miércoles, 28 de noviembre de 2007

Una canica

Hubo un tiempo que una canica significó todo. Sin aviso previo llegaba la temporada de canicas. Todos llegaban a la primaria con sus bolsas llenas de canicas (lecheras, morrocas y chíos). Los jugadores que se preciaban de ser "profesionales" tenían "su tiradora" (la canica que ayudaba a ganar las partidas).
Hubo un tiempo en que todo era simple y sencillo. Bastaba una canica para definir al mundo.
Los que vivimos ese tiempo sabemos que una canica es redonda como el mundo y también puede ser infinita como infinito es el universo.
Cuando alguien de mi generación halla una canica tirada en la calle ¡la levanta! La levanta porque, con sólo agacharse, recupera la luz de la infancia. ¿A poco no en la infancia se concentra todo el destino que está por venir?
El que halla una canica vuelve a encontrar su destino. Basta colocar la canica en el dedo, "tirar de uñita" (aunque algún perverso "haga zorra").
La mayoría de canicas son transparentes, "agüitas" llenas de colores. ¿Existe algún mejor presagio de porvenir, de destino?

DIOS TAMBIÉN RESUELVE CRUCIGRAMAS (12)
En "La sin par" buscaba con denuedo. Cuando un cliente alzaba el dedo y lo giraba como si estuviera jugando la reata yo servía otra ronda de cervezas y buscaba la huella en el fondo de los envases vacíos. ¡Nunca encontré nada! Nunca encontré la imagen que había visto aquel borracho del periódico de mi papá, ni nunca encontré el camino empedrado de mi tío Eutiquio. Por eso, mi primera conclusión fue lo que escribí en mi diario: "14 de junio. Dios está en todas partes, pero sólo se muestra a unos en unas partes y a los otros en otras partes". ¡Eso era! Mi oficio consistía en descubrir el lugar y el momento en que se me presentaría a plenitud. ¿En dónde encontraría don Ausencio su huella? ¿En dónde Azucena, en dónde doña Deifilia, en dónde los bebedores alegres y nostálgicos que llenaban de tarde en tarde "La sin par"?
Cuando buscaba en el fondo de las botellas vacías me sentía como un investigador frente a un microscopio, y, a mi manera, eso era: ¡un investigador!
Una vez estuve a punto de torcer el camino y volverme una especie de santón, de curandero milagroso, pero no lo permití. El cambio estuvo a punto de darse a partir del suceso de la tarde del dieciocho de agosto, suceso que don Artemio bautizó como "La desgracia". Ese día la actividad era normal, yo iba y venía con la charola llena de cervezas frías y con la botana de camarón, de pescado en escabeche y de ostiones en su concha; algunos clientes mostraban su contento golpeando los tableros metálicos; otros clientes se abrazaban y se decían cosas al oído; otros más se paraban, metían unas monedas en la rocola y ponían sus brazos en escuadra e imaginaban bailar con la mujer amada. ¡Todo normal! Hasta que una nube oscura apareció en la mesa del fondo y que era la mesa destinada para los que jugaban "carbonazo". Este juego consistía en que cada uno de los dos jugadores sacaba dos cartas de un mazo de naipes y sumaba el valor de las cartas; quien perdía tomaba una copa llena de tequila, mientras que el ganador debía prender un cerillo y apagarlo en la yema de sus dedos. Era un juego perverso porque no se sabía bien a bien qué ganaba el ganador y qué perdía el perdedor, las más de las veces ambos jugadores terminaban borrachos y con las manos completamente quemadas. Ese día, uno de los jugadores, el que tenía una cicatriz que parecía un gusano prendido en su mejilla, cambió el castigo -nunca se supo si por equivocación o por dolo-; en lugar de tomar el tequila prendió un cerillo y lo apagó en la palma de su mano. El otro se levantó, con una mano retiró la mesa estrellándola sobre la pared, y con la otra mano sacó un cuchillo.

(Continuará)