sábado, 31 de octubre de 2009

COLABORACIÓN ESPECIAL PARA "PALABRA ESCRITA"



A LA VUELTA DE LA ESQUINA

A veces la vida me parece eso: una simple esquina. Todo lo encuentro a la vuelta. A veces no espero a diciembre para hacer el recuento de lo sucedido.
La prisa no es buena consejera, por esto, para ver una puesta de Sol o una “puesta de vida” es recomendable sentarse. No siempre puede mirarse desde la cima de una montaña, es preciso salir al portal de la casa y sentarse en una butaca. Desde ahí se ve mejor el horizonte y lo que se ha dejado atrás.
Sin dudarlo un solo instante digo: ¡El camino andado ha sido deslumbrante!, como si todo hubiese sido un sacar la cara por el balcón y mirar la novedad en la calle (no hay cosa más bella que recibir la llovizna en pleno rostro).
Después de todo, la vida es como salir a la calle. De niños queremos estar todo el día afuera pero en cuanto son las seis de la tarde debemos despedirnos de los cuates y volver a casa; cuando somos adolescentes nos damos el lujo de regresar a las dos o tres de la madrugada, incluso, a veces, no volvemos sino hasta ya bien entrado el día siguiente. Pero los años otorgan madurez y cuando llega el momento en el cual (por fin) no tenemos que dar explicaciones ni pedir permiso a nadie la prudencia nos hace volver a casa a “buena hora”. A medida que nos hacemos viejos, regresamos más temprano a casa.
Estoy en el momento de la vida en que he dejado las prisas atrás. Mis salidas son escasas y no voy más allá de la esquina. Si un día quise comerme el mundo, pronto me di cuenta que me indigestaba. Me bastó un poco de miel y un poco de mierda para empalagarme. Hoy ya no aspiro a comerme el mundo. Me di cuenta que el mundo de afuera es un pedazo de carne llena de grasa y poco condimentada.
Mi balance está hecho de ciudades. Como si fuese una receta coloco los ingredientes en la dosis correcta: 31 años de Comitán; 9 de Puebla; 6 de la ciudad de México; 5 de Tuxtla Gutiérrez; una pizca de lugares por trabajo, por estudio y por vacaciones: Xalapa, Oaxaca, San Cristóbal y Mérida; y unas hojitas de Browswille, Texas; Quetzaltenango y la Antigua en Guatemala; así como lo que tomen los dedos de Santa Rosalía, Baja California; Matamoros, Tamaulipas, y el puerto de Veracruz.
Mi mamá, quien es una excelente cocinera, me transmitió el secreto culinario: Cada ingrediente debe dejarse “airear” antes de realizar la mezcla. Por esto siempre dejé que la ciudad de México se sofriera sin agregarle los cien gramos de Oaxaca, por ejemplo.
Así, mi vida ha sido como un exquisito trozo de Comitán con el encanto del sabor de muchas especias especiales.
El destino hace que cada hombre nazca con su porción de ingrediente principal. Los aderezos los conseguimos en el trayecto. Al final, cada hombre logra una receta única y especial.
Dos o tres despistados me han pedido mi receta. Siempre he respondido como responden los clásicos: “La receta es que no hay receta”.
Durante la historia, cientos de miles de comitecos hemos preparado el platillo que tiene como ingrediente principal a esta ciudad, pero cada platillo ha resultado una receta única. Puedo decir que cada uno tiene su forma de preparar “el cocido”.
Mi receta se llama: “Hojas de colibrí con polvo dorado de Comitán”. Mi mamá prepara una receta para chuparse los dedos: “Comitán a la buena de Dios” y mi papá bautizó su receta como: “Comitán a la hierbabuena”. Así cada uno tiene su propia sazón.
Hay comitecos que consiguen especias exóticas; otros traen dátiles del desierto o algas del fondo del mar. Hay comitecos que han condimentado su Comitán con viento o con nubes, y no falta el compa que cree que “el coymut” es condimento y lo unta como salsa encima de los tacos de Comitán. Cada uno es libre de hacer la receta que quiera. Total, este guiso lo prepara cada comiteco sólo para él. Los golosos que, llevados por el aroma, toman un pedazo del guiso ajeno se “empachan”. Ya lo dijo el Mandamiento: “No desearás la vida de tu prójimo”.
Apenas es octubre y ya puse sobre la balanza los ingredientes de mi vida. Por lo que me resta de vida trataré de encontrar las mejores especias en este mismo pueblo. Hay tanta “maravilla”, tanta albahaca, tanto tenocté, tanto chipilín, tanta semita, tanto “asiento”, tanta agua de rosas, tanto chulul. Espero, al final, lograr una receta equilibrada donde “la flor de la ceniza” sea como una bendición.
A veces es bueno hacer el recuento sin esperar a diciembre.



LA RESPIRACIÓN DE LOS CHUNCHES

Hay tardes en que me descubro viendo la respiración del gato y de la perra. Me acerco y, mientras duermen botados en el suelo, veo cómo sus panzas suben rítmicamente. ¡Están vivos!, pienso y me alejo con tranquilidad.
Un afecto me dice que esto es como una obsesión. Mientras preparo la masa para hacer pan integral “caigo en la cuenta” que sí, es como una obsesión. De niño, cuando mi papá llegaba medio “bolito” a la casa y se recostaba en su cama, yo iba hasta su cuarto y en puntillas me acercaba para ver si su panza subía. Cuando lo oía roncar y miraba que su panza se alzaba como pan adentro del horno, yo regresaba a mi cuarto, ya tranquilo. ¡Está vivo!, pensaba, “mañana sólo tendrá cruda”, decía.
A veces, a la hora que coloco la levadura sobre la harina, me descubro viendo cómo la masa “respira”. La masa sube su panza y yo, tranquilo, la dejo reposar treinta minutos antes de meterla al horno.
El otro día me descubrí viendo la respiración de las cosas. Me acerqué a la computadora personal y la prendí (los objetos modernos necesitan de un empujón, de echarle viento). Tardó un poco en subir su panza (el ritmo de respiración de los chunches electrónicos es diferente al de los objetos que no necesitan electricidad para vivir).
Me gusta mirar cómo respira el sillón de la sala. Me siento en una silla que está frente a él y lo miro fijamente. La respiración del sillón es como la de una vaca gorda, apenas perceptible, pero dificultosa. Cuando mi mamá se sienta sobre él entonces el sillón se convierte en una especie de mamut y bufa, pero luego retoma su ritmo original y respira sin aspavientos.
A veces me descubro pegando mi oreja a la pared para oír su respiración. La tierra está más viva que la pared, el sillón, el gato o la perra. Por esto me gusta acostarme sobre el suelo (sobre todo en el campo). Cuando la tierra respira siento como un ligerísimo temblor. Procuro que mi respiración se sincronice a la respiración del suelo. Es como si yo fuera un poco como la tierra. El aire que está por encima de mí también se acompasa a mi ritmo, al ritmo del suelo y ya somos tres entidades las que respiramos al unísono. Entonces, por un prodigio que no logro explicar, siento que el cosmos entero y yo respiramos al mismo tiempo y sé que soy parte del universo y es cuando siento a Dios muy cerca, tan cerca como a mil millones de millones de años luz.