jueves, 18 de junio de 2009

EL DÍA QUE LOS DINOSAURIOS NOS CAYERON ENCIMA


La Historia es simpática. Para la desaparición de los dinosaurios nos da la versión de una caída brutal de meteoritos, pero no puede explicarnos bien a bien qué sucedió con los habitantes de las ciudades mayas. Nos dice -esto sí- que una tarde, Palenque, por ejemplo, se quedó sin Palencanos. ¿Qué sucedió? Es un gran misterio. Algunos historiadores se atreven a dar algunas hipótesis, pero nada más.
En el siglo pasado sucedió algo similar. Una tarde -semejante a la de los mayas tránsfugas- los cines de los pueblos de Chiapas (y de todo México) se quedaron sin espectadores. ¿A dónde fueron esos miles y miles de personas que gustaban del cine? Dicen algunos historiadores que los espectadores se trasladaron a sus casas a ver cine en video. Todo mundo -dicen los mismos historiadores- compró una videocasetera y se trasladó a sus casas. Es una hipótesis. Yo no la creo. No la creo porque los cinéfilos amaban las salas (y no precisamente las de sus casas). Así como "La música en vivo se oye mejor", de igual manera el cine se vive en las salas cinematográficas.
Ayer me escribió Paco (quien es un compa veterinario que radica en Arriaga) y me contó que en Arriaga hace como diez años que no hay sala cinematográfica (pues Comitán no se queda atrás). Paco establece una diferencia entre el ambiente de una sala cinematográfica y la sala de la casa con las interrupciones y con los ruidos de la calle.
Ir al cine era abandonar la rutina. Ahora, quienes miramos cine en la televisión (no nos queda más) llevamos el cine a la rutina y ésta es una mezcla rara. Es como llevar el trabajo a casa o llevar la familia al trabajo.
Hubo un tiempo en que los espacios fueron sagrados. Aún a sabiendas de que Dios está en todas partes nos gustaba ir al templo, La Casa de Dios, por toda la escenografía y el gusto de ritual que contiene.
A los cinéfilos nos encanta ir al cine porque es nuestro templo y ahí está Dios -igual que en nuestra casa. Pero en la sala cinematográfica Dios hace la luz en medio de una penumbra maravillosa, ahí se presenta en "sensorround" y en pantalla cinemascope.
En el Cine Comitán los espectadores comimos los tacos más ricos que jamás existieron en El Paraíso. Adán y Eva tuvieron que acostumbrarse a morder manzanas que, al paso del tiempo, se hacen desabridas. En cambio, nosotros aún añoramos los tacos de doña Lola (juro que había gente que pedía permiso al boletero para entrar a comprar tacos y salir echo la mocha. No eran cinéfilos ¡eran taqueros irredentos!).
Sin duda alguna que Paco y los cientos de arriaguenses (¿es correcto el gentilicio?) que eran cinéfilos a todo lo que da recuerdan anécdotas de los cines de Arriaga.
Entiendo a los millones de hombres y mujeres que acuden a los estadios a ver fútbol o a escuchar conciertos de U2 o de Luis Miguel; entiendo a los millones de personas que se "mueren" por ver al Papa o al Dalai Lama; entiendo a los millones que asisten a las ferias o a los parques temáticos. A los únicos que no entiendo es a los cinéfilos que abandonamos las salas cinematográficas. ¡Dios mío, adónde fuimos! ¿Qué estábamos pensando a la hora que dejamos morir nuestros templos, a la hora que preferimos rezar frente a un altar casero en lugar de hacerlo en el Monte Sinaí?
¿Diez años sin cine en Arriaga? ¿Más o menos los mismos años que no hay sala cinematográfica en Comitán? El otro día pregunté: ¿Cómo hemos logrado sobrevivir? Ahora ya no sé si en realidad seguimos vivos o simplemente somos un fantasma que recorre las calles del pueblo gritando: "Ayyyy, mis cines". The End.