sábado, 31 de enero de 2009

Ya no es como antes


Muchas personas que vivieron el Comitán de los sesentas y setentas dicen que ya no es como antes. Refieren la tranquilidad que se vivía. Hoy la nota violenta es el pan nuestro de cada día.
El secuestro del señor Jorge Figueroa Mazariegos y el hallazgo de su cadáver el día de ayer fue el comentario principal de toda la semana. Un poco con morbo, un poco con dolor. Dolor por el círculo familiar, pero, sobre todo, por lo que le sucede a la sociedad en general.
En Comitán, igual que en cualquier pueblo del mundo, la mayoría de sus habitantes es gente trabajadora y pacífica, gente de bien, dijeran los mayores. Pero acá, igual que en muchos pueblos de México, la violencia ha aumentado como una hidra que se reproduce en mil cabezas.
Hay dolor porque algo rompe la armonía diaria. Hay una niebla que contamina los cielos de las mañanas limpias. Algunos murciélagos vuelan en medio del jugueteo de las mariposas sobre las buganvilias.
¿Y qué podemos hacer los simples mortales para conjurar esta niebla? ¿Qué podemos hacer cuando las autoridades se muestran incapaces e indolentes? No podemos enfrentar de manera directa esta avalancha. Tal vez lo único que podemos hacer es sembrar esperanza en las parcelas que frecuentan los jóvenes. Alguien podrá decir que esta es una posición utópica, pero no nos queda más.
Por desgracia, los círculos concéntricos se duplican. La violencia de las calles se reproduce, por ejemplo, en los periódicos. Los medios impresos no contrarrestan el fenómeno, al contrario. En la violencia y el morbo encontraron ya el modo de hacer dinero. En Comitán, todos los días de los días, desayunamos las noticias de los accidentes y de los cadáveres en primera plana. Como si el mundo no tuviera más facetas vemos sólo el lado mórbido de la vida. Esto hace que nuestros jóvenes se estén convirtiendo en expertos de la nota roja. Deberíamos sembrar esperanza, pero no lo hacemos. Estamos reproduciendo modelos violentos. Qué pena. No nos damos cuenta, pero contribuimos a cubrir la luz que nos inunda todos los días.
Ya no es el Comitán de antes, dicen los mayores. ¡No, ya no es! Por lo mismo deberíamos hacer algo para evitar esta epidemia.