmadas y abrazos de sus invitados, mientras el periodista, como lapa, lo seguía con el brazo extendido.
Tres años atrás nadie hubiera apostado a favor de este proyecto. Mas ahora, cientos de invitados y curiosos tomaban vino y degustaban bocadillos en medio de la selva, mientras los fotógrafos de la prensa buscaban los grupos. Afuera caía una ligera lluvia, las gotas se acumulaban sobre la proa de las hojas enormes y luego se desparramaban con un estruendo sobre los charcos. “No le doy más de tres meses de vida”, dijo un hombre que con un trapo rojo se limpiaba la frente a menudo. Su acompañante rió, llamó al mesero, se sirvió otra copa de vino blanco y sonrió a la cámara del fotógrafo de sociales de “El Heraldo de Chiapas”.
Cansado de la insistencia del periodista, Hernán dejó la copa sobre una mesa y se dispuso a responder, pero vio a María que parecía discutir con un hombre. Hernán se dirigió al área de Cajas. “Ya le dije que no es posible” dijo María. Hernán tomó a María del brazo, ésta le explicó. El hombre quería comprar un libro con dibujos y grabados de Toledo, insistía en pagar con racimos de plátanos. Hasta ese momento, María confirmó, nadie de los invitados había hecho una compra. Este hombre pertenecía a una pequeña comunidad de la selva. El reportero creyó que era una buena oportunidad para obtener el reportaje y se acercó. Monsi y Fuentes abandonaron su rincón y también llegaron hasta donde el hombre, con ropa mojada y el sombrero en su mano izquierda, insistía en hacer un trueque. “Ya vio, le dije que era una locura”, insistió el periodista con la grabadora encendida. Hernán sonrió y le dijo al hombre: “El libro que querés vale doscientos veinte plátanos”. El hombre guardó el libro debajo de su impermeable amarillo y le dijo a Hernán: “Trato hecho, mañana te los traigo, puro madurito, puro galán. Qué bueno que nos trajiste libros hasta acá en la selva” y se retiró contento. Monsi y Fuentes se acercaron a Hernán y le dieron un abrazo. Florence tuvo razón, algo como un rayo de esperanza acarició el ambiente, pero, bueno, ella es francesa y nosotros vivimos lejos de ese país, porque nadie se dio cuenta de este momento. Todo mundo estaba metido en la plática sabrosa, en el vino, en el bocadillo. El periodista del “Reforma” nunca escribió la crónica. Por eso ahora yo trato de compensar, aunque sea en mínima parte, esa falta de cortesía, esa carencia de ética.